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Curso en la Diputación de Barcelona
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Inconsciente grupal, lenguaje, filogenia y otras hierbas.

Mi cuaderno de Bitácora del curso en la Diputación de Barcelona, 2010
Sunyer, J.M. · 04/06/2010
Fuente: Sunyer

Fenómenos que aparecen en el desarrollo de un grupo.

El día fue más tranquilo. Posiblemente parte del susto de los primeros días se haya relajado y la confusión que reinaba ha comenzado a menguar. La confusión, este estado en el que las cosas andan revueltas, muy revueltas, y en el que es difícil saber qué es qué en cada momento, parece que va remitiendo. Comenzamos a saber más nuestros nombres y echamos en falta a personas que estuvieron el primer día. Y, en lógica correspondencia, somos más conscientes de que estamos los que estamos. Es más, comienzan a haber pequeños lazos que permiten pensar que aquel estado inicial al que podríamos bien calificar de agrupación de personas, ahora puede comenzar a llamarse grupo.

De la misma manera que en aquella fantástica situación familiar que describió una compañera y en el que había una silla que representaba a los elementos administrativos, el grupo se inició igual. Los componentes organizativos, administrativos estaban muy presentes. Fundamentalmente por el hecho de cambiar la fecha del próximo encuentro por razones político-económicas.  Esto nos recuerda cómo lo social siempre está presente. Cualquier grupo que se constituye participa de los elementos del contexto social en el que se desarrolla. Es más, penetran en la propia dinámica del grupo (Transposición, Pat de Maré) condicionándola en buena parte. También aparecía un elemento importante a tener en cuenta: las diferentes “capas” o “estructuras” con las que un grupo o una situación se encuentra envuelto. Volvió a aparecer en aquella situación familiar: los diferentes profesionales que intervenían en la complejidad del caso tironeaban cada uno de ellos en direcciones diversas provocando una cierta locura en las personas objeto de intervención. Y esto no sólo porque no había un punto de referencia fijo y estable en torno al que pudiera girar todo, sino porque estos profesionales no se veían como grupo sino como individuos aislados, por lo que lo que hacía uno el otro lo deshacía.

Esto habla de lo que se puede llamar “espejo organizativo” (M. Nitsun): los diversos engranajes de profesionales que constituimos una especie de pirámide o cebolla asistencial, cada capa o cada nivel constituye un grupo (subgrupo, mejor) que afecta y viene afectado por las capas superior e inferior con las que estamos interrelacionados. Al no pensarnos como grupo que está en otro grupo, y que a su vez lo está en un tercero y así sucesivamente, al no pensarlo así van apareciendo distorsiones en cada nivel que se transmiten y condicionan permanentemente a las capas adyacentes. En lo bueno y en lo malo, claro. Tenerlo en cuenta no hace más que añadir un elemento con el que poder pensar la realidad del grupo en el que estamos de otra manera.

Esto se veía de forma clara cuando aparece una información respecto al “segundo nivel”. El cómo conciben este nivel las personas que constituyen esta capa que nos protege y contiene va a repercutir en el funcionamiento de algunos aspectos del grupo en el que estamos. Por ejemplo, la sola idea de tener que correr para apuntarse y que no entren personas que no han participado en la creación de este primer nivel, añade un nivel de tensión que no tendría por qué estar. Creo que esta situación se puede trasladar fácilmente a otros escenarios más conocidos por vosotros.

Estas cosas que no conocemos pero que afectan el funcionamiento del grupo son los elementos que constituyen esto que llamamos Inconsciente. Es decir, el inconsciente grupal es todo aquello que está pero que al no pasar por la corriente de comunicación entre todos nosotros es como si no estuviese. Pero al estar, afecta. Podríamos decir que, siguiendo lo que se denomina la primera tópica de Freud, todo grupo dispone de dos componentes psíquicos: el consciente que sería el real, el que vemos cada momento, el que podemos valorar, medir, modificar a nuestro antojo, y el inconsciente. Por lo general en lo que todos nos fijamos es en eso, en lo real, lo consciente. Sobre él confeccionamos encuestas, cuestionarios, tablas que miden todo lo que queramos medir. Lo que sucede es que si sólo miramos eso es como si cuando vemos un iceberg, como sólo vemos la parte que sobresale del agua, pues pensamos que ahí acaba todo. Pues de la misma forma que en el iceberg lo que sobresale es la 3/11 parte (creo recordar) de su masa total, los elementos inconscientes representan la mayor parte de todo el conjunto de elementos de la vida psíquica. Y tienen la propiedad (como en el caso del iceberg) de tener más influencia sobre lo real que al revés.

¿Y qué hay ahí? Miles de cosas que van apareciendo poco a poco. Algunas de las que vamos conociendo son aspectos de lo institucional que afectan al funcionamiento de las personas que estamos aquí. Otras, con los afectos que se mueven, otras con las complicidades, las lealtades, los tabúes, los… Otros tienen que ver, por ejemplo, con los miedos que nos embargan. ¿Pero cuáles son y qué hacer con ellos? Aquí tenemos un pequeño problema. Los miedos como muchas otras cosas no son elementos meramente cognitivos. Son aspectos afectivos que atrapan más allá de lo que podemos conocer. Vayamos a unos cuantos de ellos y que los saco de mi propia experiencia como conductor en este grupo y así nadie puede sentirse aludido: ¿cómo digo las cosas de forma que sea entendido? ¿Cómo sé que lo que me entendéis va a ser bien recibido? ¿Cómo llevo aquellas cosas que no sé cómo son entendidas por vosotros? ¿Qué hacer ante algunas miradas que parecen indicar una cierta desaprobación de lo que dije o del cómo lo dije? ¿Cómo se encaja mi manera de ser y de actuar “poco de aquí”? ¿Cómo encajaré las posibles desaprobaciones de mi tarea docente? Y creo que podría seguir bastante más. Pero como no creo ser muy extraterrestre, pienso que muchas de estas preguntas también os las hacéis. Esto me permite pensar en otra cosa, ¿hasta qué punto lo que todos decimos tiene algo de “portavoz” de lo que otros piensan o sienten?

Todas estas cosas y otras muchas más, al no formar parte de la corriente oficial del pensamiento del grupo, es decir, al no haber sido suficientemente explicitadas (algunas sí, claro), forman parte de eso que llamaremos inconsciente grupal. Es decir, todas aquellas ideas que están en nuestra mente, todas aquellas conversaciones, comentarios, opiniones… que aparecen en los pasillos y que no forman parte de la corriente del pensamiento del grupo, constituyen parte del inconsciente grupal. Pero también hay más cosas, por ejemplo, fantasías. ¿Acaso no lo era aquella idea de “vaca lechera” que se nos ocurrió el primer día? O la metáfora del “hachazo”, es decir, el de la interrupción súbita de una relación. Y como ésta muchas otras más que tienen que ver o con el funcionamiento del grupo como totalidad o con el de algunas personas respecto a otras, o… 

Y qué hacemos con aquellos pensamientos de tonalidad paranoide por los que “pienso que tú piensas…” o aquellos otros que apuntan a “no quiero que sepas lo que pienso por si las moscas”, o “me da miedo decir nada porque lo que yo pienso no tiene valor” o “a quién le importa lo que yo piense”, o... Algunos de estos pueden habitar las zonas de silencio. O la misma fantasía de “vamos a estar en silencio, ¡qué horror!”. Es decir, estas cosas que no podemos todavía poner en circulación por aquello de la vergüenza, por el qué dirán, por el…, todas estas cosas también habitan el territorio de lo inconsciente. Y en realidad se corresponden a muchos miedos innombrados que están presentes en todos los espacios en los que nos encontramos y en los que trabajamos.

O las razones por las que alguien se ausenta o deja de venir…

Pero tenemos una herramienta maravillosa y al tiempo que da miedo: el lenguaje. Los humanos somos animales que nos comunicamos permanentemente. ¡Vamos!, que no hay no comunicación. Es imposible. Y para ello utilizamos diversas vías, procedimientos muy variados. Pero estos sonidos, gestos, movimientos, silencios, etc., que son mensajes que lanzamos a los demás no constan solamente del sonido que emitimos o del gesto que realizamos. Un bostezo, por poner un ejemplo, puede significar muchas cosas: que estoy cansado, que me aburro, que tengo sueño, que envío al otro a… Es decir, desde que somos concebidos estamos formando parte de una matriz de significados culturalmente predeterminados (pero al tiempo determinados por las personas que hemos constituido la sociedad y la cultura a la que estamos vinculados desde hace siglos). Todo tiene un significado. Por lo que todo puede ser interpretado según los códigos de cada uno y en función del contexto relacional en el que nos encontramos. O sea que tan imposible es no comunicar como no significar. Y por lo tanto es imposible no interpretar.

En efecto, todos interpretamos todo lo que hacen los demás e incluso lo que hacemos nosotros mismos. Interpretar significa, aquí, dar un significado según los esquemas que cada uno tiene de las cosas. Y es precisamente porque interpretamos que hay malos entendidos. Porque cada uno interpretamos las cosas según estos parámetros personales. Y de esto también tenemos miedo. Miedo de la interpretación del otro. ¡Pero si es imposible no interpretar! Ya, pero hay quien cree que si no dice no va a ser interpretado; visión un tanto ingenua ya que el otro, si quiere, interpretará como le dé la gana lo que haga yo. Y por esta razón es preciso ir construyendo márgenes de confianza. Sólo a partir de la confianza podré ir tolerando esa otra interpretación que el otro realiza de lo que digo, hago, callo… Y es por esta razón que es importante que los profesionales de la atención al otro estemos más preparados para poder interpretar lo que el otro emite tratando de acercarnos a una mayor objetividad del mensaje del otro: es decir, para que esté algo menos contaminado de mis propias interpretaciones. Y, sobre todo, para poder ir tolerando (esto está en el sueldo, reflejo de mi responsabilidad) las variadas interpretaciones que va a hacer el otro respecto a mi o al resto de los miembros del grupo.

Estas interpretaciones están teñidas por la historia personal de cada uno. Pero también por los tintes que nuestra profesión, nuestra preparación profesional, nos ha ido aportando. Lo que genera otro problema. Mi interpretación de los hechos como psicólogo es diferente de la de un asistente social, un trabajador social, un médico o un enfermero. Y es diferente también en función del género que tengo. Y del lugar del que procedo, y de la cultura familiar en la que fui construido, y… de las similitudes que encuentre con el paciente. Y estas cosas, más allá de ser la consecuencia lógica de eso que llamamos “deformación profesional” en ocasiones se utilizan como elementos que nos ponen a unos en contra de los otros. O dicho de otra manera: el uso de las diferencias para diferenciarnos. Y este elemento, por ejemplo, también está en la zona del Inconsciente grupal. Y esto se veía, por ejemplo, en el aumento de la temperatura cuando apareció el etiquetaje.

En un momento, alguien hizo mención de los esquemas que provienen de las fábricas familiares en las que hemos sido constituidos. En mi opinión no es tanto un esquema por el que reproducimos, como si de estructuras fractales se tratara, la estructura del otro, cuanto aquel conjunto de elementos del otro con los que nos hemos identificado y mediante los que hemos sido constituidos y que proceden de la filogenia: de generación en generación transmitimos aspectos parciales tanto normogénicos (saludables) como patogénicos (que pueden generar “enfermedad”). Esto nos lleva a considerar no sólo eso tan cacareado que se llama el determinismo psíquico, es decir, el grado de determinación por el que el individuo queda condicionado o atrapado por pertenecer a toda una cadena de elementos que se transmiten (y con sus significados), sino a entender que eso que nos pasa no es tanto “culpa” nuestra cuanto que es algo que proviene del entorno familiar. Es decir, que eso de la culpa habrá que irlo considerando y restringiéndolo posiblemente más a la responsabilidad de nuestros actos que a la culpa por haberlos hecho. Si pensamos en la responsabilidad entramos en otro campo de relaciones interpersonales.

Seguimos con el lenguaje. Os habréis fijado que cuando hice relación a los miedos que podía tener, dejé algunas palabras en bastardilla. Pero no fue por casualidad. Ya me conocéis y sabéis que por casualidad no suelo hacer o decir las cosas. Recordad las que puse, ¿a qué aluden?  “ser bien entendido”, “ser bien recibido” “miradas de desaprobación” “Mi manera de ser”, “desaprobar”. Si recordamos, en el inicio del grupo se comentó algo en relación a la importancia de la figura materna en la constitución del bebé. Importancia que creo parece disminuir en un modelo de madre masculinizada, pero en fin, eso es otro tema. Y en el transcurso de la conversación apareció el símil de si nos sentíamos bebés en el seno del grupo (fijaros qué palabra más bonita, consultad diccionario) y luego alguien habló de la figura del conductor como imagen paterna, materna… Esas palabras que señalaba tienen significado. Y desde la posición teórica desde y en la que me he formado, todo esto tiene un significado, cuanto menos, relacional. Y todo lo relacional tiene que ver con nuestras figuras parentales. Todo, absolutamente todo. Si leemos estos miedos desde este ángulo, ¿no os parece que la conversación del bebé, las figuras maternas y paternas, y el grupo tienen una lógica? El miedo o el temor a no ser bien entendido alude al temor a no ser entendido fundamentalmente por la madre y, posteriormente la pareja de padres (madre y padre juegan roles y significados totalmente distintos por esto a mi entender es un error jugar con temas de maternidad, por muy democrático e igualitario que se pretenda ser). Fijaros que todas esas palabras describen el temor de alguien que actualiza, experiencia grupal mediante, temores que están en conexión directa con temores muy lejanos. Muy primarios.

Dicho de otra forma, el grupo, la relación que cada uno establece con el conjunto de personas que constituyen el grupo, actualiza temores muy arcaicos que a todos nos atenazan. El poder pensar eso nos da una nueva clave como profesionales de lo grupal: cuando estamos en un grupo, activamos un escenario que va a favorecer la emergencia de temores muy importantes y de los que no tenemos ni idea; pero que nos asustan lo suficiente como para ser reacios a meternos en él. Es decir, cuando nos encontramos con resistencias a participar, a vincularse, a comprometerse, a…, eso no es porque “el otro no quiere”, sino porque percibe (sin darse cuenta, claro) la activación de temores y fantasías a ellos asociadas suficientemente potentes como para evitar la participación en el grupo. Conocerlos supone un paso más para comprender qué le pasa al paciente cuando le proponemos trabajar en un grupo. Y representa una razón como para poder ir paso a paso amortiguando temores que por sus raíces son poderosos, y en muchos casos, han resultado traumáticos.

Muchas gracias

Dr. Sunyer


Los comentarios se refieren a las sesiones que he realizado con los profesionales que han acudido al curso que organizó la Diputación de Barcelona.
 
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José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
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