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Mi cuaderno de Bitácora. Curso 1999-2000. La adquisición de autonomía.
19/07/2001
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La adquisición de autonomía
Acabo de tener una experiencia muy interesante. O al menos, para mí lo es. Participo, un fin de semana al mes, en una experiencia formativa. Ello supone un montón de horas y de esfuerzo en contener y abordar problemáticas particulares provenientes no sólo de los participantes, sino de la propia estructura. Y como previamente a la experiencia habíamos tenido nuestra sesión y no había tenido tiempo material para ponerme ante el ordenador y escribir una reflexión sobre nuestra última clase, y no queriendo que hoy estuviese excesivamente influido por el fin de semana, opté por redactar, el viernes, antes de marcharme al Hospital, unas breves líneas que prevenían de la nuestra experiencia común para así, el lunes, hoy, poder seguir escribiendo. Mi sorpresa (relativa en tanto la experiencia profesional, pero no por ello menos sorpresivo) ha sido leer lo que había escrito y comprobar algo que a mi, particularmente, me causa un poco de inquietud y, por supuesto, auténtica curiosidad científica.
Para no caer en un fácil error (seguro que caeré en otro), les dejo que lean el texto escrito. Luego, hablaremos.
“Una cuestión comienza a aparecer en mi cabeza: hamos dicho en varias ocasiones que el proceso de Orientación y el Terapéutico proviene de la relación que se establece entre una parte que solicita ayuda y otra que trata de aportarla. Y parece evidente que la que la solicita, poca idea tiene de las posibilidades de que dispone para ir encontrando el camino de salida. Esto es como un laberinto. Uno está dentro de él y trata de salir. Y uno desearía el hilo de Ariadna que nos guíe a encontrar la salida; pero el profesional no es esa diosa griega sino que es alguien que, como mucho, tiene la experiencia de que se puede salir del laberinto. ¿Qué hace el profesional? No sé; pero me imagino que pocos de Uds. tienen hijos. Quizás es más fácil que tengan hermanos pequeños o sobrinos. O que hayan trabajado con niños pequeños. En cualquiera de estos casos entenderán lo que les voy a decir.
En ocasiones mi hijo me reclama ir al Tibidabo. Y una de las atracciones que más le gusta es la del laberinto de los espejos y el del castillo encantado. También le gustan otras, ya más audaces pero no es el caso. Cuando he ido con el, y sobre todo cuando era más pequeño, uno de sus máximos placeres era descubrir la salida. Pero ese placer se convertía en absoluta hilaridad cuando yo, adulto que le acompañaba, me hacía el despistado, el temeroso, el distraído, buscando salidas inexistentes o absurdas: entonces se crecía enseñándome con placer el camino verdadero. ¿alguien puede realizar un análisis desde la psicología, de lo que estaba sucediendo? Seguro que sí. Pero, centrándome en el tema que quería abordar, fígense que el placer deriva de ser él el que “frente a un adulto, es capaz de encontrar el camino”. ¿Alguien me lo traduce en términos de orientación psicológica?.
Volvamos a la experiencia lectiva. Hasta el momento, hemos caminado por unos caminos más o menos con la guía de esta persona. Pero, ¿qué pasará el día en que comience a “hacerse el despistado”, cuando comience a no dar mayores respuestas ni a aportar ejemplos clínicos u organizativos? Claro que pueden decir: yo vengo para que el “prof.” me diga lo que hay que saber. Pero el “prole” no siempre va a estar tan disponible. Porque siguiendo el diseño, en algún momento deberé comenzar a ponerme en un segundo plano. ¿qué pasará entonces?
Vayamos a la clínica o al mundo organizativo.
Hasta aquí lo escrito el viernes. Hoy, lunes, dispongo de poco tiempo para escribir y pensar, pero, curiosamente, la experiencia lectiva del fin de semana ha transcurrido justamente por la misma problemática. El problema de la adquisición de autonomía.
Es evidente que el diseño de esta forma de trabajar tiene un punto de atractivo. Pero no es una simulación de algo. Lo que les estoy proponiendo es que se trabaje en la realidad del contexto en el que nos encontramos, varios aspecttos que son justamente los que cualquiera de Uds., puede encostraste en la vida profesional. Y se los encontrarán. No les estoy pidiendo que “simulen una solución o una actuación”. NO se trata de un juego, de un “role play”. No. Sino que trabajemos la situación real ante la que nos encontramos.
