La identificación proyectiva.
Los humanos tenemos una serie de mecanismos mediante los que nos protegemos de la relación con los demás y con el entorno. Y esa protección trata de mantener en un cierto equilibrio las tensiones internas de manera que no sean excesivas y activen la señal de alarma llamada ansiedad. Es decir, la ansiedad es un indicativo de que las tensiones internas están llegando a un nivel tal que puede peligrar nuestra entidad como sujeto. Es decir, aparecen una serie de cosas que son vividas como peligrosas para la integridad e identidad individual; o colectiva. Y aunque desde fuera no percibamos que esa persona está en peligro, ella sí lo siente así y anuncia grandes tensiones internas a partir de la ansiedad con la que vive, se mueve, expresa.
Parte de la ansiedad se activa por amenazas reales. Por ejemplo, cuando uno quiere hacer un grupo hay un monto de ansiedad que proviene de aspectos reales: ¿cómo voy a conducir el grupo?¿cómo se van a dejar conducir?¿cómo serán las relaciones que se establezcan?¿conseguiré trabajar lo que desearía trabajar? Estos y otros muchos aspectos reales son en cierto modo una amenaza, un cuestionamiento a mi propuesta profesional, y activan parte de la ansiedad que siento o sentimos en estas situaciones. En ocasiones, cuando los elementos ante los que tengo que tener un cierto respeto están presentes, ese respeto se puede convertir en miedo. Miedo real. Por ejemplo, puedo tener miedo a una persona que percibo como virulenta, agresiva. Sin embargo hay otros aspectos que no son tan reales, que son más producto de nuestra fantasía que de la realidad.
Los ingleses que en eso son muy suyos, diferencian la palabra fantasía escrita con f, de la misma palabra escrita con ph. La primera correspondería a fantasías o quizás mejor a ideas fantasiosas que todos activamos con mayor o menor creatividad. Por ejemplo, puedo tener la fantasía (con f) de que el grupo no se constituya, que no venga nadie, que abandonen dos o tres, que se enfaden y a partir de ahí se genere una atmósfera irrespirable de la que no pueda salirme. Y que luego protesten a mis jefes y en consecuencia me echen del trabajo. Esto es una fantasía. Y cuando hablan de la otra fantasía, la escrita con ph, es que en realidad hablan de esas ideas fantasiosas pero que anidan en niveles muy profundos y que, activadas más o menos por las primeras (las de la f), activan niveles de ansiedad importantes. Diríamos que las phantasías se encuentran en las raíces de las fantasías.
Cuando entramos en contacto con una situación cualquiera, por novedosa o vieja que sea, los humanos desarrollamos gran cantidad de fantasías. Por ejemplo, cuando un grupo de amigos se reúne para hacer una excursión o una actividad novedosa, lo normal es que previamente haya entre ellos un charloteo, un hablar por hablar, un desahogo que en realidad alude a las fantasías que tenemos previas al hecho. O cuando a uno le van a operar, o se va a examinar. Estas fantasías parecen tener varios objetivos: de un lado ventilar, airear las ansiedades que están cociéndose por lo bajín. También establecer una relación, nervios mediante, en la que constatamos que más o menos todos estamos por un igual. Pero también nos sirven de elemento preparatorio para ir como calentando motores frente a la situación que vamos a vivir.
Ahora bien, aunque estas fantasías son las que son en realidad aluden a otras más profundas que esas sí, se encuentran en la base de nuestra conducta cotidiana. Son fantasías tan profundas y tan dolorosas que no pueden sino manifestarse a través de toda esta parafernalia de fantasías (con f) con las que los humanos nos relacionamos cuando estamos de los nervios. Estas proceden de lo que vivimos desde nuestra más tierna infancia a través de la relación con el entorno (padres, hermanos, grupo familiar, vivienda…). Y en la creación de las mismas colaboran no sólo las personas que constituyen nuestro núcleo familiar y lo que constituyen las circunstancias en las que vivimos, sino la forma cómo procesamos tales unidades de información.
Desde nuestra naturaleza humana, la percepción de peligro asociada a miedo o temor a morir está ahí. El cachorro humano como cualquier otro cachorro o pequeño insecto, teme morir. Teme en el sentido no intelectual o racional, sino en el sentido de miembro de una especie. Por esto cuando tocamos un gusano de tierra se revuelve intensamente como expresión de ese temor en forma “gusanil”. Pero los humanos, además de revolvernos, generamos una corriente mental que activa eso que llamamos phantasías. Esas phantasías son absolutamente primitivas pero no por ello desaparecen sino que se mantienen en la base de las otras y de la mayoría de los aspectos de nuestra conducta. Y anidan en nuestra memoria.
Cuando percibimos, pues, un peligro, esa memoria y ese recuerdo se activan y provocan que reaccione de manera que la ansiedad subsiguiente pueda ser eliminada. En ocasiones, una forma de eliminación es mediante la atribución del malestar que siento al entorno. La otra, es adjudicármela totalmente. En el primer caso apuntamos a comportamientos de tipo persecutorio mientras que en el segundo son de tipo depresivo.
En la dramatización que realizamos de aquel grupo se activaron una inmensa cantidad de ansiedades que tenía que ir controlando el profesor de la experiencia. Fundamentalmente eran de tinte persecutorio. Todos o casi todos venían muy cargados de las problemáticas familiares y le exponían a la voluntariosa conductora todo el malestar con el que habían convivido. Con lo que ella se encontró con un paquete complicadísimo que nace de los procesos con los que los pacientes (usuarios, decís) acuden a donde vosotros. Pero ¿por qué?
En muchas ocasiones no me basta con atribuir mi malestar al otro ya que con sólo el acusarle de ser el causante de mis males, no me quito de encima todo lo que llevo ahí. Preciso más. Entonces se da un curioso mecanismo: el de la identificación proyectiva. Mediante ese procedimiento, el otro se convierte como por arte de magia justamente en aquello que más odio, en aquella parte personal que no puedo asumir de mí mismo y, en consecuencia, el ataque se torna más virulento. Y el que lo sufre percibe mucha exageración en aquella atribución, en aquel enfado. Y lo suele pasar mal hasta que puede comenzar a discernir que el enfado del otro sólo es el enfado del otro. Pero hasta que llega este momento (y en ocasiones dura muchísimo y es muy dañino), nuestra capacidad de pensar queda totalmente paralizada. No podemos ver más que el enfado mayúsculo que el otro vierte sobre mí. Con un agravante, que en estas circunstancias, como la capacidad de pensar del otro también está bloqueada, cualquier intento para que piense activa todavía más nuestra maldad para con él. Sólo queda una salida: aceptar que el otro tiene razón, que posiblemente sean muchas las cosas que hacemos mal, que… ya que al ponernos como aquel que se pone “manos arriba”, al mostrar nuestra total impotencia y aceptarla, la agresividad del otro queda algo más anulada.
¿Qué es lo que el otro no puede ver en mí y que es la causa de tal ataque? Precisamente eso que no puede ver en él: la limitación que tenemos los humanos, por ejemplo. Es decir, es como si un aspecto de sí mismo que no puede ver ni aceptar lo percibe con toda claridad en nosotros. Por ejemplo, cuando un “usuario” nos acusa de no ser lo suficientemente eficientes en el trabajo que realizamos o de no aportarle las ayudas necesarias que en su criterio precisa. Al hacer tal señalamiento (con la enorme carga de enfado que ello conlleva) lo que en realidad está viendo en nosotros puede ser algo así como que él tampoco es eficiente en sus cosas o que él no busca las ayudas que le podrían suponer un alivio. En tal circunstancia nosotros somos eso que no puede asumir de sí mismo y por lo tanto, habiendo “proyectado” en nosotros esas sus deficiencias, se identifica con ellas y entra en lucha. Sólo que aquí la pantalla somos nosotros. Y eso duele.
Esta situación se hace más compleja porque en un grupo aparece un cierto efecto de contagio y las personas más “patológicas” fácilmente se suman a la queja (que en realidad no es más que más de lo mismo) y convierten el grupo en una experiencia dura y hasta destructiva. Cierto que algunas tratan de mediar, de amortiguar el enfado (¿recordáis?) pero la corriente devaluadora y destructiva suele tener mucha fuerza.
Para más colmo, nuestra reacción. Porque si por casualidad nos vemos reflejados en esas personas y quejas y creemos que realmente nos están acusando de ello, entonces la reacción por nuestra parte acaba de poner más leña al fuego.
Tengo la impresión de que todo ello va muy ceñido a la idea de “usuario”. Más allá de las modas, el usuario es el que usa. Y el verbo usar va muy vinculado con hacer de aquella cosa usada lo que me da la gana sin considerar que hay cosas que no puedo hacer. Y en este caso, la cosa no es tal sino que es una persona que lleva tiempo peleando y trabajando en pro de la ayuda a determinadas personas. Verse usado por el otro se asemeja mucho a verse reducido a un mero instrumento que está aquí para mi satisfacción. Y eso, en la vida pública, tiene otro nombre.
Hasta el jueves.
Dr. Sunyer
Los comentarios se refieren a las sesiones que he realizado con los profesionales que han acudido al curso que organizó la Diputación de Barcelona.