De identidades dañadas.
De entrada y antes de meternos en este berenjenal quisiera pediros disculpas por no haber podido cumplir con mi compromiso de escribir algo tras la sesión del miércoles. Hoy, a menos de 20 horas de encontrarnos de nuevo voy a intentar algo; aunque la premura del tiempo y sus limitaciones no sé hasta dónde me van a permitir desarrollar el tema.
El día pasado habíamos vuelto al aula del primer día y seguíamos sin saber muy bien quienes ni cuántos éramos. Comenzamos hablando de las influencias de los demás y del entorno en cómo es uno, y luego ya derivamos a fenómenos que tenían que ver con las migraciones y posteriormente a temas más gordos como pueden ser el de los idiomas, las exigencias de los entornos sobre uno, a cómo nos vamos integrando o no en ellos… temas de gran calado a mi modo de ver. Y lo son porque atañen a eso que venimos en llamar identidad. Pero, ¿qué es eso?
Creo que el pensamiento romántico que de alguna forma comienza a señorear a principios del S. XIX y de forma más plena en el XX nos lleva a considerar la identidad como algo muy fundamental. La creencia es que hay algo puro en un momento de la vida que determina ese núcleo inmutable de uno sobre el que se van colocando cosas pero que no le influyen ni determinan. Y eso lo colocamos tanto en personas como en colectivos humanos. Hablamos de la identidad individual, la familiar, la de una sociedad, pueblo… y el sostenimiento de ese ente inmutable nos lleva en ocasiones a guerras y a destrucción.
A ese sentimiento de permanencia a un estado idealizado se le suele llamar identidad, si bien la realidad cambiante obliga a replantear esa idea y desplazarla hacia la de la sensación de que a lo largo de nuestra existencia desarrollamos algo que nos es propio. Pero este desarrollo conlleva la aceptación de cambios constantes en nuestra manera de ser, sentir, pensar y actuar. Ahora bien, como no somos, sentimos, pensamos y actuamos de forma autónoma sino de manera vinculada a los demás, la idea de identidad queda muy articulada con los vínculos que hemos establecido con los demás, cómo estos vínculos nos condicionan y nos constituyen de una determinada manera.
Cuando uno se ve inmerso en un colectivo como puede ser un grupo, todos estos vínculos se recuestionan. Uno percibe que no sabe del otro y viceversa. La sensación que se tiene cuando uno no se siente reconocido a través del vínculo que el otro tiene con él es de pérdida de aspectos de la identidad. Es como si constatara que el otro no me constituye tal como otros “otros” me han constituido. Y eso se da en cuanto estamos en un grupo hasta que el grupo se ha constituido como personas que están juntas trabajando.
¿Por qué se recuestionan los vínculos? Hay una serie de fenómenos que se dan siempre en las relaciones interpersonales. Unos tienen que ver con los mecanismos que desarrollamos para amortiguar la ansiedad que nos despierta la relación con el otro. Otros tienen que ver con las propias estructuras relacionales. Si nos centramos en éstas, hay un fenómeno universal que hace que aquella estructura relacional con la que me constituí y desarrollé en el seno del grupo familiar y que posteriormente fui completando con figuras de referencia, se reproduzca automáticamente cada vez que establezco una nueva relación. A ese fenómeno le llamamos transferencia. Es decir, cuando iniciamos una relación siempre lo hacemos a partir de las experiencias afectivas y relacionales que hemos ido teniendo. Estas experiencias tratan de reproducir en la nueva situación el esquema con el que me formé. Por ejemplo, al relacionarme con un chico, puedo colocar en esta relación aspectos de mi relación con mi propio padre y hermanos, a otros aspectos que provienen de otras figuras masculinas que han tenido una especial relevancia para mí. Estas características se instalan en esta relación a partir de detalles tan insignificantes como el color de los ojos, o un gesto que hace con las manos, el tono de voz que utiliza…, es decir, a partir de aquellos rasgos que me permiten identificar elementos comunes voy desarrollando una relación con ese chicho que facilita que entre él y yo se establezca una relación casi calcomanía a la que pude tener con mi padre o hermanos. Pero junto a estos elementos le añado los significados que todo ello tuvo y va teniendo para mí de forma que, a la postre, parece como si en vez de relacionarme con esta persona estuviera relacionándome con mi padre o hermano. Y cuando estoy en un grupo, no sólo se activan las estructuras relacionales que me he ido constituyendo en particular con personas en concreto, sino con los dúos, tríos, y otras combinaciones de personas, y con el grupo como totalidad que, desde los diversos ángulos me ubican en una relación con el grupo que tengo ante mis ojos de forma similar a la que forma como me encontraba con mis grupos de referencia.
Cuando constato que los demás no me devuelven la misma respuesta que me devolvían aquellas personas, grupos, combinaciones de personas de antaño, lo que experimento es una pérdida del sentido de mi identidad. Es decir, siento una pérdida de aquellas cosas que a mí me daban la sensación de ser yo mismo. Y eso es porque las nuevas personas que tengo ante mis ojos no dejan de cuestionarme todas y cada una de los infinitos aspectos con los que estoy constituido. Eso supone una terrible fantasía de pérdida de identidad y reacciono en consecuencia. ¿Cómo? Mitificando aspectos de mí mismo, de mi pasado, de mis puntos de referencia, como un recurso para garantizarme la supervivencia de eso que llamo identidad personal. Lo mismo sucede a nivel de grupos, de familias, de pueblos…
En la situación grupal todos, conductor incluido, sentimos lo mismo. El conductor tiene la ventaja que al ser un sentimiento que ya ha experimentado varias veces, se asusta algo menos que los demás; pero poco más. Y este temor a la pérdida de la identidad nos lleva a funcionar de forma algo anómala para mantener la fantasía de que yo sigo siendo yo. Y esa identidad la podemos poner no sólo en banderas o en el idioma que utilizamos, sino en lo que nos pasa, en lo que nos hace sufrir, en nuestros aspectos laborales, profesionales, económicos, religiosos… Es decir, mitificamos, cargamos estos componentes de un IVA, ponemos un Impuesto de Valor Añadido, que lejos de facilitar la comunicación la dificulta.
Cuando el otro me propone una relación determinada por esos lazos que previamente ya tiene establecidos, cuando el otro mediante la transferencia me ubica en un punto determinado de su mapa relacional, yo reacciono. Reacciono porque siento que a mí se me coloca en un lugar en el que no me siento cómodo. Lo más probable es porque esas reubicaciones en las que me veo metido activen otras del pasado ante las que también reaccionaba así. O simplemente porque me siento incómodo en esta posición. La reacción que nace de tal imposición es la que denominamos contratransferencia. Contra, porque nace como reacción contraria a la pretensión inconsciente del otro. Lo que sucede en el grupo, entonces, es algo más complejo ya que todos transferimos y todos contratransferimos sobre los demás, lo que nos lleva no tanto a considerar la transferencia y contratransferencia como fenómenos concretos sino que nos conduce es a pensar más en la situación Transferencial. Situación, porque en realidad es un estado relacional que se da en el grupo entre todos y todo.
Señalaba antes que entre los fenómenos que se dan en las relaciones interpersonales había dos componentes, uno era el transferencial y el otro era el de los mecanismos de defensa. Como bien sabéis, los mecanismos de defensa tienen como objetivo amortiguar o paliar la ansiedad que se nos despierta ante una situación determinada. Y, como no es sitio para hablar de todos ellos, me ceñiré a tres: la identificación, la proyección y la identificación proyectiva.
Por identificación entendemos aquel mecanismo por el que me hago semejante al otro mediante el proceso de hacer mío aquellas características del otro, su significado y carga afectiva que me resultan altamente significativas y valorables para mí. Dicho de otra manera, me identifico, por ejemplo, con aquel gesto de mi profesor que para mí tiene un alto nivel significativo porque al hacerlo mío siento que algo suyo ya es mío y yo me asemejo a él. Si habéis visto la película El cisne negro, hay un momento en el que la protagonista roba unos objetos de la que fue en su momento el cisne negro ya que cree que al hacerlos suyos, eso le facilitará a ella alcanzar el nivel que ansía. Eso es, materializar la identificación. Cuando le pido a Guardiola que me haga un autógrafo, ese autógrafo tiene un valor particular para mí: tengo algo de él en mi agenda o libro de autógrafos. O en el balón, da igual. AL hacerme igual al otro, algo de sus propiedades pueden ser mías.
Por proyección entendemos el proceso mediante el que adjudico al otro aquellas cosas que no puedo aceptar que las tengo yo. Se las adjudico con toda la carga simbólica, afectiva y representativa que tienen esas cosas. Por ejemplo, en las parejas, en los matrimonios, no es difícil que se den situaciones en las que uno le reprocha al otro determinadas cosas. Ese reproche en realidad es un señalar cosas que al primero le parecen intolerables en sí mismo. Evidentemente que el otro, el reprochado, algo debe tener para facilitar la proyección ya que de lo contrario no se puede dar. Pero posiblemente (suele ser así), el tamaño de lo reprochado es bastante superior a lo que realmente tiene el otro para recibir tal reproche. Los niños en ocasiones dicen “mierda para tu boca” cuando tratan de expulsar lo que el otro les indica: es decir, lo que me dices es mierda y por lo tanto quédatela. Mediante este mecanismo marcamos distancias, nos separamos del otro. El fenómeno se ve con frecuencia en situaciones de circulación: la culpa la tuvo el otro.
Con estos dos mecanismos paliamos la ansiedad que sentimos al vernos diferentes o semejantes. Pero, ¿qué pasa cuando los dos fenómenos van parejos? Aparece la identificación proyectiva. Por tal lo que realizo es una operación mental por la que tras adjudicar lo negativo que no puedo tolerar en mí al otro (proyecto), me identifico con lo proyectado (Identificación), por lo que la vivencia se me torna intolerable. En estas circunstancias la intensidad de la reacción afectiva que emerge es muy alta, altísima. En la película del Cisne Negro ya comentada, la protagonista (Cisne blanco) no puede tolerar lo que el Cisne Negro le muestra o representa y, en muchas situaciones de la película, la agrede. Esa agresión representa la respuesta ante la imposibilidad de asumir que ella, el cisne blanco, también tiene cosas de cisne negro.
Pues bien, todos estos fenómenos afectan a la identidad. Y especialmente en un grupo ya que ante nuestros ojos se nos hacen visibles cosas que cuestionan constantemente nuestra identidad personal. Trátese de un grupo diseñado para atender a determinados pacientes, trátese del grupo representado por un Consistorio que no puede tolerar aspectos que determinados pacientes, (usuarios, como os gusta llamarlos) les muestran con su queja y sufrimiento. Incluso hasta el propio término usuario. AL llamarlos así, eliminamos de un plumazo algo que está en la base de todos aquellos a los que atendéis: la base del tremendo sufrimiento con el que acuden a pedir ayuda. Porque, por si no lo tenemos en mente, paciente no viene de tener paciencia, sino de padecer. Paciente es el que padece. Usuario es el que usa de, cliente es el que compra algo.
Y os voy a dejar porque ya es muy tarde y me toca retirarme.
Espero que disculpéis el retraso en estas líneas. Hasta dentro de unas pocas horas.
Dr. Sunyer
Los comentarios se refieren a las sesiones que he realizado con los profesionales que han acudido al curso que organizó la Diputación de Barcelona.