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Confusión, contaminación previa y lo social

Primeras reflexiones, septiembre 2011
Sunyer · 14/09/2011
Fuente: Sunyer

Primeras reflexiones: confusión, expectativa, inseguridad y lo social.

Para empezar no está mal, ¿verdad? Como pudimos ver hay como dos partes, una primera en la que se discute o se habla en espacios reducidos de grupo pequeño, y una segunda en la que todos tenemos la oportunidad de hablar e ir intercambiando ideas, pensamientos y demás. Y de la mano de unas siete u ocho personas comenzamos a pergeñar algunos trazos que tienen que ver con cosas que están presentes.

Una de las cosas que percibí es que, más allá de indicar que teníamos tal y cual tema sobre la mesa (las encuestas, el programa de la asignatura…) comenzamos por ahí y al poco fuimos derivando a otros aspectos que deben estar pululando por ahí. Esto me lleva a pensar en esa dualidad entre dirigir la conversación y centrarla en un tema, o abrir las puertas a que aparezcan temas cualesquiera para poder trabajar con ellos.  Dejo este tema para más adelante.

Otra de las cosas es que se señalaba la importancia de que alguien nos dirija. Este punto lo relacioné con la idea de confusión que es el estado mental normal en el que nos encontramos cuando no sabemos muy bien ni qué decir, ni a qué se viene, ni para qué sirve eso, ni hasta qué punto hay fiabilidad como para soltarse la melena y hablar con fluidez. Otro tema para pensar.

Otro de las cosas que emergió fue el de las expectativas que nos hacemos ante algo y en qué medida son responsables de los derroteros de una relación, en nuestro caso, asistencial. Un tercer tema.

Posteriormente se habló de la inseguridad que puede sentir un paciente que sea la que le lleve a esperar la medicación con el fin de aliviar su sufrimiento y, a partir de ahí, ver qué se puede hacer. Cuarto tema.

Y finalmente emerge lo social y junto a él lo generacional. Quinto tema sobre la mesa.

Es posible que sea la “pasión de profesor” por tomar prestada la idea cinematográfica la que me hace pensar que nadie de los que estábamos en el aula entró sospechando que saldrían estos cinco temas tan básicos en nuestra profesión. Esto lo pongo en conexión con la primera de las ideas que señalé al inicio de este escrito. Por no enrollarme demasiado por la presión que ejerce la presencia de otros temas organizativos diré que a mi entender es mejor dejar las puertas abiertas que cerrarlas a un tema concreto. Es cierto que de habernos centrado, por ejemplo, en uno de los aspectos del gráfico o de las respuestas, nos hubiera permitido “`profundizar” en un punto determinado. Por ejemplo, en qué medida la contaminación que ejerce sobre mí la experiencia de los años anteriores hizo que las respuestas que aporté al cuestionario fueran unas y no otras. Y aunque pueda parecer (alguien lo sospechaba) que había una cierta intencionalidad, la realidad hasta la que puedo alcanzar a ver es que más que ello lo que había era esa contaminación. Esto me hace pensar en qué medida hay una idea purista de las respuestas que da cualquier persona ante cualquier cuestionario. Dicho de otra forma para que se ajuste más a lo que quiero expresar: en qué medida tenemos una imagen del ser humano por la que se le podría ver o podría mostrarse sin contaminaciones exteriores. Esto es imposible. De la misma manera que siempre hay una determinada intencionalidad cuando vamos al galeno por un dolor de cabeza que hace que se lo explique de forma acuciante y exagerada si mi interés es que me de la baja, o le disminuiré la importancia si no quiero que me haga una determinada prueba, lo mismo sucede ante el psicólogo o ante el profesor. Toda encuesta, todo cuestionario e incluso toda prueba supuestamente objetiva (no existen tales pruebas) viene mediatizadas por intencionalidades o por contaminaciones previas.

Evidentemente puedo reconocer una contaminación que, como me indicabais en un grupo, tenía un tono un poco depresivo o realista. Pero también tendremos que reconocer que el grupo en su globalidad también tiene una cierta contaminación procedente de los tres años de carrera y de experiencias con profesores. Esto nos puede llevar a pensar en que es importante introducir una cierta relativización en los resultados de cualquier prueba. Si el día de mañana consideramos infalibles y absolutamente descriptivos de la realidad psíquica de una persona a los valores que nos aparecen tras un cuestionario, cometeremos un error.

Si el profundizar en un tema puede ser interesante también lo es el dejar abierta la charla. Si así lo hacemos damos la oportunidad a que el paciente vaya aportando otro tipo de preocupaciones que van más allá de las que vienen marcadas “oficialmente” por el tema principal. En este sentido podríamos considerar el pensamiento humano no tanto como un sumatorio de pequeñas líneas de pensamientos más o menos encadenados cuanto como un flujo amplio, vasto, de pensamientos diversos que afloran en un momento o en otro a partir de las circunstancias. Ese caudal de pensamientos, ese río amplio e intenso de ideas, pensamientos y emociones que se combinan e intercambian, ese el pensamiento tanto individual como colectivo. ¿Cuántas cosas pasaron por vuestras cabezas cuando hablaba alguno de vuestros compañeros y que contuvisteis para no exponerlas por cualquier razón? Ese es el pensamiento de todos los humanos, individual y colectivamente considerados.

Como nuestro aparato psíquico es complejo y está muy activo, se nos reactiva al estar en contacto con otras personas (contacto por ejemplo visual) y nos genera una tensión importante que podríamos reducir a la lucha entre dos tendencias: callo y escucho, hablo y que me oigan. La primera parte viene articulada, creo, por los temores, las inseguridades, los miedos, mientras que la segunda lo es por las ganas de participar, de hacer del grupo un espacio personal. Y esta tensión, ese dirimir entre una y otra actitud, genera muy mal estar. De ahí la confusión: ¿de qué se habla, de qué “hay” que hablar?, ¿qué pensarán, qué pensaré de lo que diga?, ¿cómo me expreso?, ¿se aceptará mi pensamiento? Todas estas dudas y un montón más están en nuestras mentes al tiempo que estamos ahí. Eso genera confusión. Y la confusión es dura de llevar. Ante ella sólo nos caben dos recursos: o busco desesperadamente que alguien haga de líder y entonces estaré a salvo, o tolero mis circunstancias y me voy dando tiempo para poder estar. Y cuando lo consiga, podré ponerme a sentir sobre lo que siento en este estado. Y cuando lo consiga podré pensar. Y cuando lo consiga podré hablar. Estos son los cuatro estados por los que pasamos la mayoría de nosotros.

Aceptar que estamos donde estamos y de la manera en la que estamos es un primer paso para que las expectativas que tenemos de las cosas se vayan asentando en la realidad. Los humanos vivimos en la realidad, o tratamos de vivir en ella. Pero en muchas ocasiones ponemos más acento en las expectativas, en lo que tendría o debería ser que en la realidad que es. Y así nos va a pesar del millón de años de evolución y desarrollo del ser humano. Y siendo cierto que una cierta expectativa nos permite ilusionarnos con las cosas, habrá que buscar la manera para poder juntarla a la realidad en la que vivimos. La locura se sitúa en los dos extremos: en el de la hiperrealidad o en la de la hiperilusión que es el delirio. Y esto sucede a los individuos de esta sociedad y a la sociedad en sí misma.

La sociedad la hacemos los individuos y al tiempo los individuos somos hechos por la sociedad. Ésta, el grupo grande que la representa, se constituye a partir de los grupos pequeños, la familia. Y en su seno se viven, se activan y frenan, se moldea a las personas que la constituyen de manera que de unas y otras acciones van emergiendo los individuos que forman esa familia. Es una interacción constante, permanente. Eso nos obliga a considerar al hombre no como una entidad hecha sino como una entidad en construcción permanente. La identidad, pues, es un espejismo ya que permanentemente estamos en un proceso de redefinición de esta identidad al tiempo que seguimos siendo los mismos. Es una dualidad de tiempos y estados difícil de encajar. Siendo yo mismo el que soy evidentemente me reconozco muy diferente a como era hace cinco, diez, veinte, treinta… años. Habrá que ver en qué punto me coloco entre el estado ameboide y el estado crustráceo. Más sabiendo que esto que yo soy viene y procede de fuerzas que generaciones atrás han ido labrando mi propio destino. O parte de él.

Hasta el martes.

Dr. Sunyer

 

P.S.

 

Leyendo las Primeras reflexiones. (Lunes 19 de septiembre de 2011)

 

Anduve leyendo lo que os escribí la semana pasada y me quedaba una pequeña mosca en la oreja que me gustaría abordar: lo persecutorio.

Proviene de la observación de las reacciones ante el cuestionario y constatar que luego no se habló de él. Y las cosas que no se abordan en una relación permanecen como pequeños (o grandes) obstáculos. Y me imagino que si no lo abordamos es por las reacciones internas que cada uno, individual y colectivamente, tuvo ante el cuestionario.

Cuando me paseé por los diversos grupos habían preguntas curiosas: ¿tiene validez? ¿Cómo deduce eso el cuestionario? ¡Claro, el profe lo valora intencionadamente! Hay preguntas que no están claras y por lo tanto no será válido el cuestionario.

Estas y otras más junto a algunos comentarios que no incluyo no dejan de sorprenderme. Aunque debiera estar acostumbrado a ello ya que es la misma reacción de determinados colectivos ante un cuestionario de este porte. Recuerdo la que tuvo un Sindicato cuando pasé (o intenté pasar) un cuestionario semejante con motivo de mi tesis doctoral: se negaron porque seguro que la Dirección quería pasar aquello para reducir plantilla… Y eso fue el año 88 de la centuria pasada. ¿Qué habrá detrás de esas dudas, preguntas…?

Parece que se coloca una sospecha. ¿Qué va a hacer ese con esas preguntas? Y si nos ponemos como técnicos, las preguntas deben serlo: ¿Tendrá validez? ¿Cómo lo corrige? ¿Cuánto interés de desviar las respuestas puede tener alguien?  Y aquí viene mi pregunta, ¿si fuésemos pacientes ante un profesional, le haríamos esas preguntas? Creo que si le hago preguntas semejantes será porque no confío en él. Porque temo algo de su intervención.

Eso creo que nos pone sobre el tapete otro tema súper interesante: la confianza. ¿Cómo se logra la confianza? ¿De dónde provendrá?

Creo que estas cuestiones siguen estando presentes entre nosotros.

 


El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura
 
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José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
Avenir 5, Ppal. 2ª · 08006 Barcelona · Cif 37252506G