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La felicidad

Mi cuaderno de Bitácora del 21 de diciembre 2010
Sunyer, J.M. · 23/12/2010
Fuente: Sunyer

 Felicidad…

Es de esos días en los que esa palabra está muy presente. Y el sentimiento al que alude nos suele colocar en un estado que en cierto modo podríamos calificar de disociativo: hay aspectos de la realidad que toman un color que contrasta con los que provienen de esos otros aspectos de la misma realidad. Y unos y otros se dan al unísono pero que no se pueden (y no se quieren) mezclar ya que la idea de mezclarlos no facilita saborear lo dulce del primero.

Estamos acabando nuestro recorrido. Hoy en el aula un grupo cantaba el cumpleaños feliz a dos de sus miembros. En muchos grupos se percibía un estado más euforizante de lo habitual que coincide, además, con la famosa foto de la orla. Al tiempo rellenabais unos cuestionarios que tratan de valorar lo que se ha ido percibiendo a lo largo de esos veinticinco encuentros en torno a nuestra asignatura.

Luego, tras la representación que quedaba por hacer, nos pusimos a hablar un poco. Primero a partir de lo que habíamos visto en esa representación. Luego ya nos atrevimos a avanzar un poco más allá moviéndonos por zonas más comunes y que aludían a algo de lo que ha ido apareciendo en esos veintiún días.

Pero el estado de felicidad persistía y trazaba una suave línea divisoria entre la realidad del grupo y la realidad ajena al grupo y que era la causante de ese estado disociativo.

Aparecían varias palabras que nos recordaban nuestra propia realidad. La tendencia a realizar unas representaciones muy basadas en lo real, como indicando el gran miedo que subyace a todo lo que se aparta de esa realidad palpable y valorable. Alguien con mucho tino señalaba que había proyecciones, que cada uno había proyectado sus imágenes respecto a elementos parciales de la asignatura en las personas que había elegido. Pero esta constatación absolutamente cierta destapa temores y éstos despierta nuestros miedos que paralizan buena parte de nuestra capacidad creativa. El temor a verse proyectado y que los demás me vean mis proyecciones nos paraliza; y más cuando uno cree que puede no haber proyección cuando ésta se da simplemente por el mero hecho de estar, vivir, existir.

También aparecía un contraste: lo que uno espera encontrar y lo que uno encuentra realmente. Este contraste es evidente en la clínica y en la práctica profesional. El paciente espera que el profesional haga algo que le permita estar mejor o salir de la situación en la que se encuentra, y descubre con el paso del tiempo que eso no es lo que se desarrolla en la intervención psicológica. Que lo que ahí van apareciendo son otras cosas que poco o nada tienen que ver con lo que buscaba. Y eso que aparece va actuando sobre él de una manera inesperada y, como por arte de magia, van apareciendo modificaciones en su vida, en su planteamiento existencial, en sus relaciones con los demás que no surgen de consejos o de actividades planificadas por parte del profesional sino que provienen de cambios en él mismo.

Ha sido y es una asignatura que se da de forma diferente. No porque no pudiera darse de forma normal siguiendo los patrones que habitualmente aparecen en los espacios académicos que centran en saber en la capacidad racionalizadora del individuo, no. El aprendizaje no ha sido de recursos técnicos, aunque los ha habido. No ha provenido de conceptos clave explicados y reiterados, aunque también han estado presentes. No vino de esquemas conceptuales, cuadros explicativos de las diversas corrientes y filosofías que tiñen la orientación psicológica, no. Vinieron de la capacidad que cada cual estuvo dispuesto a invertir y que se tradujo, en muchos casos, en descubrimientos ocasionales de actitudes, de formas de pensar y de actuar, en percibir la complejidad de la relación y de su importancia, de lo fácil que es hablar de empatía y lo difícil que es aplicarla, de la constatación de cómo las relaciones que se establecen entre paciente y profesional no dejan de ser un baile complejo de intenciones, deseos, poderes e intereses.

La asignatura, de corte fundamentalmente experiencial, no fue una terapia de grupo; pero sus principios, y más concretamente los de la intervención psicoterapéutica, sí estuvieron presentes. Hasta el extremo que esos principios tuvieron una influencia fundamental en muchas de las personas que componen el grupo. De hecho, muchas de las intervenciones tenían el mismo carácter que pueden tener aquellas que se realizan en el campo asistencial aunque en este caso vinieran revestidas del manto académico y conceptual. Y eso, sin duda, cala en quienes han ido escuchándolas.

Y lo que nos hace felices se intercala recordándonos la existencia de un aspecto de la realidad que nada tiene que ver con la crudeza de esa misma realidad; por mucha crudeza que pudiera haber en la base de la felicidad.

Esa misma experiencia es la que se tuvo en clase, no sólo en la complicada articulación de grupos pequeños y grandes sino en la que lleva a combinar espacios más de reflexión teórica con aquellos otros de corte más dinamizadora (las representaciones, por ejemplo, u otras actividades similares) que servían para reforzar la primera y, al tiempo, seguir incidiendo en lo personal de la experiencia académica. Esto supuso que todos nos tuviésemos que ver con el compañero, con la articulación de las diversas ganas de trabajar, con la presencia de aspectos personales que inevitablemente se cuelan en los espacios de discusión, con los ritmos y las apetencias o no de quienes nos rodeaban. Y darnos cuenta en la realidad del grupo grande de la complejidad de la experiencia humana, de la dificultad de expresar no sólo ideas sino emociones y pensamientos, la ardua tarea de hacerse entender o de comprender lo que decía el compañero, el ser testigos (posiblemente por vez primera) de lo difícil que es la comunicación humana y de cómo un mismo pensamiento puede ser valorado y entendido de tantas formas diferentes a la vez.

Y esa felicidad de la que hablo interrumpe los pensamientos cargándolos de emociones que son de difícil control e, insertándose en ellos, tamiza la tonalidad de lo que la razón quiere expresar.

Un saludo y hasta mañana, último día.

Dr. Sunyer (21 de octubre de 2010)


El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura
 
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José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
Avenir 5, Ppal. 2ª · 08006 Barcelona · Cif 37252506G