Mi cuaderno de Bitácora. Curso 2002-03. Identidad personal y social

Identidad personal y social 6-11-02

Me preguntaba con uno de sus compañeros, una compañera, acerca del tema que debía articular mi escrito de hoy. Y me preguntaba sobre por qué hacerlo; que quizás no tenía la obligación de hacerlo ya que ya había dicho muchas cosas en clase. Se lo agradezco, de veras. Pero le decía que era mi compromiso para con Uds., y que en la medida de mis posibilidades, trataría de mantenerlo. Y también me daba sugerencias sobre temas a tratar. Y la verdad es que su ayuda me fue útil. A ver…

Porque hoy el día fue un poco diferente. Había una pregunta importante: ¿qué tiene que ver el ejercicio con el texto? Traté de explicarlo. Pero esa pregunta me sugiere muchas otras cuestiones. No sé qué entienden Uds., por “el texto”, más allá de lo que todos conocemos. Para mí el texto es un aspecto de mis referentes teóricos. Y con ellos trabajo todo el día ( y a veces de noche, en los sueños, por ejemplo) Y el texto hablaba de la empatía, y de creencias, de la aceptación del otro… Y me imagino que cuando me pongo a realizar una actividad como la que les propuse, la del genograma, se me activan numerosas cuestiones. De entrada me veo ante la tesitura de revisar mi propia historia familiar. A visualizar en un papel las relaciones de varias generaciones de personas. Y en esta visualización aparecen de forma más o menos inevitable, diversas situaciones familiares que se transmiten, que generan tensiones entre miembros de la familia… Y aparecen fenómenos de límites, de fronteras entre subfamilias, de conflictos de intereses, de opiniones y posicionamiento diversos. Límites que nos son necesarios pero que también nos limitan. Zonas de influencia entre miembros de cada familia que quedan fácilmente reflejados en las diversas generaciones de una familia.

Junto a eso, visualizar la familia del otro, es decir, representarla, supone un ejercicio de comprensión de lo que el otro dice. Cómo lo dice. Y cómo lo entiendo. Cómo soy capaz de entender y de transmitir una serie de situaciones que al otro le resultan difíciles de entender. Porque partimos de nuestro propio esquema de referencias, como bien decía otra de nuestras compañeras en el grupo grande. Ello me hace pensar no sólo en aquello de que vemos las cosas tal y como nos las imaginamos (que hace referencia a los elementos proyectados) , sino que, junto a este elemento, aparece un aspecto de lo que podríamos denominar la identidad de cada cual. Porque nuestro esquema nos proporciona nuestra identidad. Nuestra forma de ser, nuestra forma de actuar, la manera que tenemos de establecer las relaciones con cada aspecto de nuestro entorno tiene mucha relación con nuestra propia identidad. Y hay aspectos en esa identidad que tienen que ver con la propia familia. De la identidad familiar. Y del esquema de identidad familiar que tenemos cada uno de nosotros. Y en este esquema, detectamos lo que otra de sus compañeras señalaba como “roles”. Decía, al ver la escenificación, que se podían ver como roles, o esquemas, que están presentes en muchas familias. Es decir, identificaba elementos como propios, o conocidos. Estos eran, recordarán, elementos de la identificación.

En este punto de la identidad de cada uno de nosotros, identidad personal, identidad profesional, hay, me parece, dos aspectos a resaltar: de un lado aquellos que nos son genuinos, que nos pertenecen y que provienen de nuestras propias capacidades y desarrollos y adquisiciones. Pero hay otro aspecto que proviene de un conjunto de informaciones provenientes de otras personas y que se han ido transmitiendo a lo largo de la historia de la humanidad, o de la cultura particular y familiar. Informaciones que nos informan de lo que está bien y de lo que está mal. De lo que nos parece correcto e incorrecto. De lo adecuado e inadecuado.

