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Mi cuaderno de Bitácora del 21 de octubre de 2009

21/10/2009

Mi cuaderno de Bitácora del 21 de octubre de 2009

Bajando la cuesta de la Universidad camino de mi siguiente compromiso profesional y en medio de la lluvia pensaba en la sesión de hoy y me daba cuenta del sabor agradable de nuestro encuentro. ¿Es posible que unas sesenta personas jóvenes que acuden a un centro universitario para aprender y sacarse un título académico se pongan a hablar como han hablado hoy? Si. Habrá quien considere que eso no se debe hacer en la Universidad, que aquí lo que hay que hacer es hablar de teorías y más teorías… Creo que eso es cierto pero hasta un punto. Pero también debe ser un lugar para poder pensar a partir de las propias experiencias personales. Y eso se hizo hoy. Por esto salía con un buen sabor de boca.
Las diferencias. Las diferencias que nos sirven para diferenciarnos. La idea del “Burka Mental” con el que habitualmente nos movemos. Cómo cuesta aceptarnos diferentes. Cómo buscamos, involuntariamente quizás, ir hacia pensamientos únicos, uniformidad de ideas y de comportamientos. Cómo luchamos por conseguir que aquella idea de uno, aquella opinión sea la que prevalezca. Qué miedo tenemos a compartir las diferencias y a partir de ellas encontrar las similitudes. Cómo los silencios son la expresión de esos mismos miedos. Cómo el término de cultura es algo que mitificamos y limitamos a unos aspectos olvidando que todos somos de culturas diferentes. Y esto, hablado entre y ante unas sesenta personas en un contexto universitario. ¡Olé!

Entiendo que para muchos todo eso es poco. Entiendo que para muchos el hecho de que las personas que han participado sean unas y no todas las que integran el grupo, sea un elemento criticable. Ya. Pero estas descalificaciones del trabajo realizado, ese descafeinar lo que se hace tiene algún objetivo: no valorar el gran esfuerzo que todos, absolutamente todos, realizan. Curiosamente en un momento del grupo pensé: están casi todos. Es una clase a la que vienen todos cada día. Y la excusa de que la asistencia puntúa es ridícula: su valor es ínfimo respecto al que tienen otros aspectos de la valoración grupal. Algo debe haber para que la cosa sea así.

Todos los que estamos en esta aula pertenecemos a culturas, a miniculturas si eso es más fácil de entender, diferentes. Todos tenemos referentes distintos y antecedentes variados. Ayer, en la confección de los genogramas, se podía apreciar la variedad de procedencias. Pero incluso para aquellos que hemos nacido aquí, ese aquí no es el mismo. Y esas diferencias determinan subculturas (es otra palabreja de esas que poco dice, pero vaya) que contribuyen a que seamos diferentes unos de otros. Incluso, como decía un miembro del grupo, dentro de una misma familia hay enormes diferencias entre los hermanos, y entre éstos y sus padres. Cuando generalizamos y decimos eso de “pertenecemos a una misma cultura” (eso que a los políticos les gusta tanto subrayar), estamos anulando de raíz las grandes y enormes diferencias existentes entre las personas. No es lo mismo un gerundense que un leridano o un barcelonés. Ni tampoco lo es el que procede de Sevilla de Lisboa o de Sebastopol. Y dentro de un mismo lugar, ese barcelonés no tiene la misma cultura que eso otro. De forma que cuando comenzamos a generalizar estamos haciéndonos un flaco favor. Y anulando diferencias muy importantes. Por ejemplo, puedo hablar (y hablo) el catalán con toda normalidad y corrección, pero eso no me hace ni más ni menos catalán que aquel otro que no lo habla, o que no sabe bailar sardanas o a quien no le gusta… qué se yo, el pan con tomate. Anulando diferencias anulamos las personas que integramos eso que se llama sociedad. Y de ahí vienen muchos de nuestros problemas.

No hace falta pensar en si viene un violador a mi consulta o alguien con el burka para pensar que con esa cultura no me voy a sentir cómodo. Todos somos violadores mentales, todos llevamos un burka mental que por lo general es bastante más peligroso que el otro. Recordad aquello de que “de los toros mansos líbreme el Señor, que de los bravos, ya me libro yo”. El que vista burka, o sea un asesino, ese es un toro bravo del que me libraré o no según me de. Pero es algo claro y declarado. Lo otro, al quedar tapado por las apariencias es bastante más peligroso. El problema pues, lo tenemos en otro lado. ¿Cómo integro las diferencias?

Compleja situación. Porque si en el aula no aprendo a integrar las diferencias que existen entre nosotros, ¿podremos integrar las que provengan de los puestos de trabajo o de las personas a las que vamos a atender para ganarnos el sustento? ¿Cómo me las apaño para integrar a esa persona que opina diferente, que habla de forma que me genera malestar, que dice cosas que me suenan raras o escandalosas? Cuando por razones de edad me peleo con la opinión del otro porque no es igual a la mía y busco que se me de la razón, ¿no estaré defendiendo mi integridad personal ante el temor a que se vea cuestionada por la integridad del otro? ¿Por qué mi integridad se ve amenazada por el hecho de que el otro también pretenda lo mismo? ¿Hasta dónde (como decía uno de vosotros) mi deseo de sentirme miembro del grupo me debe llevar a aceptar cosas que posiblemente no acepte? ¿Cómo entender las ideas, pensamientos, acciones, silencios, etc., del otro de forma que no queden necesariamente cuestionadas las mías, o sin que ese cuestionamiento no suponga un cuestionamiento a la totalidad de mi forma de ser?

Sigo pensando que la sesión de hoy ha sido una clase magistral dada por los propios alumnos.

Un saludo.
Dr. Sunyer

 
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José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
Avenir 5, Ppal. 2ª · 08006 Barcelona · Cif 37252506G