Como hoy es lunes, no es martes. NO sé ni remotamente de qué hablaremos el martes. Sólo sé que será el día séptimo de nuestra experiencia, un día en el que hay un texto en francés y otro, que se habrán tenido que buscar, en castellano. Y puedo pensar que a muchos de Uds. no les habrá sido posible tenerlo. Que no han dispuesto de tiempo para ello; o que otras dificultades se habrán colado de forma que disponer del texto les ha podido resultar difícil. O imposible. Para otros, en cambio, no. Y que frente a ello, seguro que hay varias reacciones y diversas interpretaciones. En cualquier caso es la primera situación ante la que, de forma totalmente real, uno debe despabilarse para obtener un texto para trabajarlo de forma inmediata. La palabra “despabilar” tiene enjundia. Supone sacar el pabilo de la vela para que ilumine más. Supone, pues, una modificación de la actitud para poder asumir o alcanzar otra. Ello genera, como pueden ver, diversos movimientos “afectivos” y diversos pensamientos que provocan también estados afectivos particulares. Por ejemplo, uno puede pensar que es una provocación del prof. Yo sé que no lo es, pero es difícil de aceptar. La generación de pensamientos que consideran que “el otro” organiza comportamientos y actitudes para “provocar” una reacción, es absolutamente normal. Es uno de los primeros impedimentos para desarrollar movimientos autónomos en cada uno. De hecho, si hasta ahora me han dado la mano, ¿por qué no me la dan?
La adquisición de autonomía no es fácil. Bueno, a decir verdad, es fácil y no lo es. Uno puede decir, me voy. Me independizo. Tengo mi piso y me largo. Pero incluso esta misma autonomía es compleja. Sobre todo, cuando son las circunstancias las que le llevan a uno a ser independiente. En una situación de Orientación, el paciente, el que espera, lo que espera es justamente que le resuelvan el tema. Y el problema comienza a aparecer cuando descubre que nadie le resuelve nada. Que debe resolvérselo él mismo. Que debe descubrir cómo salir del laberinto en el que está. Entonces se da una circunstancia opuesta a la anécdota que les explicaba de mi hijo. En lugar del placer del descubrimiento, en lugar de mostrarse gozoso por el grado de autonomía conseguido, emerge el malestar por la “obligación” a hacerse autónomo. Ese malestar, esa rabia, no es una interpretación Es un sentimiento real. Y ello dificulta en gran medida el encontrar los caminos de la autonomía.
El problema con el que nos encontramos es pues doble: de un lado, debemos ayudar a que el paciente vaya descubriendo sus propios caminos autonómicos, y por otro, apechugar con el malestar que aparece en él al verse “obligado” a ser autónomo. Y este problema es universal.
Algo así puede aparecer en el contexto en el que nos encontramos. Y que aparezca no es señal de nada más que de que somos humanos. No nos gusta que suene el despertador por la mañana. A todos nos place más el que nos resuelvan las cosas que el tenerlas que resolver. Los problemas, todos, generan un monto de tensión y angustia que tratamos de eliminarlos de alguna forma: bien con anestesia (mental, claro), bien con la búsqueda de rápidas soluciones mágicas que hagan desaparecer cuanto antes, la tensión que detecto. Y aquí, en el contexto en el que nos encontramos, oiremos y comprobaremos cómo no es fácil la adquisición de la autonomía. Evidentemente yo soy el culpable. Y lo soy en tanto que propongo una forma de trabajar opuesta a la que estamos habituados. Y una forma de desplazar esa culpa será atribuir a la forma de trabajo nuestros males y, en último término al conjunto de todos nosotros. Pero nadie es culpable de ello. En cualquier caso, lo serían estos aspectos que tenemos todos que nos llevan a una cierta pasividad, a buscar un cierto refugio frente a la dureza de la lucha y el trabajo diario.
Alguien, en este fin de semana al que les hacía referencia, hablaba de sus dificultades en despertarse, en saltar de la cama. Y que ello era evidente sólo los días laborables. NO en los festivos. ¿Existe un símbolo más claro de lo duro que representa la vida?.
Muchas gracias.
Dr. Sunyer
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