Es un elemento que a diferencia del anterior de carácter más ontogénco, presenta un matiz más filogénico. Entendido como aquellos aspectos que transmiten a cada miembro de la familia su articulación con la del grupo familiar al que pertenece. Ello configura todo un marco simbólico y afectivo que ubica a cada miembro dentro de una determinada órbita o coordenadas familiares y no otra u otras. Cada miembro de la familia, y de forma similar cada miembro de una organización, se ubica en un determinado punto de relaciones marcadas por la simbología asociada y por los afectos a ella vinculados. Este punto es diferente del que nos ubica dentro del cuadro jerárquico. Es decir, en el protocolo de una empresa, de una organización, de un gobierno, la posición relativa que ocupa cada persona se articula estrictamente por elementos de poder, aspectos jerárquicos. Todos sabemos, por ejemplo, que si tuviésemos que hacernos una foto con las autoridades académicas y administrativas, la figura central no seríamos necesariamente nosotros, sino aquellas personas de la jerarquía que ocupan ese puesto central. Y de la misma forma la familia. Pero si esta misma foto se realiza de manera informal, la distribución de las personas es otra. Ahí lo que emerge es otro tipo de orden que está más articulado con los afectos y determinados símbolos y que lo diferencian del de la foto anterior.

Son elementos de la identidad social que se van transmitiendo de generación en generación, tanto en el ámbito personal como del profesional. Estos elementos son los que Burrow define como Yo-Persona, y que constituyen o determinan una cierta disonancia con los de la propia identidad. Son esos aspectos que “imprimen carácter”, como decíamos desde contextos más religiosos, y que constituyen un complemento de la identidad propia de cada uno. Se perciben, por ejemplo, en aspectos aparentemente tan simples como el tipo de letra: en mi generación, los que íbamos a un colegio nos diferenciábamos de otro por el tipo de letra que teníamos. Así los que íbamos a los Jesuitas teníamos letra diferente de los que iban a La Salle; y en el caso de las niñas, la letra de las del Sagrado Corazón era diferente a las de Jesús María, etc. En estos aspectos se incluyen, por ejemplo, los prejuicios, los intereses sociales, y todos aquellos que diferencian unas familias de otras, unos pueblos de otros, y que se enmarcan no sólo en el propio contexto social sino que se integran en uno conformando ese aspecto de la identidad de características más sociales. Esos aspectos se transmiten d generación en generación y corresponden a la filogenia del ser humano

Por ejemplo, estoy pensando en los mensajes que provienen del cuerpo docente en general y que indican una manera de relación profesional y no otra. Un “algo” que proviene del molde en el que nos formamos (y formamos al tiempo) y que se va transmitiendo de año en año, de curso en curso, de generación en generación. Y no me estoy refiriendo a los elementos del súperyo. No. Son aspectos de la identidad social y que corresponden más a la filogenia que a la ontogenia. Entonces, la comprensión de esos aspectos nos posibilita un acercamiento al otro sobre la base de ir discriminando, diferenciando, aquellos elementos que nos corresponden en tanto que somos individuos y los que nos corresponden en tanto somos miembros de un grupo familiar, laboral, social, político, religioso y cultural. Y, al poderlos nombrar, al poderlos describir, posibilitamos que emerjan las discordancias existentes entre ese aspecto y el de la identidad personal. Podré entender algo mejor que introducir determinados modos de proceder que rompen o pueden romper la idea de identidad que tiene un grupo familiar u organizativo, genera tensiones y ruidos que provienen no tanto de mis características personales cuanto de la lógica discrepancia que emerge de tal introducción. Y por lo tanto, evaluar la forma más adecuada para que dicha discrepancia no sea excesivamente crítica, o sí, nos proporciona un elemento más de evaluación y comprensión.

Quizás algo de ello aparecía cuando ofrecí la posibilidad de escenificar una estructura familiar. Rompía los moldes habituados de que en ese espacio “sólo se puede hacer una determinada cosa”: introduje una discordancia entre la “identidad social que el grupo adquiría” y la “identidad personal que les ofrecía”. Y aportó otro elemento de importancia capital: las aportaciones que realizaron provenían exclusivamente de lo que veían y del cómo lo interpretaban, del cómo lo entendían. Eso era romper otra lanza más a favor de sus propias capacidades personales. Ya lo decíamos en otra ocasión: uds. son su mejor instrumento y técnica de trabajo.

Que les resulte útil.

Dr. Sunyer 6/11/02

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