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Mi cuaderno de Bitácora del 10 de octubre del 2007. Construyendo Identidades 8
10/10/2007
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Mi cuaderno de bitácora del 10 de octubre de 2007
Construyendo identidades, 8
¿Quién nos iba a decir, un par de días antes, que tendríamos este tema sobre la mesa? Un problema de comunicación que hemos podido detectar a tiempo, hubiera podido generar un serio problema entre nosotros. Convencido de que estaba colgado algo al que ninguno de Uds., podía acceder. En una ocasión sé que colgué el mismo material y, coincidiendo al comentario de alguien respecto a que no podía acceder, comprobé que había sido borrado. Lo volví a colgar y ¡Santas Pascuas! Esta vez ha sido diferente: lo colgué, siguiendo indicaciones, en donde nadie podía acceder. Posiblemente el técnico que me las dio entendió otra cosa y se atuvo a lo que entendió, y yo a lo que escuché. ¿Ven? Problemas en la comunicación entre los diversos niveles del sistema. Hay quien lo llama ruido. No tengo problemas con el calificativo. Y descubrirlo habla de que hay alguien que oye. Pero no es un problema de saber oír, sino de poder escuchar. Y a veces no podemos, no nos encontramos en condiciones de poder escuchar. ¿Qué será lo que se escucha que no puede ser oído?
La palabra ruido es interesante porque sin decir nada informa de mucho. Es como cuando alguien quiere hablar con otro en un bar en el que hay mucha gente, música... y el ruido no deja oír la conversación. O cuando hay un cierto déficit auditivo y la persona no puede discernir bien entre lo que le dicen y el ruido que hay en el lugar. Sólo que aquí el ruido del que hablamos es “ruido mental”. ¿Y qué es lo que dificulta escuchar lo que se dice? Varias son las razones y si recordamos un poco lo que fue apareciendo en el grupo grande vemos que podemos ir desde aquellas que son de orden práctico a otras más de índole psicológica. Que si fue un error mío, un colgar mal las cosas lo que dificultó su acceso; que si puedo no saber decir o comunicar algo, que si debería haber estado más atento a si el mensaje llegaba tal como yo lo deseaba; si fue comentado en un momento adecuado o no; si..., a otros que tienen un componente más “psi”: “que se lo pregunte otro”, “ya lo dirá”, “quizás soy tonto y no sé abrir el Blink”, en una trayectoria que iría desde ubicar la responsabilidad en el otro (sea el profesor, sea un compañero) a acabar considerando que uno es el que no está bien. Fíjense que todos estos elementos buscan ubicar el lugar donde está o se sitúa la responsabilidad de las cosas. O la culpa, como algunos prefieren decir.
Les sugiero que busquemos no tanto dónde sino el qué. Porque si hacemos caso a lo que también señalaron (en el grupo grande se dicen muchísimas cosas de calado, importantes) hay algo en el “tipo de relación que se establece” que tiene unas determinadas propiedades entre las que encontramos la de posibilitar que sucedan y se visualicen estas cosas. Y el tipo de relación que se establece pretende que cada cual asuma su propia responsabilidad. Y ahí tenemos el problema. Acostumbrados a funcionar de una determinada manera, tendemos a reproducir el mismo esquema de relación (esto también lo dijeron Uds.). Y posiblemente el esquema al que estamos acostumbrados es uno aprendido desde el mismísimo momento de ser concebidos: dependemos del otro. Lo que sucede es que, si bien podemos comprender que el embrión, luego el feto, luego el bebé, luego el niño, luego... llega un momento en el que uno tiene que comenzar a asumir que la responsabilidad de todo lo que hace es también suya. Y como el sistema Universitario repite el mismo esquema, lo que significa que los profesores tendemos a reproducir el mismo esquema, la dependencia se establece como el estilo habitual de relación. Pero dijeron muchas cosas más que no quisiera dejar en el tintero, aún siendo consciente que no reproduciré todas.
Confianza. Hablar de confianza (como muchos otros calificativos que irán apareciendo), supone hablar de la desconfianza. Y ¿qué causa esa desconfianza? Todavía no me conocen lo suficiente como para saber hasta qué punto pueden confiar en mí. Lo que es absolutamente lógico. Pero tampoco saben hasta qué punto pueden confiar en su compañero, aspecto que también es lógico. ¿Por qué? Posiblemente porque las experiencias habidas a lo largo de muchos años sean experiencias que alimentan la desconfianza. Yo no puedo fiarme del compañero porque tener fe en él representa muchas cosas. Creo que ya he hablado sobre ello. Y, lo más impactante: desconfío del grado de libertad que nos dan. Esto habla de algo muy importante: muy posiblemente tampoco los profesores somos capaces de generar la confianza suficiente como para superar un temor aprendido en otros lugares. Las experiencias que los humanos tenemos desde pequeños hablan más de la desconfianza que de lo contrario. Y cuando se pierde la confianza en una persona o en varias, es muy difícil recuperarla. Y aún siendo cierto que un grado de desconfianza es importante como medida de seguridad (si no desconfío de si ese conductor va a parar en el semáforo podría atropellarme), cuando ese grado aumenta, entonces nos paralizamos.
Un aspecto que no apareció es la relación con la autoridad. Yo la represento. Y tengo un grado de autoridad. Pero ¿haré buen uso de la misma? ¿Acepto la autoridad del profesor? ¿Cómo van mis relaciones con las figuras de autoridad? ¿En qué medida considero que la autoridad va a fastidiarme más que a ayudarme? No siempre aceptamos las relaciones con las figuras de autoridad. El miedo se coloca y convertimos la relación con la autoridad en una relación de desconfianza, de miedo. ¿Y la autoridad del grupo grande? Más miedo aún.
Pero confianza en el otro y ¿hay confianza en uno mismo? Quizás es más fácil reconocer la desconfianza en el otro que en uno mismo. A veces no sabemos qué podemos hacer con nuestras propias capacidades. Pero yo sí sé lo que pueden hacer con ellas. Las podemos utilizar para destruir lo que hacemos, devaluarlo, criticarlo; o para tratar de ir superando los problemas con los que nos vamos a ir encontrando y aprender de ellos, creando, organizando unas relaciones entre nosotros que sean diferentes a las que habitualmente tenemos. Y esto es la síntesis de la intervención psicológica: crear una atmósfera de trabajo diferente a la habitual que posibilite el desarrollo de las personas que constituimos el grupo, el espacio terapéutico, el espacio de supervisión, el espacio de orientación laboral...
Ahora que tenemos la pelota en el tejado de cada cual, ¿cuál es nuestro siguiente paso?
Un saludo.
Dr. Sunyer.
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