Integración y escisión

En nuestro último número hablé de la Desconfianza. El comentario nacía del mismo que realizaba mi buen amigo J. García Badaracco . En el texto de hoy topo con otro elemento que también recoge dicho autor y que no deja de ser uno de los motivos de preocupación de quien escribe estas líneas. Se trata de la idea de integración.

Recientemente , podíamos leer un artículo de E. Morin en el que introduce la idea de reorganizar el saber, de ligar los diferentes componentes en un todo que, a su vez, se articule con los componentes que lo forman. Este artículo me facilita la consideración de la integración como uno de los elementos cuyo olvido generan una mayor incidencia negativa en los procesos terapéuticos y también pedagógicos en los que habitualmente nos vemos inmersos.

En una reciente experiencia universitaria, por poner un ejemplo ajeno a la práctica clínica, he podido observar cómo los alumnos, de forma automática y general, no integraban en los trabajos que deben realizar para superar la asignatura, los aspectos vivenciales o de la experiencia que estos mismos alumnos tenían en el contexto universitario. Al comprobar cómo escindían de su experiencia universitaria los aspectos teóricos de aquellos más cercanos a
su propia vida, me pregunté en dónde residía tal mecanismo. Concluí que posiblemente nadie les ha explicado que la vida es una unidad. Que los saberes teóricos surgen de las experiencias clínicas. Que existe una interrelación
permanente entre lo que uno escribe en un texto y lo que está viviendo o ha vivido. Esta compartimentación se da no sólo entre los estudiantes a los que me refiero, sino entre los aspectos que aparecen en muchas de las intervenciones psicoterapéuticas.

En efecto, no es difícil percibir una compartimentación de los diversos elementos integrantes de lo que es una intervención psicoterapéutica. De un lado constatamos la dificultad de reunir las intervenciones que diversos profesionales realizamos; de otro, la dificultad de poder integrar los aspectos somáticos con los psíquicos; igualmente, la que detectamos al no poder o saber reunir, siquiera en nuestra mente, a personajes importantes en la vida de nuestros pacientes; y finalmente, la dificultad, en ocasiones, de poder reunir lo que sucede en el ámbito de nuestra intervención, en el aquí y ahora de la misma, con aspectos que suceden fuera de las fronteras de nuestro espacio de trabajo, incluyendo en ellos, también, algunos aspectos sociales, políticos o económicos que también afectan a la vida de nuestros pacientes; y la nuestra propia. Podríamos decir que ello es debido a fallos en nuestro sistema de comprensión de la enfermedad mental. Es posible. Pero quisiera plantearlo desde el otro lado, desde el que me resulta, en principio, más fácil: el lado del paciente o de la psicopatología.

Sabemos que uno de los mecanismos defensivos básicos y más arcaicos en el desarrollo de la psique es el de la escisión. Mediante ella, el sujeto separa aquellos aspectos de la experiencia que le son gratos, y por lo tanto, le son útiles para estructurarse, de aquellos otros que le son ingratos, y por ende, no le ayudan a tal estructuración. Este mecanismo es muy útil en tanto que posibilita organizarse con aquellos aspectos de la vivencia psíquica en tanto que separa aquellos otros que no le permiten la integración o al menos se la dificulta.

Lo ideal en cualquier caso, es que aquellos elementos que no podemos integrar en nuestra experiencia puedan, llegado su momento, ser integrados a la misma. Es decir, lo ideal sería que llegase el momento en que los elementos que fueron apartados por considerarlos desagradables, pudiesen encontrar la forma de ser incorporados ya que de lo contrario, no desaparecen sino que permanecen sin haber sido metabolizados, y por lo tanto, integrados en nuestra experiencia.

Esto es lo que precisamente trata de explicar, o mejor dicho, lo que entiendo que dice Bion en relación con los elementos alfa y beta.

Siguiendo este pensamiento creo que podemos decir que mediante la escisión mantenemos fuera de nuestra experiencia afectiva aquellos elementos que creemos amenazan nuestra integridad, o al menos, no nos aseguran el fortalecimiento de la misma. Bien sea porque los vivimos como muy amenazadores, dadas sus características de destructividad, bien sea porque nuestra debilidad aconseje no introducir más elementos de distorsión que pudieran debilitar aún más nuestra propia estructura yoica. En cualquier caso la escisión está al servicio, parece, de la seguridad propia; independientemente de que tal seguridad, en ocasiones, podría verse aumentada si integrásemos algunos de estos aspectos supuestamente tan amenazadores.

Este mecanismo, que se desarrolla desde nuestras primeras experiencias infantiles (M. Klein) y por lo que es denominado mecanismo de índole más psicótica (en el sentido más evolutivo), no se detiene o anula, sino que permanece presente a lo largo de toda nuestra existencia; si bien es atemperado, complementado y en ocasiones anulado por otros mecanismos más evolucionados y que posibilitan una integración en la experiencia mayor de lo que este mecanismo posibilita. Es decir, este mecanismo, cuya utilización más especializada y genuina la encontramos en la patología grave, lo poseemos todos. Es decir, las estructuras menos graves, las estructuras neuróticas, también lo utilizan si bien en intensidad y frecuencia menor.

Podemos decir, entonces, que fácilmente los pacientes nos muestran esta habilidad por escindir de su experiencia vital aquellos aspectos de la misma que les son ingratos o amenazadores. Y en este sentido puede resultarles difícil de integrar la experiencia que tienen con otro profesional, o con otros miembros allegados, o con otros aspectos de su vida (aspectos somáticos, por ejemplo) o aquellos otros de su vida social. Es decir, bajo la teoría de que estas cosas ya se las explico al médico, o al psicólogo o a…, o bien que estas cosas no tienen relación con lo que a mí me pasa, bajo esta teoría, digo, el paciente introduce la escisión dentro de la relación que mantiene con nosotros. Pero el problema no es que ellos lo utilicen sino que nosotros secundemos tal utilización. O sea, que nosotros aceptemos que realmente es cierto que estas cosas “ya tienen otro lugar para ser depositadas” Con lo que, involuntariamente contribuimos a que la experiencia de escisión se mantenga.

Ahora bien, también nosotros como profesionales podemos acabar desarrollando las mismas pautas o los mismos mecanismos escindidores. Dicha escisión se evidencia más claramente en las dificultades que tenemos para poder integrar no sólo las intervenciones de otros profesionales, sino aquellos otros aspectos de la experiencia que nos resultan “ajenos” a la experiencia terapéutica. Por ejemplo, si el asesinato del Prof. Lluch o algún otro ciudadano de este país, no aparece por algún lugar de nuestros espacios terapéuticos, deberemos preguntarnos si la escisión surge de una especie de “prohibición tácita” que deriva de nuestro contrato terapéutico, o proviene de la escisión que organiza el propio paciente.

La escisión, y por lo tanto, la no-integración de los diversos aspectos de la experiencia, está al servicio de nuestra supuesta integridad yoica. Ahora bien, ¿sólo a este servicio? ¿No estará también al servicio de la resistencia al propio tratamiento? Quizás sea lo mismo. Si consideramos que el tratamiento es un proceso mediante el que se trata de integrar los diversos aspectos de nuestra experiencia vital, entonces nos estaríamos encontrando frente a la resistencia al tratamiento como aliada de una supuesta integridad yoica, en este caso, enferma. Es decir, el paciente, mediante esta escisión de aspectos de su experiencia vital, está expresando la gran dificultad que tiene en poder integrar elementos que percibe amenazadores a su integridad. Integridad entendida bajo el signo de una rigidez que no le permite adaptarse a las diversas vivencias de la realidad. Pero en todo caso, esta dificultad de incorporar elementos nuevos no es un elemento entendible desde lo comportamental o desde lo cognitivo: es evidente que la incorporación de conductas o la modificación de la forma de ver las cosas no son per se suficientemente terapéuticos. Básicamente se entiende por lo simbólico.

En efecto, es la carga simbólica adherida a estos elementos la que aporta las razones psíquicas fundamentales para asegurar su no-incorporación. Pero, nos podemos preguntar, ¿qué elementos simbólicos anidan en ellos? Los mismos que se articulan en su grupo familiar y en el resto de los grupos de pertenencia.
Estos, existentes en la realidad de cada uno de nosotros, ofrecen la experiencia afectiva básica a través de la que se organiza nuestro entramado interno; entramado con el que nos identificamos y que, en el caso de presentar elementos patogénicos, acaba introduciendo en nosotros la misma estructura patogénica que se observa en el exterior. En este sentido, por ejemplo, las aportaciones desde la psicología sistémica son reveladoras: cuando desde esta perspectiva se localizan las disfunciones en la estructura familiar, lo que se indica con ello es el hecho de evidenciar un elemento patógeno en las comunicaciones entre los miembros de un grupo familiar. Pero esta disfunción no queda sólo en el exterior, en la comunicación más o menos observable de la realidad familiar, sino que penetra en las estructuras internas de sus miembros a través de su carácter simbólico. Pero como la estructura simbólica de cada miembro se articula de una forma particular, la incidencia de estos elementos patogénicos es diferente para cada uno de los miembros de esta familia.

Ahora bien, si ello es así en la vida psíquica de nuestros pacientes también hay que pensar que sucede de forma similar con la vida psíquica de los profesionales. Tanto a escala individual como colectiva. Y es en este último aspecto, en el colectivo, como se evidenciarán los elementos no-integradores de la intervención psicoterapéutica. Elementos patogénicos activados por la relación transferencial con nuestros pacientes y potenciada en mayor o menor medida, por las características personales de los profesionales y de los grupos más o menos virtuales que formamos.

Con todo no quisiera dejar de mencionar otro aspecto de la escisión: el preventivo. Una medida por la que el sujeto dosifica los elementos sobre los que puede trabajar. Con la escisión también se apartan aquellos elementos frente a los que uno no se encuentra en condiciones de trabajar. Ese aspecto de la escisión que es preventivo en ocasiones se torna patogénico al extender su uso más allá de los límites de la capacidad integrativa. Pero este es otro tema.

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