Mi cuaderno de Bitácora. Curso 2002-03. Lo genuino

Genuino, término que aparece hacia el 1640 y que proviene del latín genuïnus, “auténtico”, “natural, innato” (Corominas, J. 1973) fue el término con el que iniciamos el grupo grande. Es una palabra que tiene como sinónimos entre otras las siguientes palabras: puro, natural, auténtico, original, propio. A partir de ella el flujo del pensamiento grupal iba y venía desde diversas posiciones, conceptualizaciones del término, como en un intento de delimitarlo buscando un consenso que posibilitase conciliar posturas diversas. Su opuesto, su antónimo, el grupo lo ponía en términos como “copia, lo común”; pero quizás hay otro antónimo que nos da otra información. Pero sigamos por ahí. En cualquier caso representan polos diversos de un continuo que articuló el grupo a lo largo de casi cuarenta minutos. Dando pie a reflexiones en torno a la profesión, al desarrollo de cada uno, introduciéndose también ideas vinculadas con la ética y con la técnica. Toda una explosión de ideas que se entrecruzaban y producían un movimiento afectivo diverso en cada uno de los componentes del grupo.

Previamente habíamos estado trabajando en grupos pequeños, unos el texto que correspondía al día de hoy (aunque algunos ya comenzaban a recordar que no lo habían leído) mientras que otros se ciñeron a unas frases que introduje acompañando el escrito diario que nace de la experiencia lectiva. En estos grupos se discutían varias cosas: desde la idea de la bondad natural del ser humano a la problemática de los motivos de consulta y el problema que puede haber tras ellos, algunos se sorprendían por el escrito diario y otros estaban ubicándose en el espacio lectivo. Movimiento grupal que involucra a todos los miembros que conformamos la asignatura.

Parece evidente que la propuesta inicial ha dado jugo. Horas después, sigo dándole vueltas con el fin de poder ir aclarándome en relación con esta idea que me parece fundamental. Y que se articula con la de si consideramos al ser humano como bueno o malo; o como me apuntaban en un grupo pequeño, mejor modificamos la idea de “bueno o malo” que no deja de tener una consideración moral, por la de creativo o destructivo. Y si me posiciono debo señalar que considero el ser humano, la naturaleza humana básicamente creativa, es decir, con caudal y capacidad para el desarrollo vinculado al eros, sabiendo que dispone de fuerzas destructivas que provienen de un impulso tanático que nos lleva de forma inexorable, a la muerte. Muerte que nos reintroduce en la propia naturaleza, nos devuelve a ella como participando de una fuerza expansiva universal, y por lo tanto, de vida. La lucha entre los elementos creativos, de vida, crecimiento y desarrollo, con los elementos destructivos es la que nos lleva a conflictos y tensiones en todos los órdenes de nuestra existencia. Tanto individual como colectiva. El problema, en cualquier caso, es cómo hacer para desarrollar los elementos innatos, personales e intransferibles que posibilitarán que las fuerzas tanáticas o destructivas estén al servicio de las creativas. Esto sería para mí lo genuino: ese desarrollo particular e intransferible que posibilita que cada uno, cada individuo pueda articular, pueda beneficiarse de su propia naturaleza y beneficiar al grupo social en el que vive. La articulación de lo individual y lo colectivo pasa por el desarrollo de lo genuino de cada uno, de lo que está en su propio origen, de lo que conforma su esencia básica.

Sin embargo… La idea de ser genuino es compleja. De entrada nos lleva a un conflicto no precisamente fácil de resolver. ¿Cómo hacer para que mis elementos personales (de los que en la mayoría de las circunstancias no tenemos ni idea), esos elementos que conectan con lo original, con mis elementos básicos, puedan ser desarrollados en el complejo sistema social en el que estamos? Dicho de otra forma, ¿cómo hacer para que, hablando desde la profesión, mis particularidades, esos elementos que me hacer ser violento en un punto, amoroso en otro, caprichoso o fanático, displicente o cuidadoso…, todo ello adquiera una forma particular, propia de ser Orientador o ser Psicólogo? Y señalé estos aspectos sabiendo que hay otros muchos más que conforman mi manera de ser. ¿O es que acaso tengo que dejar de ser fanático, apasionado, vengativo, etc., para ser buen profesional? Fíjense que estoy introduciendo elementos que tienen que ver con la naturaleza del ser humano. Y es que posiblemente tenemos una idea un tanto ingenua de lo que es un psicólogo. O de lo que es el hombre: ese animal racional que desde hace un montón de años trata de conciliar sus aspectos animales con los aspectos racionales. Y digo conciliar, no eliminar. Nuestra naturaleza es empuja en direcciones que, en muchas ocasiones, van en dirección contraria a la racionalidad, a lo correcto, a lo social. El hombre, en muchos aspectos, está en contra de su propio carácter gregario, social. Necesitamos de los demás y al tiempo los aborrecemos. Esto sí que es un tema complejo.

Y es que la naturaleza humana es compleja. Alguien me comentaba al salir de clase si diferenciaba la profesión de la persona. Y le dije que no. Que no podemos realizar esa diferencia. El profesional que se ubica ante quien viene a ser orientado es una persona, actúa como persona, siente como persona. Esa brecha que algunos pretenden colocar entre lo profesional y lo personal es justamente la que nos imposibilita ser genuinos. Ser genuinos, auténticos, ser según y tal y como somos y poner este material, este potencial al servicio de quien consulta, sea un individuo o una organización. Lo opuesto, y aquí es en donde se abre otra vía de comprensión, lo opuesto es lo falso. Ser genuino es lo opuesto de ser falso. Y esto es a lo que nos conduce la idea de la profesión como conjunto de técnicas, como conjunto de elementos supuestamente “científicos” que en realidad sólo sirven para separar, para instalar una brecha entre el profesional y quien nos consulta. En algunos extremos viene representado por la bata hospitalaria. La bata, no como aquella prenda que posiblemente nos evita ensuciarnos, sino la que evita otra suciedad: la que proviene del contacto persona a persona con quien acude a nuestra consulta. Es como el fonendo para muchos profesionales de la medicina. Cuando uno pasea por el hospital con el fonendo en el bolsillo, mostrándolo, lo que se muestra es que “soy diferente”, “soy el facultativo” Y facultativos somos todos los que nos facultamos para ejercer una profesión que conlleva una relación con el otro en la que los elementos afectivos impregnan y “ensucian”.

Conectar con esa parte del ser humano, ese elemento que surge de lo animal y que lo decoramos, lo articulamos con lo racional (no es lo mismo un animal racional que un racional animal), es lo que nos aproxima a esa genuinidad, esa autenticidad cuyo desarrollo y articulación facilita que seamos ese profesional que puede posibilitar una relación significativa.

Aparte de este tema, me surge una cuestión: ¿por qué el grupo consideró el antónimo de genuino en relación con lo que “es copia, es común”? ¿Tienen alguna hipótesis? Lo que me sugiere esa asociación es que expresa la dureza de la participación en un contexto grande. Como la necesidad de buscar algún elemento que me ayude a diferenciarme del otro. Si esto fuese así, se enlazaría con algo que creo les escribí ayer. Las personas cuando nos vemos en contextos grandes, nos sentimos incómodas, y esa incomodidad se relaciona, entre otras cosas, con un cierto temor a la pérdida de la identidad. Y este aspecto es algo que emerge con mucha frecuencia en los lugares de trabajo. Algo de ello tiene que ver con la idea de alineación.

Muchas gracias y hasta el próximo día.

Dr. Sunyer 3-10-02

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