Fragmentación: una forma de comunicación.
Si fragmentar es hacer pedazos una cosa, la fragmentación es el proceso por el que un grupo, por ejemplo, o una familia o una institución se apedaza, se potencian los subgrupos evitando a toda costa el desarrollo superior que conllevaría una unión de sus miembros. En estos casos cada uno va a la suya olvidándose (o no queriendo ver) que existen otros. Unos pueden ir a sus cosas, otros envían mensajes en el móvil, otros miran sus apuntes, otros hablan con el de al lado sin importarles si eso genera algo en los demás, unos se encierran en su habitación o despacho, otros comen en silencio en la mesa o miran la televisión mientras se come… Es decir, la fragmentación es un fenómeno que sucede en todo colectivo y si aparece es por algo.
Cuando pregunté por la razón por la que nos fragmentábamos aparecieron varias ideas: la hora intempestiva, la falta de hábito en trabajar juntos, el tamaño del grupo, la comparación entre el grupo de la mañana con el de la tarde…, razones todas que luego se combinaron un poco con la falta de confianza, los comportamientos de algunas personas en contra del proceso de todos, los móviles, las conversaciones en pareja o pequeños grupos… razones que en definitiva hablan de cómo las personas de este grupo nos comunicamos entre nosotros. No podríamos decir que existe una razón única sino que es la combinación de muchas la que genera ese efecto como alguien muy bien dijo.
La fragmentación es una forma de comunicarnos e informar a los demás de la tensión (alias angustia) que sentimos al estar en un contexto como el que estamos, un contexto de grupo grande. Lo que nos informa la psicología es que los grupos, o mejor, las personas cuando estamos en grupo entramos en un juego que algunos (Volkan) lo denominan de acordeón en tanto que otros (Hopper) lo llama cuarto supuesto básico. La idea es la siguiente: los humanos tendemos a acercarnos al otro pero cuando esta cercanía nos agobia nos distanciamos. Una vez distanciados, dado que la distancia agobia, volvemos a acercarnos para que, tras el agobio de la cercanía nos lleva a distanciarnos de nuevo. Y algo parece que sucede en nuestro grupo: tras la cercanía que sentimos el día pasado en el que todos participamos de una actividad creadora fantástica, tenemos que distanciarnos como respuesta a la primera vivencia…
Evidentemente hay numerosas cosas que se esconden en todo ello, pero lo que me parece más fundamental es que la ansiedad que supone el encuentro nos lleva a fragmentarnos. Si fuese una clase normal en la que una persona (normalmente el profesor) expone una serie de cosas y quien quiere escucha y quien no quiere, no, la ansiedad sería menor. Y ello porque la presencia de un líder que lidere algo atenúa un montón de ansiedades y fundamentalmente las de la cercanía. Esa persona hace que en tanto que sobre él se concentren los aspectos de identificación e idealización evita que los miembros del grupo se vean entre sí y, de paso, se activen sentimientos como la envidia, los celos, la rivalidad y otros semejantes. La dependencia entendida como un mecanismo para aliviar la ansiedad se hace presente en el grupo: si dependemos del profesor, si cada uno depende de sus conocimientos, no tenemos que esforzarnos por aprender ya que nos los brindará. Es como ir al súper: cada uno toma de las bandejas que están expuestas lo que precisa y no debe hacer el esfuerzo por cultivarlas y recogerlas. La cuestión está en que los conocimientos no se pueden adquirir como la fruta en la frutería: los conocimientos provienen únicamente de la capacidad de cada cual de irse culturizando (de cultivar) eso es, de ir trabajando las ideas que aparecen, darles la vuelta, macerarlas, cuidarlas, cultivarlas para que den su propio fruto. (leed, es un consejo, el artículo de Carlos Rey que aparece en el último número de la revista del colegio de psicólogos de Cataluña y titulado “academia a la boloñesa”)
La ansiedad que aparece en el grupo (en todo grupo, en una institución, en una familia en muchos momentos de su proceso) no deja de tener algo de “supervivencia”, la podríamos llamar “ansiedad de supervivencia” como indica Nitsun (1996). La vivencia persecutoria del otro, la vivencia paranoide, se activa con toda la facilidad del mundo. Cuando alguien habla y nadie le contesta percibe que el otro “pasa de uno”, eso es, no le considera como sujeto. Un miembro del grupo lo decía con toda honestidad “si hablo y nadie me contesta, me dirijo sólo al profesor”. Ante lo que tenemos dos reacciones posibles absolutamente entendibles: o dejo de hablar con lo que “paso del otro”, o trato de dirigirme al profesor que sé que sí me va a recoger, sí me va a considerar como sujeto y a quien sólo reconozco como tal. Claro que la alternativa que se proponía “hay que aprender a pasar del otro” como formato que trata de evitar los afectos derivados de la anterior experiencia parece sana, pero no lo es. Y no lo es porque es el germen del totalitarismo. Es una propuesta patogénica y no normogénica. Si paso del otro, de las reacciones que el otro tiene ante lo que hago, digo, opino, le estoy negando su existencia como sujeto. Pasar del otro es en este sentido equivalente a “matarlo” como sujeto creyendo que sólo existo yo. Esto sucede en este grupo (hay algunas personas que lo encarnan) de la misma forma que sucede en la sociedad en la que estamos. Cuando se habla de la tendencia al individualismo se está señalando eso: yo voy en el tren y me siento porque llego antes a ocuparlo. Si hay otra persona que puede estar más necesitada por edad, por situación personal, no me importa. Yo llegué antes.
Las ansiedades son varias y muy activas. Una de ellas, la paranoide por la que atribuyo al otro cosas o actitudes en contra mía, no necesariamente tiene un sentido negativo. En buena medida es protector ya que si me paseo por la calle y no considero que puede ser una zona en la que abundan los cacos, es decir, si no activo mis mecanismos protectores, me pongo en peligro. A esto se le suele llamar “sana paranoia anticipatoria”. Pero cuando este mecanismo lo activo en zonas en las que no hay peligro alguno, sí. ¿Hay peligro en la clase? En principio no, pero la experiencia demuestra que sí, ya que con frecuencia cuando uno habla el otro ni contesta, o se pone a hablar por el móvil, o a hablar con el compañero o a hacer algunas risas, y ante ello es inevitable considerar que eso es una conducta vinculada a la anterior, a lo que he dicho o a cómo lo he dicho. Eso en mi casa tiene olor a agresivo: agredo al otro porque la vivencia de estar en un grupo me cuestiona mi individualidad, y lejos de trabajarla para poderme constituir como individuo en el grupo, lo ataco y me libro del esfuerzo. Y en este grupo en numerosas ocasiones cuando ha hablado alguien, ha habido quien se ha reído, o no se le ha hecho caso, o... Pero no nos ha dado tiempo a reaccionar ni a aclarar de qué se reía ya que posteriormente nadie asume ese hecho como real, siempre se evita el hablar y decir que, efectivamente, algo ha oído que le ha hecho gracia. Y esta reacción aparece tras cada vez que los que lo constituimos nos sentimos cercanos al otro. Como si esa vivencia cuestionara muchas de nuestras percepciones individuales.
Pero junto a este elemento persecutorio que tiene posiblemente mucho de proyectivo, aparecen otros mecanismos de la comunicación que están activos y paralizan la capacidad del grupo para hablar. No así cuando realizamos actividades en las que prima más la propia actividad que el hablar o compartir pensamientos o emociones. Como si el activismo que aparece tras la actividad, nos alivia la tensión, nos aleja del pensar y del emocionarnos con lo que dicen los demás: queda potenciado el elemento narcisista individual.
El miedo y la vergüenza están presentes junto a la desconfianza. No quiero confiar en el otro porque ello supone un replantearme muchas cosas. Incluso a tener que considerarle como sujeto válido para que podamos pensar juntos. Fácilmente el temor a que aparezca la identificación proyectiva o introyectiva paraliza nuestra capacidad de comunicarnos con los demás. Nos tenemos miedo o miedo a lo que el profesor pueda decir o “interpretar”. Aquí aparece la vivencia de la interpretación como algo que interpela, algo que me desestabiliza. No interpretemos cuando permanentemente, con esta actitud, estamos interpretando en negativo. Nos tenemos miedo a nosotros mismos, al enfado que sentimos casi a diario a pesar de que, por otro lado, hay grandes ganas de aprender y de cuestionarse cosas.
Lo decía uno de los compañeros, ¿pero entonces siempre nos estaremos cuestionando cosas? Si. La vida del psicólogo que trata a personas con sus propias dificultades puede transitar por la vía del escindir o de disociar. Cuando escindimos nos colocamos en esta posición en la que presumiblemente somos “objetivos” y abordamos las problemáticas del otro cual objetos inanimados se trataran. Uno cree que así no le afecta lo que al otro le sucede ya que al escindir, al separar de lo que aparece en la sesión los afectos concomitantes al hecho asistencial para así poder decir que uno ha nadado aunque haya estado en el agua dentro de una escafandra de las que se usan para grandes profundidades. Si en vez de escindir, disociamos, escuchamos la globalidad de lo que dice el otro, atendemos las cosas que nos afectan ya que el otro y yo somos iguales en muchas cosas, y al disociar, puedo dejar momentáneamente aquellas cosas que ahora no puedo atender para seguirlas considerando más tarde. Y si hacemos esta operación que suena más normogénica que la anterior, podremos descubrir que somos más iguales de lo que pensamos. Y esa igualdad entre seres humanos que tanto proclamamos políticamente se torna en una amenaza cuando lo pensamos desde nuestra realidad humana: somos iguales y lo que más nos asusta es ver esas cosas iguales en el otro ya que, si soy tan igual, ¿quién soy yo? Olvidando que cada uno es una constelación diferente de cosas iguales.
Como veis estamos en plenos procesos de comunicación. Y eso no es fácil.
Dr. Sunyer (22 de noviembre de 2011)