Mi cuaderno de Bitácora. V III 18/10/05: La interrelación en el aula

Mi cuaderno de bitácora, VIII, 18/10/05

Son las 10:30. Me tomé un café y un pequeño bocata porque preveo que hoy no voy a tener tiempo para comer y porque necesito desconectar un poco para ordenar ideas. Este proceso, el de ordenar ideas, forma parte de la elaboración que todos tenemos que hacer tras nuestras dosis de trabajo. Es como la digestión. En realidad es una digestión previa que tiene varias partes. Si lo que estoy describiendo es la “fisiología del proceso de pensar”, frase que me dijo un paciente no hace muchas fechas, creo estar en condiciones de decir que hay varios niveles en este proceso y que no siempre somos capaces de seguirlos:

• Habría un primer tiempo inmediatamente posterior a la clase, en la que preciso desconectar un poco del entorno para poder “recuperarme” de la sesión de hoy; fantástica desde mi percepción.
• Habría un segundo tiempo, momentos después, en el que me encuentro con algunos de vosotros y aparecen ideas (en estas pequeñas conversaciones espontáneas) alusivas al tiempo vivido en clase.
• Habría un tercer momento, en el que tanto el proceso de “recuperación” como el encuentro con algunos de vosotros, “reposa” en mi mente.
• Un cuarto momento es el que corresponde a este en el que estoy escribiendo. Es un momento delicado por cuanto en él voy a recuperar algunas de las vivencias y fenómenos que percibí, y voy a tratar de exponeros algunas de las ideas que se organizan en mi mente.
• Un quinto momento es el que va desde la finalización de mi cuaderno, el colgarlo, y la clase de mañana. Durante este tiempo, todas las ideas que se me organizan van como articulándose, ordenándose, de otra forma.
• Un sexto momento que será la clase de mañana en la que nuevas ideas se articularán con las ya existentes y darán pie a iniciar todo este proceso de pensar.

Creo que es fácilmente compartible por vosotros. Y es el mismo proceso que se realiza en las intervenciones psicológicas.

He dicho y me reafirmo, que hoy me ha parecido un día fantástico. Ha sido la primera vez que el grupo, vosotros, os habéis planteado qué hacemos aquí. Cómo lo hacemos. Hasta ahora habéis ido haciendo, cogiéndole el ritmo a la forma de trabajar, viéndome, analizándome, observándome y valorando los niveles de confianza que podéis tener conmigo. Creo que os sería muy, pero muy útil, el que trataseis de recordar la secuencia de ideas que han ido apareciendo. Desde el ruido inicial hasta el tema final y última frase: tengo confianza absoluta en vosotros. Para que veáis lo que ha sucedido una pequeña muestra: en un momento dado alguien dice “esto de los mecanismos de defensa ya lo vemos más o menos claro, pero ¿cómo hacer para que un paciente cambie los mecanismos de defensa?” Esta intervención que en otro contexto hubiera podido ser considerada como “falta de respeto” fue recogida por mi, entendida como una solicitud de cambio de tercio (como cuando en los toros la banda así lo anuncia), y me centré en el grupo. A partir de ahí nos pusimos a hablar de las dificultades de hablar. Y fueron apareciendo razones diversas que apuntaban, creo, al miedo que tenemos todos a hablar en un contexto en el que todavía no tenemos la confianza suficiente como para hacerlo. ¡Curiosa contradicción! ¿Os habéis preguntado la confianza que se precisa para señalar que no hay confianza suficiente?
La confianza (ver diccionario etimológico, por favor) es algo que se cocina a través de la relación. No es algo instituido, no es algo que llueve del cielo y ya está. La confianza es algo fundamental en toda relación interpersonal. Y es frágil: se rompe a la mínima. Es algo recíproco, no unilateral. Las personas estamos dañadas de desconfianza. Las personas que acudan a vuestras consultas sufren de desconfianza: hacia uno mismo o hacia los demás. Los vínculos interpersonales sólo se mantienen en tanto que hay confianza. Cuando uno desconfía (des-confía), es decir, cuando uno recela de la confianza que le merece el otro, la relación ya no funciona con suavidad; o deja de funcionar. Si cada uno de vosotros no confía en su pareja, ¿qué demonios hace saliendo con ella?

