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Sesón Clínica: RAS

Mi cuaderno de Bitácora del 13 de diciembre de 2011
Sunyer · 13/12/2011
Fuente: Sunyer

R.A.S.

 

Hay varias cosas a resaltar de la sesión de hoy en la que el tema que había de fondo era la transferencia o, como a mí me parece mejor, las situaciones transferenciales. Pero vayamos por pasos.  La transferencia ha existido siempre, desde el que humano comienza a serlo. Otra cosa es que eso que existía y que se daba entre las personas, al no tener nombre no podía ser nombrado y, por lo tanto, no se consideraba su existencia. Es como el tema de la gravedad. Desde que la tierra es tierra todo objeto situado sobre ella, cae. No importa que fuese una hoja, una pluma de ave, una piedra, agua…, todo cae. El aire también cae. Pero antes podían decir que si caía era porque pesaba, o porque había algo en la tierra que lo atraía, o que había fuerzas demoníacas que tiraban de él. Hasta que llegado un momento en el que alguien dice: a eso le llamaré gravedad, fuerza de gravedad. Y va y la mide. A partir de él, los objetos siguieron cayendo pero ya se sabía qué era lo que los hacía caer: la fuerza de gravedad. Y llega otro momento en el que se descubre que todo cuerpo tiene esa fuerza y que su intensidad dependía de la masa de ese mismo cuerpo. Y este conocimiento ayuda a entender algo más sobre el comportamiento de los cuerpos entre sí.  Pues algo parecido pasa con la transferencia. Existir siempre ha existido hasta que Freud, tras el trabajo con Ana O., descubre que aparece un comportamiento, que se establece una relación entre ella y él que viene marcada por la relación que Ana O., tuvo con su padre. Esa marca venía caracterizada por un conjunto de emociones, de comportamientos y, en definitiva, una estructura relacional con él que era la reproducción de la que tuvo con su padre. Y a eso le llamó transferencia, de transferir. El pasado se actualizaba en el presente.

 

            Hoy se nos presentó R. A. S., de 52 tacos ya que le había insistido en la necesidad de venir a la Universidad para ser entrevistado por todos vosotros. Y accedió. Y se presentó y desde el mismo momento de entrar en el aula se comenzó a tejer un tipo especial de relación. R., marcó el tipo de relación con vosotros. Y vosotros marcasteis un tipo de relación con él; aunque de esto hablaré más tarde. ¿Qué relación era esa?

 

            La pregunta debería ser contestada por vosotros y no por mí; que no estuve. Pero me arriesgaré a describirla: de entrada vino pautada por una serie de comentarios sobre la mujer y, siendo mayoría femenina, lo lógico es que eso ya determinara un tipo de relación en la que “la mujer” es vivida como alguien que le hace sufrir. ¿Por qué sufre? Porque cada vez que percibe que la mirada no se centra en él no puede resistirlo y comienza el follón. La calificación o descalificación es casi inmediata por lo que exige una dedicación casi exclusiva so pena de generar una reacción muy violenta que a alguno de vosotros ha violentado. Esa violencia, o esa incomodidad hacía que en buena parte nos centrásemos en su problemática principal. Eso está bien, claro, porque al centrarnos en el motivo de consulta posibilitamos que haya un fujo de pensamientos entre el paciente y el resto del grupo.

 

            Impotencia. Esa creo que fue una de las palabras que definía algo de lo que había pasado. Dicho de otra forma, el objeto (paciente) establece una relación en la que el sujeto (profesional) acaba sintiéndose impotente, sin potencia. Pregunta, ¿qué potencia habría que tener para que nos sintamos impotentes? ¿Será que cuando nos colocamos en la posición de “tener que hacer algo” corremos más riesgo de acabar sintiéndonos impotentes (“no puedo hacer eso”) y eso nos genera esta sensación de impotencia? ¿qué pasaría si me relajara y no pretendiera hacer nada más que estar con él? Ganaríamos una cosa: no sentirnos impotentes. Y si no nos sentimos impotentes igual nuestras capacidades de pensar no quedan tan anuladas. Esta idea me recuerda una de las preguntas que me hacíais al final: pero ¿no hay que tener objetivos? Y os decía, no. El único objetivo es establecer una relación lo más rica posible como para poder hablar de lo que sea. Porque el tener objetivos delimita o acaba delimitando las cadenas asociativas a aquellas que sólo tengan que ver con esos objetivos que me he marcado. En consecuencia, si no tengo más objetivo que poder estar con él, y hablar de lo que sea para establecer una relación lo más libre posible, me va a resultar difícil sentirme impotente.

 

            Enfado. Sí, mucho enfado. Y había, al menos, dos motivos de enfado: uno que nace de la frustración de constatar que R no era R, es decir, que no era lo esperado. Y suele frustrarnos mucho al constatar que no tenemos lo que esperábamos y eso en ocasiones impide disfrutar de lo que tenemos en realidad. Ahí pido disculpas por no haber satisfecho eso que muchos o casi todos esperabais. El otro motivo era porque R os cabreaba. Decía y hacía cosas que comunicaban enfado. R estaba enfadado, muy enfadado. También él, qué casualidad, constataba que no era lo que esperaba, que las mujeres con las que se relaciona no son lo que él espera de ellas,  y eso genera enfado y mucha frustración.  Y el enfado que os generaba hacía que en muchos momentos (furor curandi) quisierais que conectara rápidamente con su esquema de funcionamiento, con sus pretensiones, sus realidades. Proponíais que se relajara (cuente hasta mil), que cambiara sus razonamientos (algo de tipo cognitivo), que adquiriera otras conductas más adecuadas (cambios de tipo conductual) y que incluso reestructurara los pensamientos. Pero los sentimientos andan antes que los pensamientos. Un bebé siente cosas. Los humanos sentimos cosas y ponemos nombre a esas cosas que sentimos previamente. No al revés. Y él sentía y siente que cuando alguien, en especial una mujer con la que se siente vinculado, no le hace caso, es que le han abandonado, que “está con otro”. ¿Quién es ese otro? ¿su hermano o hermanos? ¿su padre?

 

            En la entrevista R., no sólo os colocaba en el punto en el que coloca o se coloca en la relación con una mujer, sino que os hacía sentir una serie de cosas mediante las que también os llevaba a pensar unas cosas y no otras. En cierto modo el grupo reproducía su propio discurso mental, el que gira y gira en torno a un mono tema. Y brillantemente indicasteis dos cosas: una que cuando alguien quería introducir un pensamiento diferente se las veía y deseaba porque no encontraba hueco para introducir esa idea nueva. Esto es lo que pasa en los procesos mentales, que giran en torno a unas determinadas temáticas que en tanto que son defensivas no posibilitan la entrada de nuevas ideas: nuestro pensamiento se ha quedado encajonado en unos rieles de los que no puede salir. Y la otra cosa es que la tonalidad afectiva se modificó cuando conseguisteis entrar en el terreno familiar, pero duró poco rato ya que al poco el grupo volvió a los temas habituales. Pero ahí observasteis que esa tonalidad afectiva era diferente, algo más depresiva. Eso nos hace pensar hasta dónde detrás de conductas agresivas lo que hay es un gran sufrimiento, una gran pena.

            ¿Qué esquema se está reproduciendo? ¿Podríamos ver en ese señor de cincuenta y dos años, uno de dos?  ¿Qué comportamiento de dos años se asemeja al de ese de cincuenta más? Cuando el bebé constata (a partir del sexto mes) que la persona de quien depende no está a la vista, llora. Llora porque siente que le abandonan. Ese abandono tiene, al menos, dos terribles fantasmas que asustan al más pintado. Uno que me dejan solo. Condenarme a la soledad es lo peor a lo que se le puede condenar a un ser humano. El otro es que al no tener al otro mi fantasía es que dejo de existir, cosa que es también muy dura. Muy probablemente esta persona ha tenido experiencias en las que se ha sentido abandonado, sólo y casi rozando la pérdida de la propia identidad y existencia. El nacimiento de un hermano, una enfermedad de un familiar, una situación laboral que haga que la atención sobre él disminuya. Y eso, le ha supuesto tal dolor que ahora “gato escaldado del agua fría huye”. Eso le convierte en alguien que busca con desespero que no le abandonéis, que le aseguréis que vais a estar con él siempre. Pero esta seguridad no se adquiere por promesas sino con hechos. O sea que os va a maltratar para saber si sois capaces de resistir a ese ataque y, a pesar de todo, vais a seguir estando ahí. Si esto es posible, R., saldrá del atolladero.

 

            Dr. Sunyer (martes y trece del 2011)


El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura
 
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José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
Avenir 5, Ppal. 2ª · 08006 Barcelona · Cif 37252506G