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Contratransferencia

Mi cuaderno de Bitácora del 14 de diciembre de 2011
Sunyer · 15/12/2011
Fuente: Sunyer

Fenómenos transferenciales.

Hablaba ayer de cosas que nuestro paciente había provocado. Desde ese venir como vino, posiblemente un poco a contracorriente a pesar de mi insistencia (o precisamente por eso) y del tiempo destinado a favorecer una participación favorable, pero vino a fin de cuentas. Ahora bien, desde su visión de la mujer con la que tiene problemas, desde su posición un tanto agresiva para con el grupo ya que al estar formado por mayoría femenina parece que eso le coloca en posición complicada (sólo quería trabajar con los hombres, ¿recordáis?) y la activación en su caso de lo que llamamos Identificación introyectiva que es uno de los mecanismos de comunicación que hemos explicado en nuestro curso, todo eso constituía un abanico de comportamientos que generaron lo que generaron: inseguridad, impotencia, enfado… y hasta el de la frustración al constatar que ese no era el paciente que esperábamos (que puede ser similar a “ese no es el hombre que espero”). Y ese mecanismo del que hemos hablado aparecía con todo su esplendor cada vez que pretendíamos hacerle ver algo: más allá de que no hay mayor ciego que el que no quiere ver, lo cierto es que pretender que vea algo así, por las bravas, es complicado y difícil. ¿Por qué? Porque si veo que se me adjudica algo que no puedo aceptar, reacciono. ¿Y cómo reacciono? Pues como puedo, pero en el caso de ese paciente la reacción que sabía mostrar era la agresiva, era el tratar al grupo de forma muy irrespetuosa, argumentando sus visitas a otros psicólogos, negando lo que se le señalaba… todo esto es identificación introyectiva.

Todo esto genera una serie de sentimientos difíciles de sobrellevar. Vosotros mismos mencionasteis algunos y ninguno de ellos era precisamente agradable. Se supone que estos sentimientos no los teníais por la mañana cuando salíais de casa sino que se activaron en la sesión con R.A.S. Ellos forman parte de los cimientos de la relación reactiva que, desde una perspectiva individual y centrada fundamentalmente en la intervención psicoanalítica se denomina contratransferencia, pero que situados en el terreno de las interrelaciones en las que nos encontramos es mejor englobarla bajo el término de fenómenos transferenciales. Pero seguramente había más ingredientes: aquellos que se activaron en Ramón y que en principio tampoco tenía al salir de casa. Veamos alguno de ellos.

                Impacto del entorno. El entorno siempre genera un impacto en las personas que se adentran en él. Cuando por primea vez alguien entra en un determinado edificio se activan toda una gama de sentimientos que condicionan el comportamiento de esta persona en este entorno. Cuando el edificio, la institución en el que se va a realizar un determinado encuentro, tiene un carácter cercano, acogedor, de dimensiones discretas, el tipo de sentimientos es diferente al que emergen en otro tipo de edificios. En el caso de este recinto Universitario se activan temores de todo tipo: unos guardan relación con el desconocimiento del terreno (sentirse perdido, asustado), otros con lo que va a suceder ahí (miedo, incertidumbre, curiosidad), otros con el tipo de personas con las que se va a encontrar (gente joven, estudiantes de psicología, chicas, ¿cuántos serán?), otros con el objetivo del encuentro (me analizarán, me diagnosticarán, me preguntarán cosas que no sabré o querré  contestar…). Todas estas cosas las tenemos que tener presentes y, en buena lid, debiéramos comenzar por algunos comentarios que hicieran referencia a ese impacto que se supone ha habido en el paciente. De ahí la importancia de que alguien fuese a buscar al paciente; y en el breve camino se le intentó calmar ya que iba haciendo comentarios que hablaban de ese miedo y esos nervios.

La visión del “despacho”. Si el entorno institucional impacta (no es lo mismo que la entrevista tenga lugar en un hospital que en un centro universitario), impacta también la primera foto que se realiza del “despacho”. Que sea o no acogedor, ver cómo reacciona el profesional que le va a visitar, en dónde se sienta, las condiciones de la silla y del espacio relacional, dónde se coloca en relación al profesional, cómo le profesional le saluda, le atiende, le calma o no, le informa, etc., todo esto constituye el conjunto de elementos que constituyen esa primera foto. En este sentido fue un acierto no colocarlo en el mismo grupo, ni como si de una clase se tratara. Y lo fue que estuviéramos rodeándolo discretamente sin invadir excesivamente su espacio personal. Pero… ¿recordáis? La silla, su silla, estaba mal. La mesilla reclinable que se utiliza para tomar apuntes, iba mal, se encallaba, hacía ruido.  Por otro lado percibió la decepción “no soy el que esperan”,  “alguien se ríe”, “ambiente hostil” fueron las impresiones que también determinan su comportamiento con nosotros. Y el silencio inicial (¿recordáis cómo la que le presentaba tuvo que decir, le preguntáis o no?) que más allá de las razones que lo pueden justificar lo que genera es lo que genera: ¿y estos qué pretenden?

Las preguntas. Evidentemente son la expresión verbal del deseo de quien está ahí sentado a la espera del paciente. Tendríamos que considerar que la forma de decir hola ya condiciona el desarrollo posterior, como lo condiciona el tipo de apertura que se da en una partida de ajedrez. Parece lógico pensar que la filosofía que debería primar es la de hacerle agradable la estancia a este paciente. En este sentido presentarse, recoger el esfuerzo que ha debido hacer (por mucho que lo niegue), indicarle el tiempo que vamos a estar, cuál es nuestro deseo, preguntarle por dónde desearía comenzar, etc…, son cosas que parecen pueden ayudar a que se sienta cómodo. Si partimos de la base de que los sentimientos paranoides, persecutorios, son los primeros que se van a activar, poder recogerlos, poder calmarlos, va a redundar en beneficio de nuestra tarea. Ramón, más allá del silencio que trató de evitar quien le acompañó (y que agradece) se encontró más con un cuestionario que con unas personas que le querían conocer. Cierto que hubo quien intentó hacérselo fácil, pero primaba el susto, la desilusión de ver quien era Ramón, incluso la desazón por no encontrar un hilo fácil de conversación que derivara de un escuchar lo que han preguntado para seguir por ese camino. Y con una cierta rapidez aparecían preguntas que iban dirigidas a “romper las defensas”, a cuestionar lo que hacía, a ponerse en frente de él más que a ponerse a su lado. Eso favorecía que Ramón se pusiera más a la defensiva. Y sólo se calmó cuando comenzasteis a preguntarle por su propia familia, lo que favoreció que hablara del cáncer de su madre y hermano. Y algo de sus otros dos hermanos y de su padre.

Seguro que podría seguir desgranando aspectos más parciales pero quería recoger estos que he ido señalando para que podamos entender la complejidad de la relación y cómo se activan esos fenómenos transferenciales. Ahora bien, si queremos ir un poco más allá podríamos pensar sobre qué es lo que se transfería.

Hablar de lo que voy a hablar no me resulta fácil. Conociéndoos sé que corro el gran riesgo de ser malinterpretado o de generar una reacción que active la descalificación, la devaluación del esfuerzo, y tire por tierra el que todos hemos realizado. Pero me voy a arriesgar ya que, a estas alturas de la película, poco daño me va a provocar y sí creo que mucho beneficio para vosotros.

Si por transferencia hemos dicho que se entiende la actualización en el aquí y ahora de una relación anterior, ¿de qué relación anterior estaremos hablando? Aquí conviene aclarar una cosa: cuando hablo de relación no me refiero a la reproducción de una viñeta del pasado, de una situación puntual, particular, sino a la reproducción de una estructura relacional (o quizás más exactamente, la reproducción parcial de una estructura relacional) que Ramón adquirió en los primeros años de su existencia y que, muy probablemente, se ha ido repitiendo a lo largo de su vida. Esta relación muy probablemente guarde relación con la vivencia de abandono, el temor a no ser reconocido suficientemente por personas significativas de su vida (y ahí la figura de la mujer juega un rol muy importante) y las fantasías de que hay otro más querido que yo (recordad el cuento de Blancanieves, por hacer mención a la envidia) y que activan esos celos tan intensos que han motivado su consulta.

La infancia es enormemente importante para el ser humano. En este período se sientan las bases sobre las que se va a ir edificando la personalidad, los recursos con los que hacer frente a la vida, las vivencias más importantes y cómo se reacciona ante ellas, y todo un abanico de elementos que nos van constituyendo en la vida adulta. Si las fantasías de abandono han sido intensas (lo que no significa que haya sido abandonado, o que se hayan repetido constantemente), si la convicción de no ser reconocido tal cual es (independientemente de que eso pueda ser más una vivencia personal que una realidad familiar), y si los juegos entre celos y envidias han estado en el centro de sus años de desarrollo, todo eso, aparecerá a lo largo de la relación asistencial. Pero no tanto como relatos (también) sino y sobre todo por el estilo de relación que se va a ir tejiendo desde Ramón.

¿Y qué decir del profesional? Este es terreno más delicado porque con facilidad se activa la lectura persecutoria. Aquí viene muy bien recordar algo que dijo un compañero vuestro, compañera a más señas: el tema es que al ver al paciente nosotros sabíamos que eras tú y eso ya dificulta el análisis de la situación. Absolutamente cierto, como lo es la versión opuesta: el paciente sabía que erais mis alumnos. Este detalle no es baladí, tiene una gran importancia ya que el análisis de lo que hizo el profesional con el paciente no puede desgajarse el hecho real de estar en una clase en la que profesor-paciente es una parte y alumno-profesional es la otra. ¿Os recuerda algo este tándem?

Esto significa que todo lo que sucedió con Ramón guardaba relación con lo que sucede entre el profesor y los alumnos, y viceversa. Es imposible separar estas facetas, por lo que ¿hasta dónde los alumnos hablaban más con el profesor que con el paciente? ¿Hasta dónde el profesor hablaba más con los alumnos que con los profesionales? Dada la imposibilidad de separar este hecho real la cuestión que emerge es otra algo más complicada, ¿hasta dónde las relaciones que se dieron vienen condicionadas por las relaciones previas que unos y otros hemos establecido a lo largo del trimestre?

Me preguntaba ayer sobre en qué medida las ausencias guardaban relación con la entrevista. Evidentemente no estoy diciendo que la relación sea consciente, de primera mano. Evidentemente no, y las razones que muchos de vosotros aportabais defendiendo a los que no estaban y a las razones reales por las que no habrían podido venir, eran absolutamente entendibles. ¿Serían entendibles las ausencias del profesor como lo son las de los alumnos? Si el profesor viniera cuando le dejan las sábanas, ¿no nos molestaría en absoluto? El profesor tiene otros muchos compromisos, no sólo el de dar la clase. Si diese prioridad a alguno de esos compromisos y os dejara en la estacada… ¿qué diríais?  Todos tenemos muchos compromisos, trabajos, pruebas diversas que superar diariamente, y nos las apañamos para cumplir con todos y cada uno. Y no faltar a ninguno. Y sólo excepcionalmente (a mí me pasó, lo recordáis, y en cuanto me di cuenta os avisé) se puede entender una ausencia. Hay muchos que la ausencia es constante, o casi constante. O el llegar tarde. ¿No podemos leerlo como algo relacionado con las cosas que suceden en el espacio lectivo de la misma forma que lo haríamos en el espacio asistencial? Yo debo hacerlo.  La relación asistencial no es algo que aparece puntualmente semana tras semana, o mes a mes, sin que haya una conexión entre lo que sucede un día y lo que aparece días después. Si así fuera no tendría sentido la historia de cada uno de nosotros, ni la de los grupos a los que pertenecemos. El humano es un animal en el que la historia, su propia historia, está presente cada día. ¿Qué pudo pasar el día anterior?

Como todos los días anteriores hubo una experiencia emocional determinada. Eso también lo recordó otra compañera nuestra: son clases con una connotación experiencial notable. Y lo son así porque así se han diseñado, y ese diseño se corresponde a la experiencia clínica de quien lo dibuja y al convencimiento reforzado año a año de que lo que así se aprende, no se olvida. Y la experiencia emocional que tuvimos fue muy intensa. Muy intensa. Y tal intensidad facilita determinados cansancios, o que encontremos razones lógicas, entendibles y legítimas para no venir. Si bien nos olvidamos que no venir supone también dañar a los que sí han hecho el esfuerzo por venir. Y ¿qué componentes hicieron de la entrevista una experiencia emocional a mi modo de ver muy intensa? Veamos algunos componentes:

Curiosidad versus decepción. El tránsito (versus) de la curiosidad a la decepción fue evidente. Ya hemos hablado de esto y no lo voy a repetir. Pero… ¿y qué pasa del tránsito de un polo al otro a lo largo de los tres meses de trabajo? La curiosidad que muchos habéis mostrado en vuestros cuadernos (parece ser que es el único lugar en el que algunos os atrevéis a decir cosas;  y me parece bien) al inicio del curso ¿cómo se combina con la frustración, la decepción de los resultados al final del mismo? Aquella idea inicial de vamos a hacerlo entre todos ha sido bastante más ardua, más costosa de lo que os imaginabais. Creo que todos (cada uno con su graduación correspondiente)  acusamos los rasguños del camino.

Ilusión y ganas versus susto. Es otro de los caminos recorridos. La ilusión del primer día, una asignatura diferente, una forma de evaluar y unos procedimientos pedagógicos distintos a los habituales en la facultad se han encontrado con el susto que todo ello ha producido. Porque puedo estar muy ilusionado y con ganas de hablar pero me encuentro con el gran susto que me da hacerlo, y constatar lo que cuesta abrir la boca y exponer mis opiniones. Este aspecto ha estado presente a lo largo de todo este trimestre y de igual forma en la entrevista con Ramón. Es decir, la ilusión (¡por fin veremos un paciente de verdad!) contrasta con el susto de ver un paciente como de verdad, comportándose como se comporta cualquier persona bajo las circunstancias de Ramón, y el susto de ver cómo se nos revuelven los intestinos ante algunas cosas que dice, y lo difícil que es poner las ideas en orden cuando éstas han quedado desbordadas por los sentimientos y emociones activadas por Ramón (siempre la emoción y el sentimiento va antes que las palabras que utilizamos para nombrarlos).

Exigencia y orden versus  descoloque y fluir. Este es un tándem complicado ya que por un lado lo que queremos todos es tener las cosas claras. (¿Qué esperas de nosotros?, me comenta una alumna en el grupo grande), esta es un pensamiento que seguramente atormenta más de lo que parece. La exigencia se viste en ocasiones de un deseo de agradar (agradarse a uno, agradar al otro) que paraliza las posibilidades creativas. Estamos en un momento en el que la tendencia es a pensar en términos operativos, no en términos procesuales o evolutivos. El fast food parece que ha llegado a la intervención psicológica en un movimiento que suena más a huida hacia adelante que a un planteamiento serio de qué es lo que le pasa a un paciente. La búsqueda del diagnóstico y la del remedio rápido permite eludir la ansiedad que todos sentimos ante un camino por desbrozar. Permitirse, permitirnos investigar, sostener el descoloque que supone caminar con el paciente hacia donde podamos ir, aceptar la incertidumbre que conlleva todo este proceso es un paso madurativo al que llegaréis poco a poco. Pero esta situación que se planteaba con Ramón es similar a la que se ha planteado en la asignatura. Os he descolocado diariamente, os he sometido a un reaprendizaje del que muchos, muchos habéis salido airosos. Otros, asustados, se han quedado frenados. Pero esto es así. Cada uno va haciendo los procesos que puede y los que el entorno y toda su trayectoria le permiten. La exigencia ciertamente ha estado presente desde muchos ángulos. Esa exigencia que huía permanentemente del disfrutar de la experiencia. El arte de lo psicoterapéutico, esto es lo que teníamos entre manos.

Verticalidad versus horizontalidad. Qué palabras más bonitas pero qué difícil su articulación. Lo vertical es más fácil, es lo que hemos aprendido y es lo que se estila. Exige menos del profesional. Uno sabe a qué atenerse. Ve al otro como bicho más o menos raro al que tengo que “curar” (misión imposible, como el arte de enseñar). Se establecen fronteras, se colocan protocolos y números diagnósticos. Esto es lo que aprendéis en esta casa y en otras como ésta. Y está bien aprenderlo ya que forma parte del lenguaje políticamente correcto. Pero… y ¿qué hacemos con lo horizontal? Ahí la cosa se complica. Lo visteis en las esculturas. Aparece todo un abanico de sentimientos, emociones, vivencias que, una vez puestas en las esculturas podíamos acabar no pudiendo distinguir muy bien quien era quien. Y esta posición es más compleja porque nos cuestiona cosas, nos ayuda a acercarnos al ser humano desde lo humano, desde lo interpersonal. Como un Dios Salvaje, la película de Polansky, en donde podíamos ver cómo se entrelazaban las cosas, los conflictos, las vivencias, los afectos y desafectos… mientras los chavales seguían jugando en el patio. Y eso se dio con Ramón y con la asignatura. El profe hacía de paciente y en sus actuaciones explicaba cosas tan propias de muchos de vosotros o de vuestros propios padres que erizaban los pelos.  Y no pasaba nada. Y ese profe-paciente, os trataba con afecto y cercanía mientras que entre vosotros teníais serias dificultades para simplemente tocar y colocar a un compañero en la posición que queríais en la escultura, ¿recordáis?

El poder del contexto vesus el individuo. Este ha sido otra de las muchas cosas con las que hemos ido lidiando, y hemos podido comprobar cómo de la misma forma que a Ramón le condicionaba el hablar, el estar, el moverse, a nosotros nos condicionaba el hablar, en aprendizaje mutuo, la liberación de un tono académicamente correcto. Y tanto da que hablemos de Ramón o de la asignatura, o de la experiencia lectiva. Hemos descubierto que apenas hay diferencias entre un tipo de escenario y el otro. A la postre seguimos siendo humanos.

¿Y con todo esto qué? Salgo con buen sabor de boca, por más que mi exigencia se mantenga hasta el último segundo de nuestro trabajo. Muchos habéis sacado jugo, personal y académico. Otros os habéis asustado y desde el susto ha aparecido la devaluación, la descalificación, la banalización de lo que ha ido apareciendo. Pero esto no deja de ser más que susto. Y si un día se os pasa, podréis entender que lo que muchos han aprendido también vosotros lo lleváis en la piel.

Hasta el martes

Dr. Sunyer (14 de diciembre de 2011)


El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura
 
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José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
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