Mi cuaderno de Bitácora. X del 25/10/05

Mi cuaderno de bitácora. X. Del 25/10/05

Susto. Como lo del chiste. ¿qué quieres, susto o muerte?. Nosotros nos quedamos con el susto. Normal, como cada año. Pero, ¿susto por qué? Y os diría aquello de que “quien quiera oír que oiga”, aunque sería mejor decir “quien pueda oír que oiga” Porque no es lo mismo querer que poder. Y en ocasiones no podemos, no es que no queramos.

Tengo por costumbre aprendida con los años a poner mi oído en las conversaciones que tenemos tras el encuentro de cada día, o en las que puedo mantener con algunos de vosotros bien inmediatamente después en la propia aula o en el bar. En muchas ocasiones puedo detectar cosas que no había podido ver en la clase. Sucede lo mismo en la práctica asistencial. Les explicaba a dos compañeros vuestros que con mucha frecuencia, tras una sesión de grupo hablo con mi compañera (en este caso es alguien con quien hago una co-terapia) de cosas que han pasado en el grupo. En esta conversación más o menos informal aparecen cosas como “a tal persona esto le puede haber afectado por el aspecto familiar”, por ejemplo; o “convendría estar más atentos a lo que diga tal otra ya que hoy ha salido particularmente afectada” o “este tema me recuerda el aborto que tuvo tal otra pero del que no quiere o pude hablar”. Y la experiencia nos indica que, casualmente, en la sesión posterior y sin previo aviso dicha persona de la que nos habíamos preocupado, toma la palabra en un momento dado para abordar justo el mismo tema que nosotros habíamos hablado en el post-grupo. Uno puede pensar que son casualidades. Otros pensamos que justamente la capacidad de poder pensar en aquel paciente y de justo ese tema que creíamos le afectaba es el que ha propiciado el que lo hable en la sesión siguiente, y sin haberlo hablado con él.

El mundo de la psicología no es el mundo de lo concreto. Es el de los símbolos, el de los significados, el de los aspectos que tienen más que ver con la trastienda que con el escaparate. Pero no sólo el de la psicología, sino el de las relaciones interpersonales. Cuando unos padres hablan de sus hijos, piensan en ellos, en sus cosas, ese hecho de “pensar en ellos” es el que facilita su desarrollo. Es una función mental que facilita y posibilita el desarrollo. Sin esta función mental, el desarrollo queda más vacío, más hueco de significados. Un aspecto de la función mental es la capacidad de “imaginar”; pero no como sinónimo de creatividad (que también), sino en el que dan los franceses a la palabra “Rêverie” Lo podríamos traducir como “ensoñar” es decir, como imaginar algo, soñar con él, pero con la característica de futuro. Por ejemplo, vosotros, como grupo, existíais en mi mente antes de conoceros. Mi capacidad de imaginaros antes de conoceros es la que posibilita el que este espacio se desarrolle como lo está haciendo. Lo mismo sucede con los hijos.

En efecto, los padres debemos realizar esta función y de hecho la realizamos en la mayoría de las situaciones. Si unos padres cuando conciben al hijo no lo hacen previamente y a lo largo del embarazo, en sus mentes, en sus diálogos y conversaciones, ese hijo lo va a tener más difícil sentirse inserto en el grupo familiar. Concibo a mi hijo no sólo de forma carnal sino de forma mental. Sólo así mi hijo tiene un lugar en mi mente, en nuestra mente. Tener un hijo no es sólo la consecuencia de un coito sino la de la concepción mental de ese ser que se va a ir articulando en nuestras vidas de una y no de otra forma. Y dentro de este concebirlo está el nombre que le vamos a poner.

El nombre de las personas no es algo inocuo, sin significado. Y no por el hecho de que etimológicamente quiera decir o proceda de no sé dónde, sino porque es la expresión de la relación que existe entre sus padres, entre las familias de sus padres y ellos, y entre ese grupo familiar con el contexto en el que se encuentran; o no. Y como tal expresión, concentra todo un conjunto de significados: lo que para el padre, la madre tiene ese nombre. Incluso en el caso de que la elección sea porque “suena bien”. Eso ya es un significado. No podemos escaparnos de ello. Como tampoco podemos escaparnos del lugar que ocupamos en el conjunto de nuestro grupo familiar. Y eso nos da, nos otorga un significado y no otro. No proviene de la etimología, si bien en algunos casos, también. Proviene, es la enjundia de un conjunto de aspectos personales y familiares que, inexorablemente, nos articulan con nuestro grupo familiar y social. Marca el punto de partida de una trayectoria de vida de la misma forma que es una y no otra la trayectoria que realiza un balón al ser lanzado por uno y no otro jugador, o golpeado de una y no de otra forma.

Y la expresión de este significado fue la carga emocional que había hoy en el grupo grande. Y vosotros, como expresión metafórica, también, de lo que podríamos llamar “mente grupal” ibais articulando una serie de pensamientos que resumían bien los que individualmente tenemos: desde el susto (¿estamos en tratamiento?), a la devaluación, de la sorpresa hasta el disgusto de percibir lo que cada uno percibió. Desde el deseo de seguir hablando hasta el de acabar cuanto antes. Y es cierto, cada día estoy más convencido, de que acostumbrados como estáis a hacer ciencia teórica, cuando os encontráis con la ciencia práctica, el susto es descomunal. ¿tengo confianza en la gente como para comentar ese aspecto que he visto en mí? ¿o en el otro? ¡cómo voy a decir que al hacer mi genograma olvidé a personas que, ahora lo veo, también forman parte de mi familia! Y es que como vamos viendo la idea de establecer confianza es algo más complejo que lo que todos pensábamos en un principio; lo que no signifique que no la haya. Haberla, hayla; pero es que cada vez se requieren más niveles de confianza.

Quizás constatar que de la psicología teórica a la practica hay un trecho es lo suficientemente importante como para que lo aprendamos ahora y no dentro de unos años. ¡Con qué frecuencia y con qué desparpajo somos capaces de pedirle al paciente que nos hable de su familia, con qué falta de respeto somos capaces de pensar en “sus defensas”, cuando a nosotros nos cuesta Dios y ayuda hablar de nosotros mismos! ¿cómo vamos a “empatizar” (esa palabra que tanto gusta), con un paciente sin saber lo que se le puede remover en su interior al hablar de cosas tan aparentemente livianas como es su familia? Para poder entender al otro debemos entendernos a nosotros mismos, saber qué nos pasa cuando estamos ante determinadas situaciones, entender cómo nuestros intestinos se nos remueven ante algunas propuestas.

Bueno, lo dejaremos por hoy. Creo que tenéis suficiente material como para reflexionar un buen rato.

Con afecto,

Dr. Sunyer

No Comments

Post A Comment