Publicaciones

Orientación Psicológica (Counseling)
261 registros

Buscar por :



Criterio:


Buscar

 

Mi cuaderno de Bitácora. Curso 2001- 02. Sesión caliente

10/10/2001

Sesión caliente.

Tras andar de un grupo a otro, me reuní con Uds., dispuesto a compartir ideas cuyo origen podían ser los textos leídos. No tenía una idea preconcebida. En realidad nunca la tengo y me suelo guiar por la intuición y lo que percibo del otro. Así que con la misma disposición me puse entre Uds. E incluso, inicié un poco la sesión trayendo los textos ya que no desearía que el grupo grande, de entrada, iniciase andaduras alejadas del texto como consecuencia de mi propio relajo. Y así empezamos a hablar.

Poco a poco iba sintiendo cosas muy dispares. El ruido de fuera junto con algunos comentarios que se hacen en pequeño comité, distorsionaba lo que algunas personas decían. Esto me plantea problemas en mi mente. Pienso qué debe significar y me cuesta atribuirle un significado concreto. O sea que espero a que la sesión de hoy siga su propio proceso.

Al poco sentí que la tendencia del grupo era dirigirse a mí, y yo ocupar y hacerme ocupar casi de forma natural, una posición de referente fundamental. Como si lo que podían decirse entre Uds, careciese de importancia. No lo creo así, pero es lo que percibía. Como si hubiese una necesidad de ubicarme en un lugar preeminente. Cuando siento estas cosas me pregunto qué es lo que puede estar sucediendo. Y si me resulta o no cómoda esta postura. Pienso que si el grupo me ubica ahí puede ser, en parte, por la propia necesidad de tener un referente claro. Y pensé, y también lo pienso en estos momentos, que las personas necesitamos muchas veces de referentes claros. Tanto el niño en su desarrollo, como el adulto que acude a un profesional, busca un referente en él. Ahora bien, no sé lo que eso significa exactamente. Porque no desearía pensar que Uds. no consideran como referentes válidos las aportaciones de sus compañeros. También pienso en el tema de la autoridad. Parece que en ocasiones buscamos una autoridad, pero ésta no tanto como la que manda cuando la que “tiene más experiencia”. Esto no siempre es fácil. No puedo negar que tengo más experiencia que Uds., al menos en el terreno profesional y creo que en el de la vida. Pero en muchas ocasiones, cuando estoy ante un paciente, estos temas, el de la autoridad y el de referente se me hacen complicados y complejos.

También aparecía un tema interesantísimo: Lo profesional como artilugio defensivo ante lo que supone el contacto con los pacientes. Ahora bien, esto hay que pensarlo despacio. Todos necesitamos ropa de abrigo. Y la usamos cuando hace frío, para protegernos de él. Y de esta forma, podemos estar bien, a pesar del frío que hace. El abrigo, aquí es una protección útil. Pero si este abrigo lo seguimos usando cuando hace calor, entonces, aquella protección se convierte en un elemento en contra. Y si lo siguiese usando, más allá del daño que puede ocasionarle, nos deberíamos preguntar del por qué usa el abrigo en verano. Y posiblemente veríamos que tiene que protegerse de algo. Pues bien. Siguiendo este ejemplo, los profesionales utilizamos artilugios que nos sirven para “protegernos” de lo que el paciente nos transmite y, de esta forma, poderlos entender mejor. Por ejemplo, si un paciente me explica que “es tímido”, me pondré a pensar que “qué quiere decir con este calificativo, cómo este elemento está interfiriendo en su vida”, y, todo ello, dentro de mi paradigma del psicoanálisis y Grupoanálisis. Pero si mi formación me sirve para o conectar con él. Entonces mi formación y especialización se convierte en una defensa ante el contacto con el paciente.

El planteamiento teórico, es toda una filosofía del trabajo que, con el tiempo, se va convirtiendo en algo consustancial con la forma de vivir y pensar. No es sólo una técnica. Es un planteamiento, una forma de entender la vida, las relaciones humanas y lo que sucede en este mundo en el que estamos. Pero esta filosofía, en tanto que nos sirve para entendernos mejor y ser felices, perfecto; pero si esto nos sirve para lo contrario, entonces nos encontramos con la utilización negativa de los presupuestos teóricos. Y así es difícil poder ayudar a nadie.

Seguía la sesión y de pronto me encontré con la dificultad de transmitir una idea. Como si esta idea fuese muy compleja. Buqué en mi bagaje personal y se me ocurrió representar aquella figura. No voy a entrar en la dificultad de participar. La puedo entender, quizás la puedo comprender, posiblemente la pueda aceptar, pero lo que me cuesta más es la de compartir. Pero dejando de lado este tema me encuentro con la necesidad de hacerles visible algo de lo que estaba tratando de decir. Y la verdad es que esta situación no es nueva. Muchas veces me encuentro con la necesidad de explicarle a alguien algo y ante la dificultad que encuentro en esta transmisión, opto por otras vías. Cierto que alguien podría decirme que “rompo” con mi posicionamiento teórico. No lo creo, pero puede ser entendido así. Es decir, me podría preguntar sobre el por qué de tal necesidad. Pero siento que en muchas ocasiones la forma de “bocado de salud mental” que propone García Badaracco, es precisamente esta: conseguir que el otro visualice una situación e incluso que la pueda representar para que dicha idea sea más fácilmente digerida por él.

También e planteó algo en relación a cómo nos las arreglamos con nuestros aspectos personales desde el momento en el que penetramos en el mundo del paciente. Evidentemente es un tema complejo. Porque no dejo de pensar lo que pienso, pero puedo tratar de entender, comprender, aceptar; aunque posiblemente en algunos casos, no podamos compartir.

Más tarde salieron otros comentarios. Todos ellos muy importantes e interesantes. Sentí que quizás dicha representación podía haber tenido un efecto catalizador y dinamizador de lo que estamos haciendo. Así que presté mucha atención a lo que se decía. Y en un momento determinado, alguien rompió una lanza para introducir un tema totalmente novedoso en esta casa: el tema de los prejuicios profesionales. AL que añadí el del odio en el trabajo profesional. Pero lo más sorprendente no era la introducción de este tema, que me parece magnífico, sino lo que sucedió después: el grupo, de pronto, se fragmente en pequeños grupos de discusión. ¿qué pudo haber sucedido? Más allá de lo que podamos ir pensando percibí que convertíamos el grupo no tanto en un espacio para pensar sino para polemizar y ver quién tenía la razón. Y luego me pregunté: si en vez de un grupo fuese la mente de una persona, o la mente de un grupo familiar, ¿cómo podemos entender eso que ha sucedido?

Por lo que voy viendo, tenemos dos planos de análisis. Uno que correspondería al plano periodístico, es decir, al relato de lo que sucede con algunas pequeñas acotaciones. Pero por debajo de este plano aparece otro: el de los significados que de forma latente subyacen al mismo. Así que ahora les propongo que pasemos a este segundo plano, y consideremos el grupo como si fuese la metáfora de la mente de una persona. Es decir, no como un conjunto de personas sino como si fuese una trama mental. Si así fuese, ¿qué sucedió?

En toda sesión de trabajo, sea ésta de Orientación o tratamiento existen los dos niveles que les he señalado. Y si presto atención al segundo, debo pensar más allá de lo que se dice; pero a partir de lo que se dice. Parece que cuando alguien introduce una idea que, de alguna forma, irrumpe en la corriente establecida, se genera un movimiento importante en el seno del grupo. En aquellos momentos estábamos hablando de la influencia del profesional sobre el paciente y tratábamos de pensar sobre cómo podía hacerse esta influencia. ¿Qué sucede cuando una idea “no prevista” e introduce en el seno del pensamiento de alguien? Parece que provoca una cierta conmoción. Es decir, el resto del sistema (si lo pensamos desde lo sistémico) ve que el “equilibrio” que había alcanzado ha quedado roto. Algo ha aparecido, algo se ha introducido que provoca un malestar en el seno de la persona que recibe el impacto. Esto nos lleva a pensar sobre el efecto de la intervención profesional. Porque si bien todos queremos ser orientados, queremos ser “sanados”, lo que no está tan claro es que aceptemos que para ello vamos a tener que renegociar el equilibrio interno de nuestras ideas y convicciones. Tanto el paciente como el profesional. Romper con el encanto que supone creer en los cuentos de hadas, conlleva movimientos internos importantes en todos nosotros. El impacto que cualquier paciente (sea persona o institución) produce en nosotros es tal que nos lleva a la reconsideración absoluta de todas nuestras consideraciones mentales, culturales, etc, etc. Y viceversa, el impacto que nuestra intervención genera en quien acude a nuestra consulta, es del mismo orden. La pregunta que les formulaba no hace muchos días sobre si el psicólogo era adaptador o era provocador de cambios, sigue en el aire. Y esto desde cualquier orientación, siempre cuando nos a tomemos en serio. ¿O acaso desde una intervención conductual, en la que debemos introducir elementos que permitan la modificación de determinadas conductas, no provocamos cambios importantes en el sistema personal, familiar e incluso laboral? Piensen el alguien, por ejemplo, que acude con un tema fóbico y que ha ido organizando en su alrededor una vida familiar y profesional acorde con dicha fobia. Su modificación altera el equilibrio que se había conseguido anteriormente; independiente de si este equilibrio era sano o no.

Los rumores que aparecen en el grupo son equiparables a los que aparecen en nuestras mentes. Cuando pensamos, no pensamos solamente ideas únicas. Sino que cada idea, cada pensamiento va unido a un montón de otros pensamientos y sentimientos que los arropan, los acompañan; pero hemos sido capaces de discriminar, de elegir cuál de ellos es el principal y los pensamientos colaterales quedan n un segundo plano. Esto no lo puede hacer todo el mundo. Los pacientes psicóticos, por ejemplo, cuando perciben un pensamiento tan florido como el que muchas veces presentan, se asustan y angustian porque no pueden seleccionar aquella idea principal: todas hacen igual ruido. Pues al grupo igual. En ocasiones puede costar seguir la idea principal por las asociaciones colaterales que van conformando el pensamiento de todos. La capacidad que tengamos para prestar atención a una línea de asociaciones y evitar los ruidos laterales beneficiará los resultados globales.

Entiendo que mi propuesta de trabajo no les sea cómoda. Supone para todos, incluido un servidor, una modificación importante de nuestras formas de pensar y de actuar. Y esto conlleva un cierto grado de desorganización personal, con “ruidos” internos que son expresión del agrado o desagrado correspondiente. Y estos “ruidos” son los elementos agresivos que se dan en toda relación profesional. Y así, perjuicios y malestares toman carta de naturaleza en las relaciones profesionales en el marco de la Orientación Psicológica. Y en el de cualquier intervención psicoterapéutica. Salir de la “inocencia” que dibuja un terapeuta infinitamente acogedor, comprensivo y tolerante nos lleva a una realidad, la humana, por la que los profesionales también tenemos nuestros “tics” personales, y que se hacen presentes en cualquier intervención profesional. Sin embargo, el que aparezcan no es malo. Lo que sí sería perjudicial es el no tenerlos en cuenta. El no considerarlos y ver hasta qué punto están actuando a favor o en contra del paciente. Creo que de nuestra capacidad en convertir estas fuerzas destructivas en fuerzas creativas reside el núcleo de nuestros éxitos profesionales.


Para el próximo día tenemos un artículo interesantísimo. O a mí me lo parece. Se trata de un conjunto de dicotomías en torno la idea de salud. Creo que nos dará juego.
Sesión caliente.

Tras andar de un grupo a otro, me reuní con Uds., dispuesto a compartir ideas cuyo origen podían ser los textos leídos. No tenía una idea preconcebida. En realidad nunca la tengo y me suelo guiar por la intuición y lo que percibo del otro. Así que con la misma disposición me puse entre Uds. E incluso, inicié un poco la sesión trayendo los textos ya que no desearía que el grupo grande, de entrada, iniciase andaduras alejadas del texto como consecuencia de mi propio relajo. Y así empezamos a hablar.

Poco a poco iba sintiendo cosas muy dispares. El ruido de fuera junto con algunos comentarios que se hacen en pequeño comité, distorsionaba lo que algunas personas decían. Esto me plantea problemas en mi mente. Pienso qué debe significar y me cuesta atribuirle un significado concreto. O sea que espero a que la sesión de hoy siga su propio proceso.

Al poco sentí que la tendencia del grupo era dirigirse a mí, y yo ocupar y hacerme ocupar casi de forma natural, una posición de referente fundamental. Como si lo que podían decirse entre Uds, careciese de importancia. No lo creo así, pero es lo que percibía. Como si hubiese una necesidad de ubicarme en un lugar preeminente. Cuando siento estas cosas me pregunto qué es lo que puede estar sucediendo. Y si me resulta o no cómoda esta postura. Pienso que si el grupo me ubica ahí puede ser, en parte, por la propia necesidad de tener un referente claro. Y pensé, y también lo pienso en estos momentos, que las personas necesitamos muchas veces de referentes claros. Tanto el niño en su desarrollo, como el adulto que acude a un profesional, busca un referente en él. Ahora bien, no sé lo que eso significa exactamente. Porque no desearía pensar que Uds. no consideran como referentes válidos las aportaciones de sus compañeros. También pienso en el tema de la autoridad. Parece que en ocasiones buscamos una autoridad, pero ésta no tanto como la que manda cuando la que “tiene más experiencia”. Esto no siempre es fácil. No puedo negar que tengo más experiencia que Uds., al menos en el terreno profesional y creo que en el de la vida. Pero en muchas ocasiones, cuando estoy ante un paciente, estos temas, el de la autoridad y el de referente se me hacen complicados y complejos.

También aparecía un tema interesantísimo: Lo profesional como artilugio defensivo ante lo que supone el contacto con los pacientes. Ahora bien, esto hay que pensarlo despacio. Todos necesitamos ropa de abrigo. Y la usamos cuando hace frío, para protegernos de él. Y de esta forma, podemos estar bien, a pesar del frío que hace. El abrigo, aquí es una protección útil. Pero si este abrigo lo seguimos usando cuando hace calor, entonces, aquella protección se convierte en un elemento en contra. Y si lo siguiese usando, más allá del daño que puede ocasionarle, nos deberíamos preguntar del por qué usa el abrigo en verano. Y posiblemente veríamos que tiene que protegerse de algo. Pues bien. Siguiendo este ejemplo, los profesionales utilizamos artilugios que nos sirven para “protegernos” de lo que el paciente nos transmite y, de esta forma, poderlos entender mejor. Por ejemplo, si un paciente me explica que “es tímido”, me pondré a pensar que “qué quiere decir con este calificativo, cómo este elemento está interfiriendo en su vida”, y, todo ello, dentro de mi paradigma del psicoanálisis y Grupoanálisis. Pero si mi formación me sirve para o conectar con él. Entonces mi formación y especialización se convierte en una defensa ante el contacto con el paciente.

El planteamiento teórico, es toda una filosofía del trabajo que, con el tiempo, se va convirtiendo en algo consustancial con la forma de vivir y pensar. No es sólo una técnica. Es un planteamiento, una forma de entender la vida, las relaciones humanas y lo que sucede en este mundo en el que estamos. Pero esta filosofía, en tanto que nos sirve para entendernos mejor y ser felices, perfecto; pero si esto nos sirve para lo contrario, entonces nos encontramos con la utilización negativa de los presupuestos teóricos. Y así es difícil poder ayudar a nadie.

Seguía la sesión y de pronto me encontré con la dificultad de transmitir una idea. Como si esta idea fuese muy compleja. Buqué en mi bagaje personal y se me ocurrió representar aquella figura. No voy a entrar en la dificultad de participar. La puedo entender, quizás la puedo comprender, posiblemente la pueda aceptar, pero lo que me cuesta más es la de compartir. Pero dejando de lado este tema me encuentro con la necesidad de hacerles visible algo de lo que estaba tratando de decir. Y la verdad es que esta situación no es nueva. Muchas veces me encuentro con la necesidad de explicarle a alguien algo y ante la dificultad que encuentro en esta transmisión, opto por otras vías. Cierto que alguien podría decirme que “rompo” con mi posicionamiento teórico. No lo creo, pero puede ser entendido así. Es decir, me podría preguntar sobre el por qué de tal necesidad. Pero siento que en muchas ocasiones la forma de “bocado de salud mental” que propone García Badaracco, es precisamente esta: conseguir que el otro visualice una situación e incluso que la pueda representar para que dicha idea sea más fácilmente digerida por él.

También e planteó algo en relación a cómo nos las arreglamos con nuestros aspectos personales desde el momento en el que penetramos en el mundo del paciente. Evidentemente es un tema complejo. Porque no dejo de pensar lo que pienso, pero puedo tratar de entender, comprender, aceptar; aunque posiblemente en algunos casos, no podamos compartir.

Más tarde salieron otros comentarios. Todos ellos muy importantes e interesantes. Sentí que quizás dicha representación podía haber tenido un efecto catalizador y dinamizador de lo que estamos haciendo. Así que presté mucha atención a lo que se decía. Y en un momento determinado, alguien rompió una lanza para introducir un tema totalmente novedoso en esta casa: el tema de los prejuicios profesionales. AL que añadí el del odio en el trabajo profesional. Pero lo más sorprendente no era la introducción de este tema, que me parece magnífico, sino lo que sucedió después: el grupo, de pronto, se fragmente en pequeños grupos de discusión. ¿qué pudo haber sucedido? Más allá de lo que podamos ir pensando percibí que convertíamos el grupo no tanto en un espacio para pensar sino para polemizar y ver quién tenía la razón. Y luego me pregunté: si en vez de un grupo fuese la mente de una persona, o la mente de un grupo familiar, ¿cómo podemos entender eso que ha sucedido?

Por lo que voy viendo, tenemos dos planos de análisis. Uno que correspondería al plano periodístico, es decir, al relato de lo que sucede con algunas pequeñas acotaciones. Pero por debajo de este plano aparece otro: el de los significados que de forma latente subyacen al mismo. Así que ahora les propongo que pasemos a este segundo plano, y consideremos el grupo como si fuese la metáfora de la mente de una persona. Es decir, no como un conjunto de personas sino como si fuese una trama mental. Si así fuese, ¿qué sucedió?

En toda sesión de trabajo, sea ésta de Orientación o tratamiento existen los dos niveles que les he señalado. Y si presto atención al segundo, debo pensar más allá de lo que se dice; pero a partir de lo que se dice. Parece que cuando alguien introduce una idea que, de alguna forma, irrumpe en la corriente establecida, se genera un movimiento importante en el seno del grupo. En aquellos momentos estábamos hablando de la influencia del profesional sobre el paciente y tratábamos de pensar sobre cómo podía hacerse esta influencia. ¿Qué sucede cuando una idea “no prevista” e introduce en el seno del pensamiento de alguien? Parece que provoca una cierta conmoción. Es decir, el resto del sistema (si lo pensamos desde lo sistémico) ve que el “equilibrio” que había alcanzado ha quedado roto. Algo ha aparecido, algo se ha introducido que provoca un malestar en el seno de la persona que recibe el impacto. Esto nos lleva a pensar sobre el efecto de la intervención profesional. Porque si bien todos queremos ser orientados, queremos ser “sanados”, lo que no está tan claro es que aceptemos que para ello vamos a tener que renegociar el equilibrio interno de nuestras ideas y convicciones. Tanto el paciente como el profesional. Romper con el encanto que supone creer en los cuentos de hadas, conlleva movimientos internos importantes en todos nosotros. El impacto que cualquier paciente (sea persona o institución) produce en nosotros es tal que nos lleva a la reconsideración absoluta de todas nuestras consideraciones mentales, culturales, etc, etc. Y viceversa, el impacto que nuestra intervención genera en quien acude a nuestra consulta, es del mismo orden. La pregunta que les formulaba no hace muchos días sobre si el psicólogo era adaptador o era provocador de cambios, sigue en el aire. Y esto desde cualquier orientación, siempre cuando nos a tomemos en serio. ¿O acaso desde una intervención conductual, en la que debemos introducir elementos que permitan la modificación de determinadas conductas, no provocamos cambios importantes en el sistema personal, familiar e incluso laboral? Piensen el alguien, por ejemplo, que acude con un tema fóbico y que ha ido organizando en su alrededor una vida familiar y profesional acorde con dicha fobia. Su modificación altera el equilibrio que se había conseguido anteriormente; independiente de si este equilibrio era sano o no.

Los rumores que aparecen en el grupo son equiparables a los que aparecen en nuestras mentes. Cuando pensamos, no pensamos solamente ideas únicas. Sino que cada idea, cada pensamiento va unido a un montón de otros pensamientos y sentimientos que los arropan, los acompañan; pero hemos sido capaces de discriminar, de elegir cuál de ellos es el principal y los pensamientos colaterales quedan n un segundo plano. Esto no lo puede hacer todo el mundo. Los pacientes psicóticos, por ejemplo, cuando perciben un pensamiento tan florido como el que muchas veces presentan, se asustan y angustian porque no pueden seleccionar aquella idea principal: todas hacen igual ruido. Pues al grupo igual. En ocasiones puede costar seguir la idea principal por las asociaciones colaterales que van conformando el pensamiento de todos. La capacidad que tengamos para prestar atención a una línea de asociaciones y evitar los ruidos laterales beneficiará los resultados globales.

Entiendo que mi propuesta de trabajo no les sea cómoda. Supone para todos, incluido un servidor, una modificación importante de nuestras formas de pensar y de actuar. Y esto conlleva un cierto grado de desorganización personal, con “ruidos” internos que son expresión del agrado o desagrado correspondiente. Y estos “ruidos” son los elementos agresivos que se dan en toda relación profesional. Y así, perjuicios y malestares toman carta de naturaleza en las relaciones profesionales en el marco de la Orientación Psicológica. Y en el de cualquier intervención psicoterapéutica. Salir de la “inocencia” que dibuja un terapeuta infinitamente acogedor, comprensivo y tolerante nos lleva a una realidad, la humana, por la que los profesionales también tenemos nuestros “tics” personales, y que se hacen presentes en cualquier intervención profesional. Sin embargo, el que aparezcan no es malo. Lo que sí sería perjudicial es el no tenerlos en cuenta. El no considerarlos y ver hasta qué punto están actuando a favor o en contra del paciente. Creo que de nuestra capacidad en convertir estas fuerzas destructivas en fuerzas creativas reside el núcleo de nuestros éxitos profesionales.


Para el próximo día tenemos un artículo interesantísimo. O a mí me lo parece. Se trata de un conjunto de dicotomías en torno la idea de salud. Creo que nos dará juego.

 
Facebook Twitter Linkedin Tuenti
 


José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
Avenir 5, Ppal. 2ª · 08006 Barcelona · Cif 37252506G