Ansiedad persecutoria (paranoia)
Bueno, como ven ustedes la situación se va caldeando. Empiezan a suceder cosas que pueden o no ser tomadas en cuenta. Son fenómenos grupales que seguramente Uds., son los primeros en detectar. Pero tenemos un problema fundamental. ¿Cómo escribir nada sobre nuestra experiencia sin que nadie se sienta aludido o explorado? Así pues la primera cosa que hay que decir es que nada de lo que aquí se escribe ni comenta, tiene que ver con las personas que conforman el grupo en tanto tales; sólo en tanto que son miembros de un colectivo. Digo esto, porque es muy fácil que las reacciones a lo que en este o en otros escritos aparezca, sea entendido como una especie de incursión a los terrenos privados de cada cual. ¿De qué estoy hablando? Me imagino que se darán cuenta de que pienso en los elementos persecutorios que se activan en estas situaciones. Dicho de otra forma: se nos activa la paranoia. No sé qué noción o qué idea tienen Uds. de este hecho. La activación de aquellos elementos personales de características persecutorias o paranoides no es signo de nada más que de su existencia. Todos tenemos núcleos, aspectos paranoides en nuestra personalidad. Es imposible no tenerlos. Y los tenemos de la misma forma que tenemos muchas otras cosas. Lo persecutorio es un componente de nuestra personalidad. Y es un elemento defensivo, y como tal, necesario. Una persona, un grupo, una institución no pueden vivir sin elementos defensivos. Si mi cuerpo no generase continuamente defensas contra los microorganismos que pululan en el ambiente, estaría muerto.
Aclarada la normalidad de la existencia de los elementos persecutorios, quiero avanzar un poco más; pero antes, déjenme añadir otro aspecto diferente al que he comentado. Más tarde, reemprenderé el camino iniciado. En psicología, al menos en la psicología que yo entiendo, todos estamos metidos en la cuestión. Es decir nadie, ni yo mismo, somos ajenos ni extraños a lo que sucede en la relación en la que participamos. Todo profesional que interviene forma parte de la propia ecuación de la intervención. Dicho de otra forma: en cualquier sesión con no importa qué tipo de personas, grupos o instituciones, nosotros como profesionales estamos integrados en todo lo que sucede. Es imposible estar fuera del barco. Otra cosa es que uno quiera considerar ese aspecto como parte interviniente o no, relevante o no. Uno es muy libre de marcar los límites del análisis que realiza en donde quiera ubicarlos. Por ejemplo: podría pensar que si digo algo, lo que entienda cada uno es su problema. Que si no lo entiende es porque quizás es una persona despistada o confusa. También podría pensar que mi mensaje no está influido por mi forma de vestir, de hablar, de dirigirme a Uds., ni por mi edad. Y podría no ser consciente de que el que sea profesor de esta casa, es un factor interviniente. Por pensar, puedo pensarlo todo. Pero ello no quita el que todas esas cosas intervengan. Y será parte de mi función como psicólogo (tal y como yo lo entiendo), el considerar estos aspectos como intervinientes en la relación y en el mensaje.
Tenemos pues, dos elementos: los derivados de la influencia que yo también ejerzo en mi función profesional, y aquellos elementos persecutorios, paranoides, que se reactivan en la relación. Aclarados estos dos puntos, me pongo a pensar en la experiencia del último día. Nadie puede decir que seamos un grupo pasivo. Al menos hoy por hoy. Y como tal, reacciona mediante mecanismos diferentes a lo que está sucediendo en la relación que establecemos. Ahora tenemos una cuestión: ¿qué elementos intervienen, y cuáles debo considerar ante el análisis y la comprensión de lo que sucede? Respuesta: todos. Los que hemos trabajado con niños y los que hemos trabajado con familias con niños, sabemos que el gesto aparentemente desapercibido que un niño de la familia realiza cuando sus padres hacer determinado comentario, es significativo. El problema, en cualquier caso, será saber qué significa. Las conductas humanas pueden ser consideradas sólo como tales, o como exponente comunicativo de los seres humanos. Léanse, cuando puedan, un trabajo excelente, aunque complejo, que Castilla del Pino publicó bajo el título de Psico(pato)logía. En este sentido, adquiere significación especial, por ejemplo, el que no haya sillas suficientes en el aula. Y lo que genera es consecuencia de ese “descuido” de la organización. Pero también lo tiene el llegar tarde, el que nos sentemos con orden o sin él, el que hablemos o no cuando alguien habla. O el que yo me siente en un lugar fijo o en lugar móvil.
Ciertamente, Uds., como profesionales, pueden o no tomar estas cosas como consideración. Un ejemplo: si cuando uno le pregunta a un paciente qué tal anda, y la respuesta de “voy tirando”, se acompaña de un casi inapreciable movimiento de la ceja derecha, ¿qué opinarán? ¿Qué tiene un tic? ¿Qué la movió “por casualidad”? O que el “voy tirando” queda mediatizado por el movimiento “cejil” Evidentemente es absolutamente legítimo que consideren el movimiento de la ceja como casualidad. Y, hasta podría serlo. Pero un interrogante aparece en mi cabeza. Entiendo que decir esto no es fácil. O que quizás impresiona el pensarlo. Pero en psicología, todas las conductas humanas, por su presencia o ausencia, son significativas. Tienen significado. Y lo tienen, porque el ser humano es un ser que habla, que expresa, mediante infinitos recursos que tiene a mano, lo que siente o piensa. Uds. mismos fueron testigos de una cierta emoción personal al comentar el artículo del Dr. Ayerra. Por esta razón me fijo en lo que sucede. Y seguro que se me escapan una infinidad de detalles.
Afortunadamente. Por esta razón quisiera remarcar dos elementos que aparecieron en la sesión de hoy. Uno hace referencia a las distintas reacciones que se observa cuando un compañero habla. No es fácil hablar ante tanta gente. A nadie nos resulta fácil hablar en estas condiciones. Frente a ello, uno puede pensar que “no habla a nadie”, es decir, que emite sonidos a una “masa de personas indiferenciada”. Pero eso no es así. En la clase hablamos a personas en concreto. Un grupo, una institución, una empresa, está formado por personas. Cuando uno se dirige a un colectivo grande, se siente muy pequeño, se siente, lógicamente, invadido por muchos sentimientos. Uno no sabe si su voz llega más allá del cuello de la camisa, si se le entiende, ni siquiera, si uno dice lo que quisiera decir. Y como cuando habla, uno mira a los demás, lo que ve puede contribuir a que se sienta mejor o peor. Si veo que nadie me atiende, me sentiré fatal. Si veo que nadie me mira, me sentiré fatal. Si percibo que hay gente que habla, no sabré qué está pasando. Si, para más inri, veo que hay gente que parece reírse, fácilmente atribuiré esa risa a lo que digo. Independientemente de que esa risa o esos comentarios guarden relación con mis palabras. Ante estas cosas es lógico que se activen pensamientos de tipo persecutorio.
Pasémoslo a la situación laboral. Cuando uno está ante un paciente, un grupo o un colectivo de personas, no está como una estatua. Porque si así fuere, en breves minutos se quedaría solo. Uno, por lo general, interactúa, mira, sonríe, realiza pequeños sonidos que informan a nuestro interlocutor, que estamos atentos a lo que dice. Todo lo que hagamos va a ser tenido en consideración por el paciente y lo va a incorporar a la ecuación de su relación con nosotros. Si cuando nos cuenta algo, ve que miramos el reloj, pensará que nos está aburriendo. Si cuando nos cuenta una situación determinada nos ponemos a mirar una revista que tenemos delante o a coger el teléfono, no tardará en pensar que no tenemos ningún interés por él. No se trata pues, de una cuestión de educación (interesante tema sobre el que ya me gustaría que alguien reflexionase), ni se trata de un tema técnico. No. Es un problema de relación, un problema de qué ponemos en esta relación para que sea cómoda o no. Si un profesional, en estas circunstancias se le ocurre decir que el paciente era “paranoide”, y no piensa en qué estaba haciendo para que se estimulasen los elementos paranoides, andamos mal. Este tema traerá cola.
Junto a este aspecto, otro. Sé que no hablamos de todo lo que ponía el artículo. Esto es una utopía. Y muchos de Uds. se pueden sentir mal por el hecho de que “en la mayoría de las clases no se hable del artículo”. Y es comprensible. Ahora bien. ¿Por qué se habla de lo que se habla? Yo sé, y Uds. también que en los espacios pequeños se hablaron de cosas que no aparecieron en el espacio grande. Es decir, que había (y habrá), gran cantidad de cosas que sólo aparecerán en el contexto pequeño. ¿Por qué razón en el espacio grande sólo aparece una pequeña proporción de los temas tratados en el grupo pequeño? No les voy a dar la respuesta. Estoy convencido de que muchos serán capaces de encontrarla. A partir de esa respuesta, ¿puede ser considerado como significativo el material que aparece? Y en caso de que lo sea, ¿de qué puede ser significativo? Esto mismo sucede en cualquier intervención psicológica. De lo cual se podría deducir que el psicólogo que se encuentra ante la tarea de la Orientación Psicológica, tiene que aprender a escuchar y a leer entre las líneas que le escribe el paciente.
Muchas gracias.
Dr. Sunyer.
El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello.
Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo.
Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura