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Curso en la Diputación de Barcelona
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Grupo y las interdependencias vinculantes

Tras la primera sesión del curso (Marzo 2011)
Sunyer, J.M. · 24/03/2011
Fuente: Sunyer

Primeros trazos de teoría tras el primer día.

Hubo un buen ambiente de trabajo. Poco a poco nos fuimos presentando y la primera conversación fluyó con cierta normalidad a pesar de lo poco que nos conocemos. Y en la conversación aparecieron muchos temas que, aprovechando el propio fluir de la charla, traté de pincelar un poco más. Luego el caso que nos presentó una compañera en el que, de forma diáfana nos posibilitó aportar un montón de ideas que también nos sirvieron para seguir pensando en lo grupal. Y luego el espacio que me reservé para acabar de dar color al boceto que entre todos pudimos ir completando.

Ahora, una vez despejado de todas las vivencias de la mañana,  me gustaría poder concretar un poco más esos aspectos teóricos que hemos ido pergeñando. Vamos allá.

¿Qué es un grupo?

A lo largo de los años he ido definiendo lo que es un grupo desde diversas ópticas. Evidentemente en todas estas definiciones estaban muy presentes las que otras personas han ido haciendo y que leía con cierta avidez. Creo que todos podemos encontrar en las diversas publicaciones existentes definiciones muy acertadas. E incluso nosotros mismos somos capaces de plantear una definición. Pero en estos momentos me encuentro con mayores dificultades para poderlo definir. Es como si a lo largo de los años me encontrara en un proceso en el que esas definiciones que otros habían aportado muy bien ahora no tuvieran el peso y la importancia que antaño tenían.

Para muchos el grupo es como una cosa. Por ejemplo, si buscáis el diccionario de la lengua catalana dice grup és un conjunt de persones o cosas formant com una unitat dins d’un conjunt més nombrós o complicat, pel fet d’estar més juntes, més intimament unides, tenir certes semblances, una característica comuna. Carámba, ¡no se lo han trabajado poco! Pero la mayoría de los diccionarios andan por el estilo. Pero fijaros que esa características de “formant com una unitat”, parece aludir a que esa unidad perceptiva no lo es tanto, ¿verdad? Pero para no andar a la zaga, otros le dan más vueltas conjunto de personas que dentro de un marco de coordenadas espacio-temporales, cooperan unas con otras y, por consiguiente, se hallan mediata e inmediatamente en activa relación o comunicación mutua… No sigo, porque se sigue alargando. Otros (Anzieu, 1978) lo simplifican al máximo Grupo es una comunidad, o por alargarlo un poco dice el grupo es la puesta en común de las imágenes interiores y de las angustias de los participantes (1978:31). La verdad me parece que se acerca más a lo que Nitsun (1996) señala el grupo permanece siendo uno de los más misteriosos, elusivos y controvertidos conceptos psicológicos… Comprenderéis que a estas alturas no me atreva a decir qué es realmente un grupo.

En vuestras aportaciones emergió la palabra agrupación, y me resulta agradablemente sugestiva. Porque alguna diferencia debe haber entre agrupación y grupo. Como la debe haber entre estas y masa, comunidad… Claro que aquí parece intervenir el número de personas que lo integran; pero… ¿dos personas forman un grupo? Hay quien dice que no, que se necesitan un mínimo de tres… Veamos si podemos salir un poco de este entuerto.

Dos personas pueden ser pareja o no. Que sean pareja parece que conlleva algo más que el ser simplemente dos. De hecho hay muchas parejas que viven juntas pero que realmente no viven como pareja, sino como dos personas que conviven bajo el mismo techo. Y que incluso pueden tener, por decirlo llanamente, derecho a roce. Pero claro, eso no es necesariamente una pareja en el sentido que le quiero dar (más allá de que cada quien le dará el significado que le quiera dar). ¿Qué considero que debería haber entre estas dos personas para que se puedan considerar pareja?

Las interdependencias vinculantes.

Las personas todas establecemos con nuestros congéneres y hasta con las cosas que nos rodean (plantas, animales, objetos…) unas relaciones que pueden ser particulares. La particularidad proviene de lo que pongo en la relación. Por ejemplo, suelo llevar un reloj que tiene su historia. Esa historia está cargada de significados de naturaleza afectiva que hacen que ese reloj (cuyo precio real no es nada significativo) tenga un valor para mí superior a ese otro regalo que me hicieron con motivo de no-sé-qué.  Ahí hay un vínculo que hace que si lo perdiera o se dañara, lo sentiría mucho. Y sólo es un reloj. Lo mismo me sucede con otras cosas y, aún reconociéndome bastante obsesivote en estos aspectos, la realidad me dice que si a alguna de esas cosas le pasa algo, me lo paso mal un tiempo. Tiempo que puede ir desde el disgusto puntual, a que realmente me quede dolido y obsesionado un tiempo. La cosa se complica cuando en vez de ser un objeto nos encontramos ante un animal. Evidentemente, por mucha manía y hartazgo que en ocasiones me genere mi perro, la verdad es que le echo en falta si no está incordiándome. Y la gran diferencia entre él y el reloj, es que mi perro también sufre cuando le riño en tanto que el reloj (hasta donde alcanzo a saber), no. Eso me indica que entre el perro y yo y viceversa, hay vínculos. Me siento atado a él (y me imagino que lo mismo le pasa porque cuando no me ve, llora). Es decir, el vínculo es una atadura que hace que uno esté atrapado en el otro. ¿Y entre las personas?

