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Orientación Psicológica (Counseling)
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Mi cuaderno de bitácora 27del 9 del 2006: Idealización, poder y fobia

27/09/2006

Mi cuaderno de Bitácora, 3

27/09/06


La idealización.


Entiendo que hay propuestas un tanto sorprendentes, como la que os hice para la clase de hoy. No solemos tener la costumbre de mirarnos un poco, de vernos en nuestro propio espejo. Y, además, cuando ese espejo es el vecino, el amigo, solemos despacharlo devaluando aquello que nos dijo, o aquello que nos sugirió. La verdad es que la reedición del cuento de Blancanieves es frecuente. Nos suele costar tener esta capacidad o mejor, actitud de pensar sobre lo que nos sugiere el otro, lo que vemos en el espejo. Y cuando la adquirimos, o cuando nos atrevemos con ella, solemos ganar bastante: pasar de una posición denominada paranoide a otra denominada depresiva va en beneficio de los profesionales. Pero a veces, la negación, la devaluación pueden más que nosotros y... pasa lo que pasa; tanto en la vida personal como en la social.

Hoy en el grupo grande hubo calorcillo. Por razones que habría que suponer surgen de preocupaciones que tenéis o que tenemos en general, apareció el tema del grado de transparencia que debemos tener ante un paciente, si nos mostramos o no y cuánto nos mostramos de nosotros mismos. Y aparecían imágenes, ideas, que conectaban con una imagen ideal del profesional, con un temor sobre nuestro poder, y con miedo ante el propio paciente.

La idealización es un mecanismo psíquico universal. Se precisa para justamente poder establecer una cualidad significativa en una relación vinculante con otra persona. No es un mecanismo voluntario, regido por la razón, sino por una serie de mecanismos llamados inconscientes y que arraigan en nuestros primeros contactos con los seres vivos. El bebé antes de nacer tiene establecido una relación vinculante con su entorno, el vientre materno, la madre. Pero esta vinculación también lo es por parte de la madre; y en algunos casos, también el padre. Es una relación no sólo física sino psíquica. Esa relación cuyo aspecto físico se rompe en el momento del parto (hay que cortar el cordón umbilical, ¡qué le vamos a hacer!), queda automáticamente substituida por una relación con las personas con las que está, básicamente la madre, y con quien tiene ya todo un historial de nueve meses en los que ha interiorizado, ha memorizado, su ritmo cardíaco, su voz, sus reacciones... Y es con ella con quien ese recién nacido va a establecer una vinculación en la que aparecen potencialidades de idealización por ambos lados. La madre idealiza al bebé y el bebé, a su medida, va idealizando esa relación con la madre. Y este proceso al que llamamos inconsciente por no estar en el registro de lo conocido.

Como característica básica de toda idealización tenemos la atribución de perfecciones, de cualidades y todo tipo de valores a esa persona; o situación. El otro, en aquel momento, es todo lo que puede satisfacernos, calmarnos, darnos calor.. en fín, representa un cúmulo de cualidades que en cierto modo son necesarias para el establecimiento del vínculo. ¿acaso cuando os fijáis en una chica, en un chico, ese “es guapa” (o guapo, claro) no es un primer eslabón de una cadena que, de mantenerse y confirmarse que nos satisface no va a ir conduciéndonos a eso que llamamos enamoramiento? Lo mismo sucede en toda relación humana. También en la nuestra. Vosotros, para mí, sois en estos momentos los mejores alumnos que puedo tener; y posiblemente algo haya de esto en la dirección contraria. Y creo que en nuestro caso, cuando hablamos, pensamos, en esa figura del Psicólogo, algo hay de eso: hacemos un dibujo del “psicólogo” que dispone de cualidades, valores y hasta perfecciones que están al servicio de una necesidad legítima: poder establecer un vínculo con ese personaje suficientemente importante como para poder aprehender de él, todo lo que se pueda, estableciendo un vínculo con esa representación mental. Dicho de otra forma, sería como si cada uno de nosotros tuviera un personaje llamado psicólogo al que le atribuimos una serie de cualidades y valores que acaban constituyéndole en un personaje ideal no tanto para nosotros cuanto para nosotros como pacientes.

Creo que parte de la tensión, del enfado conmigo, residía al ver que lejos de potenciar la idealización de ese personaje, lo que hacía era justamente deciros que vosotros, como personas, ya erais esa persona (que no personaje) que va a ser importante. Y que lo que precisa, justamente, la o las personas con las que vais a establecer una relación es justamente eso: que seáis exactamente como sois. Es decir, que no quieren personajes, sino personas. Y ¿por qué? Porque el tratar y ser tratados “como sí” es justamente lo que les ha llevado a los niveles de sufrimiento que tienen. Y que lo que necesitan es justamente la medicina contraria: que se les trate como lo que realmente son; es decir, personas con un montón de conflictos ocasionados, en buena medida por estos procesos de alejamiento de sí mismos y del otro, que les han llevado de forma paulatina, a un enajenarse progresivamente de ellos mismos. Se han convertido en personajes y han dejado de ser personas.

Y esto se ve mucho, y no necesaria y exclusivamente en el mundo de la “psi” A poco que os mováis por tiendas, comercios, etc., constatareis que el “como sí” funciona, desgraciadamente. En personas de la calle, en políticos, en hombres de negocios, en el clero... En mis tiempos se llamaba “alienación”. Y la palabra, más allá de las connotaciones que se le quieran dar de tipo político, habla realmente de eso: estar alienado supone no ser uno, sino estar y ser ajeno a uno, andar como sí... Como si hubiera un desdoblamiento de la personalidad, sin haberlo. Y ahí aparece el segundo punto: nuestro poder.

No somos poderosos, pero tenemos poder. Nuestro poder no reside en que “si sabe que bebo me va a copiar y va a beber”. No; porque si fuera así, al saber que no bebo no bebería. No, no van por ahí las cosas. Nuestro poder deriva precisamente de nuestra capacidad de ser nosotros, tal cual somos. Si el otro nos ve sinceros, si nos ve de carne y hueso, si ve que en ocasiones metemos la pata, nos equivocamos, nos ponemos nerviosos y, ante todo esto, tratamos de ir averiguando qué nos está sucediendo; entonces tenemos un poder. El poder que derivará de la posibilidad en que vaya interiorizando, haciendo suyas, aspectos nuestros que le son útiles para ser más feliz. Somos, no puede ser de otra manera, puntos de referencia, personas que ofrecemos lo más honesto de nosotros mismos para que, y a través de la relación que establecemos con él, pueda tomar (como quien toma unos “pinchos de salud mental”, como diría J. García Badaracco), aquellos aspectos nuestros que van a poder ser articuladores de salud. Pero también podemos ser falsos, representar personajes que poco tienen que ver con nosotros, y ofrecerles una imagen falsa de nosotros mismos y de ellos, con lo que el daño está servido. AL tratarlos como “personajes” gracias al proceso de etiquetaje al que son sometidos con mucha frecuencia, dejan de ser personas: son neuróticos, psicóticos, con trastornos de la personalidad, o de la alimentación... Y no sujetos sometidos a presiones y tensiones y alienaciones que ni ellos mismos pueden ya controlar.

Y un tercer elemento. Fobia al otro. Se manifiesta de muchas maneras. La más fácil, etiquetándole. Hay otras: manteniendo una distancia personal, evitando la relación, tratando de ponernos unos cuantos centímetros o metros por encima de él, dándole a creer que sabemos lo que le pasa y que nuestro diagnóstico... ¡buf, lo que sé, Dios mío! Y es que esa fobia al otro se manifiesta en muchos terrenos. Por esto triunfan las distancias verticales: el que sabe, somos nosotros que evidentemente estamos por encima de ellos. Evidentemente estos aspectos democráticos no han llegado todavía a la relación asistencial; o cuesta mucho que llegue. Y básicamente por el miedo que tenemos. Nos cuesta mucho la espontaneidad, la cercanía, la relación con el otro. Un paciente no es otra cosa que una persona que padece. Lo más seguro es que no me la lleve a casa; y ello no sólo por los problemas familiares que conllevaría, sino porque necesito espacios para poder pensar y elaborar (es decir, entender) lo que sucede en la relación. Pero no por otra razón del estilo “es que es paciente”. Cualquiera de nosotros puede serlo. Cualquiera de nosotros puede ser un “paciente” nuestro. Y muestra de este miedo fue la reacción de mucha gente en el grupo grande.

Dennis Brown, in his article “self development through subjective interaction” emphasizes the value of the therapist’s empathy and attunement, not only as a therapeutic medium but as a basis and modelling by the patient – part of what constitutes “ego training in action”. Dennis also encourage the therapist’s use of the self. He suggest that thee is room for the therapist to express, at appropriate times, his own feelings in a direct way (…) he links these interventions to the value system of the newer psychoanalytic approaches, self psychology and the intersubjective school. (Nitsum, M. ,2001: 479)

Y si todo esto que escribo lo traemos a nuestro espacio...¿qué os dice? Quizás que, como decíais ayer, nos tenemos miedo. Miedo a las relaciones que surjan. Y ante ese miedo establecemos fronteras entre nosotros, fronteras que, como mecanismos también de poder, nos protegen de los compañeros. Habrá que seguir reflexionando.

Un saludo

Dr.Sunyer

 
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José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
Avenir 5, Ppal. 2ª · 08006 Barcelona · Cif 37252506G