La relación en psicoterapia

Los números anteriores hablábamos de qué es eso de la psicoterapia, de la idea de proceso, y acabamos hablando de la necesidad de que aparezcan dos condiciones: relación, y tiempo y ritmo para que aparezcan las condiciones que generan el cambio. En este número desearía poder introducir otro elemento: ¿qué pasa en la relación que se establece?.

Cuando dos personas establecen entre sí una relación, cualquier tipo de relación, es inevitable que se intercambien ideas, pensamientos y deseos; y también sensaciones, sentimientos y afectos. Es un hecho universal. Lo aprendemos desde nuestra más tierna infancia; es mas, si no existiese este intercambio, el ser humano moriría.

Se han realizado pruebas para conocer si este aspecto de la relación que podríamos llamar de “afectivo” es importante o no, y si sólo lo es para los humanos. En estos estudios se ha visto lo que le pasa a un mono si sustituimos a sus congéneres por un armazón. A pesar de lo bien alimentado que pudiera estar, este animal muere; o enferma gravemente. Enfermedad que disminuye o desaparece cuando se le coloca un muñeco de peluche o se le reincorpora a un grupo de animales. Ello parece indicar que los seres vivos, los animales en concreto, necesitamos del contacto y la comunicación con otros seres para vivir.

Decíamos que cuando se establece una relación, hay intercambio de muchas cosas. Y es a través de este intercambio como vamos estableciendo lazos que nos aproximan al otro; lazos que, como caminos, ponen en comunicación un ser con otro. De esta suerte, uno sabe lo que le pasa al otro y el otro sabe también qué le sucede al primero. Más o menos, en función del nivel de comunicación que tengan. Del nivel de confianza que hayan establecido.

Lo que sucede es que, como consecuencia de este conocimiento mutuo, la visión que uno tiene del otro, va condicionando muchos de los aspectos de la misma relación. Y ¿por qué? Pues sencillamente porque en la medida en que dos o más personas van estableciendo una relación habitual, frecuente, entre ellas se establecen unas pautas de relación, unas formas de hablarse y de comprenderse que son distintas de las pautas y formas que tenemos con otro grupo diferente o con otras personas. A este aspecto los profesionales lo denominamos “matriz”.

La matriz es la que determina, por ejemplo, que aquel maravilloso chiste que en un ambiente tenía sentido, en otro no hace gracia. O aquella idea o aquel pensamiento tengan una forma de ser entendido en un grupo y de otra en otro. O que aquellas cosas que entre los miembros de una familia tienen un particular significado, en otra, adquieren una significación distinta. Y ¿por qué? Porque cuando establecemos una relación con una o más personas, de forma inconsciente y automática, establecemos unas bases que hacen que lo que tiene sentido en un sitio no lo tienen en otro. Esto se ve, por ejemplo, cuando uno sale de una sesión de psicoterapia y va y le cuenta a su mujer o marido lo que han hablado: no tiene ningún sentido y es muy difícil, por no decir imposible, transmitir el conjunto de significados que aquel tema tenía en el grupo.

En la formación de esta matriz contribuyen todos los miembros que configuran el grupo; aunque sean dos. Sólo se precisa de dos condiciones: que se vean o en su caso haya un nivel de relación cercana a través del tacto u otros sentidos, y que la relación sea estable.

Ahora bien, a pesar de tener muchas veces, muy buenos amigos, muy buenas relaciones con algunas personas, hay aspectos de uno que no se pueden o es muy difícil transmitir. Y básicamente porque precisamente porque, entre otras cosas, existe esta “matriz” previa de relaciones, lo que uno transmite ya se sabe cómo va a ser recogido.

Esto lo podemos comprobar cuando realizamos viajes largos en autocar, o tren, y en ellos establecemos una charla con la persona que está a nuestro lado y que “no conocemos previamente”. En estas situaciones no es difícil que uno explique cosas que a “nadie” explicaría, o las explica de una forma “diferente” a como lo haría con un amigo o un familiar. Una de las razones es que, como no se tiene una “matriz” previa de relaciones, todo lo que se cuenta se realiza desde una posición diferente; ni mejor ni peor: diferente.