La cosa se complica un poco más (gracias a Dios). Porque para cualquiera de nosotros el otro es un ser que tiene una serie infinita de características que, para bien y para mal, nos remiten a otras personas, y a otras situaciones y… Es decir, las personas, las características que todos tenemos hacen que de forma instantánea el gesto, la mirada, la sonrisa, la voz, el silencio, la mueca, su andar… vaya aludiendo a otros gestos, miradas… de otras personas que han formado o forman parte de nuestra vida. Pero fijaros qué frase me acaba de salir “forman parte de nuestra vida” significa no sólo que en lo que sería la trayectoria histórica de cada uno de nosotros sino que “forma parte de nuestra vida”, és a dir, yo soy esos. Los otros en mí, como señaló García Badaracco. Pero fijaros que ese “los otros en mí” no es tanto que tenga su recuerdo sino que estoy hecho a partir de estos retazos de los demás. Pero, ¿cómo me hago a través de los demás?

Nadie a estas alturas de la civilización plantea problemas para aceptar que todos y cada uno de nosotros proviene de las cargas genéticas suministradas por sus padres; sin embargo, como no podemos calibrar de forma material el componente psicológico la comprensión de nuestra constitución a partir de las cargas genético-psíquicas, esa aceptación es difícil. O incluso genera rechazo. Posiblemente este rechazo guarde relación con lo intangible del hecho psicológico ya que no podemos ver, calibrar, valorar, detectar mediante instrumentos que nos hagan creer que lo que tenemos delante es real, todo el conjunto de aspectos y de procesos que se dan entre seres humanos. Ahora bien, a pesar de todo ello lo que sí aceptamos todos es que el cachorro humano es el retoño menos maduro de cuantos nuevos seres u organismos existen en la naturaleza. Un ternero, un potrillo, cualquier animal que se precie mínimamente al poco de nacer ya es capaz de moverse, de seguir a su madre, de buscarse el alimento… mientras que en idénticas circunstancias ese “rey de la creación” que es el bebé, si o fuera por los cuidados de sus progenitores moriría a las pocas horas de nacer. Y eso es así porque por muy bien constituido que esté, los componentes psíquicos que determinarán y articularán todo lo que ese bebé va a ir haciendo a partir del momento del parto, están apenas desarrollados y precisan de los demás para ir completando su desarrollo.

Es muy posible que hayáis oído en varias ocasiones la expresión o concepto “mecanismos de defensa”. El organismo humano se defiende de cualquier circunstancia que sea percibida como amenazante mediante reacciones psicológicas que evitan que aquella percepción de peligro pueda ser eludida, modificada, desplazada, negada… en fin, que su vivencia no ponga en peligro la supervivencia psicológica del sujeto. Estos mecanismos en cierto modo automáticos se evidencian mediante gestos, reacciones de llanto o de alegría, cambios de todo tipo (incuso de naturaleza o apariencia somática) que al tiempo que sirven para contrarrestar el peligro percibido (real o imaginado) informan a quien está cerca de que algo sucedió. ¿Quién no ha estado con un bebé viéndole sonreír o estar tranquilo y constatar que de pronto algo le asustó que se puso a llorar? Ese llanto es expresión de ese susto y se corresponde a uno o varios mecanismos psíquicos que en aquel momento se han activado para protegerle de un peligro real o imaginado. Pues bien, a partir de los diversos mecanismos detectados y de sus expresiones comunicativas (repito, comunicativas), ese bebé (y a partir de ese segundo durante el resto de su vida) establece vínculos con los demás; y los demás con él.

Ahora bien, el cachorro no es un ser neutro. Es un ser vivo (de hecho lo es a partir del momento en el que el óvulo es fecundado por el espermatozoide) activo que interacciona con el medio y, en consecuencia, el medio interacciona con él. Esa interacción del bebé con sus padres y demás seres de su entorno genera movimientos de adaptación por parte del entorno y que vienen activados por las presiones que ejerce el bebé. Y viceversa. Esas presiones son siempre la expresión humana de fuerzas de poder. El bebé obliga (“puede”) a su madre a atenderle y ésta se siente presionada por él. Y viceversa. En este interjuego de fuerzas que tiran y aflojan, compensan y frustran, obligan y permiten se van estableciendo lo que llamamos interdependencias. Uno va haciendo al otro de forma simultánea y en este hacerse se crean unos lazos de interdependencia que, en los casos más significativos, podremos llamar interdependencias vinculantes. Si pudiéramos visualizar la infinidad de lazos de interdependencia vinculante con las que cada ser está atrapado a los demás, posiblemente veríamos una maraña de líneas de fuerza de intensidad variable que nos unen entre nosotros.  Estas líneas son las Interdependencias vinculantes que nos atrapan constantemente a todos los demás seres humanos, y con más intensidad a aquellos que tienen para nosotros una significación afectiva mayor.

Cuando creamos un grupo para desarrollar un determinado trabajo pero también cuando realizamos una atención individualizada, lo que hacemos es que a los lazos de interdependencia vinculante que nos determinan nuestra manera de ser y de estar, les añadimos los que van a irse creando a partir de esa nueva relación o relaciones que se establecerán con los pacientes. Y en este sentido podríamos pensar que un grupo es el resultado de las interdependencias vinculantes que se crean entre las personas que constituyen ese grupo y en el que nos incluimos.


Los comentarios se refieren a las sesiones que he realizado con los profesionales que han acudido al curso que organizó la Diputación de Barcelona.
 
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José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
Avenir 5, Ppal. 2ª · 08006 Barcelona · Cif 37252506G