Mi cuaderno de Bitácora. Curso 2001-02. Susto y medio

Me encuentro ante el teclado, y trato de saber cómo comenzar la reflexión de hoy. Me acordaba de mi abuelo que era una persona afable, y de lo que les decía prácticamente al acabar la sesión: “me ha costado muchos años ir eliminando la coraza que me había puesto al inicio de mi carrera profesional”. Y ahora añado: “y sigo en ese empeño, y espero seguir hasta el final de mis días” Sé que es complicado decir esto. Supone mostrar un aspecto de mis elementos personales, quizás algo más íntimos. Pero si algo he ido aprendiendo de la cantidad de errores que he ido cometiendo en mi vida es que todos somos igualitos. Que el ser humano no presenta tantas diferencias como las que nos empeñamos en mostrar. Que los temores y las valentías las tenemos todos; e igualitas. Por esto cuando les veía hoy me venía un pensamiento muy curioso: Resulta que me encuentro ante personas en la flor de la vida y parece que soy el que les escandaliza con algunas propuestas, en lugar de ser el escandalizado. Pero también les entiendo. Porque en los inicios de mi desarrollo profesional se combinaba el miedo y la osadía. El miedo me paralizaba y la osadía me hacía experimentar cosas que, pensadas con la distancia de los años, se me antojan de atrevimientos excesivos. Miedo porque al ver la complejidad de lo que se me ofrecía ante mis ojos, me veía totalmente impotente; incapaz de resolver tanta ecuación. Miedo y también rabia. Rabia porque los conflictos humanos me hacían sentir fatal, y entonces pensaba que “la culpa está en…” Sólo podía pensar en términos de culpa. O devaluaba lo que se me mostraba ante mis ojos. ¡Cuántas veces he cometido errores pensando que tenía toda la razón, y con el paso de los años he visto que aquellos errores eran en realidad horrores. Lo que me horrorizaba era ver la complejidad y el sufrimiento humano!

Soy consciente que les propuse un ejercicio un tanto osado. Y no es la primera vez que lo hago, por cierto. Y creo que, como muchos de Uds. comentaron, la sorpresa, la curiosidad, se combinaban con otras opiniones que parecían devaluar la propia experiencia. Y reconozco en mí su susto al comprobar que, en cuanto uno se suelta el pelo, aparecen unas ideas y asociaciones que, al vérmelas, me asusto. Like you. Entonces trato de organizarme, de buscar maneras de borrar lo que he dicho o hecho. O lo devalúo. Digo que esto no es suficientemente científico. ¡Cómo va a ser científica la intuición! ¡Hay que medir, de lo contrario no hacemos ciencia! Y trato de ver la manera de desvirtuar los aspectos proyectivos con la creencia que todo lo valorable cuantitativamente era superior. Y cuando un paciente no mejora como creo que debe hacerlo, me pregunto si acaso un abordaje cuantificado daría mejores resultados.

Sin embargo, encuentro otra parte de mí que me tranquiliza. Y me aconseja escucharme y escuchar. Ver que cuando hacemos un gesto, este gesto guarda una relación directa con la vida de cada uno. Que un garabato realizado de forma espontánea posibilita el acceso a un mundo infinitamente rico de contenidos y significados. Y que su descubrimiento facilita que el otro, aprenda mucho de sí mismo. Y me doy cuenta de que los humanos estamos metidos de lleno en conflictos. Conflictos con nosotros mismos y con el entorno, sea familiar o social. ¿Recuerdan mi primera asociación en el grupo? O una de las primeras. “Si voy al director de una empresa y le pido que me represente en un papel lo que les he pedido a Uds., y me dibuja, por el contrario, el organigrama de la misma, ya tengo algo qué pensar: ¿por qué se oculta tras el organigrama? A veces, nos ocultamos tras nuestros “organigramas”. Si nos piden que dibujemos una familia, dibujamos la que queremos que nos vean. Si nos piden que dibujemos un árbol, hacemos aquel que queremos que el otro vea. ¿Por qué? Afortunadamente al paciente no le pasa esto. Aunque en ocasiones, personas muy temerosas de todo lo que huela a proyectivo, se buscan soluciones de todo tipo. Por ejemplo, en más de una ocasión he recibido llamadas o consultas de profesionales que, ante una entrevista de trabajo, me han preguntado qué deben contestar. Me han pedido qué árbol hay que dibujar o qué hay que decir ante una “mancha” del Rorschar (¿se escribe así?) Evidentemente con estas intervenciones buscan parapetarse, esconderse ante la mirada del otro. Sólo que no saben una cosa: que todo, incluso el organigrama del empresario del que les hablaba antes, ya dice cosas. Porque es imposible no decir.

Tanto las personas como las estructuras y organizaciones que constituimos son entidades cargadas de elementos simbólicos. Nada hay que esté carente de significado. Otra cosa es que seamos capaces de encontrarlo, de darle sentido, de entender lo que expresa. No es lo mismo que me siente en un lugar del aula que en otro. No es lo mismo que venga vestido de una forma o de otra. Hagamos lo que hagamos, todo está cargado de significado. Y no podemos escaparnos de él. Y todos los humanos buscamos cómo interpretar lo que el otro nos indica. Cierto que podemos decir que “sólo hay conductas”. Pero esto ya es un significado. Reducir nuestra vida a un conjunto de conductas más o menos complejo significa vaciar de contenido las cosas. Sería como decir que las palabras que escribo son sólo palabras. Que no quieren decir nada. Es verdad, también, que puedo realizar un análisis de las palabras, de las frases, puedo estudiar la morfología de lo que escribo. Y ello es correcto. Para ello debo “vaciar” el contenido de las mismas y limitarme a ver sólo la palabra, y, si me animo a ello, su articulación con las demás. Esto es legítimo. Pero no puedo decir que las palabras no tienen significación. Y el problema no está en la morfología de las palabras, sino en el sentido que les damos.

Recuerdo a un paciente que me viene a ver desde hace relativamente poco y hablando de una serie de sucesos que le pasan, le señalaba que lo podíamos entender como “coincidencias”. El, entonces, se me queda mirando con cara de preocupado y me dice:

´ ¿Pero esto tiene que ver con las monedas?
´ ¿Qué quieres decir?
´ Si. “Coin” es moneda, en Inglés. O sea que lo que me dices es “moneda-en-si-densidad”. ¿y esto cómo lo podemos entender?

Este fragmento breve lo podemos utilizar de muchas maneras. Podemos decir que el tal paciente “está loco”. Bueno, es una apreciación. Pero me olvido totalmente de este tipo de valoraciones. Ante mí tengo a alguien que por alguna razón que todavía no podemos entender, le quita el significado a la palabra y la fragmenta con base en su fonética. Y una vez fragmentada, le atribuye significados particulares ya que, posiblemente, no puede aceptar lo que le dice la palabra en sí. Entonces le respondí.

´ Bueno, pero lo podemos dividir por otro lado. Podemos decir co-incidencia; y si lo hacemos así, podemos entender esa palabra de forma mucho más clara, ¿no te parece?

La conversación duró un largo tiempo. Pero lo importante no era la constitución de las palabras sino la significación que les atribuye. Y que era lo que le asustaba. Como a mí, como a nosotros. Y creo que esto es algo de lo que nos sucede. Nos asusta el significado de lo que vemos y, entonces, nos cerramos. Como si no quisiéramos ver lo que estamos viendo. O no quisiéramos que nos lo vean. Y entonces nos armamos de defensas varias.

Además, decíais cosas muy sugerentes. Hablabais de lo privado y lo íntimo ¿es lo mismo? También de lo curioso que era el ver algunos de vuestros comportamientos naturales. Y del uso de lo que sabéis como arma defensiva. ¿Arma defensiva? ¿Creéis que no se nos ve tal y como somos? ¿No será una fantasía el creer que, a través de nuestros conocimientos del pensamiento psicológico, el otro no nos va a ver? Temo que sí lo es. Nos vemos enteritos y verdaderos. A mí me veis. No sabréis cosas de mi vida íntima. Pero seguro que si os pusieseis a escribir lo que percibís de mí, haríais un retrato muy exacto. Por lo que, si esto es así, ¿de qué me sirve aparentar lo que no soy si me veis como soy? Y me veis vosotros y los pacientes. Me acordaba de aquel muchacho que mostrándole a otro el dedo índice tras el que estaba su cara le dice: “¿qué ves?. El dedo, le dice el otro. A lo que le contesta contento: ¡Qué bien me escondo!

Es cierto que a veces los conocimientos los utilizamos en nuestra contra. Pensamos que cuando hablamos de interpretar quiere decir una especie de actividad consciente activa en la que buscamos permanentemente los tres pies al gato. Esto no es interpretar. Interpretar es lo que hacen en clase: hablan. Establecen un diálogo, cauto, entre Uds. Y este diálogo, a través de las sugerencias que se van articulando, es la propia interpretación. Pero claro, si la percepción de la interpretación es de “una utilización en contra de alguien”, parece lógico que pensemos que podemos agredir a un paciente. No minusvaloren al personal, por favor. Y no se minusvaloren Uds.

Por lo que igual deberíamos soltarnos un poco el pelo. Ganaremos todos.
Un fuerte abrazo

*****
Para el próximo día, seguimos con otro capítulo de Ivey y col. De hecho algunos de los aspectos que introduce ya han sido insinuados. Por ejemplo el de la empatía. ¿Qué tal si buscan su etimología? Es un ejercicio muy enriquecedor, el estudio etimológico de las palabras. Le sugiero que se habitúen a utilizar los diccionarios etimológicos, amén de los otros, claro. En este sentido tuve una profesora, actual catedrática de Psicología social y psicolingüística que en su momento hizo un comentario en clase que me caló profundamente: “pensamos en griego y hablamos en latín”. Y yo añadiría, “con elementos árabes”. Y se lo digo, porque cuando hablamos hacemos mucho más que intercambiar pensamientos y sentimientos: actualizamos permanentemente todo nuestro bagaje cultural que se pierde en los siglos de nuestra cultura. Y en el estudio etimológico, como en el de los mitos griegos, podemos encontrar la respuesta a muchas de las cosas que las personas nos dicen.

Otro elemento que quisiera destacar es la importancia de concretar lo que se dice. No es fácil, dada la ansiedad que invade a las personas que nos consultan, y la nuestra. Como tampoco es fácil tratar de ir abordando el problema en el aquí y ahora del momento del encuentro. Esto es mucho más difícil y requiere un ejercicio constante por su parte ya que todos tendemos a refugiarnos en el pasado, o en anécdotas externas a la relación que se da.

Finalmente la incorporación de lo multicultural. De hecho los tres ejes de coordenadas que nos proponen Ivey y cols. son muy sugerentes con vistas a poder ir haciéndonos un plano general de la ecuación que plantea el paciente. Tras este punto, el de la red social de pertenencia.

Todos estos temas, creo que son de alto interés. Deseo que les satisfaga.

Dr. Sunyer.

Artícles a llegir

1. *Ivey, A; Bradford, M; Simek-Downing, L; (1997): The empathic Attitude: Individual, Family and Culture. A Ivey, A; Bradford, M; Simek-Downing, L; (1997): Counseling and Psychotherapy. Allyn and Bacon.

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