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Curso en la Diputación de Barcelona
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La frecuencia de nuestros encuentros.

Mi cuaderno de Bitácora del curso en la Diputación de Barcelona, 2010
Sunyer · 14/06/2010
Fuente: Sunyer

La frecuencia de los encuentros.

Los hechos sociales han interrumpido totalmente el ritmo de trabajo. Esto es un hecho que, más allá de las consideraciones personales que tengamos cada cual al respecto, determina algo que venimos diciendo por activa y por pasiva: estamos en un medio social y éste marca y condiciona todas y cada una de nuestras acciones. Cierto que a la perspectiva de un administrador eso no tiene la menor incidencia: se recupera otro día y ya está. Y evidentemente si lo que se valora es el cómputo de horas realizadas, esto es así. Sin embargo lo que pocas veces tienen en cuenta los administradores es que la vida psíquica existe y que esas alteraciones interrumpen y determinan significados en las personas afectadas.

Ayer una madre me comentaba que había tenido un susto con su hijo adoptado. Enfadada porque no quería irse a dormir cuando habían acordado,  generó una situación que bien pudiera haber acabado mal. El chaval debía tomar una medicación (ahora se diagnostican trastornos de la atención como si fuese una cosa rara y se les medica por esta razón; craso error ya que a partir de esa idea, ni los niños encuentran la posibilidad de desarrollar formas de incrementar su atención y combatir de otra forma las causas de su desatención, ni los padres somos capaces de desarrollar otras pautas relacionales que posibiliten el desarrollo más sano de recursos). Bien, el chaval tenía que tomar su medicación y como andaba enfadado la escupió. Como reacción, la madre le obligó a ingerir una “cantidad aproximada” directamente del frasco. Consecuencia: 36 horas en observación en la UCI.  Lo digo por lo de cantidad aproximada.  Al considerar que las cosas no tienen consecuencias y que en realidad con tomar las “dosis aproximadas” ya es suficiente, lo que dejamos de lado son las inferencias afectivas en los hechos de la vida cotidiana.

La recuperación del ritmo de nuestras sesiones no se realizará: el próximo día será el cierre del curso tras una interrupción de tres semanas por razones sociales. ¿Qué consecuencias puede tener? De entrada que los vínculos que habían comenzado a establecerse a un ritmo semanal se han roto y aunque seamos capaces de reencontrarnos, ese reencuentro ya no tendrá, lamentablemente, la misma tonalidad que tenía. Este hecho no es preocupante porque estamos en un curso. Pero, ¿y si estamos en un tratamiento, en una actividad grupal con una serie de pacientes? Ahí las consecuencias son bastante más complejas. Centrémonos en algunos de los elementos que están presentes:

  • La motivación: por lo general los alumnos que participan en un curso lo hacen porque tienen ganas de aprender algo. Es decir, la motivación por la que acuden a un curso proviene de un interés que suele estar situado en lo personal y en lo profesional; y en cualquier caso es más intrínseca a cada uno que extrínseca. Pero eso no suele ser así con los pacientes. Mi impresión es que si existe motivación es más para que me resuelvan algo que para aprender a resolver algo. Por buscar una imagen fácil sería la de alguien que viene a que le den de comer pero no a aprender a hacerse la comida. En esta situación puedo aceptar ir a un sitio unas cuantas veces para que me “den de comer”, pero dado que la motivación no está muy arraigada es fácil que comencemos a hacer novillos, a saltarnos la asistencia y demás. Claro, si encima es la propia institución convocante la que no nos atiende ahora que ya le había cogido el ritmo, la motivación desciende totalmente.
  • La situación. Cuando los profesionales nos apuntamos a un curso damos por sentado que nos vamos a encontrar con más personas. Desde nuestra infancia hemos aprendido a estar con otras personas y compartir aprendizajes. Y es cierto que eso también lo han aprendido los pacientes pero lo que ya no tienen en mente es que les vamos a reunir con otras personas para trabajar juntas una serie de cosas. Este hecho puede ser aceptado relativamente en un inicio ya que algo queda de aquella curiosidad innata y aquel deseo de ver a otras personas que les pasa algo parecido; pero cuando el ritmo se pierde, la pereza por reincorporarse se agranda y la incomodidad de encontrarse con otros facilita el abandono.
  • El susto. Cuando los profesionales nos encontramos en un curso y éste tiene unas características no tanto de clase normal sino de un espacio en el que compartir cosas y experiencias, el susto que ello nos produce y todo lo que nos remueve se acalla por aquello de la motivación que decíamos antes; y porque de alguna manera obtendré algún beneficio secundario. Pero susto haylo y de hecho una persona que vino el primer día lo dejó nada más vernos. Si esta situación la trasladamos al campo asistencial la realidad se torna más compleja: el susto de verse entre otras personas cada una de ellas a cuál peor, o con problemáticas que tienen una dimensión también complicada y compleja, es mucho mayor. Mayor en realidad porque ni por asomo consideran que va a haber tanta problemática y tanta preocupación. Este susto se aprovecha de la brecha que se le abre con la interrupción del ritmo de las visitas, y abandonan.
  • Enfado. Los profesionales somos personas que también nos enfadamos. Pueden haber muchos motivos y uno de ellos puede provenir del hecho de encontrarnos ante una situación que no responde a la que previamente nos habíamos imaginado. Este enfado que nace de la frustración es relativamente tolerable ya que a lo largo de la vida vamos pudiendo entender que eso es precisamente el vivir: enfrentarse a situaciones que nos frustran. Pero en el caso de nuestros pacientes ese enfado es mayor. Cierto que no disponemos de un medidor de enfados, de un enfadómetro, pero hay muchas posibilidades para pensar que el suyo es mayúsculo. Y cuando les proponemos encontrarnos junto a otras personas para hablar de cosas comunes, lo que perciben es el enfado de los otros que es semejante al enfado de uno. Y negociar con los enfados (siempre digo que los psicólogos somos “cabreólogos”, es decir, técnicos en cabreos) no resulta fácil. Porque supone acceder a aspectos muy básicos del ser humano. Y si en el momento de comenzar a tomar conciencia de esos enfados aparece una interrupción en la frecuencia de los encuentros…, miel sobre hojuelas.
  • Frustración. Seguramente la base en la que se desarrolla y activan muchos de los comportamientos agresivos sea la frustración. Tolerarla es signo de madurez, claro. Ser capaces de aceptar que las cosas van como van y no como desde nuestra visión omnipotente infantil pretende, es un rasgo de aceptación de nuestras limitaciones y de las de los demás. Y nosotros, desde nuestra supuesta salud psíquica, somos capaces de ir aceptando que el mundo no gira a la velocidad de nuestros deseos. Pero esto no es lo que les sucede a nuestros pacientes. Y por esto también sufren, es decir, padecen. Los elementos de omnipotencia están presentes en todos nosotros; pero cuando las carencias son mayores, es lógico que aparezcan las fantasías de que habrá algo en algún lugar que satisfará mis necesidades básicas o arreglará esta situación tan dura en la que vivo. Y ese algo es el profesional y el marco en el que se me atiende. Por esto soy tan intolerante con las respuestas que obtengo. Y si una de ellas es una interrupción en nuestro ritmo de trabajo, la frustración puede ser lo suficientemente grande como para interrumpir mi relación.
  • Envidia. Entiendo que éste es una de nuestros pecados capitales. Desear lo que tiene el otro es algo natural y si el otro tiene en tanto que yo no tengo, y encima me siento carenciado, la envidia aumenta. Muchos de los que asistimos al curso (posiblemente la totalidad de nosotros) tenemos resueltas nuestras necesidades básicas. O al menos mejor resueltas que cómo las tienen los pacientes. Y ellos lo que ven es precisamente eso: que mientras no tengo qué comer, tu sí. Evidentemente que hay diferencias entre nosotros, pero estas diferencias posiblemente puedan quedar más tapadas que las que existen entre los profesionales y los pacientes. Si por razones sociales se interrumpe el compromiso de atención que tenía, lo que puede percibir es que puedo “permitirme” el hacerlo mientras que él no. Eso despierta sentimientos de envidia hacia nuestra persona, nuestra forma de proceder y a muchas cosas más. Si aparece una interrupción aparece también una posibilidad de romper la relación dada la envidia que me has generado.
  • El hartazgo. Nosotros somos unos profesionales que trabajamos con material radiactivo. Y por lo general este material activa en nosotros vivencias muy complejas cuyas raíces son profundas y que guardan mucha relación con nuestra propia historia. Trabajar con personas cuya situación, sus comentarios y actitudes, su exigencia y falta de límites, son tan elevados hace que como reacción se active en mí una serie de sentimientos que podemos ubicar en la idea de hartazgo. Y ante ello, una interrupción nos viene muy bien porque en realidad, por mucho que lo disfracemos de lucha de tipo político o económico, es un descanso ante la presión asistencial. Esto hace que la interrupción de las sesiones nos evidencie la pereza y el “qué bien que no les veo” cuando pensamos en la sesión que se pierde. Y ello hace que el paciente pueda percibir que “me harta”. Lo que facilita que cuando hay una interrupción, ésta acabe siendo la oportunidad de oro para abandonar las sesiones.
  • La añoranza. La soledad es algo bastante extendido. Y no cabe dudas de que los pacientes también nos acompañan. Y lo hacen sin darse cuenta pero su presencia no sólo alimenta nuestro ego, nuestro yo, sino que nos da un cierto sentido al vivir y nos aporta mensajes de afecto que también agradecemos. Y los pacientes lo saben porque también ellos son personas necesitadas de afecto. Pero cuando se interrumpe esta relación, el vacío afectivo se evidencia y la añoranza señorea por el grupo. Esto asusta porque uno percibe una cierta necesidad del otro. Este aspecto es más duro y difícil de ser reconocido por nuestra parte que por la de ellos. Y ante ello, enfriamos la relación de forma que, involuntariamente, les desmotivamos y los dejamos a su suerte.
  • Prepotencia. Estamos en contextos sociales pero también institucionales. De hecho, una institución es un conjunto de personas que establecen entre ellas una relación estructurada que tiene una determinada influencia en el contexto social. Pues bien, como trabajamos en instituciones, las relaciones que establecemos con los pacientes tienen un marcado carácter institucional. Eso significa que hay un elemento de poder sobre el otro que determina un tipo de relación y no otro. Cuando desde una institución se cierra una determinada oferta asistencial, no se ve tanto a la persona que no lleva el grupo por razones con las que puede o no estar de acuerdo, sino que esta persona es representante de esa institución. Entonces la percepción de un elemento dictatorial sobre el paciente, por mucho que lo decoremos como queramos, está ahí. Y de ahí su enfado. Y si, para más inri, ha establecido unos tenues vínculos afectivos, el enfado tiene raíces y significados mayores.
  • Los elementos políticos. También están presentes. Afortunadamente todos nosotros tenemos nuestras propias maneras de ver la vida, y sobre todo, de entender lo que es el vivir en este mundo. Y de la misma manera que entre nosotros hay divergencias en este terreno (afortunadamente, a pesar de los que pretenden el pensamiento único) también estas diferencias están entre los pacientes y nosotros. Y a partir de la manera cómo ellos nos perciben, y de cómo ellos entienden la realidad social (y en este caso, la crisis), actúan en consecuencia. Si se interrumpen las sesiones, esa interrupción está presente, silenciosamente presente en las sesiones de después. En unos casos puede ser motivo de abandono, en otros, motivos de silencios incomprendidos.
  • La deshumanización de la asistencia. La tendencia cada vez mayor a ir convirtiendo lo que hacemos en meros actos técnicos y a reducir nuestra comprensión de los hechos a meros cuadros clínicos o a números estadísticos hace que la relación que se establece queda más marcada por criterios de tipo económico-administrativo, que por criterios personales o interpersonales. Esto es percibido también por el paciente que se ve reducido a un caso, a un número. La consecuencia es reducirnos, él también cuando nos ve, a un técnico, a un sujeto que tiene unas obligaciones para con él. Eso deshumaniza la relación asistencial y, a la postre, va deshumanizando los contextos sociales en los que vivimos.

 

Pero a pesar de toda esta carga de elementos el próximo día será nuestro último día. No sabemos (aunque es lo que se esboza) si vamos a poder vernos o no en otra ocasión. Pero en cualquier caso deberemos poder seguir trabajando hasta el último momento de ese próximo martes.

Hasta el 22, pues.

Dr. Sunyer  

 


Los comentarios se refieren a las sesiones que he realizado con los profesionales que han acudido al curso que organizó la Diputación de Barcelona.
 
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José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
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