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Mi cuaderno de Bitácora. Curso 2001-02. ¿Qué tal les va?
20/11/2001
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¿Qué tal les va?
Esta es una pregunta delicada. La suelo hacer en algunas ocasiones. Por lo general cuando percibo una cierta incomodidad. Cuando percibo que el aproximarme a alguien o el posibilitar que este alguien se aproxime genera una cierta tirantez, un cierto nerviosismo. Intuyo que es una reacción que trata de ofrecer la posibilidad de que hablemos de la relación.
Hablar de la relación, ya lo vieron, no resulta fácil. Uno se siente, ante todo, con la desconfianza de por qué alguien pretende hablar de la relación. No sabría explicar, así de entrada, a qué se debe tal rubor. Quizás porque no estamos acostumbrados a ello. Quizás porque parece que tenemos la idea de que vivir es seguir la senda sin plantearnos si es ésa la senda que queremos recorrer. Y es cierto que en la vida no tenemos muchas alternativas; pero poder pensar si lo que hacemos es lo que queremos es mucho más que el no pensarlo. Es verdad que hay un cierto determinismo: nacimos en el seno de una familia y no en otra, en un país con una cultura y no en otro. Y en un período de la historia determinado. También es verdad que muchas veces, desde nuestros enfados, somos capaces de decir a nuestros padres aquello de “no me pidieron permiso para nacer”; frase, por otro lado bastante adolescente. Y que parece encerrar un enfado muy grande. Como si hubiere otra posibilidad, y les reclamamos derechos inexistentes. Pero posiblemente la frase encierra la tensión que para todos nos representa en muchas ocasiones vivir. Vivir en el sentido pleno de la palabra.
Aparecía en el grupo grande la idea de la pasividad y la dependencia. Y les señalaba que, tras ello se esconden fuertes elementos agresivos. Al posicionarse en la pasividad y dependencia parece que hacemos dejación absoluta de nuestras propias capacidades. Es como si estuviésemos en huelga de brazos caídos. En esta posición desplazamos sobre el otro toda la responsabilidad de lo que hacemos o dejamos de hacer. Es como si dijésemos: la culpa es tuya. La culpa de que yo viva es tuya. Cuando en realidad deberíamos agradecer el que vivamos. O trabajemos. Y en muchas ocasiones nos ubicamos en los puestos de trabajo y en otros lugares desplazando la responsabilidad que nos corresponde sobre los demás. Este desplazamiento, en estas circunstancias, es una forma de ataque al otro; y en último término, un ataque al vínculo y a la relación. La agresividad aparecería bajo forma sutil pero enormemente dañina. Pero fíjense en una cosa: no es lo mismo la dependencia derivada de las incapacidades que un bebé tiene de la dependencia a la que uno se remite como consecuencia del enfado. Del enfado por que la vida nos dice que vivamos.
Como sabéis, en el desarrollo psíquico de todo sujeto ( y me atrevería a decir en el de las organizaciones), aparece la fase anal. Es un período evolutivo en el que se dan unas características diferentes de la fase anterior, la fase oral. Es un momento en el que el ser humano reivindica su autonomía a través un marcado posicionamiento opositor. Uno va diciendo no básicamente para poder resolver el posicionamiento anterior en el que uno depende del otro para poder vivir. Este período, en el que se introduce un aspecto normativo diferente del que se introduce en el período anterior, se caracteriza por una fuerte relación de poderes entre lo que quiero hacer y lo que quieren que haga. La realidad exterior me marca lo que debo hacer mientras que por mi parte quiero hacer otras cosas. Creo cosas y las que creo las hago cuando a mí me da la gana. Soy el que dirige absolutamente mi vida. Nadie está sobre mí. ¿Recuerdan el caso del Sr. Sanjuán? Quería las cosas de una forma y no de otra. Estaba preocupado por una serie de cosas y no podía desprenderse de estas preocupaciones.
Aparcando este aspecto, apareció también el tema de las exigencias. En el grupo nos preguntamos sobre si éramos o no muy exigentes. Sobre todo en lo que hacía referencia a la participación. Posiblemente el deseo de que todos participen activamente y de forma muy manifiesta corresponde a una idealización de la vida grupal y social elevada. En todo grupo, como en la sociedad el grado de participación es diverso. Unos están más presentes, otros su presencia queda más oculta. Y posiblemente unos y otros sean portadores de aspectos diferentes de la ansiedad. Uso la manifiestan pudiendo hablar y otros se refugian en la observación y escucha atenta. Otros sacan partido personal y apuntan y escriben cosas. Sin embargo sí hay un hecho diferencial. A partir del momento en el que alguien pregunta ¿por qué hacemos esto, Miquel? aparece una diferencia en el grupo. Comenzamos a poder pensar sobre por qué hacemos las cosas. Es un momento de crecimiento, si lo queremos decir así, del grupo. De una actitud más pasiva se ha pasado a una actitud más activa. Esto ya es su desarrollo, nuestro desarrollo.
Otro aspecto que apareció en el grupo es el del peso de la estructura. En una sociedad que parece alimentar la idea de ciudadanos pasivos, conformados con el sistema, en el que pocas personas parecemos estar preocupadas por el por qué de nuestra forma de vivir, o por abrir nuevas (siendo asimismo viejas) formas de relación y participación, es difícil la aparición del pensamiento. Y menos del pensamiento grupal. Pensar supone distanciarnos lo suficiente de las cosas para que entre ellas y nosotros quepa el pensamiento y la cultura. Este espacio imaginario entre las cosas y las personas es el que Winnicott denominará espacio transicional y en el que se ubica nuestra capacidad de jugar y en el que anidará también el espacio cultural. No hay cultura sin juego, les diría. Quizás por esto muchas veces cuesta entender lo que hacemos. Y ¿qué hacemos? Tratamos de establecer un espacio entre nosotros, espacio que podría ser metafóricamente representado por el que se encuentra entre nosotros al constituirnos en grupo grande, y en el que podamos crear y recrear este objeto que hemos denominado Orientación Psicológica. Es un espacio lúdico, creativo, en el que vamos a seguir intentando descubrir qué es y cómo se establece un espacio similar con el paciente, con el grupo de trabajo, con el cliente (llámenlo como quieran), en el que podamos comprendernos mejor y crear posibilidades de relación nuevas.
O eso espero.
Dr. Sunyer
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