Mi cuaderno de Bitácora. Curso 2001-02. Temor y descrédito a lo que vemos

Sesión distinta, la de hoy. Éramos pocos, una treintena, como consecuencia de esa huelga medio convocada a la que muchos se han adherido. Y los que estábamos nos pusimos a trabajar sobre un texto en el que se reflejaba casi toda una sesión de grupo. Como alguien preguntaba, esta sesión se refería a la número veintitantas de un grupo de profesionales que participan en una formación en la que se incluye lo grupal como parte de la misma. Eso quiere decir que había el suficiente grado de confianza como para que las intervenciones que aparecieron fueran las que fueron.

Y nos pusimos a leerlo en grupo. Y nos parábamos de vez en cuando para ver qué suscitaba el texto. Varias fueron las intervenciones. Y siento que quedaron muchas en el tintero. Y se percibió una tensión particular. Como si apareciesen dos tendencias: unas que parecían ubicarse en posición crítica y otras que trataban de profundizar en lo que había sucedido. Unas suscitaban descrédito, otras indicaban el temor.

Salí con mal sabor. Sentía algo que resulta difícil de explicar. Alguien me indicaba en el grupo, y con mucha razón, que aparecía como miedo. Temor, diría yo. Miedo a las intervenciones y a este tipo de intervenciones. Intervenciones que vendrían enmarcadas más en lo que pudiéramos denominar “Orientación intencionada” que “Orientación” a secas. Intencionada porque el profesional de forma activa, coparticipaba en la red de asociaciones que realizaban los miembros del grupo. Con los riesgos que alguno de Uds. señaló. Y Orientación centrada en el profesional quien era el que básicamente dirigía la conversación. Era un grupo que si pudiésemos dibujar las relaciones que se establecieron creo que tendría forma de estrella; centrado en el líder.

Parece claro que la Orientación no es una actividad en la que uno pueda estarse muy quieto. La necesidad de mantenerse en unos límites temporales, y la de estar lo suficientemente activo como para posibilitar cambios y modificaciones en los que intervienen, marcan mucho la forma y estilo de trabajo. Por esto pienso en el temor y el descrédito. ¿me acompañan?

El temor es algo que emerge en todos nosotros cuando nos vemos ante una situación de la que no sabemos qué puede emerger. A diferencia del miedo, el temor es inconcreto. Suele ser indefinido. Pero ¿qué temo? ¿Qué peligro puede emerger de lo que tenemos delante? Alguien señalaba que era una cierta osadía hacer interpretaciones en una dirección determinada porque podíamos condicionar al paciente o al cliente. Como si tuviésemos un poder que el otro no tiene. Como si el que tenemos delante no tuviese mecanismos más que suficientes como para evitarse un daño. Claro que parto de la base que no le quiero dañar; con lo que puedo pensar que mis intervenciones no van a ir dirigidas a dañarle sino a tratar de esclarecer algo que se me hace oscuro. Y el otro, que no es un incapacitado, irá aceptando el reto que le propongo hasta donde pueda aceptar. Ahora bien, se me presenta una pequeña gran duda. ¿Las personas somos seres individuales o formamos un “ente” en contacto con el otro? ¿No será que estamos estableciendo una relación y es justo a través de esta relación que podemos decir tales o cuales cosas? Porque si partimos de la idea de que somos organismos intercomunicados, nuestras aportaciones, siempre que se realicen desde un cierto autoconocimiento y desde la comprensión de lo que es una relación asistencial, tendrán una conexión directa con su situación. Y en caso de que no fuese así, cabe decir: lo siento, lo interpreté mal. Es más, a partir de la posibilidad de poder decir eso, de poder aceptar que nos hemos equivocado, es cuando nace la posibilidad de entendernos. El otro ve un profesional que se moja en la relación. Que apuesta por llegar conmigo hasta donde le permita llegar.

El ser humano no es sólo un individuo. Esta es una concepción equivocada y que, en realidad sólo indica que no se puede dividir. Lo que sucede es que el ser humano forma parte inequívocamente de una colectividad. El hombre no puede vivir aislado. Si un bebé lo dejamos sólo, al nacer, muere. Necesita de los cuidados de los demás para sobrevivir. Y esto durante mucho tiempo. El cachorro humano, como diría Mowgly, está absolutamente indefenso ante los peligros de la naturaleza y precisa de los otros para sobrevivir y para vivir. Pero lo más maravilloso de todo esto es que la mayoría de los procesos que se le adjudican, son procesos colectivos. Nuestra mente no es individual. Nuestra mente es colectiva. Nuestros pensamientos, nuestras asociaciones, no nos pertenecen. Las podemos expresar individualmente, las podemos verbalizar, pero no nos pertenecen. Son de todos. Aparece un elemento colectivo, un pensar que va más allá de lo individual que se expresa de forma personal pero que afecta y atañe al colectivo. Y si no fijaros permanentemente en nuestro espacio. Hay una continua interrelación de pensamientos y sentimientos que, si bien pueden expresarse de forma individual, corresponden también a lo colectivo. Y eso no lo digo sólo yo.

Si partimos de esta idea, en cuanto establecemos una relación con el otro y en la medida en que esta relación se va organizando, lo que aparece es un elemento nuevo que posibilita que todo lo que uno diga está en conexión con lo que el otro dice, piensa o siente. Este hecho, que supone una cierta conexión como la de los vasos comunicantes, conlleva que pueda realizar intervenciones basadas en lo que intuyo que me está diciendo sin mucho riesgo de error. Y si mantengo los niveles de sinceridad conmigo mismo y los niveles de conexión con el otro que me permite estar atengo a lo que dice y a sus necesidades, entonces mis intervenciones estarán en línea con las suyas. Y ambos estableceremos una relación que busca ampliar el nivel de conocimiento que cada uno tiene de sí mismo y del otro.

Si parto de esta idea, comienzo a entender el temor. Pero el temor que percibo no sería tanto el de hacerle daño, sino el temor que conlleva pasear por zonas en las que no estoy preparado. Pasear por zonas del hecho de ser humanos en las que no me siento cómodo. Alguien decía con mucho tino: posiblemente esto dentro de diez años, lo sepamos hacer. Eso espero, la verdad. Y lo espero porque supone que han ido aprendiendo a caminar por zonas de ese ser humano, complejas. Y también conlleva otra cosa.

En mi vida he sido una persona que se ha rebotado con facilidad. Y por lo general, cuando veía a alguien hacer algo que me parecía impactante crecía en mí el descrédito. Recuerdo, por ejemplo, mis comentarios frente a lo que un hermano mío al que quiero mucho hacía: se dedica a la escalada, entre otras cosas, y ha abierto varias vías en Montserrat y otros lugares. Y me reconozco en aquel que frente a sus actuaciones siempre opinaba que “aquello no era correcto”. Poco a poco he ido entendiendo que estaba mucho más preparado que yo. Y esta misma situación me ha ocurrido en otros terrenos. Parece que el descrédito es algo que emerge cuando no queremos dar crédito a lo que vemos. Como si nos fuese difícil aceptarlo. Pero entiendo que esto es otro tema mucho más complicado.

Un saludo

Dr. Sunyer

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