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Orientación Psicológica (Counseling)
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Mi cuaderno de Bitácora del 10 de junio del 2008. Construyendo identidades, 29

10/06/2008

Mi cuaderno de bitácora, del 8 de junio del 2008. De cierres temporales.
La llegada del mes de junio siempre viene acompañada por la misma situación: se acaba el curso, se cierran los programas, se leen las valoraciones que se han realizado de la labor docente y se les dice a los alumnos que adiós, que hasta siempre. Puede parecer protocolario y seguramente es algo de ello. Y eso que suele ser así cada año no evita que durante unos días uno se sienta como triste, vacío… como no sabiendo qué es lo que le pasa cuando en realidad se encuentra en estas fases habituales que podríamos llamar de depresivas.
Lo depresivo es un estado que viene caracterizado por una disminución en la actividad, en las ganas de hacer cosas, en no encontrar ni las energías ni el sentido del seguir caminando. Es como si un agotamiento general le embargara a uno y no encontrara las energías necesarias para seguir a delante. Es un bajón. Un peldaño más abajo del rellano en el que nos encontrábamos antes. Suele ser temporal, de no my larga duración, pero si uno no sabe a qué se debe… pues como que se encuentra más despistado, claro.
En mi caso no sólo acabaron las clases, los espacios de discusión con los alumnos, los momentos de emoción y creatividad que a lo largo de nueve o diez meses hemos conseguido crear. Se acabó también un texto que me tuvo atrapado durante cuatro años y que espero salga a la luz a finales de este año. Pero también se acabaron otras cosas: gente con la que te has estado relacionando por motivos profesionales dejan de venir, otros interrumpen momentáneamente, dicen, el tratamiento. Otras personas dejan de escribirte o dejan de solicitar tu colaboración porque los tiempos cambian y las personas también. Igualmente los hijos crecen y aquella “necesidad” con la que te sentías anteriormente ya no está con la misma intensidad. El proceso de la vida indica permanentemente que tenemos una asignatura siempre pendiente: el aprendizaje, la tolerancia al sufrimiento que va implícito en la separación.
No hace muchos días una paciente con la que habíamos realizado un largo recorrido en el tándem que suponía trabajar semanalmente sobre sus dificultades, me dijo adiós. Sé que esto, como cualquier otra separación sea de un paciente, sea de unos alumnos, de un curso, de un proyecto, no debiera afectar. Pero afecta. Uno siente cosas como rabia, tristeza, frustración, alivio, desesperanza y, junto a todo ello, la tranquilidad de conciencia de saber que todo lo que se hizo, se hizo bien. Y que todo ello queda en la persona que se va como queda en mí. Y eso está bien. Pero lo difícil es qué hacer con los otros sentimientos, con los de connotación negativa.
Cuando uno se da cuenta de ellos y aún sabiendo su baja importancia dados los logros alcanzados por esta paciente como con cualquier otra situación, percibe algo que posiblemente está en la base de muchos cuadros depresivos: el tremendo enganche, pegajosidad de tales sentimientos que se resisten a ser reconvertidos en otros más operativos, más creativos y útiles. Es como si se resistieran a ser canjeados por otros que, a la postre, son mucho más beneficiosos para uno y para los demás. Posiblemente ya fueron codificados así en el grupo familiar del que provengo y en el que me formé, resistente él al paso del tiempo, a las modificaciones que suponen reconocer que lo que fue ya no es, que aquello que se tuvo fue modificado, reconvertido en elementos mucho más útiles, ágiles, creativos. ¿Habrá algo de la identidad en juego? Muy posiblemente.
Los numerosos elementos que a lo largo del tiempo de una relación se van estableciendo entre unos y otros establecen una malla compleja e intrincada de afectos, imágenes, deseos, sospechas, significados y lealtades que no es fácil, si es que fuera posible, describir. Ubicados en la teoría clásica creo que puedo decir que en realidad de eso que me cuesta tanto separarme no es más que un fragmento de mí con el que no sé qué hacer. Como si esta paciente, ese alumno, ese proyecto, ese texto, eso a lo que me sentí unido durante un tiempo, fuese en realidad un elemento parcial ubicado en mi sistema psíquico al que no renuncio a dominar. O al que quisiera destruir por haber sido el causante de mi daño y mi dolor. Algo que concita numerosos elementos y que al no poder integrarlos de otra manera, se rebelan contra mí, y me siento con deseos de destruir ya que no los puedo poseer, o asimilar. Ese fragmento de mi propio “ser paciente” o de mi propio “ser estudiante”…, que ya no está porque tomó un camino propio, distinto, autónomo. En muchas ocasiones es difícilmente tolerable o aceptable la idea de la autonomía del objeto interno. Sólo la idea de que las cosas no siempre están bajo el control más o menos mágico de uno, de ese control omnipotente e infantil sobre las cosas, esa idea suele doler. Y es real como la vida misma.
Posicionado en otro lugar menos clásico, lo que percibo y sin renunciar a lo dicho anteriormente, es una compleja malla de relaciones con los demás que en un momento determinado adquiere una característica diferente a la que me tengo que amoldar. Me tengo que reconstruir, tengo que reconfigurarme ante estas relaciones sabiendo que están ahí, pero ya no con la misma presencia, la misma intensidad e importancia que la que han tenido hasta ahora. Esa nueva configuración de mí mismo en relación con los demás, con las cosas en tanto que ésta suponen personas con las que uno también está vinculado. Esa configuración dibuja las interdependencias vinculantes que, como también dependen de los demás, son renegociadas estableciéndose otras nuevas, con otros vínculos, otro tipo de lealtades, de significados, de representaciones. Y los afectos a los que todas ellas aluden, son también reubicados de manera que la configuración que soy ya no es la que era. En eso se ubica el continuo movimiento de la identidad personal. Sólo cuando pretendemos quedarnos fijados en una configuración determinada, añorando tiempos y significados pasados, es cuando el sufrimiento emerge y se yergue amenazante sobre uno. En eso somos como la fiel reencarnación de los nacionalismos.
Aceptado pues que las interdependencias vinculantes con las personas que me han ido acompañando a lo largo de estos últimos meses e incluso años (como es el caso de esa paciente) se han modificado por mor del paso del tiempo y los cambios en el momento de cada uno, y de la voluntad de otros, debo retomar mi proceso y restablecer nuevas interdependencias vinculantes con otras personas, proyectos y situaciones que, sin duda, me aportarán experiencias apasionantes. Y eso mismo que me sucede a mí, os sucederá también a vosotros, queridos alumnos.
Os deseo lo mejor.
Dr. Sunyer


 
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José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
Avenir 5, Ppal. 2ª · 08006 Barcelona · Cif 37252506G