Mi cuaderno de Bitácora. Curso 2000-01. La función del Orientador

La función del Orientador.

La sensación que tenía era más de fin de curso que de una clase más. Y cuando alguien habló de que en su grupo había aparecido el duelo, recordé que estamos cerca del fin de nuestro recorrido. Pero cerca relativamente, porque todavía nos quedan ocho sesiones. Ello me recuerda lo que sucede en muchas intervenciones: es justo al final cuando van apareciendo contenidos de importancia; como si la persona, cuando ve que se le acerca la hora de despedirse, tratase de recuperar, mágicamente, el tiempo a base de introducir elementos que habían quedado “olvidados” en el trastero.

Con todo un cierto final es evidente. La interrupción del puente de la constitución e Inmaculada hace que no nos volvamos a ver hasta el día 13 y para pocos días, porque las fiestas de Navidad están al caer. Y en este pequeño intervalo, deben presentar el segundo trabajo de la asignatura, con lo que se acaba la segunda área temática e iniciamos la tercera y última. Y luego, pocas sesiones más y fin de fiesta. Ello conforma un elemento exterior que modifica el progreso ideal de las intervenciones, tanto académicas como asistenciales. Lo mismo sucede en las consultas. Esta es una razón por la que no es conveniente iniciar tratamientos en vísperas de fiesta, o en vacaciones: la interrupción se pone al servicio de las resistencias y los tratamientos se rompen o abandonan.

Les decía hoy que si la interpretación que los autores que estamos leyendo estos días hacen del psicoanálisis es similar a la que hacen de otras perspectivas o paradigmas, lo siento mucho. En mi opinión nada, pero nada, tiene que ver con lo que es el psicoanálisis. Claro, me dirán, si es así, ¿por qué elige este texto? Sencillamente, porque es el más sencillo que he visto y nos permite hacer un repaso general a elementos que van más allá de la persona; es decir, el texto tiene la ventaja de aportar elementos culturales y de abordar el tema de la Orientación desde diversas perspectivas. En esto es atractivo; pero no en otras cosas.

Fíjense que estos días hemos hablado de los conceptos fundamentales: las dos tópicas de Freud y les recordé la tercera de Lacan. Hemos hablado de lo simbólico y de la articulación del ser humano con la cadena de significantes que desde la cultura y a través de la familia lo articulan al mundo al que pertenece. Hemos podido introducirnos, mediante incluso la realización de ejercicios sencillos, a la temática proyectiva, a los lenguajes latente y manifiesto, a la comprensión de la estructura Edípica como algo que articula y ordena la vida psíquica del ser humano independientemente de la cultura a la que pertenece, también el de la asociación libre y algunas cosa más. Y, a través del escrito de ayer, les introducía el concepto de globalidad que con tanta frecuencia, a pesar de Lewin, se nos olvida.

Alguien con mucha intuición nos recordaba dos cosas: la posible similitud de las diferentes historias como un efecto contaminado de la cultura, y la no libertad ante la confección de dichas historias. Y traté de aclarar un par de ideas. La primera la de la fantasía de la “libertad” entendida más como una lluvia asociativa de ideas que guarda más relación con una evacuación sin ton ni son que con algo dirigido a un fin concreto. El concepto de libertad es más una idea utópica que real. Que nos acerquemos a la utopía no quiere decir que la alcancemos. Nadie es libre en el sentido total. Como tampoco nadie es independiente; en todo caso, autónomo. Y de la misma forma que somos interdependientes, con niveles diversos de autonomía, somos libres en un marco concreto: el que viene determinado por el contexto y la realidad. Mi libertad no consiste en aparcar el coche en donde me dé la gana, sino en donde no afecte el libre paso de los demás. Y en este sentido, la libre asociación de ideas no es un fluir sin ton ni son (que estaría más cercano del lenguaje psicótico), sino el poder decir lo que uno quiere decir en el contexto en el que nos encontramos. Es como en la clase. Todos tenemos la libertad de decir lo que queremos decir; unos esta libertad la asumimos con menos temores porque sabemos posiblemente más de hasta dónde puedo decir; y otros la asumen con menos intensidad, posiblemente por la dificultad de no saber hasta dónde se pueden decir las cosas.

La segunda, la contaminación interna es algo que es difícil de explicar. En las relaciones que se dan en una organización existe un efecto contaminador que parece provenir, al menos, de dos fuentes compatibles. De un lado el efecto espejo por el que todos los miembros de un colectivo reproducen, a modo de espejo, aspectos relacionales inherentes en la organización. Dicho de otra forma, la organización, como globalidad, posibilita el que los diversos grupos de sujetos, en su estructura y en sus relaciones, reproduzcan la macro estructura. Ese fenómeno, que también se da en la naturaleza y que adquiere el nombre de Fractal, hace que todas las organizaciones menores de una organización mayor, acaben reproduciendo las características de la mayor; y viceversa, ésta, acaba reproduciendo las de las organizaciones menores. Se da así un fenómeno de vaivén, un fenómeno de interacción mutua, de retroalimentación permanente.

La segunda fuente deriva de la contaminación individual que proviene de que cuando nos acercamos a ver o a estudiar un campo determinado, nuestra percepción queda contaminada por las características de ese campo. Y más contaminada cuanto más estamos en ese campo. Ahora bien, ambas fuentes quedan condicionadas por lo que Pat de Maré ha denominado transposición: el contexto social se introduce en las organizaciones y en los grupos que las constituyen de forma que éstas acaban reproduciendo las características básicas del marco social y cultural en el que se incluyen.

Ello nos indicaría que, en el momento de realizar una intervención de tipo orientador, deberíamos poder estar atentos a los elementos de la cultura, las características de la sociedad en la que trabajamos, los aspectos políticos y sociales que determinan el lugar y poder ir deslindando aquellos elementos que pertenecen al contexto externo del interno, en niveles o capas sucesivas, de forma que podamos rescatar al sujeto que queda preso en estos niveles de significación. Y a partir de ahí, revisar los límites, su grado de permeabilidad y cómo éstos intervienen en la determinación del problema con el que nos encontramos. En esta función, la supervisión permite aclarar mucho la situación.

Ahora revisemos un pequeño tema: ¿En qué consiste parte de mi tarea? En facilitarles el habla, ayudarles a expresarse lo mejor que pueden y saben, ir aclarando aquellas ideas que creo pueden entorpecer el desarrollo intelectual y personal, articular lo que Uds. dicen y estar atento a los elementos que pueden romper la dinámica del grupo. En otras palabras, servir de continente protector frente las diversas ideas que van apareciendo para evitar los elementos de confusión individuales y colectivos que pudieran dañarles. Y ello para preservar su libertad; y la de todos. Pues esta función es exactamente la que tiene un profesional desde la perspectiva psicoanalítica. Entre otras funciones, claro.

Ese elemento facilitador poco tiene de directivo; o poco debiera tenerlo. Básicamente no propone temas y, a lo sumo, ingenia actividades que pueden facilitar la aparición de elementos personales que nos lleven un poco más allá de lo que sería una conversación de café. Trata de posibilitar el que los miembros del grupo, organización, familia o el individuo en su caso, pueda visualizar aspectos de sí mismo que son los que, en definitiva, le generan ese malestar. Al tiempo está atento a los elementos espacio-temporales que enmarquen las intervenciones de orientación, determinando un encuadre que facilite la comprensión de las cosas que suceden. Además, trata de aclarar los malos entendidos que pudieran darse a fin de eliminar aquellos elementos que generan confusión, y de ahí, agresividad que pudiera convertirse en violencia y destrucción. Para ello la función conductora, es decir, el conjunto de elementos que configuran la responsabilidad de llevar a algo o a alguien a buen puerto, debe estar bien definida y asumirse por parte del profesional.

En los próximos días, volveremos a realizar algunos ejercicios prácticos que les permitan resituarse en la profesión de orientadores- Así que no hay nada que leer. Simplemente tendremos una segunda entrevista en la que espero que todo aquello que hemos venido “aprendiendo”, pueda ser puesto en práctica.

Un saludo,

Dr. Sunyer. Curso 2000-01

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