El grupo que está siempre ahí.
Antes de dirigirme al aula y dado que las obligaciones ciudadanas me obligan a modificar mi ritmo habitual, me encuentro en la cafetería del bar de la universidad preparándome para la sesión de dentro de quince minutos. Desde hace días le vengo dando vueltas a volver a la arena del ruedo del grupo grande para representar ese grupo que siempre está ahí: se trata de ese grupo metafórico en el que diversos personajes siempre están en diálogo cuando nos encontramos ante un paciente. Pero antes de la representación (Dios quiera que vaya como deseo) pienso en esa propia actividad previa. El profesional siempre debería poder encontrar el tiempo de preparación ante cada una de las intervenciones que realiza.
Sin poderme considerar un manitas, sí acepto que no me cuesta coger el taladro o cualquier otro instrumento para reparar cosas en casa. Posiblemente el recuerdo de mi padre con un taladro totalmente manual allá por los años 50 sea el que anida en mí ante estos hechos; pero independientemente si allá está o no la simiente, lo cierto es que cuando tengo que hacer una “chapuza” me preparo. Preparo el material que voy a necesitar (siempre se me olvida algo, pero al menos ya estoy en ello) y pienso cuál va a ser mi intervención. Pues bien, ante un paciente todos precisamos de unos minutos previos que nos permitan no planearla, ya que es imprevisible lo que va a aparecer en cada momento, pero sí a preparar los instrumentos mentales como para hacer frente al toro. Tiempo de capilla, se denomina a este momento previo a entrar en la plaza.
Bien, pues estoy en capilla. Y planeo algo de lo que me gustaría que apareciera hoy: Jacobo dialogando con el Yo auxiliar y el Yo, el grupo entre el Yo auxiliar y el Yo y otros personajes que pueden aparecer ahí. Y poder desarrollar ese diálogo para facilitaros ese aprendizaje en el que estáis metidos: ser unos buenos orientadores, o unos buenos psicoterapeutas. Es un diálogo complejo, difícilmente previsible, pero en cualquier caso, activo (me voy al aula, seguiré luego).
Lo intenté y quiero públicamente agradecerle a M su espontánea y esforzadísima colaboración. Quizás con una tercera persona hubiera sido mucho más rico; pero de entrada ella y yo nos lo pasamos bien. Esta es la primera enseñanza: si vamos a trabajar toda nuestra vida laboral en el terreno de la atención psicológica debemos ser capaces de transformar el trabajo en algo que nos guste, que nos de placer, que nos permita ser creativos. Si lo conseguimos (siempre es una meta por muy lejos que se encuentre y a la que quizás nunca se llega), podremos estar seguros de que la relación asistencial va a resultar una experiencia significativa para el paciente. Una experiencia plena de significados, de matices que van a enriquecernos a todos, al paciente y a nosotros. De nuestra habilidad de transformar el trabajo (como cualquier cosa de la vida) en algo que nos aporte placer, nos genere un enriquecimiento tanto personal como social, algo por lo que levantarse todos los días creando situaciones y experiencias enriquecedoras, va a depender buena parte de nuestra felicidad. Creo que eso es trasladable a cualquier profesión y a cualquier situación por dura que parezca.
En el lugar habían tres sillas que ocupaban el paciente, el yo auxiliar y el yo. Pero éramos dos los actores que jugábamos todos y cada uno de los roles de forma indistinta. De este elemento aparentemente sin sentido hay otra gran enseñanza: el profesional va ocupando mentalmente todos y cada uno de los puestos, de los roles que se proponen en el espacio asistencial. Porque en realidad ese espacio asistencial está dentro de cada uno de nosotros, dentro del cual vamos intercambiándonos pensamientos, sentimientos, ideas, percepciones cuyo conjunto, cuya constelación cambiante y dinámica va diseñando el proceso terapéutico. Si un espectador hubiera presenciado la escena, muy posiblemente le hubiera resultado difícil definir exactamente quién era quién. Eso, esa idea que de forma genial vi reflejada en el dibujo de A., una de nuestras compañeras, en realidad refleja la intercambiabilidad de las personas, la visión abierta del ser humano en el que lo de unos es lo de otros de forma constante. Los otros en mí, yo en los otros.
El yo y el yo auxiliar deben tener una relación muy cercana, una interacción constante de forma que nada de lo que el Yo auxiliar diga quede desconectada de la vida real del profesional representado por el Yo. Cuando esto no sucede, cuando el Yo auxiliar funciona “como si” de manera que no siente ni padece nada de lo que el Yo (de quien es representante) siente, estamos ante una relación falsa. Lo falso, desde esta perspectiva, es aquel funcionamiento desconectado de las vivencias reales de uno convirtiéndonos en robots, en profesionales sin nada detrás. De esta forma uno capta la sonrisa falsa, la pena teatralizada, la supuesta empatía vacía de contenidos.
Cuando hablo de la opacidad adaptativa me refiero al resultado del diálogo entre el Yo y el Yo auxiliar que deja libertad a este segundo aspecto para que vaya usando la información del primero en beneficio del paciente sin la necesidad de tener que desvelar las intimidades del primero a pesar de que las use. Es opacidad que se adapta a la realidad asistencial del momento, de las circunstancias del paciente, y que no ahoga al profesional en el anonimato que haría de la intervención algo falso.
En esta danza uno y otro aspecto se debaten, aportan ideas, recuerdos, sensaciones, emociones con el fin de mantener una relación con el paciente a través de la que iniciemos un enriquecimiento mutuo. Debemos compartir cosas con él para que también las comparta con nosotros. Es una interrelación en la que cada una de las partes va generando como un torbellino de ideas, de sensaciones, de pensamientos, emociones cuyo objetivo es que el paciente pueda engancharse en ese juego, pueda coparticipar de él. De ahí una siguiente enseñanza: el juego es la cosa más elaborada que el hombre ha sido capaz de crear. No me refiero a “jugar a cartas” o “al ajedrez”. No, me refiero a esa capacidad creativa en la que desde que el niño comienza a poder representar cosas mediante objetos (ahí la influencia del adulto es importante) juega con ellos creando espacios de pensamiento, de elaboración mental. A partir de esa idea, el contexto asistencial es un espacio de juego, un espacio en el que lo lúdico debe tomar posición para posibilitar el pensamiento del paciente (y el del profesional) paralizados por la ansiedad del encuentro.
Hasta mañana
Dr. Sunyer (14 de noviembre de 2011)
El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello.
Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo.
Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura