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Orientación Psicológica (Counseling)
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Mi cuaderno de bitácora del 21 noviembre del 2006

21/11/2006


13 Mi cuaderno de Bitácora del 21 de noviembre de 2006

Escenas temidas.

Como el texto que teníamos para hoy era relativamente sencillo, decidí proponeros la escenificación de situaciones que nos asustan de entrada. Las escenas temidas. En realidad y para ser algo honesto para con otros autores, la idea de escenas temidas no es mía, sino de Pavloswsky, un psicodramatista que estuvo (no sé si sigue estando) en nuestro país allá por los años 70, 80... En aquella época el psicodrama era un campo de interés personal y que me llevó a conocer a alguien que fue de gran ayuda, Pacho O’Donell, un psicoterapeuta y psicodramatista con el que trabajé un par o tres de años.

Las escenas temidas no son más que la representación de aquellas situaciones asistenciales que nos asustan lo suficiente como para paralizarnos. ¿Y por qué? Mirad, una de las cosas que afecta a los humanos es nuestra propia capacidad de crear pensamientos y fantasías cuyo contenido sea terrorífico. Evidentemente que podemos considerarlos como producciones falsas, cognitivamente hablando, que tienen la particularidad de paralizar la capacidad de hacer cosas. El miedo no sería sino la expresión de lo que estas fantasías han organizado en nosotros.

Desde una posición psicoanalítica creo que podríamos decir que ya el propio bebé organiza este tipo de pensamientos. Pensamientos que todavía no son pero que toman forma de fantasmas que asustan. En ocasiones habréis comprobado que cuando un bebé os mira y vosotros os ponéis a jugar con él, hay momentos en los que la expresión de su cara no es de satisfacción, sino de miedo, de temor. Y en ocasiones se pone a llorar. Desde esta posición teórica lo que se supone es que en estos momentos algo ha asustado al bebé, algo ha generado una fantasía (muy primitiva como podéis sospechar) que le hace poner esta cara de susto y hasta le hace llorar. Y nosotros sabemos que nada de lo que hemos hecho ha podido ser el causante directo de ese llanto. Algo de lo que hicimos, una ceja que se movió, una modificación imperceptible del tono de nuestra voz, un gesto a penas constatado por nosotros, fue el que encendió la mecha de su susto. Y desde la posición psicoanalítica diríamos que el bebé ha creado una fantasía, que esta fantasía le ha asustado y, en consecuencia, se puso a llorar.

Desde la posición en la que me voy reubicando (ya os he dicho que últimamente estoy como en un proceso de cambio importante) os diría que en ese cambio imperceptible de nuestro tono de voz, por ejemplo, algo hay que le conduce al bebé a llorar; es decir, no tanto que se crea una fantasía, cuanto que nuestro mínimo movimiento le activa el susto. Y sustos tiene el bebé desde que era feto; y antes aún. En un principio son movimientos reflejos ante modificaciones de su equilibrio. Estas modificaciones vienen dadas por cambios en el medio intrauterino provocados por situaciones que vive la madre. Un cambio de postura, una contracción muscular pueden ser percibidos como modificaciones del equilibrio y el ser que está ahí, reacciona. Lo que esto va provocando es, ni más ni menos, una serie de aprendizajes que uno va memorizando, la organización de una serie de esquemas de reacción que posteriormente se manifiestan con esa modificación en la expresión de la cara y el posible llanto posterior.

Pero como todo esto se da en un contexto complejo de relaciones interpersonales (acordaros del tema de la fuerza de gravedad), unos y otros movimientos van adquiriendo significado. ¿Y por qué?. Porque el ser humano, a diferencia de otros seres, se mueve constantemente en una matriz de relaciones simbólicas. Todo, absolutamente todo, está engarzado en una matriz de relaciones simbólicas, de símbolos que otorgan variedad de significados a todos nuestros actos. Y desde bebés, dado que estamos en una matriz interrelacional en la que la comunicación, y por lo tanto, el lenguaje (verbal, no verbal) están presentes (no se puede no comunicar), la capacidad de crear y recrear imágenes forma parte de nuestros procesos mentales. Y cuanto más mayores, más. Y en esta capacidad reside la de fantasear situaciones que son potencialmente amenazadoras para nuestra integridad personal, para nuestro equilibrio, y por lo tanto son situaciones temidas.

Hoy desarrollasteis, como bien dijo una compañera, un amplio abanico de situaciones: unas era de cuestionar al profesional, otras eran de ponerlo a prueba, unas terceras generaban sentimientos cuya dimensión excedía nuestra capacidad de pensar, en otras el cabreo con el que se presentaba el paciente superaba nuestras capacidades de actuar profesionalmente.

