Mi cuaderno de Bitácora. Curso 2002-03. Puertas al campo.

Puertas al campo. 24/10/02

Entiendo su enfado. Es un enfado parecido al que he sentido en muchas ocasiones. Y que todavía, de vez en cuando detecto en mí. A pesar de la edad, no consigo acabar de aceptar lo impredecible de las cosas. Y todavía hoy me empeño en conseguir la cuadratura del círculo. Por esto entiendo su enfado que, en parte es mío.

Cuando tomé contacto por primera vez con la materia, el primer libro que cayó en mis manos fue el de Shertzer y Stone. Lo conocen bien porque está en la bibliografía con la que trabajamos. Cierto que cuando cayó en mis manos ya llevaba unos años trabajando en esa tarea de psicólogo; lo que introdujo en la lectura una cierta mirada crítica. Y ese criticismo fue en aumento al comprobar lo poco concreto que era el campo en el que me estaba introduciendo. Buscaba desesperadamente los límites que me permitirían ubicarme en un lugar y no en otro. Y esos límites no aparecían. O no los veía. Además, esos límites inexistentes se me tornaban todavía más irritantes al ver que las personas que accedían a ejercer de orientadores provenían de formaciones muy diversas, e incluso alejadas de la práctica psicológica habitual. Ello añadía más confusión e irritación en mi mente.

Tras ese libro, busqué otros con la secreta esperanza de poder encontrar alguien que me ubicara concretamente en el terreno. Pero la confusión fue en aumento. Ni Blocher y Biggs, o Dietrich, ni los otros autores que he ido trabajando, han conseguido calmar esa ansiedad ni ese enfado. Es más, introducían más confusión en mí ya que si bien tenía claro lo que era la psicoterapia, ahora se tornaba más complejo lo que hasta aquel entonces me parecía tener claro. La confusión iba en aumento; y por lo tanto mi enfado.

Por otro lado…

Por otro lado, mi formación había seguido caminos muy distintos a los habituales. Mi propia historia comienza con el mundo de las reeducaciones psicomotoras y en el terreno de la terapia ocupacional. Pero, creo que afortunadamente para mí, el inicio y desarrollo de las prácticas psicomotrices vinieron de la mano de actividades muy alejadas a las de la psicología oficial y pude percibir cosas tan curiosas como la importancia del juego. Y con niños y posteriormente con adultos, pude introducir el juego, el juego creativo no el competitivo, como la práctica habitual de trabajo de lo psicomotor. Ya saben lo poco que me gustan las ortodoxias y soy un ferviente defensor de todo lo que sea la creatividad, la innovación, siempre y cuando se vaya realizando con un pensamiento que sirva de guía. ¿Y qué me enseño el juego? Pues que las personas que participaban, entraban en procesos personales que iban más allá de lo que me proponía con el juego. De tal forma que si trabajábamos con el cuerpo, si jugábamos con él utilizándolo para incrementar, por ejemplo, el grado de conocimiento y conciencia del mismo, se realizaba un proceso paralelo que hacía que aquellos niños, por ejemplo, mejoraban sustancialmente el trabajo escolar. Y no había tocado para nada ninguna cuestión académica. ¿Dónde, me preguntaba yo, dónde se encuentra el elemento psicoterapéutico si sólo juego? ¿Dónde se encuentra la frontera entre la actividad terapéutica y la lúdica? No podía establecer el límite entre una actividad y la otra. ¿Qué diferencia existe entre la actividad que realizo y la que seguro realizan otras personas con ese niño, que hace que esa intervención mía obtenga unos resultados que los otros no han alcanzado? Magia no tengo. ¿Dónde diablos se encuentra la línea que separa una actividad de otra?

Algo similar sucedió con el caso de M. Era una joven de unos 24 años, oriunda de una aldea del norte de España. Vivía con sus padres. Tenía una hermana mayor que no vivía con ellos. Unos tíos suyos estaban preocupados ya que M., no hablaba con nadie. Los tíos vivían cerca del hospital en el que trabajaba y que disponía de una unidad de Hospital de día, la primera que se creó en España. Y consultaron a los que estábamos trabajando ahí. Y nos ofrecimos a ver de qué iba el asunto siempre y cuando, claro está, M., acudiese al centro. Así que los tíos convencen a los padres para que M., acuda a nuestro centro; mientras puede vivir en su casa.

En esta tesitura, llega M. Me la presenta el Jefe de Servicio: “Miquel, me dice, te presento a M., para que vayas viendo qué se puede hacer con ella, a ver cuál es tu opinión; va a ser paciente de la Unidad”. Alargo la mano para saludarla, pero M., que no me mira pero me ha lanzado una mirada furtiva, no me da la mano. Ni hace ningún gesto. Opto por invitarla a seguirme y nos dirigimos a la Unidad. Un grupo de pacientes estaba haciendo alguna actividad ocupacional y yo estaba con ellos. M., se sentó en el grupo. No dijo nada. La gente se presentó pero no obtuvieron ni una mirada de devolución. M., permaneció callada, sin hacer ningún tipo de actividad durante 10 meses, cinco horas diarias, cinco días a la semana. No fue medicada. No se le incluyó en ningún tipo de actividad “específica” para “hacerla hablar” Un mes después de darle el alta, con la oferta de poder incorporarse a la unidad cuando ella quisiera, y sin ninguna obligación de ningún tipo, M. llamó y habló con la asistente social para preguntarle sobre determinados derechos de los trabajadores del hogar, ya que había encontrado un sitio para trabajar a 400 Km. de su casa.

¿Qué ha sucedido? ¿Qué proceso había tenido lugar? ¿Qué pudimos ofrecer los que a diario estábamos con ella y con los demás? ¿Qué pudo suceder para que saliese de su mutismo que la mantenía calladas desde los 14 años no estableciendo ningún tipo de lenguaje ni verbal ni no verbal con nadie, ni con sus padres? ¿Dónde se encuentra la frontera que marca hasta dónde hemos intervenido o hasta dónde han sido las “casualidades” de la vida? ¿Qué elementos de la relación que estableció, desde su silencio y pasividad, sirvieron para que se modificase, hasta tal extremo, su vida? ¿Qué pudo haber ido escuchando en los diversos espacios que actuó de catalizador o aglutinador de aspectos internos y que le reorientaron en su actividad?

Entiendo su enfado, porque también ha sido el mío. Cierto que mi propia formación personal, los diversos sucesos que han ido jalonando mi vida, me han hecho un tanto reacio a organizar planes de trabajo. Sí he visto los planes de otros y también he presenciado su calamitoso resultado. Quizás eso me ha orientado hacia otra posición: la de posibilitar desarrollos o al menos no entorpecerlos; que ya es mucho. Y entiendo que esto enfada, porque en ocasiones se tiene la idea de la planificación. ¡Cuántas veces una persona dice: ¡¿Y qué le cuento hoy?! Y uno piensa, lo que quiera, todo es útil. Ya veremos cómo nos las componemos. Vamos a ver cómo nos vamos orientando. ¿Qué quiere saber, dónde esta la plaza de Cataluña?, o ¿pregunta Ud. dónde esta?, o ¿quizás quiere saber dónde encontrar algo?

En el grupo de hoy, en el grupazo, aparecían sugerencias muy dignas de seguir. ¿Será la Orientación parte de un proceso? ¿Será el inicio y que a partir de ella se iniciaría un tratamiento más organizado? ¿Quién es el que está capacitado para ello? ¿Quién organiza el campo laboral? ¿Cuándo acaba una orientación y se inicia una psicoterapia? Y en el transcurso de lo que hablábamos aparecían ideas como ¿Si Uds., ponen una placa de “Orientador Psicológico”, qué tipo de persona acudiría a Uds.? ¿Quién se iría al Psicólogo o al Psicoterapeuta y quien al Orientador?. En uno de los grupos pequeños aparecía una situación, la de un muchacho adolescente que no quería ir al orientador pero que iba porque la familia le obligaba. ¿Qué hacer? Y les decía a los componentes de ese grupo, yo, jugaría a cartas. O me interesaría por la música que le gusta. Y entiendo que “eso”, les sorprendió un poco. ¡Pero si no progresa, los padres se lo llevarán! Cuando en realidad, ya les aseguro a Uds., que se darán progresos importantes. Es más, posiblemente los padres se lo retiren precisamente por eso, por los progresos. Solo que posiblemente esos progresos no sean los que los padres deseen. Esta es otra cuestión. Porque un adolescente que va por “orden superior” (puede ser judicial, ¿eh?) a un profesional, podría ser un adolescente que, con esa actitud está denunciando que sus padres no le escuchan. Y, con ese interés suyo por su música o sus escritos, o sus rollos, le están escuchando. Están ejerciendo una función que no había podido encontrar hasta que acudió a Uds.

Pero sigo entendiendo su enfado. Ese enfado, creo, obedece a la constatación de algo que posiblemente no habíamos podido percibir hasta ahora: las teorías que estudian, todo el bagaje de conocimientos que han ido adquiriendo hasta ahora son aspectos importantes que les resultan útiles para la comprensión de lo que sucede o lo que tienen ante sus ojos. Y este bagaje importante, junto el que van a ir adquiriendo con el paso de los años es el que, al menos en mi caso, tengo a mi alcance en la biblioteca. Lo utilizo para pensar, para poder “Orientarme” en situaciones que me generan bloqueos en el pensamiento. Sin embargo, cuando uno está ante la situación laboral, cuando me encuentro ante el paciente, me centro en él. En lo que dice, hace, o deja de decir o hacer. Y, a simple vista, si me viese alguien por el ojo de la cerradura pensaría que no hago nada. Que menuda tontería es esa de ser psicólogo. A fin de cuentas, sólo me dedico a escuchar y, ocasionalmente digo algo. A veces, incluso, se parece más a una charla de café que a una sesión seria. Recuerdo que un chaval de unos 18 años me llamó hace unos pocos días. Lloraba y me decía por teléfono que no iba a volver. Y no volvía porque él pensaba que eso de ir al psicólogo era algo serio. Y que había comprobado que durante las sesiones hablábamos de muchas cosas, sí, pero sin un objetivo concreto. Y lloraba. Y entre sollozos me explicaba que eso le había frustrado mucho. Que se sentía como timado, ya que costaba mucho dinero ir a un profesional para acabar hablando de los Simpson o de cualquier otra cosas. Y entonces le pregunté que por qué lloraba. Y me dijo que, a pesar de todo eso, que me apreciaba mucho. Que se sentía escuchado. Y que había tomado la decisión de no venir por lo que me había dicho, pero que paradójicamente veía que era un amigo para él. Y que le apenaba tener que dejarme por lo que había dicho. Y le contesté que era una opción. Que posiblemente se había hecho una composición de lugar muy seria y claro, si uno va al psicólogo para algo serio, y se encuentra con que es un lugar cómodo, pues que eso debe frustrar un montón. Y dar mucha rabia. Y que en cualquier caso, entendía el motivo de su enfado y de su tristeza y que, como no pensaba cambiarme de sitio ni de teléfono, que siempre que quisiera, podía llamarme. Y nos despedimos. Y al cabo de una semana, me llamó para reanudar las sesiones.

¿Ven? Es el enfado por ver que hay dos niveles: el que se ve y el que está por debajo. Y a mí me sucede algo parecido cuando voy al circo. Cuando veo a los funambulistas caminar por la maroma a veinte metros del suelo. Y me parece que es la cosa más tonta del mundo. Que eso lo hace cualquiera. Sólo que… cuando camino por el borde de la acera y veo cómo me caigo a la primera de cambio comienzo a pensar que eso que hace el funambulista debe tener algún truco que no veo. Debe haber un esfuerzo que no soy capaz de alumbrar.

En nuestro primer grupo del curso, una alumna que nos ha dejado pedía con una cierta fuerza que dijese cómo hay que hacer las cosas. Y la verdad, tras algo más de un cuarto de siglo de trabajo sólo puedo decirles una cosa: disfruten de la relación y de las experiencias profesionales.

Un saludo

Dr. Sunyer.

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