Fiabilidad
¿Límites? 23/10/02
He llegado a mi consulta. Hace aproximadamente una hora que acabamos la sesión de hoy y en el trayecto me iba preguntando acerca del tema que iba a abordar en el escrito de hoy. Y debo decirles un secreto: en estos momentos no tengo ninguna idea para desarrollar. Y no sé por qué me pasa esto. Porque precisamente el grupo habló de algo; pero ¿de qué? En mi mente me rondan varias ideas: la primera pregunta que se propuso en el grupo, las que iban apareciendo en los grupos pequeños, las que me provocaron una cierta paralización en la propia discusión del grupo, los temas que no se trataron... Es como si mi cabeza se encontrase “embotada” de elementos que me dificultan poder pensar. Y reconozco que esta situación no me resulta nueva. En muchas ocasiones, cuando uno trabaja con una o varias personas, se ve como metido en una corriente que, a modo de tobogán, te arrastra sin poder hacer mucho más que tratar de no salir excesivamente zarandeado. ¿No les ha pasado nunca eso a Uds.?
La pregunta con la que se abría el grupo era en relación con lo que podríamos denominar límites. Límites entre lo personal y lo íntimo. ¿Hasta dónde debo o puedo mostrarme? Esta es una pregunta que me hago con frecuencia. Y les dije, y estoy convencido de ello, que Uds., tienen más información sobre mi persona que la que puedo tener yo mismo, por lo que la cuestión acerca de qué digo o callo queda muy entre comillas. Y es que Uds., me ven moverme, hablar, gesticular... Ven cómo visto, qué digo y qué me callo. Hasta dónde me muestro, qué aspectos de mí mismo muestro... Y me resulta difícil definirlo. Lo que pienso es que el grado de transparencia con el que me muestro (me imagino que es lo que quería decir la pregunta pero en aquel momento no lo supe ver) el grado de transparencia depende de muchas cosas. Una de ellas de la confianza que me den. El grado de confianza que podemos desarrollar, el nivel de cercanía que nos permitimos marca el nivel de transparencia. ¿Hasta dónde me fío de Uds.? ¿Hasta dónde se fían de mí? ¿Hasta dónde se fían de Uds. mismos?
El tema que se abordaba desde la teoría era la interrelación. Está claro que todos estamos interrelacionados. Y esta interrelación tiene como elemento básico, me parece, el grado de confianza que nos damos. Pero esta confianza no es una declaración de principios. Uds., sólo pueden confiar en mí, por poner un ejemplo, en la medida en la que la relación entre nosotros se va estableciendo y en la que en esta relación se percibe como segura. No se define previamente. Sería enteramente falso si dijese que les tengo una confianza ciega. Pero sí es cierto que deseo poder confiar al máximo en Uds., así como que también deseo que puedan confiar en mí. Y en el grupo, y en los compañeros. Y para ello no queda otra alternativa que seguir por esta senda de ir abriéndonos, de ir hablando entre nosotros, ir tejiendo esa red de conocimientos personales compartidos que van a ir posibilitando que la confianza se incremente. Y la relación que establecemos va posibilitando que pasemos de hablar entre nosotros de cosas “convencionales”, que por lo general tienen más contenido “social” y que, poco a poco, esos contenidos se vayan viendo sustituidos por otros de carácter más personal.
Por ejemplo, el ejercicio del sociograma personal que realizamos hace unas pocas fechas, aquel en el que poníamos sobre el papel la posición de las personas queridas por nosotros, sería diferente si lo hiciésemos dentro de un mes, o si lo hubiésemos realizado hace unas cuatro semanas: La confianza que podemos establecer entre nosotros facilita que aparezcan más o menos cosas. Que nos sintamos más o menos libres, y por lo tanto, que pongamos más o menos barreras a la aparición de esos elementos personales.
Hay un hecho que habrán podido constatar: el nivel de relación en los grupos pequeños es superior al de los grandes. Creo que se puede aquilatar más esa idea. El tipo de relación que se establece en el grupo pequeño es más personal que el que se muestra en el grupo grande. Y me dirán que es una verdad de Perogrullo. ¿Qué razón hay para que eso sea así? Seguramente hay varias razones y no una única. Entre ellas el número de miembros que componen el grupo pequeño facilita la relación personal. Y ese menor número hace que la distancia física sea menor: bonita metáfora. De la misma forma que es menor la distancia física lo es la distancia personal. Y si desplazamos ese pensamiento a otras coordenadas podremos pensar que en un grupo familiar el nivel de cercanía personal es, en principio, mayor que en los grupos sociales o institucionales. Como si pudiésemos depositar aspectos personales con más facilidad. Y eso es así porque también podemos saber con mayor certeza el uso que el otro va a poder hacer de esa comunicación, cómo la va a entender, cómo la va a aceptar.
Esto nos invita a reflexionar sobre lo que sucede en los espacios asistenciales. En principio son lugares en los que se encuentran dos personas, un grupo de dos personas. Pero ¿existe confianza como para hablar ahí? De entrada, no. Y como no la hay, de lo que se habla es de sintomatología. Es decir, de lo que se habla es de aquello que podemos hablar sin que ello suponga un poner en cuestión el tema de la confianza. Lo normal, o mejor dicho, lo deseable es que entre estas dos personas se vaya tejiendo una relación en la que quepa la confianza. Poder confiar en el profesional y éste poderla tener con el paciente. Es como un intercambio de confianzas. Y en la medida en la que la confianza se va estableciendo, se van pudiendo tratar temas más allá de la sintomatología. Es decir, la sintomatología pasa a un segundo término. Y ahí es relativamente fácil porque al ser sólo dos personas parece como que puedo, podemos controlar mejor al otro y controlar mejor lo que le digo. Pero en cuanto aumenta el número de personas, la cosa se complica. Porque al aumentar el número de lugares (de personas, claro) en los que pongo información privilegiada, información personal, se incrementa la posibilidad de que esa información quede en alguien que pueda hacer mal uso de lo que digo. Y no sólo eso, sino que disminuye el control de lo que el otro ha entendido.
Y esto sucede en un contexto grande. Y esto lo saben también los compañeros de Organizaciones. En las organizaciones la comunicación queda alterada por el tamaño de la misma que provoca mayores niveles de desconfianza que, automáticamente, distorsiona la propia comunicación. Recuerdan que una de las cuestiones que apareció era la de ¿Qué grupos han de presentar el cuaderno de bitácora? Lo tuve que decir varias veces. Pero no porque “los alumnos no están interesados o no atienden en clase”, que sería lo que un lego podría aducir; sino porque la complejidad de los elementos que aparecen en una relación con muchas personas distorsiona los mensajes que se dan. Al hilo de lo que les estoy diciendo, recuerdo un amigo mío que me aconsejaba ante mis nervios desatados pocas horas antes de hacer una charla en público: piensa que los que te van a oír son como si fuesen tontos. Lo que tengas que decir, explícalo como si hablases a un grupo de tontos, me decía. Y creí que los insultaba. Y no, no era un insulto (aunque en aquel momento me lo pareció). Lo que estaba diciendo y me costaba entender (¡mis nervios!) era que el contexto, el grupo grande genera tales tensiones afectivas que hace sentirnos “tontos”.
A medida que la confianza se va instalando voy pudiendo percibir qué grado de aportaciones personales puedo realizar, y cómo puedo hacerlo. En este sentido me parece que la preocupación expresada en el grado de transparencia que debo tener la podríamos desplazar hacia el grado de confianza que desarrollamos en el encuentro con el otro. Y esa confianza la entiendo como el grado hasta el que siento que me puedo fiar del otro. ¿Hasta dónde me puedo fiar del otro? ¿Hasta dónde se fía de mí? ¿Recuerdan el caso de aquel paciente que me vino con una pistola? Que alguien me traiga una pistola a la consulta, me la muestre, me la deje coger, habla del grado de confianza, de fiabilidad que le doy. Que alguien me pueda confiar, es decir, me pueda hacer partícipe de sus aspectos íntimos, supone que la fiabilidad que le doy es muy grande. Y esa fiabilidad habla de que sabe que no voy a utilizar lo que me dice en mi provecho; que no le voy a utilizar en mí provecho. Que estoy para ayudarle y que aquello que le diga va fundamentalmente en esta única dirección. En cambio, si le hago partícipe de mis cosas íntimas y personales, quizás les estoy utilizando en mí provecho. Le estoy utilizando para desahogarme, para quitarme algo de encima y ponérselo en él. Y no está aquí para echarme un cable. Aquí esté el límite. La no utilización del otro en beneficio personal.
El límite que me pedían en clase es justamente el que viene determinado por la no utilización del otro en beneficio personal. Mi transparencia viene determinada, entonces, por la idea fundamental de no usar al otro en beneficio personal, por lo que es una transparencia relativa; o como me gusta llamarla una opacidad adaptativa. El otro no es un amigo. Por muy bien que nos caiga. Voy a exponerles una situación extrema. Y lo voy a hacer sólo como elemento de reflexión. Y la voy a exagerar parea que, al aumentarla, la vean mejor. Hay algún paciente, como puede haber algún alumno, que enamore a un profesor. Que sea lo suficientemente atractivo como para despertar en él determinados sentimientos, y que le hagan sentir “enamorado” del otro. Este profesional puede, por otro lado, sentirse huérfano de afectos. Y ante esa sequía, la relación con esa paciente o con ese alumno, en el contexto expreso de la profesión, uno se sienta invadido por esos sentimientos que Uds., por edad, conocen tan bien. Y también es posible que, de forma paralela, ese paciente, ese alumno, también se sienta embargado por sentimientos similares hacia el profesional. Como pueden imaginar, la situación es compleja. Los límites de la profesionalidad hacen que el profesor no pueda confesar al alumno que está loco por él (o ella, claro). Pero estos límites provienen fundamentalmente, del hecho que no puede cargar al otro, en este caso alumno o paciente, de los aspectos personales que sólo a él conciernen. Y que pueden venir activados bien por la sequía de la que les hablé, o por la angustia de la propia faena, o por la activación de otros aspectos personales... o ¡vaya Uds. a saber! Por no añadir aquellos aspectos que provienen de la diferente posición que uno ocupa respecto al otro, en donde se cuela un elemento de poder y por lo tanto, abre las puertas para un tipo de relación de tintes que pueden ser perversos.
Y es más (para hacerles la cosa más complicada). Puede darse el caso de que ese paciente, ese alumno, le comente esos sentimientos amoroso; lo que como pueden suponer implica un alto grado de fiabilidad. Pero si en esta situación el profesional confiesa a su vez sus sentimientos, está utilizando un espacio y una relación en beneficio personal: utiliza al otro en beneficio propio. Siendo la situación muy compleja, uno puede (en esta situación extrema que les pinto) hablar del enamoramiento. Y del hipotético enamoramiento del otro. Pero ese hablar sólo está al servicio del paciente. Y tratar de ver qué es lo que se cuece realmente tras estos sentimientos que, en ocasiones, pueden ser una resistencia clara a seguir profundizando en lo que le pasa. O una provocación. Y entender que aun habiendo un cierto “enamoramiento” en lo que en realidad se corresponde a una cierta (o gran) idealización del otro y que es preciso que se instale para poder establecer esta relación, ese sentimiento se corresponde a complejos procesos afectivos con los que todos los humanos tenemos que lidiar.
Otra cosa es que el profesional, por su cuenta, revise, supervisor mediante, las circunstancias que convergen en ese caso. Y pueda comprender qué aspectos de su orfandad, qué aspectos de poder, de idealización, de seducción, etc., convergen en la escena y que le provocan esos sentimientos. O, si la cosa es muy compleja y hay elementos que van más allá de lo señalado, uno se vea ante la tesitura de interrumpir el tratamiento y, transcurrido un tiempo prudencial, establecer una amistad con la persona que conoció en circunstancias tan particulares. Los límites, pues, provienen de los grados de fiabilidad que se van estableciendo. No son previos. Fiarse de (de ahí la confianza) supone tener la garantía de que aquello que uno deposita en el otro no va a ser utilizado en su contra. Que eso que les entrego, eso que se entregan entre Uds., va a ser utilizado sólo para mejorar el conocimiento mutuo, sólo para aprender de la relación, del intercambio de afectos.
Esto lo vemos bien en el cuaderno de bitácora. (Por cierto, nunca hablamos de él, ¿no?) Ahí aparecen en ocasiones comentarios personales. Y a veces, íntimos. Comentarios que jamás serán utilizados en su contra. Son sus manifestaciones privadas. Y la valoración del cuaderno no depende tanto de lo que se dice, sino de lo que desde el primer día señalé: qué capacidad tenemos de involucrarnos en la tarea, de reflexionar, de buscar sostén en otros autores, cómo lo hago.
Dr. Sunyer.
23/10/02
El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello.
Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo.
Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura