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¡Qué dolor que tengo!

21/09/2001

¡Qué dolor que tengo!

Una de las cosas que uno escucha frecuentemente en la consulta por parte de las personas que acuden son las quejas de dolores en alguna que otra parte del cuerpo. No es raro que en la conversación que se desarrolla a lo largo de una sesión de psicoterapia, quien acude comente algún dolor de cabeza, lumbalgia, u otro tipo de dolores, sean musculares o no. En muchas ocasiones se ha acudido al médico de cabecera que ha prescrito, en algunos casos, o exploraciones complementarias que tienden a determinar el origen de aquel dolor, o ha prescrito calmantes que traten de aminorar o eliminar aquel síntoma. Ante esta situación, lo que nos encontramos quienes tratamos de ayudar a las personas desde la vertiente psicológica es con la dificultad de discernir los aspectos meramente somáticos del dolor de aquellos otros aspectos que tienen raíces y componentes psicológicos. Y creo que de entrada deberíamos diferenciar al menos, tres situaciones. Una, la de aquellas expresiones del cuerpo (por ejemplo, una cierta taquicardia, o una presión en la boca del estómago) que son circunstanciales y que tienen que ver con situaciones puntuales (ver a alguien que uno no desea ver, encontrarse ante una situación novedosa y por lo tanto generadora de tensión). Dos, aquellas situaciones en las que existe una enfermedad clara, en torno a la cual se generan todo una serie de fantasías y temores que nos crean malestar, cambios de carácter, o simplemente tensiones nerviosas. Tres, aquellas otras situaciones en las que aparecen dolores importantes y que no se pueden atribuir necesariamente a una patología orgánica concreta. En este escrito hablaré básicamente de este tercer tipo.

La consideración de los dolores, tensiones, y otras alteraciones que sufrimos en nuestro cuerpo no deja de ser compleja. Y lo es porque nos coloca en la frontera entre lo psíquico y lo somático, en un terreno en que la medicina y la psicología se superponen con mucha facilidad siendo, en ocasiones, difícil discernir cuánto hay de psíquico en lo físico y cuanto de físico en lo psíquico. Esta problemática, la de diferenciar un aspecto u otro, es casi tan vieja como la propia medicina. Y esta diferenciación que en algunos aspectos tiene mucho de imposible, se complica en cuanto nos ponemos a considerar que si bien para unas personas, para unos profesionales, lo que prima es la separación entre lo meramente físico de lo meramente psíquico, para otros, esta separación es artificial. Es decir, muchos consideramos que ambos aspectos de la realidad están unidos y que en definitiva lo que tenemos delante es alguien que sufre.

Sí es verdad que el desarrollo de unos aspectos de la medicina viene avalado por, y al tiempo confirma, la realidad de las alteraciones, patologías en los órganos y de sus quejas; por ejemplo, es real la colitis ulcerosa o el carcinoma que a uno le pueden localizar en su espalda. Pero también lo es el que esa piel sensible puede corresponder a alguien para el que “estar moreno, negro” puede haber sido un valor personal a lo largo de muchos años. Ese “valor personal” es un componente psicológico, con raíces que penetran en lo social y que se expresa mediante un trastorno concreto en una parte de su cuerpo. Y tampoco deja de ser cierto el que, tratando esa porción de piel enferma, uno no debería olvidar el significado que para ese ser puede tener el mencionado carcinoma: recuerdo inmediato, presente, de la enfermedad y la muerte como algo real; aunque no vaya a morir, necesariamente, de cáncer de piel.

Es decir, en cualquier alteración aparecen elementos psicológicos que, en unos casos más que en otros, adquieren una importancia particular. El problema, pues, es cómo entender la aparición de estos dolores o estos problemas de formato físico en un sujeto, en un individuo. Y poder entender, en otra ocasión posterior, qué otros aspectos aparecen si nos ponemos a pensar en la consideración grupal del ser humano. En una síntesis avanzaré que el problema reside en que se crea una desconexión entre el momento doloroso y el dolor que se siente que acaba afectando al reconocimiento del afecto que acompaña, de forma que al final quedan separados y no se puede reconstruir la unión entre estos tres aspectos. Voy a tratar de explicarlo.

Para empezar, podríamos afirmar que de siempre, desde que somos seres vivos “pensamos con el cuerpo”. Ya me lo decía la camarera de mi cafetería habitual: ¿será que el cuerpo se da cuenta de que se acercan las vacaciones?. De hecho, antes del desarrollo de nuestra capacidad de pensar, entendida ésta como actividad básicamente de nuestro cerebro, pensamos con nuestro cuerpo. Por ejemplo, un bebé, cuando se siente mal porque tiene frío o hambre, lo que siente es, fundamentalmente, una queja corporal. Y este sentimiento, vinculado con sensaciones básicamente corpóreas se va ampliando. Uno se va sintiendo bien con las caricias, con los cuidados corporales; o mal con otro tipo de cosas como el exceso de ruido o la incomodidad de un habitáculo. Y los mayores que cuidamos a ese bebé, sabedores de forma natural de la importancia del lenguaje, le hablamos. Le vamos diciendo, traduciendo, eso que sentimos que siente, en palabras que articulan conceptos y significados. Y desde el “duérmete mi niño, duérmete ya...” al “ pupa sana, pupa sana...” pasando por otro muchos aspectos de nuestra cultura (transmisión del legado de nuestros antepasados) vamos introduciendo al bebé en un mundo de palabras que traducen los aspectos del propio cuerpo. Y a medida que vamos creciendo, el lenguaje se amplía: del tienes hambre, podemos pasar al “estas enfadado” o al “siento rabia” y más allá, al “siento envidia u odio”. Y así, poco a poco, los diversos sentimientos corporales van encontrando un correlato verbal y pueden ser comunicados a los demás. Y lo que en un principio era sólo pensamiento corporal se hace más complejo, se hace más culto, y ahora ya es un pensamiento racional. Pero que sea racional no quiere decir que haya dejado de ser corporal. De hecho decimos que el hombre es un animal racional: esto es, que manteniendo su base animal adquiere una base complementaria, la racional.

Así ya disponemos de un primer nivel de comprensión. Primero me dicen que “tengo hambre” y acabo pensando, reconociendo racionalmente que “tengo hambre”. Es decir, he pasado de un sentimiento corporal que no tenía voz a un pensamiento que pone voz a mi sensación corporal. Y de la misma forma, cuando me enfado con algo o me emociono por algo, siento esta emoción y posteriormente puedo enunciarla: estoy enfadado con o me siento emocionado por... Dicho de otra forma, el desarrollo nos va conectando sensaciones corporales, “pensamientos corporales” con palabras que los enuncian, que les ponen voz. Y así sabemos que “tengo hambre o estoy enfadado”, y lo sabemos y lo relacionamos con que hace tiempo que no comimos, o que algo nos enfadó o emocionó, y el dolor o las sensaciones corporales que sentimos las podemos adjudicar a ese origen conocido. Y en este esquema sencillo podemos ir entendiendo muchos de los dolores que escuchamos en los espacios de psicoterapia. Sin embargo y por lo general, el problema persiste. Y si persiste es porque no podemos localizar, en muchas ocasiones, cómo traducir ese dolor en algo comprensible. Es decir, no siempre podemos establecer el nexo entre el suceso o sucesos y la emoción o emociones que le o les están vinculadas. En muchas ocasiones se ha perdido la pista, el enlace entre el dolor y lo que nos lo origina. Y es aquí el punto en donde comienza nuestro problema. Y en muchas ocasiones un largo peregrinar de consulta en consulta, de especialista en especialista, tratando de localizar el origen de aquel dolor. Y en muchas, muchísimas ocasiones, aquel dolor no tiene un origen tan concreto como el del carcinoma que les comentaba al principio. Pero en otras ocasiones perdemos el nombre de aquel dolor, el nombre del afecto asociado, es decir, de la rabia o el miedo, por ejemplo.

Todos somos concebidos en el seno de un grupo familiar. Desde el mismo momento de la concepción los genes de nuestros progenitores transmiten elementos de linajes muy diversos y que se pierden en la noche de los tiempos. Y de la misma forma que estos genes nos entroncan con familias complejas, también nuestro aparato psíquico se implica en unas familias de significados y valoraciones culturales, sociales y afectivas que guardan relación con las familias de nuestros progenitores y que ellos mismos también actualizan. De esta forma, a las características genéticas de nuestro cuerpo y ser, y que son las favorecerán, posibilitarán, el desarrollo de unas y no otras enfermedades o de determinadas sensibilidades, de esta misma forma, la familia también atribuye sensibilidades diferentes a los aspectos de nuestro cuerpo. Desde este ángulo, también podemos hablar de transmisión genética. Así nos encontramos familias en las que el aparato respiratorio o el digestivo tiene valoraciones que son diferentes a las de otras en las que el acento está en el locomotor o en el circulatorio. Y estas valoraciones que se van transmitiendo de forma sutil, casi imperceptible, se superponen a las que, genéticamente ya nos determinaban, conformándose una realidad facilitadora de la aparición de unas y no otras quejas somáticas. Con lo que tenemos dos aspectos de la comprensión de lo que se escucha: en él hay un sentimiento que no se puede vincular, unir, con problemas concretos y que incluso ha perdido el nombre del afecto asociado a ese dolor; y un componente familiar, social, que lo vincula con un orden particular de significados.
Es decir, expresamos mediante nuestro cuerpo toda una serie de sentimientos de forma complementaria e independiente de su toma de conciencia; y que esta expresión dispone de unos resortes expresivos que dependerán de los aspectos genéticos tanto biológicos como familiares y sociales que los hacen, en cierta medida, personales, genuinos. Para ello utilizamos todo nuestro ser corporal: su sistema locomotor, el digestivo, el respiratorio, el circulatorio, así como componentes particulares: músculos, órganos, etc. Y podemos utilizar varios recursos a la vez. Y todo ello depende de nuestra configuración genética, tanto biológica como psicológica y social.

De esta forma el llanto por una separación o disgusto puede ser complementado por una sensación de ahogo cuando aquella separación o disgusto es muy elevada; ahogo que también puede poseer una característica y significado familiar (caso de aquellas familias en las que el ahogo está vinculado a sucesos familiares remotos pero que han quedado en la memoria colectiva del grupo familiar, por ejemplo). El enrojecimiento no deja de ser una señal de reacción ante situaciones que generan una determinada tensión emocional y que en su expresión también aparece el componente familiar, cultural que lo favorece. Las evacuaciones pueden aparecer ante situaciones de miedo, temor; mientras que el exceso de sudoración puede ir vinculada a ansiedades o miedos difusos todos ellos en contextos familiares determinados que nos vinculan a nuestros seres queridos a través de la genética molecular y psíquica. Esto en lo que hace referencia a la expresión corporal de las emociones. Ahora bien, el problema aparece cuando se pierde la conexión entre la expresión somática, el dolor corporal, por ejemplo, y el componente racional que lo acompaña. Es decir, cuando el dolor en el vientre, el estreñimiento crónico, los dolores musculares en el pecho o en la espalda, no pueden asociarse a hechos concretos ni pueden vincularse a sentimientos particulares. Y digo que son un problema porque al no poderlos articular con nada permanecen, ante nosotros, como algo fuera de toda comprensión, y fuera, por lo tanto, de cualquier posibilidad mental para ser comprendidos y, en su caso, provocar un cambio en nosotros que no precise de su presencia dolorosa. Y esto favorece que desde algunos ángulos asistenciales se hable de componente genético, es decir, de origen atribuible a los genes celulares, moleculares; pero no psíquicos o familiares. ¿Por qué sucede eso?

Como recordarán los que pudieron leer el texto anterior de “Papeles de Psicología...” ponía el ejemplo de la movilidad de las fundas que nuestras madres y abuelas ponían en los muebles para protegerlos del polvo y la suciedad, para ilustrar la forma cómo las afectos transitan de un lado a otro. Es decir, los afectos tienen la particularidad de poder desgajarse de aquello que los genera, desplazándose de un objeto a otro, buscando aquel lugar en el que pueden permanecer si peligro para nadie. Y de la misma forma que los afectos se desgajan de los objetos que las generan, también las emociones pueden encontrarse separadas de los afectos que las generaron.

¿Cómo se llega ahí? Hemos dicho que pensamos y sentimos con el cuerpo. Desde un principio el sentir hambre y el llorar casi de forma inmediata es lo habitual. Es decir, no hay dilación entre el sentimiento y la queja. Poco a poco el bebé va aprendiendo que sus necesidades no son satisfechas inmediatamente. Que transcurre un cierto tiempo entre el sentimiento de hambre y la comida; va aprendiendo algo que es consustancial a la civilización: que las necesidades no siempre son satisfechas inmediatamente, y por lo tanto debe aprender a tolerar la frustración que ello supone. Este aprendizaje es muy importante ya que posibilita un montón de cosas, entre ellas, la posibilidad de crear, de fantasear un mundo que se interpone entre él y la realidad exterior. Y aprende también a ir separando la emoción y los afectos vinculados con las cosas de su expresión. A mantener un cierto control sobre ellos. Así, si me enfado con alguien y el enfado me lleva a desear su muerte, por ejemplo, el poder separar la emoción del impulso inmediato (esto es de su satisfacción instantánea y por lo tanto de matarlo) me permite el reconsiderar mi reacción, atemperar mi respuesta y a entrar en un mundo más civilizado. La propia supervivencia de la especie humana está vinculada a este hecho ya que de lo contrario imperaría la ley del más fuerte y no habríamos salido del imperio de la fuerza bruta.

Ahora bien, esta separación que nos lleva a un mundo más civilizado y nos posibilita el crear, el organizar una sociedad más justa, más democrática, actúa en todas las direcciones. Y en muchas ocasiones, el aprendizaje ha sido tan meticulosamente realizado que la distancia que existe entre un enfado, un disgusto, una alegría y su expresión es tan grande que se pierde el enlace entre uno y otra. Y cuando esto sucede, y es frecuente, la posibilidad de entender el dolor de una parte del cuerpo queda perdida por la distancia que se ha ido interponiendo.

Con ello lo que vemos es que no siempre la emoción permanece vinculada al hecho que la generó; pero es que en otras muchas ocasiones, incluso, se pierde el nombre de la emoción asociada a un hecho. Es decir que el disgusto que me ha producido tal hecho y la sensación física de dicho disgusto quedan tan separados entre sí que, en ocasiones, borro la idea de disgusto y me quedo sólo con el dolor en el cuerpo. ¿Qué ha pasado? No sólo que la distancia entre el hecho que me disgustó y el dolor, la emoción que me generó, han quedado distanciados sino que “he perdido”, o mejor “he borrado” el nombre de tal emoción y sólo me queda el dolor del cuerpo. De suerte que, cuando en otras ocasiones tengo situaciones que me generan un disgusto similar no acabo de ser consciente de ello y atribuyo el dolor a causas físicas que me llevan a la consulta de un especialista.

Trataré de poner un ejemplo que lo explique de forma un poco más clara.

Una persona, un niño, puede sentir que cuando acude a clase entiende poco al profesor. Que no acaba de seguir bien las explicaciones que hace. Hace esfuerzos por seguir sus explicaciones ya que ha prometido estar atento en clase, sabedor de que sus notas no son muy buenas. Y sus padres le han prometido un regalo si esta vez las notas mejoran sustancialmente. Pero el propio esfuerzo por mantener la atención, en ocasiones, paraliza la capacidad de comprensión; ya que, atento a todas y cada una de las palabras del profesor, puede perder el significado global de lo que explica. Y así se entienden poco o nada las explicaciones del profesor; ¿qué es lo que le pasa a nuestro personaje? Pero al tiempo que va viendo esto, percibe que sus compañeros entienden más que él. Incluso, cuando le pregunta a alguien si lo entendió, este alguien le dice, despectivamente: “¡si está chupado!” Con lo que el sentimiento de ser el tonto del grupo va apoderándose de él. Y cuanto más se esfuerza, menos entiende, y más ve que los demás lo entienden todo. No comprende la diferencia que hay entre él y sus compañeros. Entonces empieza a anidar en él el sentimiento de envidia hacia ellos. Pero junto a este sentimiento, aparece otro: el de la rabia que le da el ver que no alcanza los niveles que se pide a sí mismo, y los que le piden sus padres; con lo que acaba confirmando que quizás sí que es tonto. Que no tiene ni idea de nada, que sus capacidades son inferiores a las de los demás. Y rabia también hacia el profesor porque lo explica todo de una forma que él no entiende, que no lo puede entender. Las dos rabias ( y el recuerdo de los desastres que se están anunciando ante unas notas malas) y la envidia que va sintiendo, le van empequeñeciendo; sentimiento que, además, no es nada grato y genera mucho malestar. Y todos estos sentimientos, que en muchas ocasiones no puede expresar porque no encuentra alguien que le escuche, tienen que salir por algún lado. Si por “casualidad”, aparece un dolor en el vientre que le obliga a acudir al cuarto de baño, muy bien puede encontrar en ese dolor, la salida óptima para sus males. De hecho no era infrecuente que ante situaciones de tensión acabase yendo al servicio; sólo que ahora, a una edad adolescente, esa “salida” se le antoja la más adecuada. Así no tiene que comentar a nadie que se lo está pasando mal y, además, es cierto que tiene ganas de ir al servicio. Lo que pasa es que si esta salida, ocasional, oportuna, se va instalando como una salida útil, podríamos iniciar la forma de expresión de un malestar de origen más psicológico (el sentimiento de desagrado y malestar con sus compañeros, con el profesor y con él mismo) a través de una vía más corpórea: las evacuaciones. Y como a lo largo de la vida uno puede ir encontrando situaciones en las que van a darse repeticiones de aquella escena escolar con versiones más actualizadas (una posición en el trabajo que le obligue a entender cosas y que se vea bloqueado ante ellas, por ejemplo), nos vamos encontrando con una persona ya madura que tiene una tendencia a acudir al cuarto de baño aquejada de dolores de vientre que concluyen con evacuaciones frecuentes. Y como el tiempo ha ido pasando, en estos momentos ya no relaciona el ir al baño con ansiedades que se le despiertan: simplemente tiene una tendencia a ir al lavabo mayor de la que tienen otras personas. Básicamente lo que siente es la necesidad evacuativa y no le pone un nombre que la vincule con el malestar que siente ante situaciones de incomprensión o de confusión. La propia excitación que tanta evacuación provoca puede favorecer la aparición de otro tipo de dificultades. Si constitucionalmente (genéticamente) el intestino de esta persona es la parte más sensible y proclive a desarrollar patologías mayores nos encontramos con un cuadro en el que fácilmente un médico puede descubrir una patología del aparato digestivo. En este momento, el origen ha quedado oculto tras los años, el nombre de lo que le ocurría se ha ocultado también ante la aparatosidad del ir al servicio, y sólo percibimos la situación actual. De forma que la diferenciación de lo médico y de lo psicológico se ha hecho difícil.

¿Qué paso? Sencillamente que el origen y la expresión final han quedado desvinculados, y se perdió la posibilidad de pensarlo como un hecho de características psicológicas aunque con expresión corporal. Esta persona no puede relacionar ese problema intestinal con la rabia que le generan varias situaciones laborales o familiares; o, y, la envidia que otras personas le suscitan porque ha perdido el nombre (es decir el llamarlo enfado o rabia por la situación) que le posibilitaba una comprensión del hecho. Quedan como cosas separadas. Cada una por su lado. Hemos separado lo físico de lo psíquico. Ahí comienza nuestra labor, la labor del psicólogo. El proceso de reconstitución con el fin de poder vincular esas expresiones de dolor físico con aquellas de dolor psíquico que fueron su origen en el tiempo. Con ello restituimos la capacidad de nuestro aparato psíquico en poder pensar, pensarse, en globalidad, en la totalidad del ser. De esta forma, al poder restituir la cadena que quedó rota con el paso de los años, podemos comenzar a abordar sentimientos que se viven como desgajados de la vida de uno; y a través de ese abordaje, restituir la expresión de aquellos sentimientos (que se hacen actuales) y no tener que recurrir necesariamente a la expresión somática cada vez que los sentimientos de rabia y frustración nos paralicen nuestra capacidad de pensar.

Otra cosa será la comprensión de cómo estos fenómenos afectan también nuestra faceta grupal, o sea, familiar. Pero esto, si me lo permiten, lo dejaré para el próximo número.

Gracias

 
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José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
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