Publicaciones

Orientación Psicológica (Counseling)
261 registros

Buscar por :



Criterio:


Buscar

 

Mi cuaderno de bitácora XI Del 27 de octubre de 2005: la comunicación

26/10/2005

Mi cuaderno de bitácora, XI, del 27/10/05

Hoy tuvimos otro ejercicio “diferente” a los habituales. Hasta hace poco os iba proponiendo cosas que eran fáciles para trabajar en tanto que poco os implicaba en tanto personas. Solían ser actividades en las que hablábamos de aspectos más racionales y, consecuentemente, menos “peligrosos”. Esto hacía que lo que íbamos trabajando no os resultara excesivamente invasivo. Y es lógico, las personas todas, cuando tenemos un cierto temor a que el otro entre en nosotros, racionalizamos. Y en nuestra casta de estudiantes mucho más ya que el contexto así nos lo facilita. Y veréis a lo largo de vuestra vida profesional cómo la racionalización es uno de los mecanismos de defensa más utilizados. ¿y por qué? Porque en tanto que lo tenemos “controlado” en nuestro razonamiento, los aspectos emotivos, los aspectos más personales parecen más controlados y, por lo tanto, más ocultos. Y lo hacéis vosotros y lo hace menda, o sea, yo. Nuestra cultura nos ha imbuido de razonamientos. Pensamos y pensamos sobre lo que pensamos llegando a rizar el rizo hasta extremos prodigiosos. ¡Cuántas veces he acudido a conferencias y clases en las que apenas entendí nada! ¿porqué? Porque el orador, el profesor, no explicaba: nos atizaba una sarta de ideas, de razonamientos desprovistos de cualquier emoción, de nada que nos permitiera pensar más allá de las palabras. Claro que uno salía diciendo ¡cuánto sabe!, cuando en realidad, si así fuere, hubiera sido capaz de transmitir sus conocimientos.

Claro, ahora va y resulta que os comienzo a proponer (¡¡cuidado con este profe, a ver qué va a hacernos!!) cosas de otro matiz. Una de vosotros lo decía con toda franqueza: vigilábamos lo que iba apareciendo para que no nos proyectásemos en la historia. Voy a copiaros un fragmento de un libro que acabo de adquirir:

Twenty years later I had my first experience of a therapy group. This was as a psychiatric registrar in Valkenberg Hospital, Cape Town. Valkenberg was a typical mental hospital, set well back from the main road in large grounds carefully tended by the patients. Here I joined an occupational therapist to take a group of four patients. Each patient had a different diagnosis, but what united them was a specified need to keep them in a locked ward. What I remember most about this group was my inability to match their concerns with their diagnoses, so meticulously formulated by the medical staff. In fact their diagnoses seemed largely irrelevant to them since what they preferred to dwell on was the unfairness of their living conditions, their anxieties about an increase or decrease in their medication and the possibility of achieving promotion to an open ward. Lesson number two in groups: there appeared to be a gap between the objective world of the professional and that of the patient, When the two worlds came together in a group there had to be an adjustment of the professional lens before meaningful communication could be established.(Behr, H., Hearst, L. 2005: XI)

Cómo puede, me podría haber preguntado yo a vuestra edad con un cierto enfado, cómo puede decir estas cosas un profesional: ¡se está descubriendo! Seguramente a vuestra edad pensaba que las cosas eran tal como me las pintaban, y que los que se lo pasaban mal eran otros, no yo. Descubrir de forma gradual que nos pasan cosas, que cuando escribimos una simple historia ahí a un montón de cosas nuestras y que las cosas que les pasan al resto de los humanos no consiste sólo en grandes dramas, violaciones, asesinatos, muertes y desastres, sino un sin fin de pequeñas cosas que van complicando la vida, descubrir esto es complejo. Y asusta.

Os dije y repito sin sonrojo: siempre proyectamos. Es imposible no proyectar, como es imposible no utilizar mecanismos defensivos (o comunicativos). Es como desear no tener sombra. Si hay luz, ésta proyecta una sombra. Y ¿qué proyectamos? Todo. Somos seres que en tanto que nos relacionamos con los demás todo nuestro ser se pone en marcha y transmite, comunica, todo lo que el otro, cual pantalla de cine, permite y posibilita. ¡Claro que hay pantallas y pantallas! Evidentemente, las hay que posibilitan que lo que se proyecte se vea con más claridad y en otras no tanto. Y cuando uno intenta “no proyectar”, eso ya es una proyección que el otro percibe como algo defensivo. Y genera una respuesta, claro. El problema que tenemos no es que proyectemos, sino que lo que podríamos llamar “susto” hace que nos persigamos con esas mismas proyecciones. Susto, el que tenemos al constatar, una vez más en la vida, que el otro nos ve, nos oye, nos mira, nos escucha, nos juzga o nos entiende. Curiosa contradicción la nuestra: nos dedicamos a recoger las proyecciones que el paciente (también la institución, la empresa) proyecta sobre nosotros y al tiempo nos perseguimos (eso se llama paranoia) con nuestras propias proyecciones. ¿por qué no lo pensáis como comunicación? La frase que he oído muchas veces en otros años, la de “es imposible no comunicar” y que por lo general se atribuye a lo del lenguaje no verbal (gran descubrimiento de Perogrullo), la podríamos aplicar aquí, entonces, el temor a “proyectarnos” ¿sería equivalente al temor a comunicarnos? Creo que sí. Que tenemos mucho miedo a hacerlo.

¿Qué nos pasa a los humanos que tenemos miedo a comunicarnos? Mirad, desde mi perspectiva (no quiero poner nombres porque no soy representante más que de mí mismo), la enfermedad mental es la consecuencia de la incomunicación y, al tiempo, la comunica. Es decir, el paciente nos dice que está incomunicado, que no puede comunicar, que no sabe, que tiene miedo a hacerlo. Y me diréis ¡qué tontería! Bueno, quizás lo sea, pero pensadla. NO la echéis al cubo de la basura tan rápidamente. El miedo a comunicar proviene de muchos campos, de muchas batallas a lo largo de los años de la vida de uno, y de lo que el grupo familiar al que pertenecemos nos ha ido transmitiendo. Una anécdota. Hace pocos días una persona se incorpora a uno de los grupos que conduzco en mi consulta. En él hay una persona que lleva un calvario importante: dos hijos muertos por sobredosis habiendo pasado por años de cárcel por varios motivos, y su ex-mujer con amenazas de suicidio y otras mil cosas. El grupo lo sabe y desde hace más de año y medio, casi dos, venimos trabajando estos temas y otros que van apareciendo. Y viene esta persona que no conoce ningún antecedente de nadie, normal y al oírle hablar del tema le dice más o menos: “no sé al oírte me parece que hay un cierto gustirrilín al contarlo” El grupo se asustó ¡cómo puede decir esto esta persona! Pues efectivamente, puede. Lo que sucede es que el grupo ya había llegado a un acuerdo tácito con aquella persona: hablarás de este tema pero guardaremos un silencio cómplice y no te diremos lo que esta persona te ha dicho. Quien vino, que vino fresca y con ganas de trabajar, se había encontrado con lo que “el grupo familiar nos ha ido transmitiendo”, eso es, no hablaremos. Ella fue, en cierto modo, valiente. Hizo lo que muchos niños que señalan el ojo tuerto de uno que va por la calle. ¡Niño, no señales! Que es el equivalente a, ¡niño, no hables!. Transmitimos permanentemente un “no comunicarás” nada al otro. Y así vamos organizando nuestras neurosis y nuestras psicosis.

Bueno, y nos quedaría hablar del tema de los significados. Pero lo tendremos que dejar para otro momento. MI tiempo se agotó.

UN saludo

Dr. SUnyer

 
Facebook Twitter Linkedin Tuenti
 


José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
Avenir 5, Ppal. 2ª · 08006 Barcelona · Cif 37252506G