1. Cuestionar al profesional: es una situación de pánico muy común. Parece que la idea que subyace es mi incapacidad, como profesional, de hacerme cargo de la problemática de esta persona o personas. Bien por la edad, bien por mi poca experiencia, bien por aspectos de cercanía social con el que viene, bien por cuestiones de género, cualquiera de estas razones se convierten en cuestionadotas de mi capacidad profesional. ¿Seré capaz de...? ¿Me considerará capaz de...? El otro, el paciente, visto como un Miura de 890Kg, bien astado, de punta fina, receloso y de corta embestida, ante el que, pobre de mí, nada o casi nada voy a poder hacer. Parece que esa fantasía en la que el otro aparece engrandecido se correspondería a la de verme encogido.
2. Ponerlo a prueba. Parece que aquí nos vemos no tanto en una consulta cuanto en una prueba o examen. El otro, cual juez severo, va a ponernos o a proponernos, diversas situaciones que voy a tener que superar. Como si de un concurso televisivo se tratase, el otro es el gato que pone a prueba al ratón antes de devorarlo. Aquí no me devalúa sino que me somete a pruebas de cuya superación depende mi valía profesional. Suena a una posición persecutoria, ¿no? Pero ¿por qué me creo esta fantasía? Creo que detrás de ella hay una gran, grandísima Rottenmeyer. Hay una figura, una serie de personas o personajes, que nos han exigido un montón y que, a través de esas gomas elásticas con las que hemos jugado en alguna ocasión, seguimos sintiéndonos atados. Debo superar una prueba parece ser la consecuencia de esas figuras con las que hemos crecido y que al incorporarlas a nuestro bagaje personal, las convertimos en poderosas imágenes superyoicas (terminología psicoanalítica) que nos persiguen. El otro, el paciente en este caso, sería una representación de esas figuras.
3. Los sentimientos. Ahí está otro caballo de batalla. Tenemos mucho miedo ante los afectos que inevitablemente van a ir emergiendo de nuestras relaciones asistenciales. Miedo a los lazos que se establecen entre el otro y yo. Y es que los lazos, como todo buen lazo, nos liga, nos atrapa. Y esto da mucho miedo. Tanto, que nos es más útil pensar en afectos de tipo negativo (la agresividad de un paciente), que los de tipo amoroso. ¡Buf! Es curioso que los humanos tengamos más miedo a los afectos amorosos que a los agresivos. Parece como que éstos, al alejarnos del otro, nos tranquilizan; mientras que los primeros nos unen... ¡buf! Y es que eso de la unión... Las personas tenemos miedo a sentirnos unidas a otras. Y este miedo lo expresamos mediante fantasías gordas, bien gordas, descomunalmente grandes: SE ENAMORARÁ DE MI. Una pregunta: ¿si fuese un niño pequeño, una persona de 5 ó 6 años y tuviese para con nosotros ese sentimiento de gran admiración y cariño por nosotros, nos asustaría tanto? Creo que no. Llevamos mal los afectos que las personas ya más mayores (adolescentes, adultos...) nos expresan. Como si no pudiésemos verlo con la misma tranquilidad que veríamos el afecto de un niño. ¿por qué será?
4. El cabreo. Mirad, el cabreo siempre está presente. Lo que no quiere decir que lo veamos o que el paciente lo vea. El cabreo, en sus múltiples y variadas versiones (enfado, disgusto, malestar, enojo, desilusión...) está presente en todas nuestras relaciones; y en especial en las asistenciales. Porque el ser humano, desde que es concebido, trata de mantener el equilibrio en el que está lo más que puede; y toda aquella situación que le desequilibra, dado que le obliga a buscar un nuevo equilibrio y eso supone modificaciones a veces muy importantes, pues le... cabrea. Y la primera cosa que hay que hacer es entender y aceptar el cabreo del otro. Entenderlo no significa tener que estar de acuerdo con él. Entenderlo significa justamente poder hacernos cargo de la complejidad de su situación, del esfuerzo al que se ve forzado realizar, al malestar que todo ello supone, al dolor que conlleva... Desde el cabreo expresado por el silencio contumaz de una adolescente en la consulta, al del que se ofende porque la persona que le atendía ya no está, o al retraso imperdonable de un profesional....


Como hemos visto hay un gran número de situaciones que generan temor. La verdad es que si un torero no tiene miedo al salir al ruedo, mal andamos. El miedo, el temor a que suceda algo, es inherente al ser humano. Tenerlo no es malo. Que nos tenga él, sí. Aprender a convivir con él, negociar con él, trabajar con él, a mi me ayuda a estar en mi sitio.

Un fuerte abrazo.

Dr. Sunyer

 
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José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
Avenir 5, Ppal. 2ª · 08006 Barcelona · Cif 37252506G