Cuando uno acude a un profesional de la psicología pasan cosas similares. En principio es alguien desconocido. Y es bueno que lo sea. Y al serlo hay posibilidades de que se establezca un tipo de relación diferente. Una relación en la que quien va, va a tratar de sincerarse lo más posible, a tratar de explicar lo que le pasa; independientemente del grado de realidad objetiva que este relato tenga. Eso no importa. Porque como ya comentaremos en otra ocasión, lo que nos afecta es el cómo vivimos las cosas que nos pasan. Pero además de explicarle lo que me pasa, comienzo a establecer una relación nueva. Y el profesional, a poco bueno que sea, también tratará de establecer una relación nueva, diferente con esta persona. Y a lo largo de esta relación que estas dos personas inician se irán estableciendo unas bases diferentes a las que tenemos con otros círculos, otros grupos.

Estas bases diferentes dependen de varias cosas. De un lado, de la forma de ser de cada cual. Hay un elemento que viene condicionado por la forma de ser de cada uno, paciente y profesional. Es decir, hay algo personal en ello, algo por el que no es una relación entre una persona y un profesional, sino entre dos personas. Cada una con su historia previa, con sus aficiones, sus caprichos y manías. Dos personas.

De otro lado de lo que cada uno quiere hacer con aquella relación. Entonces nos podemos encontrar con que la persona que acude, el paciente, quiera resolver algo; pero en ocasiones, no. Evidentemente en este segundo caso, la psicoterapia no se establece. Pero en el primero, en el caso que alguien quiera tratar de resolver algo, se encuentra con alguien que, en principio, va a poner todo de su parte para ayudar. Y la ayuda, cada cual la entiende de una forma diferente.

Para nosotros, para los que en términos generales nos englobaríamos en el terreno del psicoanálisis, la ayuda consiste en precisamente escuchar a la persona que nos consulta para tratar de ir aclarando con esta persona, el complejo sistema de relaciones, de deseos, de necesidades que configuran su padecimiento. Y para ello utilizamos, básicamente tres cosas: lo que se habla y se calla, en la sesión y en las sesiones, la relación que se establece a lo largo de la psicoterapia, y los sentimientos que se generan en ella.

Estos tres elementos, básicos en todo proceso psicoterapéutico, se enmarcan en un contexto de relación que denominamos “matriz”. Y precisamente, esta matriz nos proporciona a las personas que estamos en el proceso de la psicoterapia, de todo un juego de instrumentos complementarios por los que se establecen significados nuevos, complicidades, elementos todos ellos, que dan a la psicoterapia, y en especial a la de orientación grupoanalítica, de todo un bagaje particular, de una situación de normalidad analítica en la que “todos” los elementos de la relación participan en el tratamiento.

Esta situación se da no sólo en las relaciones psicoterapéuticas individuales sino que también se dan en las grupales. La diferencia está en que en la psicoterapia de grupo, la “matriz” es más compleja. Y lo es porque a ella contribuyen todos los miembros que componen el grupo. Y al tiempo que todos contribuyen en el establecimiento de esta particular relación psicoterapéutica, participan también del propio proceso psicoterapéutico; con la ayuda del conductor del grupo cuya misión es velar por el desarrollo de una cultura psicoterapéutica entre los miembros, y posibilitar la superación de aquellas situaciones que pueden paralizar el proceso terapéutico.

Como se puede deducir, esto de la psicoterapia tiene dos caras: una en la que aparentemente lo que se ve es una relación entre dos personas en lo que podría tildarse de “charla de café”. La otra cara es la que hace referencia al conjunto de elementos que suceden en esta relación; elementos que vienen aderezados por esto que denominamos “matriz” que, sin ser específica de los espacios terapéuticos, sí se utiliza de forma que podamos comprender significados que en el bar, en la sala de estar, se escapan permanentemente de nuestra comprensión y análisis.

Dr. J.M. Sunyer

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