Mi cuaderno de Bitácora. Curso 2002-03. De nuestras cosas y dificultades

Bueno, un día más. El grupo se va constituyendo a un ritmo quizás más lento del que uno desearía; pero en definitiva, a su ritmo. Las personas que han decidido cambiar de asignatura ya lo han hecho; y tenemos algunas incorporaciones. Bienvenidos. Esto ya señala un elemento más de la relación que no aparece en los textos habituales: se precisa tiempo para establecer una relación. Para ir encontrando un lenguaje común, una forma compartida de leer las cosas. Y en ello estamos. Pero si se fijan aparecen unos movimientos que podemos utilizar para pensar sobre aspectos de la relación. Unos tienen que ver con la distribución espacial. Otros, con los temas que se abordan, las preguntas que se realizan. Y, finalmente, unos terceros, sobre cómo se viven todas estas cosas.

El primer elemento sobre el que podríamos fijarnos es en la distribución espacial. Qué elementos perciben Uds., en la misma y qué elementos percibo. No sé cuáles perciben Uds., y posiblemente alguno tenga la amabilidad de realizar algún comentario (sí, por favor) en el cuaderno de bitácora. Lo que percibo son dos cosas: de un lado el hecho que no todos los grupos parecen haberse adueñado de un lugar del espacio; como si no tuviesen lugar fijo. Esto sorprende un poco. Parece lógico pensar que en un principio se tiende a buscar un lugar fijo para luego irlo modificando. Y aunque puedo entenderlo como movilidad, plasticidad, ausencia de postura rígidas, tengo la impresión de que eso, precisamente en los inicios, no suele ser lo habitual. Uno puede ser flexible a partir de una postura; no cuando no la tiene previamente. Pero en cualquier caso, mientras algunos grupos sí tienen ese lugar más o menos fijo, otros parece que no acaban de encontrar su lugar. Y si esta idea la considero desde una lectura metafórica, me pregunto qué debe haber tras esa característica de “no encontrar su lugar” Y lo atribuyo, en principio, a que la novedad en el estilo de trabajo es suficientemente novedosa como para que nos cueste encontrar nuestro sitio. Creo que esta idea se enlaza con la que aparece al inicio de este escrito: nos estamos constituyendo como grupo. Y en todo proceso de constitución de una relación se transcurre por un período de adaptación que es el que nos concedemos para encontrar nuestro lugar. Y ese lugar, si lo trasladamos a otro aspecto de su experiencia profesional, no resulta fácil encontrar. En la vida también cuesta encontrar ese lugar. Me acuerdo de la discusión sobre lo genuino. Creo que algo de esto también está involucrado en esa idea.

Otra característica del espacio tiene componente doble: por un lado el grupo grande adopta, en ocasiones, una extensión aparentemente excesiva. Un tanto expansiva, diría yo de forma suave. Por otro, una cierta dificultad en movernos para constituirlo y eliminar, retirar, las sillas que quedan en el interior del círculo. Son dos aspectos que vinculo con otras dos ideas que emergen en mi mente.

Si me ciño a la primera de las componentes comentadas, le pregunté a una compañera de Uds., que qué podría representar ese espacio tan expandido. Y me contestó de forma rápida, y por lo tanto, sincera y desvestida de “razonamientos políticamente correctos”, que “a lo mejor es que no nos queremos oír” Y la verdad me parece una sugerente y acertada apreciación. Porque evidentemente, un espacio tan expandido dificulta que la voz de un miembro llegue a otro situado en el punto opuesto. Y me pregunto acerca de las razones que se podrían esconder tras esa idea. Creo que si estoy en un grupo es precisamente pera ver y oír a mi compañero con mayor comodidad: una distribución en filas, dificulta el vernos. Y en cualquier caso, de forma tácita, obligo al otro a hablar más alto. Y, me pregunto, ¿por qué obligarle a hablar más alto? ¿Qué pensarían de un paciente que se pusiera en el extremo opuesto de su despacho, alejado de Uds. hasta el extremo de obligarles a hablar en voz alta para que él nos escuche? Personalmente me gusta oírles. Me gusta escucharles. Hemos suprimido el ruido proveniente del aire condicionado justamente para ello: para que nos podamos oír. Entonces ¿por qué no nos querríamos oír? Quizás porque si oigo a mi compañero me siento con una cierta obligación de devolverle mi opinión. Y para evitar esta situación, tácitamente, me alejo del otro organizando un círculo excesivamente abierto. Como si hubiese algo, en esta situación que me hace alejarme de ella; a pesar de que, oficialmente, no me parece mal esa forma de trabajar. Hay aquí una lucha en el parlamento interno de cada uno cuyo resultado, hoy por hoy, es el mantener la distancia. Y, paralelamente, se establece una especie de forcejeo entre Uds., y yo en la que mi intento de cerrar el círculo topa con “no nos moverán”, que decían las canciones de los años sesenta. Podría seguir, pero no quisiera ir más allá por otra razón que emerge en la estructura que estamos construyendo, y de la que hablaré más adelante.

El otro aspecto, el que habla de la dificultad de eliminar las sillas que se quedan en el centro del espacio circular, creo que no se distancia mucho del anterior; más bien lo complementa. Una pregunta: ¿consideran suyo el espacio? Tácitamente sí; explícitamente no. Esto se percibe muy bien, para alejarlo un poco de nuestro lugar de trabajo, en las organizaciones y en las empresas. En las empresas, los que trabajan en ellas no se suelen hacer responsables del mobiliario, de los instrumentos de trabajo: si se rompen, si se estropean, es un problema de la empresa, no mío. Y esta idea, absolutamente errónea pero que resulta válida y hasta políticamente correcta desde el supuesto de que “soy un trabajador” y el “empresario me explota”, es dañina para los intereses no sólo de la empresa sino del propio trabajador. Y lo mismo sucede en muchísimos otros aspectos de la vida. Tirar un papel al suelo, en la calle, no deja de ser una consideración errónea de lo que es la vida ciudadana. Y quien dice en la calle, dice también dejar porquería en el campo o en la playa. “Soy libre de hacer lo que quiera: para esto pago impuestos” “Es un problema del ayuntamiento” Frases como éstas ¿a qué aluden, señores psicólogos?. A un distanciamiento de las cosas que nos atañen. Un papel en el suelo no deja de ser una agresión a algo público, de todos. El mobiliario que no cuido o la herramienta que no me importa que esté en condiciones o se pierda, es algo que pertenece a la colectividad de la que formo parte: si no la cuido, no cuido lo que es de todos. En esta línea, si no retiro la silla que está en el centro es porque no considero que el círculo sea mío: será de otro. Del profesor. No hacerme responsable, corresponsable (ya lo hará otro), es una dejación de mi participación como miembro de un colectivo. Esta reflexión sugiere un elemento de la relación que hoy por hoy marca nuestra dinámica. Quiero que sean Uds,, los que le pongan nombre a esa relación.

Otro grupo de elementos hacen referencia a las preguntas que se establecen y cómo se establecen. Al final de la sesión de hoy les dediqué un cariñoso calificativo. Calificativo que aludía a ese elemento que tiñe la relación que estamos estableciendo. Les decía “hoy no quiero hablar…” Y al final, ¡hablé! La verdad es que me podía haber callado, pero preguntaban sobre algo muy concreto: la identificación proyectiva. Y si bien hubiésemos podido ir avanzando, tuve la impresión (quizás equivocada) de que la pregunta iba dirigida directamente a mi persona; o a la figura del profesor. Ciertamente no respondí inmediatamente. Dejé que el grupo iniciase un diálogo, que curiosamente se establecía a mi izquierda; mientras que el resto, bien porque no se oía, bien por alguna otra razón, no podía o no encontraba cómo entrar en el tema. Así que me vi en la tesitura de hablar, de aclarar los conceptos que aparecían en el texto. Ahora viene una pregunta: ¿por qué creen Uds., que intervine? Podía haber callado. Podía haber esperado que el grupo, a su ritmo, a su velocidad, fuese calentando motores y se iniciase una conversación entre las diversas comprensiones de ese mecanismo. O de otros. ¿Por qué intervine? Evidentemente hay varias respuestas que, desde mi perspectiva, se corresponden a diversos niveles de análisis:

▪ Porque me dio la gana.
▪ Porque es mi obligación como profesor.
▪ Porque no disponían de criterios para hablar de ello.
▪ Porque me gusta explicar cosas que creo conocer.
▪ Porque me sentí en la obligación de hacerlo.

Todas estas respuestas son ciertas. Y seguramente hay más. ¿Podrían tratar de ubicar estas respuestas en categorías? Según el texto que teníamos, ¿a qué se correspondería? Hay un sujeto: el profesor. Un objeto: el grupo de alumnos. El sujeto entra en contacto con el objeto que expresa una duda. Esa duda, esa pregunta, configura una determinada imagen: la de alguien que pide ayuda o algo similar. Pero el silencio que acompañaba a esa demanda cargaba la atmósfera haciendo que la solicitud de ayuda se hiciese más fuerte. El sujeto ve una demanda de auxilio con la que comulga cuando se recuerda a sí mismo solicitando que alguien le aclare esa duda. De esa forma, esa solicitud de ayuda entra en la mente del profesor, del sujeto. Y este, una vez percibe que eso ha penetrado, se ve “en la obligación de hacerlo” ¿a cuál de los mecanismos de comunicación o qué mecanismos se han puesto en marcha? Estos mecanismos, ¿qué tipo de relación dibujan? La respuesta a esta última pregunta está, según mi perspectiva, en la misma dirección de la que les hacía dos párrafos antes al solicitarles que calificasen la relación.

Vayamos al tercer punto. ¿Cómo se viven esas cosas? Ya apareció el comentario en el grupo. Les dije en el escrito de ayer que en las preguntas “¿todo tiene significado? ¿Y si nos equivocamos?” había un aspecto de susto. Susto que provenía, creo haber dicho, del hecho de verme rodeado permanentemente de significados. O verme ante el hecho de atribuir un significado erróneo a algo. Y me imagino “rodeado de significados” de la misma forma que se podían ver los americanos aquellos de las caravanas de las películas cuando iban a la conquista del Oeste, cuando un grupo de indios les rodeaba. Me veo rodeado de significados que, como aquellos indios, están dispuestos a hacerme la vida imposible. Creo que en esta situación todos Uds., me dirían que me siento perseguido por ellos. ¿no? Atribuyendo al significado un valor y un poder mayor del que posee. Y de forma similar, si considero a los diferentes significados que tienen las cosas un peso o un poder muy grande, el atribuir un significado equivocado puede ser grave. Pero la gravedad deriva de que considero al significado con un poder muy grande. Ahí posiblemente tengamos que relativizar las cosas. Si atribuyo a una frase, a una palabra, a un hecho, un valor tan grande, ¿no estaremos depositando en ese lugar una carga que no nace en él sino en mí? ¿Cómo llamamos a ese mecanismo de comunicación? Entonces, si es así, el temor que le tendré a todos estos conceptos será muy grande. Superior al que tienen: servir de comunicación, servir para aclararnos con relación a lo que sucede en una relación. Y al deformar tanto el objeto (en este caso una palabra), lo que hacemos es justamente impedir nuestra relación con él. Algo similar sucede con el objeto “grupo grande”. Lo vemos tan grande que ese tamaño nos impide una utilización del espacio de forma más operativa: como lugar de juego. De interacción y de aprendizaje.

Por esto me puse a jugar. A representar, utilizándoles, algo en relación con la identificación proyectiva. Me puse a jugar para ayudarles, también a Uds., a desmitificar esa cosa que tenemos entre manos: nuestro propio aprendizaje. De la misma forma que tendremos que aprender a desmitificar eso que llamamos Orientación Psicológica o cualquier otro tipo de intervención profesional. Aprendamos a divertirnos con los conocimientos.

Un saludo

Dr. Sunyer

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