El juego y la psicología
Reflexionaba un pelín, entre paciente y paciente, y entre problema y problema sobre lo que habíamos hecho. Me había quedado con una sensación fresca. Cierto que costaba salir pero al final casi una veintena de personas os ofrecisteis para jugar. Jugar en la Universidad, en una clase. Rompimos una especie de tabú: que en las intervenciones psicológicas se debe ser serio. Y, ya lo dijo Huizinga hace más de 35 años en su texto sobre homo ludens. El juego posiblemente sea de las cosas más serias que ha inventando el hombre. Muy posiblemente la base sobre la que se instala y potencia la capacidad simbólica sea esa, la del juego.
Jugamos con el cuerpo, con la voz, con los sonidos, con los gestos. Y tratamos de comunicarnos y de descubrir algunas de las potencialidades comunicativas de ese tipo de cosas. Y os lo pasasteis bien. Y superamos el ridículo de la situación. Y el vernos haciendo cosas “no muy correctas”. ¿Y eso a dónde nos lleva?
La comunicación es un proceso complejo en el que entran elementos verbales y no verbales. Y como toda intervención psicológica requiere comunicación, los profesionales debemos estar al tanto de la complejidad de la misma. En los diversos juegos comprobamos lo complejo y difícil de tal comunicación. En unos casos tratábamos de adivinar lo que el otro decía más que sentir qué es lo que nos comunicaba. Y eso no es, claro. Porque si tratamos de adivinar, jugamos a adivinos y no a psicólogos. De lo que se trata es de comunicar. De transmitir al otro cosas. Y cuando transmitimos cosas, lo que se transmite no son sólo conceptos, ideas, etc., sino emociones, sentimientos, mensajes implícitos, tácitos… Y esto es algo que hay que aprender, o lo contrario. Tenemos que desaprender muchas cosas de la comunicación para que aprendáis esas. Que son las fundamentales. Dicho de otra forma, no todo el contenido comunicativo pasa por el registro cognitivo, sino que la mayor parte de él pasa por el emocional, el simbólico, el representativo y el vincular.
Esto me lleva a pensar en los procesos formativos en los que estamos involucrados. Y es difícil transmitir la idea que deseo ya que puede sorprender. En principio la idea no es mía sino de Bion: odio al aprendizaje. Y parece incongruente que dentro del marco Universitario alguien diga eso, que existe un odio al aprendizaje. Mirad, cuando digo “odio” no me refiero a ese sentimiento por el que deseo destruir intensamente a quien odio, a quien me genera un gran malestar anímico. A veces las palabras asustan. “Odio” aquí es lo contrario a “Amor”. Si consultamos lo que dice la RAE, Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea. En este caso la idea de aversión sería hacia el aprendizaje. Pero, me diréis, ¿qué aprendizaje si justamente lo que hacemos en la Universidad es venir a aprender? Sí, claro, pero es un aprendizaje memorístico, un aprendizaje que se centra en lo cognitivo pero no en lo emocional. Y cuando lo que se busca es precisamente incluir lo emocional en el aprendizaje aparece un rechazo. A ese rechazo es al que me refiero. Y ahí radica buena parte de las dificultades que tenéis en este espacio conmigo.
Los procesos psicoterapéuticos son una concatenación de experiencias fundamentalmente emocionales. Y en muchos ámbitos universitarios el acento no es en el aspecto emocional sino en el meramente cognitivo, intelectual. Y recordaréis o habréis podido averiguar que uno de los mecanismos de defensa que tenemos los humanos frente a la ansiedad que nace del contacto con algo que no nos gusta es precisamente la racionalización. Y eso es lo que se potencia en la Universidad. En buena parte porque es eso lo que se busca: que dispongamos de una fuerte base de razonamientos y de conocimientos como para poder aportar toda una variedad de recursos técnicos frente a los problemas que se encuentra un profesional. Sin embargo hay otro gran grupo de problemas para los que la Universidad (que no deja de ser un síntoma de ella misma) hoy por hoy no parece estar preparada: los aspectos afectivos. Y una grave consecuencia son precisamente los serios problemas que estos mismos profesionales tienen en la relación con los pacientes (y también con otro tipo de personas que pueden ser clientes y demás) y que no saben cómo resolver. De esta forma, por ejemplo, uno puede encontrarse con médicos o con otros profesionales totalmente insensibles a lo que supone el sufrimiento psíquico de alguien, o amontonan las visitas viendo a los pacientes de tres en tres, etc., etc.
Y en esta asignatura precisamente, uno de los aspectos ante los que tratamos de sensibilizarnos un poco es precisamente ese: el de los aspectos afectivos. Y ahí, queridos todos, tenemos el serio problema.
En el ejercicio de hoy, por ejemplo, se veía con bastante nitidez cómo ante la dificultad (ansiedad diría yo) que supone comunicarse con el otro a través de un sonido o un gesto lo que hacíamos era tratar de “hablar” algo “entendible” a través de ese mismo sonido o gesto. Where is the problem? En los aspectos afectivos que subyacen en la comunicación. Y en eso nos tendríamos que ejercitar más.
Un saludo.
Dr. Sunyer
El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello.
Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo.
Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura