Inicio de la relación asistencial
Empezó nuestro periplo. Comenzamos con desorientación. El cambio de local, el ser nuestro primer día efectivo de trabajo grupal, el aula nueva, el aparentemente nuevo sistema de trabajo, todo esto contribuía a la desorientación. Por si fuera poco, los grupos no acababan de estar organizados y algunas personas que no habían podido incorporarse ayer, lo hicieron hoy. Bueno, hemos conformado once grupos de aproximadamente seis personas cada uno. Y nos pusimos a trabajar. ¿Cómo se puede sentir un profesional ante una situación nueva? Creo que todos podríamos contestar que desorganizados. Es decir, fuera del orden, o sin él.
Cuando alguien acude a nuestra consulta no sabemos absolutamente nada de él. Como mucho, su nombre, y acaso algún avance de lo que le sucede bien porque no los dijo por teléfono o porque algún colega nos ha informado. Pero nada más. Y él tampoco sabe nada de nosotros. Podríamos pensar que somos dos desconocidos que se ponen en contacto. Uno porque lo pidió y el otro porque acepta atenderlo. Y cada uno de ellos tiene un “programa” previo de lo que va a hacer, decir o contar. Y un motivo. Es lo que llamamos “motivo de consulta” Él viene porque “algo” le lleva a la consulta. Y nosotros estamos ahí porque... nos ganamos la vida con ello. Y algunas otras razones que quedan más ocultas. Lo que es evidente es el “motivo de consulta” y el “motivo por el que trabajo”. Están, creo, en el mismo plano. En el de lo consciente.
Es como en la asignatura. Nuestro motivo (más allá del académico y el de ganarme la vida) es el de consultar, hablar, sobre un texto. Ahí podemos hacer dos cosas: limitarnos a hablar de él o tratar de ver qué hay detrás. Lo mismo sucede en la consulta. O nos quedamos a hablar del “motivo de consulta” o tratamos de ver qué hay detrás del mismo. ¿En qué nivel se quedan? Apunté tres palabras: “Presión”, “Homogeneidad versus Heterogeneidad” y “Individuo versus grupo” Alguien con mucho tino dijo más o menos: “es que siento que hay una presión desde el momento en el que el profesor pide que hablemos”. Bingo. ¿Qué les sugiere la idea? Cuando un paciente se sienta ante un profesional podría decir lo mismo. Hay “alguien” que le “presiona” a que hable. Si tomamos una cierta conciencia de este aspecto, ¿cómo iniciarían una sesión con un paciente?
Parece que la aportación de nuestra compañera habla de la “presión” que uno siente (como el paciente, aunque sea el director general de una empresa), y podemos ver cómo resuelve esta persona el problema que ya tiene. Es decir, cómo resuelve esta situación de “presión”. Y también podemos pensar en qué hacemos nosotros ante esta situación. ¿Aligeramos la carga, o la mantenemos? ¿Qué hice yo? El aligerar la carga tiene consecuencias distintas que el mantenerla. Tras esta intervención, aparece una serie de comentarios que hablan de aspectos persecutorios. Es decir, una persona teme las consecuencias que se pueden derivar de su hablar (o de su silencio); teme, entre otras cosas, porque “son muchos los ojos que se fijan en mí” (es decir, siento que “una mirada (o varias) se posa en mí y de alguna forma “está atenta a lo que diga o calle”). Esta es la base de los elementos persecutorios o paranoides. El temor que nace en mí y que, colocándolo fuera, acaba persiguiéndome. ¿Podrían profundizar un poco más en este temor?
Me imagino que podríamos pensar que hay una cierta distorsión cognitiva, pero ¿es sólo cognitiva? ¿No es un sentimiento que surge de la percepción de la mirada del otro? M. Klein habla de los primeros mecanismos defensivos entre los que el de la proyección ocupa uno de los primeros lugares. El bebé proyecta, atribuye, al otro, las causas de su malestar. Este mecanismo es necesario. Y lo utilizamos las personas para alejar de nosotros el malestar generado por las situaciones. Pero no sólo las personas, sino también los grupos y las sociedades. ¿No es eso lo que nos está pasando, por ejemplo, a raíz de lo del once de septiembre? Pero acaso no es lo que hacemos siempre: atribuimos al otro la razón de nuestros males. Este es un mecanismo universal. Les dejo a Uds., profundizar sobre el mismo.
Homogeneidad versus..., pensamiento único versus..., secta versus pensamiento multiforme. Cuando alguien acude a nuestra consulta, ¿dónde nos colocamos? Podría representar, y de hecho representa, toda una civilización, todo un pueblo. Ese alguien, trátese de una empresa o de un individuo, ese alguien es como todo un pueblo, con su cultura, su lengua que se pone a nuestro alcance. ¿Qué hacemos? ¿Nos las apañamos para aprender de “su” cultura, lenguaje, o le imponemos nuestra forma de ver las cosas? Imagínense Uds., que les consulta alguien que en toda su problemática aparecen comportamientos sexuales que a Uds., les parece totalmente inapropiados. (Esto quiere decir que para Uds., no son apropiados).
Creo que nuestro trabajo es entender el porqué tiene estos, qué significan para él, por qué le hacen sufrir o por qué no le hacen sufrir, etc. Pero podríamos tratar de “corregirlo”. ¿Cómo le llamarían a esto en política? Individuo versus grupo. Me parece que la palabra versus no quiere decir “opuesto”, sino que “se dirige a”. ¿Cómo articulamos el individuo con el grupo? Y ¿cómo articulamos el grupo con la sociedad? ¿Existe alguna manera de comprender la complejidad de nuestro universo en el que desde el individuo al macrocosmos mantenga una cierta unidad? ¿Podríamos pensar los pensamientos como “energía” que se difunde, articula? Esto de la Orientación es complejo. O a mí me lo parece. Creo que es importante que cada uno de Uds., articule su propio pensamiento y reflexione sobre eso que podemos denominar “orientar” Si lo entendemos como “indicarle a alguien dónde está el norte”, actuaremos diferente de si lo entendemos como “ayudarle a llegar a tal sitio”, y diferente también de si creemos que nuestra función es “ayudarle a saber dónde quiere ir”. ¿Qué haremos nosotros?
Un saludo,
Dr. Sunyer
P. S. Para el próximo día, o sea el martes que viene, tenemos dos artículos de Rogers. El primero escrito a mediados de los cincuenta, narra una experiencia. Fíjense en la reacción que obtuvo. Fíjense en su respuesta. Deténganse a pensar sobre las consideraciones del pensamiento, en lo que considera aprendizaje significativo. ¿Qué tal si reflexionamos un poco sobre ello? ¿Por qué desconfiamos de nuestra propia experiencia? ¿Qué querrá decir esto de “abandono de mis defensas...”? ¿Cómo podríamos entender esto de “plantear mis incertidumbres, plantear mis dudas...”? Y ¿Cómo resolvemos las cuatro o cinco condiciones que plantea? Si nos ponemos a pensar en nuestra experiencia lectiva. ¿Cómo aplicar estas propuestas a este espacio? ¿A nuestros grupos pequeños? ¿Y en el grande? ¿Qué es lo que nos impide, nos dificulta el que alcancemos ese ideal?
El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello.
Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo.
Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura