Mi cuaderno de Bitácora: 19 del 2004-05: La realidad asistencial

Mi cuaderno 19 del 2004-05

La sesión de hoy plantea algunas cuestiones en torno a la actitud del profesional. Y, curiosamente, mientras tomaba café hablé de esto con una compañera vuestra. A ver si soy capaz de explicároslo.

No somos ángeles. Ni meros recogedores de información. Tenemos nuestro corazón que se nos mueve. Pensamos unas cosas, sentimos otras. Y cuando estamos ante un paciente, creo, o al menos es lo que me sucede a mí, debo hacer una pequeña escisión, o disociación. Una parte queda resguardada de lo que sucede en el espacio terapéutico en tanto que la otra se mueve por este espacio con total soltura y libertad: estamos al servicio del otro. Pero estar a su servicio no significa estar a sus órdenes. Estar a su servicio significa, al menos para mí, poner todo lo que puedo para facilitarle al otro los recursos necesarios para poder salir de la situación en la que está. Y cuando digo “poner todo lo que puedo” no significa “ponerme todo yo” Hay una parte que queda fuera de esta ecuación. Esta parte es la que piensa. La otra es la que actúa.

Cuando explicaban las historias que habíais construido tuve la sensación de que estábamos más pendientes de quien explicaba la historia (magníficas, por cierto) que del entrevistador. Tratábamos de averiguar “qué cuento contaban” en vez de pensar en “cómo se las estaba apañando el profesional para enterarse de lo que le contaba el paciente” Esto es normal pero fijaros que sería algo así como si estuviésemos más pendientes en identificarnos con el paciente que con el profesional. Y esto me recuerda algo: siempre me he preguntado el porqué cuando dos boxeadores pelean en el ring, en muchas ocasiones se abrazan, como si se quisieran mucho, a pesar de lo que se pegan y siguen pegando. Esta imagen me parece que es adecuada. Nosotros a veces nos quedamos pegados al paciente como esos boxeadores. A mi me han dicho que lo hacen porque están agotados, pero también para evitar que el golpe del contrario sea más dañino de lo que sería si estuviesen más alejados. No sé. La verdad es que nunca me ha interesado el boxeo; pero si lo aplicamos a nuestra función Orientadora, ¿no será que lo hacemos para evitar que nos golpee?

Solidarizarnos con su sufrimiento, empatizar con él significa precisamente eso: conectar con el grupo de sentimientos que tiene esa persona. Pero conectar con estos sentimientos, pensamientos, vivencias, no significa que nosotros debamos comulgar con ruedas de molino. Y, os decía hace unas líneas, como me he desdoblado, una parte mía, la parte actuadora, se solidariza al 100% con ese aspecto del paciente. Si me dice que está viendo a unos enanitos caminando por encima de la mesa es porque realmente los está viendo, por lo que decirle que no, no le sirve. A ver, ¿cómo os sentiríais vosotros si realmente vieseis unos enanitos caminando por encima de la mesa? ¿Os divertiría? ¿Os asustaría? ¿Trataríais de cazarlos? ¿Les montaríais un recorrido para que jugasen? Bien, pues estas cosas y otras muchas más son las que el paciente puede estar sintiendo o pensando. Y cuando escucha que a nosotros esta idea nos parece “tan seria como a él le está pareciendo”, repito, “tan seria como”, entonces y sólo entonces podremos comenzar a trabajar la posibilidad de que esto sea una alteración de la percepción. Es decir, una vez le hemos podido comentar el susto que puede sentir (que ha de ser similar al que tendríamos nosotros si esto nos sucediera; cosa por otro lado no tan imposible), entonces podremos ver por donde introducimos elementos que le permitan pensar que es una alucinación, que es producto de su imaginación, que debe estar nervioso y por esto sus percepciones están alteradas, que posiblemente se sienta muy gigante ante ellos… ¡yo qué se!

No somos quienes debemos “bajar al paciente” a la realidad. El paciente bajará cuando las condiciones se lo permitan. Si alguien me cuenta que cuando va por la calle siente que le siguen, es que este sentimiento es absolutamente cierto. SI yo le digo que no es verdad, comenzará a pensar que está loco o que no quiero entenderlo. Y, a ver, entre nosotros, ¿nunca habéis tenido la sensación de haber sido seguidos por alguien, o que alguien os mira? ¿nunca habéis sentido agobio al entrar en el metro o en el Corte Inglés? Cuando estáis en una aglomeración o en un atasco circulatorio, ¿no habéis deseado poder elevar el coche por encima de los demás y salvar el caos? Y cuando un coche os hace un adelantamiento imprudente, ¿no habéis deseado tener un rayo láser y fulminarlo como en las películas? Podría seguir. Pues estas cosas son las que cuentan los pacientes. Solidarizarse con el sentimiento, entenderlo no significa más que darle la credibilidad que le da el otro; para a partir de ahí, poder seguir trabajando.

Tengo un paciente cuya mujer ha realizado 19 intentos de suicidio, y se le han suicidado, también dos hijos. En estos momentos vive por su cuenta, pero su “ex” cada vez que pude organiza un tinglado en el que el intento suicida está incluido y él se ve ante la tesitura de llevarla a urgencias, etc. Cuando esta persona me dice “deseo que se muera de una p. vez”, ¿parece lógico, no? Y qué es mejor, decirle que “hombre no piense estas cosas”, “pues sí, lo mejor sería que se muriera”, “qué manera de putearlo”… Seguro que no diría la primera. ¡Cómo no va a expresar el deseo incluso de ayudarla a morir! Ahora bien, cuando decís esto, ¿qué decís? Estáis diciendo, como él, que lo que un desea que se muera es esa parte que le atormenta, ese objeto interno que llamamos “mi mujer” y que tiene como objetivo, atormentarme, paralizar cualquier proyecto personal, impedir que pueda rehacer mi vida de forma diferente a como la he llevado hasta ahora. Esto es lo que estamos diciendo.

Pero para ello hemos tenido que desdoblarnos. Una parte se solidariza con él para facilitar el que pueda decir todo lo que pueda y quiera decir. La otra parte, la que no actúa con él es la que nos ayuda a pensar sobre lo que está sucediendo. A conceptualizar (para esto sirve la teoría) lo que está sucediendo en el aparato psíquico del otro para así, no quedar “atrapados” en la historia y poder actuar como profesionales.

Bueno, os dejo.

Un saludo.

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