El reencuentro del día después (12/1/04)

El reencuentro del día después…

Puede sorprender una reflexión a partir de esta idea. Pero no crean que es banal. Porque la experiencia tanto terapéutica como académica indican que “el día después de las fiestas”, es diferente. Supone una situación nueva, siendo ya vieja. ¿Qué tiene de diferente ese día?

La verdad es que así, a bote pronto, no sabría qué decirles. Uno acude a la sesión o a la clase con unas ciertas y renovadas fuerzas de trabajo. Parece que ha podido desconectar de esto que llamamos trabajo y, fresco él, se dispone a conectar con todos y cada uno de los pacientes, o con los grupos con los que trabaja. Y presupone, ya es mucho presuponer, pero es así, que quien acude viene con semejantes actitudes. Suponemos que entraremos en materia con facilidad, que los temas o las situaciones con las que nos encontramos antes del período vacacional se retomarían sin mayor dilación. Supone que todos estarán en la misma disposición de ánimo y que la o las sesiones que vamos a tener, van a transcurrir con una normalidad absoluta. Pero no es así. ¿Con qué se encuentra?

Sencillamente nos encontramos con dos aspectos que luchan denodadamente entre sí. De un lado, y creo que es cierto, con las ganas de seguir trabajando, con los deseos de seguir profundizando en aquel o aquellos temas que quedaron anunciados antes de las vacaciones. Nos encontramos con las ganas de reemprender la relación que se había llegado a establecer, los niveles de confianza con los que nos quedamos antes de las vacaciones. Casi podríamos decir que desearíamos seguir “como si no hubiese pasado nada”. Y creo que estos sentimientos son ciertos, están presentes en todos los que nos reencontramos. Pero por otro lado…

Por otro lado nos encontramos con que todo esto que he dicho, queda en letra minúscula. Queda tapado por sentimientos de índole contraria: pereza, ganas de no volver a empezar, ganas de no tener que reconectar con la o las personas con las que trabajábamos. Un cierto desánimo por volver a constatar que las cosas son como son, que no hay más “tús tús”, que no hay “más cera de la que arde”. Creo, y no pienso que exagere, que incluso hay ganas de no volver a empezar, ganas incluso de dejarlo como estaba, de no volvernos a ver. Incluso, si me apuran, creo que hay una cierta o gran devaluación de lo realizado, un punto hipercrítico ante lo conseguido, ante las diferencias entre lo esperado y lo alcanzado. ¿Y por qué todo eso?

Creo que es evidente que son dos sentimientos contrarios; pero no por ello contradictorios. Pero, ¿por qué emergen en este momento y con tanta fuerza? Creo que la razón que se oculta tras todos estos sentimientos reside en el hecho de la separación. Si, parece que a los humanos, esto de separarnos, no nos gusta. O no nos acaba de gustar.

Cuando nos separamos de alguien con quien hemos establecido una relación de una cierta intensidad, nos lo pasamos mal. Podemos razonablemente pensar que la separación es aconsejable, que es buena, necesaria. A nadie se le ocurriría decir que no es bueno, necesario, tener vacaciones. No. Desde la razón (hay razones del corazón que la razón no comprende), podemos entender un montón de cosas. Pero el problema es que no sólo funcionamos con la razón. El corazón también actúa. Y es que cuando nos separamos, el dolor que conlleva nos despierta un abanico de sentimientos negativos: enfados por el hecho de la propia separación. Cuando afectivamente no acabamos de comprender, o mejor de aceptar la propia separación y el dolor que supone, emergen en nosotros dos tipos de enfado: los que provienen del mismo hecho de la separación y los que provienen de todas aquellas cosas que hemos ido acumulando y que tienen carácter negativo y que no hemos podido resolver. Se corresponde a todo lo que está pendiente, a los malos entendidos, a los elementos que nos han dolido y que están ahí, como quejándose, y que emergen ante la propia separación. Y también aquellas otras cosas que hemos percibido a lo largo de la separación y cuya constatación tampoco nos es agradable.

Así que durante este período en el que no nos hemos visto, en la mente de uno, en su corazón, han ido aflorando estos elementos “de carácter negativo” a los que le añadimos los que provienen del hecho de la separación y los de los desencuentros habidos en nuestro recorrido conjunto. Y esto tanto por parte de los pacientes como de nosotros mismos. Y en el caso de las relaciones académicas, también.

Esto es bueno tenerlo en mente. Son momentos delicados que piden una atención para evitar que el dolor de la separación definitiva que contiene todos estos elementos anunciados, sea lo suficientemente fuerte como para no valorar todo lo conseguido.

Dr. Sunyer, 12-1-04

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