La despedida
¡Qué difícil es despedirse al acabar la faena! ¡Qué difícil ha resultado despedirnos! Tanto, que creo que sólo me despedí yo. Cierto que hubo un aplauso, pero nos quedó el silencio que oculta lo que cada uno se lleva y lo agradecido que puede estar por ello.
Comenzamos este nuestro último día con la valoración de la asistencia y posteriormente con los comentarios sobre los resultados de la gráfica valorativa de la atmósfera de la clase. Y este fragmento de tiempo iba resultando cargado por este estudio milimétrico, en algunas personas, de si se han ajustado o no a la asistencia exigida. A pesar de que el peso de la misma es ínfimo en relación a la valoración del esfuerzo realizado.
Ya en el grupo grande, en el grupazo, comenzamos a repasar algunos de los puntos que aparecían en la gráfica: los que absorbieron la mayor parte de la energía fueron los de trabajo (que atiende a valorar el ambiente de trabajo que se ha desarrollado en el aula) y la competitividad y vinculación con la asignatura (que atiende al grado de estímulo a competir los unos con los otros y el nivel en el que los alumnos se han sentido interesados en el desarrollo de la misma). Cuando abordamos este último apartado aparecía la idea de pasotismo, los temores a hablar por el temor a la crítica del otro, o a escuchar el propio pensamiento, o a tolerar las ideas del vecino por lo que, al haber esta retracción no podía aparecer mucha vinculación con la asignatura. Y en cuanto se abordó el tema del trabajo emergía el pesar y el agobio por la cantidad de trabajo que ha supuesto (bitácora, trabajo temático…) llegándose a decir que de haber sabido que era así no se hubiera apuntado nadie.
Con estos temas en el aire, la atmósfera se fue enrareciendo. Las críticas se cruzaban entre unos y otros, y no aparecía ninguna valoración que tuviera otra tonalidad. Incluso apareció el enfado con el profesor por ser excesivamente intrusivo en sus comentarios, a no acompañar ni a valorar ninguno de los avances o desarrollos que algún alumno había realizado, y casi como buscando una especie de confrontación que conduzca a dejar un sabor amargo en el último momento de nuestro viaje.
En estas circunstancias el profesor señaló que era curioso que fuese más fácil utilizar la crítica como sistema de despedida que la valoración de lo realizado; y aunque esta idea fue escuchada llegándose a apuntar que la despedida es mucho más dura desde lo afectivo que desde lo crítico, pronto el clima del grupo volvió a la zona de crispación.
Cierto que había una gran parte del grupo silenciosa que dejaba que ese otro aspecto señorease por el aula. Y no pudimos saber qué es lo que esta parte silenciosa o silenciada pensaba o sentía en aquellos momentos.
Posiblemente este hecho, el de la valoración, y la constatación de la gráfica de la atmósfera hayan estado tan presentes que no ha posibilitado la despedida como tal. Pero mirándolo con una cierta objetividad, ¿qué decía esa gráfica? Sencillamente que las expectativas son por lo general superiores a lo que luego se constata en la realidad. Dicho de otra forma: que no habíamos podido vincularnos más de lo que hicimos y que la expectativa que habíamos tenido el primer día era que tal vinculación iba a ser muy alta; que el apoyo que se esperaba de los propios compañeros fue menor del esperado; que realmente el apoyo del profesor se acercó mucho a lo esperado; que el nivel de trabajo fue elevado acercándose bastante a lo esperado (aunque la diferencia en valores absolutos no nos permite afirmar que tal diferencia fuese matemáticamente significativa); que el nivel de competitividad estimulado en la clase fue bastante menor del esperado (o temido); que el orden y organización que ha habido en el aula ha sido bastante cercano a lo esperado en primer día; que la claridad de las normas no ha alcanzado el nivel esperado (aunque la diferencia en valores absolutos no nos permite afirmar que tal diferencia fuese matemáticamente significativa); que la presencia de normas ha sido bajo respecto a lo esperado el primer día (aunque la diferencia en valores absolutos no nos permite afirmar que tal diferencia fuese matemáticamente significativa); y que el nivel de innovación y creatividad en el aula ha sido igual o un poco superior a lo esperado.
Estos son los valores objetivamente valorados que, cuando estamos en zona de tensión tendemos a devaluar. Es decir, se disparan todos aquellos pensamientos y las emociones asociadas que tienen como base común el no acabar de creer en la bondad del instrumento o incluso en llamar mentirosos a los compañeros por los valores que se han alcanzado con lo que se insinúa que la falsedad es lo que se ha paseado por el aula (sería como si alguien que considera que tiene un CI determinado y constata que aparece otro, en lugar de cuestionarse el suyo lo que hace es cuestionar el instrumento de valoración; pero bueno, esto es entendible). Curiosamente cuando comparamos estos datos con los obtenidos otros años se observa que la mayoría de las puntuaciones se colocan en una zona media alta en relación a las obtenidas a lo largo de los últimos quince años; pero esto no lo pudimos escuchar…
Todo ello me lleva a pensar en la gran dificultad que tenemos en abordar la despedida. ¿Qué entiendo por despedida en estas circunstancias?
A lo largo de la vida muchas son las despedidas, separaciones, con las que nos encontramos. Son situaciones que se dan al final de un recorrido más o menos previsto y que nos enfrentan al hecho incuestionable de desligarnos de aquellas personas con las que lo hemos realizado. Y es evidente que los recorridos que hacemos están plagados de muchas historias, muchos encuentros y desencuentros, momentos dulces y agrios, momentos de incertidumbre y otros que nos sitúan y resitúan en la relación con los demás. Y algo así ha sucedido a lo largo de esas veintiséis o veintisiete sesiones.
Lo mismo sucede con las sesiones asistenciales con las personas que acuden en busca de alguna ayuda. A lo largo de unas sesiones que pueden abarcar semanas, meses o años de nuestras vidas, todos los que participamos de la tarea asistencial con uno o más pacientes, vamos realizando un recorrido. Un trayecto que se inicia con aquella primera llamada para concertar una entrevista y que se prolonga durante tiempo y tiempo hasta llegar a un final. Y en este recorrido, como en el nuestro, se suceden todo tipo de situaciones. Momentos en los que uno no conecta con el otro y otros momentos en los que hay una sintonía total. Situaciones que nos descolocan y otras que parecen ir bordadas. Equivocaciones y errores por parte de cualesquiera de los que participan en el encuentro. Frases que se dicen con el mejor de los deseos y que no siempre encajan con la habilidad que uno desearía. Y podríamos seguir con muchas ideas semejantes pero en realidad todas ellas describen la complejidad de la relación humana.
¿Y qué hacemos cuando llegado un momento, pactado previamente o no, en que tenemos que decir adiós? Ciertamente hacemos lo que podemos. Y lo que sabemos hacer a partir de todas las experiencias que hemos ido acumulando a lo largo de nuestra vida. Y en este marco parece que lo que hemos aprendido es que es más fácil despedirse desde la bronca, el enfado, la queja que hacerlo desde zonas más placenteras. Y no es que haya un modelo políticamente correcto por el que haya que decir algo bonito (a no ser que se quiera ser falso y eso no creo que sea una de las características que abunden en la clase; aunque haberlas haylas), sino que parece que aprender a despedirnos valorando el esfuerzo y los afectos que se han dado es una tarea que nos queda pendiente.
Aparece la noción de la importancia de la crítica. Sí, efectivamente, es importante la crítica. Pero igual hay muchos tipos de crítica y muchos momentos diferentes para utilizarla. Y si hay unos momentos que parecen más adecuados, ¿por qué no lo sería justo en la despedida? ¿O por qué los aportamos en este preciso momento cuando ha habido tantos otros que no han sido utilizados?
Si nos trasladamos a la zona asistencial, ¿por qué un profesional señalaría o tendría necesidad de señalar las cosas que no han funcionado bien o que quedan por hacer justo en el momento de decir adiós a un paciente? Es verdad que es bueno que el paciente sepa qué cosas quedan por resolver, pero… ¿será realmente cierto, eso? No dudo que en muchas ocasiones he tenido esta teoría que parte de un supuesto previo: creer que dispongo del conocimiento suficiente como para indicarle a otro ser humano los aspectos que le quedan cojos. En cierto modo es como indicar la cantidad de líquido que le falta a la botella para estar llena. Pero esto implica creer que debe estarlo. Lo que me lleva a pensar en si la filosofía asistencial debe instalarse en esa idea de (metafóricamente hablando) limpiar el alma, o si debiera colocarse en una zona valoradora de los procesos que se dan en el ser humano y tratar de entender lo que hay tras cada movimiento que realiza.
Aparece el pensamiento de que es bueno ser honesto y decir “toda la verdad”. Ese decir toda la verdad, esa idea de vamos a ser absolutamente sinceros, vamos a sincerarnos y decirnos sin tapujos todas las cosas parece estar cercano a la idea de purificación de las relaciones. Pero la realidad va por otro lado. La realidad de nuestros vínculos, de nuestras relaciones, es bastante más compleja de la que uno dibuja o cree en el espacio inmaculado de un despacho. Y este hecho nos acerca a lo que de humano tiene cada uno de nosotros y, en este orden, nos coloca ante el dolor de la despedida por lo que supone de disolución de los lazos que nos han condicionado las veintiséis sesiones de trabajo.
Despedirnos desde el enfado suele ser siempre más fácil que hacerlo desde otra posición. Es como cuando nos vamos de casa, cuando dejamos un país o un trabajo: es más fácil señalar lo que no nos ha dado, los defectos que han caracterizado la relación que señalar lo que uno ha aprendido y agradecer todo lo que ha obtenido del otro. La patada suele ser más separadora que la caricia y el afecto; aunque la primera acaba haciéndonos más daño que el segundo.
¿Qué hemos hecho a lo largo de esas veintiséis sesiones? Mucho. Hemos aprendido a acercarnos a una realidad de relaciones como posiblemente pocos se puedan acercar ya que al constatar nuestras dificultades en el aula, en el grupo grande, en el pequeño, ello nos ha puesto en una posición de partida (acabáis estudios en cuatro meses) que os facilitará mucho el camino posterior. Hemos aprendido a pensar conceptos complejos mediante el juego y la diversión. Hemos aprendido a pensar las situaciones desde posicionamientos menos dogmáticos. Hemos aprendido a escribir y razonas y a elaborar, desde la posición de cada uno, ideas, sentimientos y emociones. Hemos aprendido a cómo en la relación asistencial se instalan las características de los pacientes. Hemos aprendido a entender que el DSMIV no es la solución de nuestra vida asistencial. Hemos aprendido a ver cómo las emociones paralizan nuestras capacidades de pensar. Hemos aprendido a valorar lo social como un ingrediente consustancial a la naturaleza individual. Hemos aprendido a bailar a son del paciente. Hemos aprendido a escuchar opiniones y posicionamientos distintos. Hemos aprendido a ver que nuestras palabras quedan distorsionadas en el contexto social en el que nos movemos. Hemos aprendido…
Y por todo ello hay que dar gracias. Gracias a todos y a cada uno de los compañeros del curso que, desde sus posibilidades, sus características han contribuido a que todo esto haya sido posible. A los que se han enfadado, a los que se han expuesto, a los que se han ocultado. Incluso a los propios pasotas, que los ha habido, a los que han actuado desde un grado de falsedad, porque desde estas posiciones han hecho posible que los demás también aprendamos de ellos (aunque no era su intención).
Y a todos también quiero dar las gracias porque, más allá de la dureza del camino queda la satisfacción de haberme facilitado aportar lo que proviene de la experiencia de muchos años, de ilusionarme cada día que me levantaba para ir a clase, de escribir estos cuadernos, de mantenerme la esperanza de que todo lo que hacemos tiene un sentido que va más allá de uno.
Hasta siempre.
Dr. Sunyer (23 de diciembre de 2010)
El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello.
Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo.
Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura