Confusión (confusion)
Desorientación general 2-10-02
A fuer de ser sincero, estoy de acuerdo con la idea de la desorientación. ¿Qué venimos a hacer aquí? ¿Qué quiere ese profesor? No entiendo nada de lo que hacemos ni del porqué lo hacemos así. Creo que estas frases muy bien podrían haber sido expresadas por Uds., por vosotros. Y si me pongo en su piel me imagino la dificultad con la que nos encontramos. Y ante ella, posiblemente reivindicaría una mayor claridad por parte del profesor. Lo cual es totalmente lógico, legítimo y natural. Si hay algo que al ser humano le molesta mucho es la desorientación. El no saber a dónde vamos o a dónde nos llevan molesta un montón. Creo que era el día pasado que en nuestro primer encuentro de grupo grande aparecía la idea de una cierta prevención o precaución ante lo que venimos a hacer aquí. Es decir, un conjunto de ideas que aluden al miedo, al temor y que en el fondo obedecen a esos pensamientos que denominamos paranoides. Y hoy topamos con otra idea: la desorientación. Que en realidad coparticipa de la idea persecutoria anterior.
Como pueden ver aparecen dos aspectos de la relación que se inicia. Curiosamente cuando uno va a una entrevista también está desorientado. Como mucho sabe a qué tipo de entrevista se va a enfrentar; aunque las fantasías son poderosas y si, por ejemplo, hay un diván en el despacho no es raro oír eso de “¿ahí me tengo que tumbar?”. Pero quien viene no tiene ni idea de lo que le preguntarán ni cómo reaccionará ante estas preguntas. Y los nervios que tiene uno antes, durante y después se relacionan con esa desorientación que sentimos. Pero este hecho, el de la desorientación, no es exclusivo de las entrevistas: lo es de absolutamente cualquier actividad nueva que iniciamos, de cualquier país que visitamos por primera vez, de una nueva relación. De todo.
Y estoy tratando de imaginarme alguna situación en la que la desorientación no estuviese presente y las que me vienen a la cabeza eran, en realidad, cosas ya conocidas, más o menos, previamente. Casi me atrevería a decir que el ser humano debe aprender a vivir acompañado de esa desorientación; lo cual no es fácil. Y de hecho, si me apuran, al menos dos personas de nuestro grupo- clase, nos vinieron a indicar que una de las reacciones que aparecían en torno al ejercicio realizado hoy (la supuesta entrevista que trascribieron) consistía en organizar unas preguntas y unas respuestas basándose en que ya conocíamos las respuestas y las preguntas consiguientes: esta es una forma de aminorar la sensación de desorientación. Realizo el ejercicio con una cierta tranquilidad que me posibilita no andar perdido, desorientado. Frente esta sensación traté de explicar el objetivo que tenía, a dónde quería ir con esta forma de proceder, pero no sé si orienté o desorienté más.
Cuando un profesional interviene tampoco sabe muy bien hasta donde aclara o entorpece con su explicación. Y si esta explicación se da ante tantas personas es poco más que imposible aquilatar las palabras de forma que todos entiendan por igual lo que se transmite. ¿Por qué? Si lo que pretendo es aclarar y lo intento, ¿qué hace que o qué está sucediendo que a pesar de todo no acabe de aclarar lo suficiente o que incluso desoriente más de lo que pretendía? Por mi parte siento que hice el esfuerzo; y no puedo pensar que por parte de los alumnos no hubiese el deseo de entender. Creo que son sinceros en este punto. Entonces, ¿de dónde procede la desorientación? Les sugiero que quizás la respuesta haya que encontrarla en las emociones que se mueven. Es decir, las emociones, los afectos, los sentimientos que aparecen en un contexto como el que tenemos entre manos, son las responsables de distorsionar lo que se oye y crearnos esa sensación de desorientación. Es decir, los afectos, ese conjunto de elementos que poco tienen que ver con lo cognitivo y sí con lo afectivo (y si me apuran con lo visceral), serían los responsables de esa sensación de ir desorientados. Y esto aparece en cualquier lugar y situación. Cuando una pareja no se entiende es porque los afectos que hay entre ellos distorsionan las palabras que se intercambian. Cuando la comunicación entre los trabajadores de una empresa no funciona lo es por los afectos que aparecen entre ellos. Cuando nuestros políticos no se entienden es por lo mismo.
Pero ¿De qué afectos habla ese hombre? De entrada no sabría qué decirles, es decir, no sabría a qué afectos me refiero. Miremos o tratemos de rebobinar y buscar entre lo que aparecía en el aula. Ante la invitación por mi parte a hablar de lo que quisieran surgió, si no recuerdo mal la pregunta de “de qué hablamos”: ¿de la asignatura, del ejerció anterior, del texto? Y les respondí que de todo esto y de cualquier otra cosa, de lo que quisieran. Y entiendo que eso no es nada concreto. Y lo hice porque hablar de la asignatura, es decir, de los conocimientos que tratamos de compartir, puede paralizar el hablar entre nosotros y derivaría en una clase magistral; pero sería una salida. Es decir, sería una salida a nuestra intranquilidad. Ya tenemos un tema, un argumento en torno al que ubicarnos. Es decir, algo que calma nuestra ansiedad.
Hablar del ejercicio anterior era otra posibilidad, ya que era reciente y nos aporta datos muy frescos de nuestra experiencia; pero acotarlo desde mí supone que otros temas que se me puedan escapar queden en el cajón del olvido, lo que no es bueno para un grupo. Hablar del texto puede ser interesante, y de hecho lo tenemos ahí; pero soy consciente que hay muchas ideas en él y tengo dudas de si hablar de él sería realmente fructífero: pero también podíamos hacerlo. Pero opté por abrir las puertas para que podamos hablar entre nosotros de cosas, cualesquiera, lo que no es precisamente una forma muy concreta de responderles. Lo siento. Pero repito mi invitación. De la misma forma que invitaría a cualquier persona que acudiese a mi consulta a hablar de lo que quisiera. Parece que esta estructura desestructurada desorienta. Alguien dijo de forma muy acertada: “me resulta raro imaginarme en una relación profesional con un compañero cuando lo conozco como compañero de tapas” Creo que estas palabras podrían también ser entendidas de esa otra forma: “me resulta raro imaginarme a un grupo con una relación profesional cuando los conozco como compañeros de facultad”.
Otra cosa. La libertad entendida como la posibilidad que nos podemos dar para pensar conjuntamente no acaba de ser cómoda. Esa incomodidad es casi universal. ¿Cómo hacer para que un encuentro entre personas sea lo más útil para ellas y al tiempo goce de la libertad suficiente como para poder abordar cualquier tema que pueda ser común? En este camino se interponen las entrevistas estructuradas. Cierto que tienen una ventaja: van directamente a encontrar el punto concreto y a clasificarlo según unas pautas autodenominadas científicas. Al protocolizar las relaciones lo que hacemos es huir justamente de los aspectos que colorean, que iluminan lo que hay tras esas relaciones. Sería como pretender extraer sólo los glóbulos blancos en un análisis de sangre, y dejar el resto del material sanguíneo en la corriente de nuestras venas y arterias. La libertad es lo que deseamos los humanos, pero al tiempo, paradójicamente, huimos de ella. Un espacio profesional como el que estamos diseñando, bien es verdad que bajo mis directrices y mi batuta, se debería poder caracterizar por la posibilidad de que podamos compartir lo que tenemos, lo que somos, lo que deseamos. Compartir, es decir, este partir en común, ese participar de algo común (de nuevo la etimología) conlleva una dificultad: ¿cómo establezco una relación en la que lo que el otro piensa sea articulado con lo que pienso, sin pretender que mis planteamientos sean más ciertos que los del compañero? Esto sucede en la práctica profesional.
Quien viene a la consulta tiene un cacao suficientemente gordo como para que le echemos un cable. Ese “cacao”, ese nivel de confusión con el que se presenta, proviene de la dificultad de poder articular pensamientos que se perciben como opuestos, contradictorios. No sólo pensamientos, sino afectos, fantasías, deseos. Por poner ejemplos: “Quiero a A, pero H me seduce, me atrae ¿qué hago?” o “Busco trabajo pero no sé qué encontrar que me satisfaga” Desorientación. Que en algunos casos puede ser muy importante: “No sé lo que me pasa, pero veo unos bichitos encima de la mesa que bailan y me dicen cosas feas y no sé qué hacer con ellos” o “Cuando voy al parque Mandri me encuentro con que hay unos que son de la mafia siciliana que están conchabados con la CIA, y tengo miedo, y me tengo que marchar, ¿qué hago?” Estas son ideas, comentarios acompañados por un intenso afecto que genera y transmite confusión, duda, desconfianza. Y no hay un protocolo que nos oriente para salir de este atolladero. Y eso crea mucha rabia y frustración. Y sé que se la voy a crear aunque no es mi intención.
Y tengo que agradecer, ya lo he dicho en algún otro lugar, que aquella persona a la que considero mi padre profesional, mi patrono en términos marineros, me dijo el primer día de mi trabajo en el servicio de psiquiatría por allá el año 1975: “este trabajo sólo lo puede hacer aquel que es capaz de soportar la frustración y la desorientación diaria, tú mismo”. No les quiero contar cómo me sentí y cómo me sentía. No podía soportar (o eso es lo que creía) lo que veía en las relaciones entre las madres y los niños que acudían al servicio de Psiquiatría en el que me formé. Me generaba toda la rabia del mundo. Y buscaba en los libros algo que me ayudase a entender, a tranquilizarme. Todo esto era confusión, rabia, malestar. Eso mismo que me dijo mi patrón se lo repito a Uds.
Por otro lado, la presencia de pensamientos aparentemente opuestos es el equivalente mental de la presencia de actitudes y opiniones opuestas en el seno de un grupo. Y aparecieron elementos que parecen apuntar a una falsa diferenciación entre los compañeros de Organizaciones y los de Clínica. Y digo falsa porque en realidad oculta otras cosas. Estar en un grupo no es fácil. Independientemente de si este es terapéutico u organizativo. No es fácil estar en un grupo, como tampoco lo es el estar en una organización. Cuando una persona se incorpora a un contexto en el que hay muchas personas (y este es el caso de cualquier organización productiva, sanitaria, asistencial), aparece una extraña sensación que apunta a una cierta disolución de la personalidad individual. En unos casos esta sensación es percibida con mayor claridad que en otros. Y una de las formas que tenemos los humanos de afrontar esta situación es la de hacer algo para que se nos vea y, así, sentirnos vistos y por lo tanto, sentirnos una unidad personal.
La presencia de diversas sensibilidades, tantas como personas que estamos aquí, hace que tengamos la necesidad de levantar “banderas” de pertenencia. Soy del equipo A o del equipo B. Esta es la expresión con la que los humanos tratamos de evitar la sensación, falsa, pero vivida tan real como la vida misma, de que dejamos de existir. Este movimiento, universal, se da también entre nosotros en tanto que somos humanos; y aparece también en los pueblos que buscan siempre banderas bajo las que guarecerse con la creencia de que si no la tienen pierden eso que se denomina identidad “nacional”. Fantasía colectiva que habla de otros temores más íntimos, más personales. No es fácil sentirse individuo y al tiempo miembro de un colectivo. Y esto es patente en cualquier colectivo; también en las organizaciones. Uno de los trabajos que tenemos en esta asignatura es posibilitar que todos se sientan individuos respetados en sus particularidades y, al tiempo, miembros de un colectivo que trata de elaborar conceptos y actitudes vinculados con esa tarea de Orientar. Orientar al orientador es la primera necesidad a atender.
Otro aspecto complementario y que va a suponer un pequeño ejercicio mental para Uds. Consideren que estamos en el grupo y, al tiempo y de forma ocasional, lo vemos desde fuera. Traten de estar plenamente en el grupo y, al tiempo, traten de pensarse fuera de él, viendo cuáles son los movimientos que ese mismo grupo realiza. El grupo como el mejor representante que disponemos de la mente humana, de la mente individual. Traten de participar del grupo, de su proceso de pensamiento y de sus movimientos afectivos y, al tiempo, piénsenlo, reflexiónenlo. ¿Qué sucede en el grupo? ¿De qué se habla? ¿Qué se puede querer decir a partir de lo que se dice? Cuando nuestra compañera introdujo la idea de la “desorientación” ciertamente estaba hablando de algo concreto; pero al tiempo, lo tomé como una buena representación de algo que iba más allá: la desorientación en el aquí y ahora del propio grupo.
Un sincero abrazo,
Dr. Sunyer,
2 de Octubre del 2002
El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello.
Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo.
Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura