Mi cuaderno de Bitácora. Curso 1999- 2000. Primer encuentro, primer problema

Lo prometido, es deuda. Tras cada sesión voy a tratar de escribir algo en relación con la clase. Como cuaderno de bitácora. Poco parece que podamos decir tras el primer día. ¿Qué pasó? Fue un primer encuentro. Caras de sorpresa. Más gente de la que me imaginé. Ya les dije que la casa no había podido facilitarme el número de personas que íbamos a ser. Uno, a veces, es muy exigente con las instituciones y se olvida de que las realidades van por donde van. Les agradezco su comprensión; pero ¿se imaginan la cara que podrían poner los miembros de un grupo familiar o de un grupo de profesionales si ven que no tienen sitio para sentarse? Cierto que hay situaciones como ésta, imprevisibles. Sin embargo, siempre que sea posible, es necesario que uno prevea el número de asientos, los espacios que se necesitan, los tiempos más adecuados. Estamos hablado de las relaciones con las personas. Y fígense que esta previsión va más allá de la de los aspectos puramente programáticos. Habla de la previsión personal, de la capacidad de todo profesional para acoger lo mejor posible a la persona que viene a nuestra consulta. Sea una nueva secretaria, sea un nuevo trabajador, sea un paciente. Ni uno puede trabajar con niños en un despacho inglés, ni puede pretender que una persona mayor se siente en sillas inestables, inseguras o hechas y pensadas para niños. Tampoco se puede proponer pintar en una sala en la que el riesgo de que se nos manche el suelo o un mueble pueda acabar deteriorando la relación asistencial. Tampoco se debe trabajar con goteras, o pretender que un paciente espere horas en la sala de espera sin enfadarse con nosotros. Una de las ideas que subyacen a todo este texto es que el espacio físico es una prolongación del personal. Y no sólo en el terreno laboral. También en el personal. El cuidado del otro siempre es básico. Yo no puedo mascar chicle mientras estoy trabajando porque puedo molestar a la persona con la que trabajo. Por esto pedí disculpas; por no haber sabido prever mínimamente el número de personas que íbamos a ser. Y agradecí y agradezco que, al menos hoy por hoy, seamos tantos. Y también entenderé que algunos de Uds., opten por otra asignatura más atractiva.

Pero el tema, que podría zanjarse aquí, tiene otra cara. Aquí estoy no sólo como profesional que entiende un poco de una materia. Aquí estoy también en tanto miembro de una comunidad educativa, miembro de una institución. Y por lo tanto, hay aspectos aparentemente institucionales que se cuelan en la relación que tratamos de establecer. Por lo tanto debo saber pedir disculpas de parte de la Institución. Me explicaré mejor: Si soy miembro de un hospital y observo que hay problemas administrativos con el paciente como consecuencia de déficits de la institución en la que trabajo, debo saber disculparme en nombre de esta institución. Con ello quisiera transmitirles la idea de que no somos seres aislados en el mundo en el que vivimos. Las cosas que suceden no sólo tienen un componente personal sino que, en muchas ocasiones provienen del contexto en el que uno se encuentra. El contexto no va a pedir disculpas, porque “nadie es el contexto”. Pero si yo pertenezco, de alguna forma a este contexto, yo soy su representante. Y por lo tanto, debo pedir disculpas. Esto lo sabemos muy bien los que hemos tenido la oportunidad de viajar en avión en días fatales. Cuando los viajeros empiezan a estar hartos de esperar en una sala de espera de un aeropuerto y nadie les dice nada, ¿a quien van a protestar? A la azafata más cercana que pillan. Y ella, la pobre, seguramente, bueno lo más seguro, es que no tenga ni arte ni parte. Y hay personas que la chillan como si ella fuese la causante de este problema. ¿Por qué?. Porque se la considera, en aquellos momentos, la institución que les está demorando el vuelo o que no les facilita información creíble. Así pues, pido disculpas de parte de la institución. Lo más seguro es que al no tener la matrícula totalmente cerrada, no se pueda saber cuantos vamos a estar.

Otro aspecto. Cuando volvía de la clase pensaba en los dos capítulos que les va a tocar leer. Y me decía a mí mismo: ¿qué tienen que ver con la asignatura? Aparentemente nada. No hablan ni de orientación psicológica ni de nada que se le parezca. Desde otro ángulo, explica una serie de fenómenos que provienen del propio acto docente y del hecho grupal. Es decir, provienen del trabajo que vamos a realizar y de la forma cómo se realiza. Y del marco. Es decir, provienen de la propia tarea, que si lo trasladamos a otro lugar, sería el equivalente al tratamiento que se realiza. A la forma en cómo esta tarea se realiza. Y del marco general en el que tiene lugar ese acto, llamémosle de intervención psicológica. (sé que en mi discurso escrito he cambiado, expresamente de coordenadas, ¿me siguen?). La orientación psicológica tiene un fuerte componente educativo. Ese componente educativo posee, a su vez, poder terapéutico. Educativo y terapéutico en su sentido etimológico. (nunca tengan pereza en consultar los diccionarios de etimología. Pensamos en griego, hablamos en latín). Y ese con-ducir, no es estar preocupado por el movimiento de las bielas del motor, o el de su bomba de inyección. No. Ese conducir supone, (introduzcamos metáforas y símbolos), hacer que todo el potencial de la máquina rodante, lleve a sus ocupantes al lugar que desean ir. La parte educativa, pues, de la orientación psicológica está, básicamente, en facilitar el que alguien (persona, grupo, institución), llegue al puerto que quiere ir. No al que queremos que vaya. O al que creemos que debe ir. Cuando Manuel (nombre ficticio de una persona), llega a la consulta y me dice que viene pero que no se fía ni un pelo de los psicólogos, pero viene, llega a donde mí, me está trayendo algo importante que no sé qué es. Y deberemos, él y yo, descubrir qué es eso que trae. Exactamente igual que los niños pequeños.

Los artículos en cuestión hablan de cosas que aparecen en un proceso académico diseñado como ustedes están viendo. Lo fascinante es que los procesos terapéuticos, o los procesos de orientación psicológica, atraviesan por los mismos vericuetos que pasaron sus compañeros y pasaremos nosotros. La orientación, pues es un proceso. No un acto puntual. A pesar de que en ocasiones pudiese parecerlo. Ese proceso supone una sucesión de elementos, de situaciones, de intervenciones acertadas y desacertadas, que buscan facilitar el que el paciente (grupo, persona, institución), recupere el equilibrio, el sentido que había extraviado. No es que nosotros, llenos del saber que proviene de nuestros estudios, del conocimiento mágico del pasado presente y futuro le vayamos a decir lo que él, pobre, inculto, descarriado, sufridor y sufriente ser vivo no sabe. No. Esto lo hacen los adivinos y otros avispados saca cuartos. O gente que desprecia el ser humano. No. Nosotros deberemos cooperar para que ese individuo pueda recobrarse, recuperarse, o encontrar lo que buscaba. Con mayor o menor acierto.

Aquí vamos a tratar de hablar de todo ello. Y espero que me ayuden.

Un saludo.

Dr. Sunyer

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