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Mi cuaderno de bitácora 8 de noviembre del 2006: Cura de salud
09/11/2006
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10. Mi cuaderno de Bitácora, del 8 de noviembre del 2006
Cura de salud.
Hoy no pude ir a nuestra cita. Ayer, en urgencias otra vez, me informaron que tenía unas pseudomonas (bacilos, Gram negativos que por su gran capacidad y resistencia a diferentes materiales y desinfectantes y disolventes, se encuentran con cierta facilidad en Hospitales),y que el antibiótico que tomaba no era el más adecuado...; total, nuevo antibiótico, nuevas molestias... y un enorme cabreo.
El cabreo, esa palabra tan específica de nuestro vocabulario, es más que un enfado, mucho más que una molestia o una desazón. El cabreo es casi como un enfado infinito, enormemente grande, agudo, duro y devastador. El cabreo forma parte de ese complejo mundo o archivo de sentimientos negativos, sentimientos destructivos, que se dirigen ora hacia el no-nosotros, es decir, hacia los demás, o hacia nosotros mismos. Tengo dudas de que nazca en nosotros sin más; estoy convencido que cuando una serie de esas cintas elásticas que nos vinculan a los demás y a las cosas que nos suceden, quedan excesivamente tensan, entonces aparece el cabreo.
El cabreo es un sentimiento muy fuerte. Y lo vamos puliendo y mejorando con los años aunque ya de recién nacidos lo tenemos; a medida que vamos creciendo nos vamos sintiendo, lógicamente, dolidos porque las cosas no van como uno quiere que vayan. Y constatar que uno no gobierna el mundo no siempre es fácil de aceptar. Y si bien en un inicio el dolor que sentimos al ver que hay necesidades que no son satisfechas a la velocidad que quisiéramos (pensad en el llanto del bebé cuando tiene hambre), este dolor lo vamos sintiendo y de manera diversa ante otras situaciones que nos son difícilmente sostenibles. Cierto que los procesos de maduración van dirigidos, entre otras cosas a que el sujeto vaya tolerando estos malos momentos; pero no siempre uno dispone de las herramientas mentales suficientes como para afrontar tal dolor. Y hay muchos tipos de dolor: dolor físico, dolor psicológico, dolor social...
Volvamos a las cintas. Si por un casual considero que las cintas parten de mí, sólo de mí, que lo que el otro hace o deja de hacer, piensa o deja de pensar, es obra mía... ¿no estaré diciendo a quien me escucha que gobierno el mundo? Este es un pensamiento propio de edades muy tempranas. Un bebé no tiene recursos mentales como para pensar que de entrada, lo que ve a su alrededor tiene funcionamiento autónomo. Si tengo hambre (lo que significa que me duele el estómago ya que el concepto hambre todavía no lo he incorporado), ese dolor se hace muy intenso. Entonces algo pasa que me proporciona algo que me calma ese dolor. O sea, hay algo que (en este caso a través de la boca), me calma. Pero no viene solo. Suele venir acompañado de unas imágenes, frecuentemente las mismas, que acaban posibilitando que establezca una relación vinculante entre esa imagen (mi madre) y la calma que siento cuando me da de comer (concepto que todavía no sé). Pero en esta relación (¡las cintas!) comienza a establecerse unas tonalidades que me pueden hacer creer, entre otras cosas que soy yo quien, al protestar, consigo que venga ella. Y a partir de ahí voy pudiendo crear una especie de teoría personal por la que las cosas suceden por una especie de actividad poderosa que parte de mí. Este aprendizaje (repleto de elementos afectivos de todo color), va configurando una teoría todopoderosa que sólo se rompe cuando constato que a veces eso no funciona así. Cuando Winnicott habla de adaptación sensible y constante de la madre al bebé incluye la capacidad de ésta en irle frustrando para que pueda darse la posibilidad de que vaya considerando que no todo depende de él. En ocasiones, los restos de omnipotencia quedan muy presentes. Hacen como mi pseudomona, quedan aletargados esperando ser reactivados. Y se reactivan. Cierto que en ocasiones conseguimos superarlos. En otras no. Y en esta segunda situación, la teoría por la que domino el mundo queda muy presente en mis relaciones (¡las cintas!) con los demás. En este segundo caso los profesionales solemos decir que son pensamientos patológicos.
Estos pensamientos salen en ocasiones sin que su presencia tenga carácter patológico (aunque pudiera ser patogénico). Por ejemplo en situaciones en las que los elementos ansiógenos por los que vivimos nos llevan a buscar refugio en comportamientos más infantiles (por esto se llama regresión, concepto psicoanalítico). Una situación típica es en contextos en los que la confusión está presente. El grupo grande, por ejemplo. Uno podría pensar, por ejemplo, que lo que otra persona dice en el grupo grande, o lo que el otro hace es por algo que hice o dije yo. Este pensamiento que no es extraño que pueda aparecer, tiene el mismo color de “gobernar el mundo” que había comentado antes.
Otra situación similar es la que he vivido. Pasar por una experiencia quirúrgica no es precisamente una nadería. La reactivación de comportamientos, pensamientos y sentimientos más propios de edades más tempranas facilitan eso que llamamos regresión. SI volvemos a las cintas, las relaciones que se establecen entre el paciente y los profesionales, en la medida en la que aumenta la desinformación, el abandono, el distanciamiento, facilitan que esas mismas cintas te lleven a situaciones en las que esa desinformación, ese sentimiento de abandono, de distanciamiento era más presente. Diríamos que se actualizan relaciones y situaciones de antaño. El ayer y entonces deviene aquí y ahora. Las relaciones que mantiene el paciente con el personal de enfermería se asemejan a las que tuvo con figuras similares en su infancia y en su niñez. Cierto que con otra categoría, pero se asemejan: te visten, te levantan, te bañan, te alimentan...Cuando en este tipo de atención necesaria aparece la información, la comunicación, tal proceso regresivo se atempera, se hace más pequeño. Cuando no, se incrementa y agranda.
Pero hay más. Las cintas no sólo nos vinculan a personas, como bien hemos visto en algún ejemplo en la clase. Nos vinculan con aspectos que dichas personas presentan. Por ejemplo. Mi madre era una mujer tenaz, nunca se doblegaba ante algunos tipos de necesidad. Y nunca estaba enferma. Pues, por coger ese aspecto, una de las cintas con las que me siento atado es ese: no doblegarme ante ninguna adversidad. Pero claro, mi madre era mi madre. Y yo soy yo. Es una pequeña pero gran diferencia. Aceptar que no podía venir a dar la clase, aceptar que no era un abandono voluntario sino que unas circunstancias no me permitían atenderos, aceptar que antes me debo cuidar para poder cuidar, eso no parece que haya sido fácil. Ha sido un proceso por el que he tenido que replantear esa cinta y recolocarla de manera que no me hiciera daño. Y este proceso tiene mucho de proceso de duelo.
Los procesos de duelo son y se suceden a lo largo de toda la vida y no necesariamente van vinculados a la pérdida de una persona querida. Uno se tiene que separar de muchas cosas: de amigos, de estudios, de lugares de residencia, de ideas, de prejuicios, de concepciones del mundo... ¡buf! Eso supone un recolocar las cintas que teníamos y tenemos con todas y cada una de las características que nos han ido constituyendo a lo largo de la vida. Y nos constituyen. Y constituimos. Porque nosotros también constituimos esas mismas relaciones y construcciones ¿os acordáis cuando en ocasiones en el grupo salen frases como “es que la sociedad en la que estamos”...? Como si nosotros no fuésemos esa misma sociedad. O ese mismo grupo. El grupo y nosotros somos una misma cosa. Y aceptar la parte alícuota de responsabilidades que tenemos para con las cosas supone la realización de un duelo (renunciar a la omnipotencia, por ejemplo) y asumir una realidad mucho más cercana, mucho más real: somos lo que somos, somos lo que nos vamos construyendo y al tiempo nos construye. Somos parte de una matriz de relaciones compleja que hemos constituido y nos constituye al mismo tiempo.
Un fuerte saludo.
Dr. Sunyer
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