Mi cuaderno de bitácora XV, del 15 de noviembre del 2005: la visita

Mi cuaderno de bitácora, XV, del 17 de noviembre de 2005

Hoy fue un día… ¿complicado? Habíamos recibido una nota del Dr. Sunyer notificándonos la consulta de un paciente, J.P., y acompañaba dicha nota con un breve resumen clínico de tal persona. Decía poco el informe: la edad, la situación familiar, el cuadro diagnóstico y se solicitaba que le remitiéramos una Orientación para dicho paciente.

Estábamos pues convocados a las 8:30, y el paciente vendría sobre las 8:45. Al inicio de la sesión, a eso de las 8:40, a penas una veintena de personas estaban en el aula. Había abundancia de sillas vacías pero, fieles a nuestro horario los que estábamos comenzamos a preparar la entrevista. Básicamente cuestiones de tipo administrativo y organizativo. Mientras hablábamos pensaba en las sillas vacías. No podía entender porqué la gente no era puntual. Pensaba que podemos hablar de ética pero la puntualidad… ¿acaso no es un aspecto ético? Esto me enfadaba porque creo que, con algunas excepciones, no deja de ser una falta de respeto. De respeto hacia los que estábamos ahí puntuales. ¿de qué sirve hablar de ética si no tenemos respeto hacia el profesor y hacia los compañeros que, puntualmente, están a la hora? La falta de respeto es algo que muchas veces no nos damos cuenta pero con frecuencia está ahí.

Sonó el “busca” y una compañera y yo nos dirigimos a buscar al paciente. Estaba ahí, con dificultades para moverse (no aparecían estas dificultades en el informe). Caminaba con lentitud porque al parecer hacía pocos días había dejado las muletas. (no entiendo por qué no ha venido con muletas aquí al centro). Y entramos en el aula. Seguían habiendo muchas sillas vacías. Ya eran las 9

Al principio la compañera que me acompañó en busca de Juan Peñafort (¡qué nombre para qué paciente!) se sentía con la necesidad de participar más. Y confeccionó la ficha administrativa. ¿Dónde vive? En la calle Mandri. (Mandri… me suena, me hace pensar no en el concepto catalán de mandri, sino en “mandra”, pereza; ¿tendrá algo que ver con el paciente?). Y al poco comenzó la entrevista. Había gente que seguía entrando y esto no sólo era una falta de respecto sino que interrumpía e incluso detenía la propia entrevista. Incluso durante toda la entrevista había dos personas sentadas en el fondo que no pararon de hablar entre sí. No podía entender qué sucedía. ¿para qué vienen? Me decía.

Las preguntas iban deshojando la entrevista. El motivo de consulta, los aspectos de la relación con su mujer, con sus hijos, lo que hacía durante un día cualquiera, las relaciones con su madre (mamitis, dijo), el o los accidentes… ¿se recreaba en ellos? De pronto suena una alarma; y lo hace varias veces (¿será una alarma del ascensor? ¿se habrá quedado alguien dentro? ¡buf!), interrumpiendo la entrevista, deshaciendo el clima que estábamos intentando crear. ¿qué son estas interrupciones? Si es una alarma ¿tendremos que interrumpir la entrevista? ¿cómo se va a marchar este hombre con las dificultades que tiene para andar? Situación complicada. Una compañera va a ver qué pasa (¡menos mal, alguien trata de aclarar la situación!) Las compañeras del fondo siguen hablando entre sí, se ríen. ¿de qué? Hay mucho movimiento, un cierto nivel de confusión. Dicen que hay que marcharse. ¿y a mí quien me cuida? Hay quien considera que la clase ha acabado ¿dónde está el profesor? ¿Por qué me dan papeles a mí? ¡tengo que salir pero no sé cómo!. Menos mal que la chica que me fue a buscar se preocupó por mí. Me trajo la chaqueta que se me había olvidado con la precipitación. Alcanzo la puerta, allí alguien me dice que no, que no tenemos que salir. ¡Dios”, ¿qué está pasando? Vuelvo a entrar… me siento en donde estaba… la gente… vuelve a entrar, se sientan… quien se había quedado con la pregunta en la boca me vuelve a preguntar. Ahora insisten en como se siente mi mujer, en lo de mi padre… Las chicas del fondo siguen hablando. ¿qué está pasando? Nadie me dice nada…

Al final parece que se acaba el tiempo, Me dicen de volver otro día. Vale. Volveré a contarles lo que me pasa ¿nadie se da cuenta de mi dolor? Mañana volveré a la misma hora.

* * * * * * * * * *

Nos ponemos a hablar. Aparecen numerosas preguntas. Una de ellas se refiere a la empatía. Entiendo que no es fácil empatizar. Y acepto, podemos aceptar, que quizá puede no ser el mejor día, ni la mejor hora. Pero es lo que sucede en la vida cotidiana, en la vida laboral, claro. Cuesta venir a la hora, cuesta estar atentos a lo que hacemos. Cuesta respetar al otro. Y las circunstancias ambientales (alarma, gente que llega tarde) dificultan la concentración y, sobre todo, conectar anímicamente con el paciente. Pero, esta falta de empatía ¿tendrá que ver también con lo que transmite el paciente? ¿qué le hemos podido transmitir y qué nos ha podido transmitir él?

Entiendo que no es fácil hacer una entrevista con varios entrevistadores (y si fuese un profesional acompañado por dos o tres alumnos en prácticas, ¿cómo se las arreglan?), aunque si nos lo vemos con cierta perspectiva apenas una docena de personas hacíais las preguntas. Y no es fácil, ¿por qué? La coordinación, ¿será la ausencia de la mirada entre vosotros, la forma cómo estábamos dispuestos en clase, uno de los factores que estaba influyendo? ¿la distancia física?

Si la clase fuese una representación de la mente, o mejor, de lo que llamamos “psique”, ¿qué paralelismos podría tener? Sabéis que la cantidad de pensamientos que vienen a la mente es inconmensurable. Y una de las funciones de nuestro aparato psíquico es la de poder determinar qué ideas son prioritarias y cuáles son secundarias. Es decir, nuestra mente tiene que ir discriminando aquellos elementos que se nos supone principales de aquellos que no lo son. Si nos considerásemos un grupo de personas y no unas personas agrupadas, debería haber esa complicidad que aúna esfuerzos en pro de un objetivo. Nuestro aparato psíquico, cuando forma una unidad, debe poder trabajar en pro de un objetivo. Pero los pensamientos que aparecen y que en ocasiones son divergentes están ahí. Podemos considerarlos como molestos o como aspectos de uno que surgen a partir de la relación que mantenemos con el paciente. Y que nos complementan. Esto me parece importante. Esta complementariedad que deriva del poder pensar como conjunto nos da una visión y una radiografía del paciente más completa.

Quien nos visitó presenta, eso parece, serias dificultades que se manifiestan en una gran dispersión de esfuerzos. Y en una constante: la no conexión con los elementos afectivos (¡por esto no se puede empatizar!) Incluso podríamos pensar que también hay una falta de respeto (lo percibíais cuando le preguntabais sobre qué podría estar sintiendo su mujer) y una visión de la vida, ¿querulante?¿persecutoria?¿reivindicativa? (¿os acordáis de lo que decía de su padre, o lo que decía de la empresa?)

Creo que es importante que recojáis todos los componentes de la entrevista. No sólo los que emergían del paciente, sino y sobre todo, los que aparecían en vuestras relaciones con él, con vosotros, con la facultad y con vuestro profesor. La radiografía, de esta forma, es mucho más completa.

Hasta mañana

UN saludo.

Dr. Sunyer

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