Los adultos, de la misma forma que los bebés, precisamos del establecimiento de niveles mínimos de confianza para poder depositar en el otro nuestras cosas, para poder establecer un vínculo útil, válido, que posibilite el crecimiento. Y esto precisa tiempo: estamos todavía cociendo los niveles de confianza que podemos tenernos; o que podéis tener conmigo. Y esta confianza la tenemos que revisar constantemente: ¿cómo valora el profesor lo que le entrego?¿cómo va a aceptar y cómo va a responder a las valoraciones que hago de mi trabajo?¿cómo va a utilizar lo que aparece en clase o lo que le pongo en el cuaderno de bitácora? Etc., etc., etc. Lo mismo, lo mismito hace el paciente con nosotros. Y se va cuando con base real o imaginada se rompe esta confianza.

Una persona me decía en el bar: ¡pero hay cosas que no se pueden decir! ¿y si digo una tontería? A ver, me digo yo, como profesor y como profesional, ¿alguien puede decir una tontería? Si parto de la base de que venimos a trabajar, a aportar lo mejor de nosotros para poder ir entendiendo algo de lo que llamamos “orientación psicológica”, ¿cabe la posibilidad de que sea una tontería? Podrá ser algo que choque, que sorprenda, que despiste, que confunda, que provoque; pero ¿una tontería? No digo que en ocasiones nos vienen ideas que “nos parecen tonterías”. Pero, y como psicólogo os lo pregunto, ¿no os parece más una devaluación de esa idea más que en sí misma sea una tontería? Otra cosa será que podamos entenderla más o menos. Y le decía a esta persona: nuestro pensamiento no se sitúa en nuestra mente sino en el espacio entre las personas. Cuando pienso, es decir, cuando hablo conmigo mismo, estoy realizando una operación mental que, si queda encerrada en mi cráneo, corre mucho peligro de acabar con moho. Sólo cuando las personas podemos hablar, cuando podemos intercambiar lo que pensamos, lo que sentimos, lo que opinamos de las cosas que nos atañen, sólo entonces es cuando hay salud. La salud mental sería la capacidad que tenemos para poder estar en plena interconexión con nuestros semejantes. Lo que daña es lo que nos callamos.

Cierto que en ocasiones uno puede decir algo a alguien que le dañe. Cierto que en ocasiones utilizamos el hablar como arma de ataque. Pero entonces ya no hablamos, sino atacamos, herimos. Si uno habla con el otro, si uno se relaciona con el otro no para ver quien tiene o no razón sino para entenderse con el otro, para poder comprenderse, entonces no puede dañar. Lo que daña no es lo que hablamos, lo que ponemos sobre la mesa. Lo que daña son las cosas que no nos decimos, lo que callamos por las razones que sea, lo que se mantiene oculto. Esto, lo que se mantiene oculto es lo que en mi marco de pensamiento, de conceptualización de cosas se denomina inconsciente. Lo que nos daña en la clase, en nuestro grupo, no es lo que nos decimos. Es lo que no podemos, no sabemos cómo decir. Dice el refrán “ de las aguas mansas líbreme el Señor, que de las bravas ya me libro yo” Deberíais tener más miedo del paciente dócil que del agresivo. De éste ya sabéis cómo organizároslas. Del otro no. Del otro, del que se muestra tímido, dócil, obediente, beato, de este ¡ojo avizor!

Como profesor vuestro puedo cometer errores. Puedo equivocarme o puede haber un mal entendido. Pero por ahí no puedo haceros daño: lo hablamos y punto. El daño vendría de traicionaros, de no jugar con las cartas sobre la mesa. Pero, y hasta donde alcanzo a ver, os aseguro que no guardo ninguna baza bajo la manga.

Un saludo.
Dr. Sunyer

P.S. ¿cómo explicáis el hecho de que casi ningún grupo haya entendido el ejercicio que debíamos hacer hoy? Algo sucedió que “mágicamente” ningún o casi ningún grupo entendió lo que creo estaba bien explicado. Esto tiene que ver con las interrelaciones, con los vínculos que se establecen en el aula. ¿por qué habrá sucedido?

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