Artículos del autor

Mis cuadernos de Bitácora
163 registros

Buscar por :



Criterio:

 
Área:


Buscar

 

Secuestro y...

Mi cuaderno de Bitácora del 21 de diciembre de 2012
Sunyer · 12/01/2012
Fuente: Sunyer

Secuestro y poderío.

No puedo comenzar sin daros las gracias. Nunca me habían secuestrado, es verdad. Y vuestra orquestación fue perfecta. Desde el primer día hemos hablado de los fenómenos de poder. Que uno no es sino gracias al otro. Y en esta tesitura hemos transitado durante una veintena larga de sesiones, veinticuatro, para ser exactos. Vuestro empeño en que me asimilara al profesor clásico, al que estabais acostumbrados, no dejó de estar presente. Pero no calculasteis que soy un poco cabezota. O mucho.

Durante veinticuatro sesiones he estado empeñado en que salgáis de vuestro susto, que siendo adultos como sois os lo creáis; por más que os guste la eterna adolescencia y en cierto modo se esté cómodo en ella. O no. Vuestros silencios me imponían tener que hablar. Y si hablé era porque os veía sufrir, no porque no pudiésemos estar una hora callados. Eso no es un problema para mí porque sé que hay muchos tipos de silencio y se aprende siempre de ellos. Y al fin comprobé que mi tesón había dado sus frutos. Al final, hablasteis.

En la pizarra un sol. Decís que me representaba, lo cual es un halago aunque no me considero tanto. Estaba colocado a la izquierda, arriba, por donde sale el sol. Y frente a él una enorme roca. Eso era lo que decíais que representaba vuestra posición. ¿Enrocados? Quizás no, pero francamente duros de pelar, sí. Pero ¿por qué una roca si las rocas son material no orgánico y vosotros estáis más vivos que paralizados? Quizás es el enroque en el que os hemos ido colocando los adultos que os hemos precedido. Pero este monolito tenía un lazo: representa, dijisteis, las interrelaciones vinculantes. Una roca con lazo expresando los vínculos que se han ido estableciendo durante este tiempo. Un lazo en forma de regalo que es lo que era vuestro trabajo.

Frente a la pizarra, el grupo. Sentados, mirando a los que de forma voluntaria ibais saliendo a aportar vuestro grano de arena. Hablabais entre vosotros. Os animabais. Ora uno, ora el otro. Anna, Marc, Marina, Arantza, Montse, Xifré, Lorena… Y en la pizarra iban apareciendo cosas. La entrada de un túnel que horadaba la roca y que a su salida aparecía un camino que se bifurcaba. Un camino cuyo horizonte era un interrogante, ¿a dónde llegaremos? Pregunta complicada y acertada para el final de un recorrido académico como el vuestro, y como el mío.

En la roca iban apareciendo personajes que representaban las diversas escenificaciones y esculturas realizadas en clase. Y caras, y estrellas de muchas puntas, y el cuaderno de bitácora, y la hoja de asistencia… y representaciones del miedo, del susto, de la vergüenza, del enfado, de… y el despertador, el odiado despertador, y una piedra preciosa que simboliza vuestra valía. Y unas gafas, y unos tanques que eran recuerdos de vuestra infancia… y nubes, y rayos, y una abeja incordiona. Y de la roca una mano se acercaba y estrechaba a otra que salía del sol: la unión entre vosotros y el profe. Y al final, muy al final del proceso de “coconstrucción del espacio de Orientación” que es el título, aparece, como por arte de magia, el número que la facultad asigna a los cuestionarios de valoración que debéis rellenar. Hasta la institución queda representada.

No hace falta deciros que seguí con todo detalle todos y cada uno de vuestros gestos, comentarios, risas, y hasta alguna emoción. Y os vi sentados, cada uno en un lugar muy representativo, hasta quien se colocó, curiosamente, fuera del círculo, como si no fuera con ella. Lo que al tiempo era mentira, porque estaba ahí. Y vi muchas cosas, y me emocioné un poco. Y saqué fotos como hemos ido haciendo a lo largo del curso.

Luego, ya en casa, compartiendo con los míos lo que me habíais regalado, y leyendo posteriormente algunos de los cuadernos en los que mencionabais el hecho, no dejé de pensar en lo que todo esto representa. Somos seres atravesados por actos simbólicos cargados de significación. Vosotros estabais evidenciando lo que habéis aprendido a lo largo de veinticuatro sesiones. Y en esta representación proyectiva íbamos elaborando lo que ha sido una experiencia emocional y lectiva, algo que en la Universidad, hoy por hoy, no se contempla. Desgraciadamente. Ahora una anécdota que me viene al hilo.

Corría el año setenta y dos cuando tuve mi primera experiencia laboral. Fue rica, dura y frustrante. En el transcurso de la misma una de las actividades que realicé con aquellos chavales (era en un colegio) fue la de representar sonidos. Dibujarlos. Escribirlos. Y en una clase de aquellas con chavales de unos diez u once años (no recuerdo) escribieron unas poesías. Y entre ellas destacó una poesía del silencio. Todavía la guardo entre mis libros, mis papeles. Y estaba tan contento con aquella experiencia que recuerdo bajaba por las escaleras para irme a casa y me encontré con uno de los directores del Centro. Se la mostré entusiasmado por el nivel alcanzado con aquellos chavales. Se la miró y me dijo, “ya, pero hay una falta de ortografía”. No cabe en estas líneas el dolor que me generó. Y comprendí algo que aún hoy en día está presente en nuestros centros educativos: prima la formación académica (que es necesaria para el desarrollo de la sociedad, de la economía, de la cultura...) pero no hay lugar para el sujeto, la persona. Parece que nos vamos deshumanizando poquito a poquito.

Esto que hemos hecho este año y que es la consecuencia de lo que he ido haciendo a lo largo de los últimos casi veinte en esta casa ha sido y es un intento por rescatar al sujeto de las estructuras que el hombre organiza. Pero no por la vía de la seducción o de la sugestión, no. Sino por la vía de la comunicación, por la de la relación interpersonal, por la de crear espacios para poder pensar y compartir experiencias. Y esto es lo que hicisteis hoy: compartir y representar lo que han supuesto veinte y pico de sesiones en la Universidad. Habéis sido los últimos en poder disfrutar de este espacio que, lamentablemente y por razones “académicas” no creo que se vuelva a dar.

Cierto que no hemos aprendido esquemas y que a muchos, posiblemente más de los que me gustaría,  este tipo de trabajo no les ha gustado. Es más, muy posiblemente si hubiera estado en vuestra piel tampoco me hubiera gustado un profesor así. A todos nos resulta más fácil ir a lo “práctico”, a que  nos den esquemas, fórmulas que resuelvan las diversas situaciones, cosas que nos ayuden a salir de la incertidumbre del vivir. Seguramente me hubiera comportado como muchos de vosotros con el móvil, con salidas de tono, con faltas de asistencia y con una devaluación de esas tonterías que dice ese profe de orientación psicoanalítica. Seguramente hubiera sido así y por esto os entiendo. No os he puesto un ejercicio fácil.

Pero al tiempo sé de muchos que habéis podido estar a la altura de las circunstancias. He leído cuadernos que son una joya. He leído “valoraciones de lo aprendido durante este período” que, más allá de la puntuación, hablaban de cosas de mucho valor, y algunos trabajos de categoría publicable y que, si tengo la ocasión, lo serán. ¿Y qué circunstancias son esas? Las que nacen de poder sostener la ansiedad que suponía estar en el grupo grande, o la de ver que no había un plan establecido. Ese aprender a vivir en la incertidumbre que muchos habéis comenzado a tolerar es un ejercicio que todo humano debe ser capaz de alcanzar ya que es precisamente de ese esfuerzo cuando podemos ver la vida de forma mucho más acorde con lo que es: un período más o menos largo en el que nos acompañamos en un complicado e incierto deambular, tratando de ser lo más felices que podamos y hacer lo mismo con quienes nos quieren y a los que debemos tanto.

Con estas líneas pongo punto final a una experiencia lectiva que me ha llenado de todo tipo de sensaciones y afectos. He aprendido mucho de todos los que a lo largo de esos casi veinte años me habéis acompañado. Vuestra presencia, vuestros comentarios, vuestras exigencias y también vuestro cariño me han convertido en alguien que es muy diferente de aquel que comenzó su andadura como profesional de la enseñanza universitaria. A lo largo de todo este tiempo he cometido muchos errores y he estado a punto de cometer otros que hubieran podido ser horrores; pero algo me ha ido guiando lo suficiente como para haber podido llegar a este momento con la tranquilidad de haber dado todo lo que he sabido.

Muchas gracias.

Dr. Sunyer


El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura
 
Facebook Twitter Linkedin Tuenti
 


José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
Avenir 5, Ppal. 2ª · 08006 Barcelona · Cif 37252506G