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Mi diario de Bitácora del 27 y 28 de octubre de 2009

29/10/2009

Mi diario de Bitácora del 27 y 28 de octubre de 2009

Percibo cabreo. Mucho cabreo y como decepción. Y aunque huelo de dónde proceden prefiero esperar para tener la confirmación. Entiendo que se están moviendo cosas, y estas cosas generan todo eso. Habrá que ir viendo cómo lo vamos cocinando.

Han sido dos días complejos. Hoy se hablaba a raíz de una experiencia que he aportado. Ayer se habló de varias cosas aunque primaron las posiciones esquizo-paranoide y la depresiva. ¿Tendrá algo que ver esos temas con los del cabreo general?

Cuando ayer y hoy volvía hacia mi consulta me preguntaba sobre qué les estará pasando a estos alumnos. Hay un día que son capaces de desarrollar una clase magistral y luego parece que se asustan y se petrifican. ¿Por qué esta oscilación? No descarto que haya aspectos personales, míos me refiero, que estén incidiendo. Es una semana o están siendo unas semanas moviditas, repletas de cosas que secuestran algo de mi interés. Esto ya es un signo de algo que tiene relación con mi propia vida extrauniversitaria. Vale. Pero, ¿es eso todo o hay más cosas?

Por otro lado hay ejercicios y propuestas que por la experiencia se que mueven cosas. Muchas cosas. Por ejemplo, si trabajamos con los genogramas de cada uno parece lógico pensar que ya el mismo hecho de hacerlo supone poner negro sobre blanco cosas personales. Pero sí me sorprendió que posteriormente se hicieran pocos comentarios a la propia experiencia. Como si eso no cupiera en la experiencia lectiva.

Algo semejante ocurre ante otras cosas. Es decir, como si ante las cosas que suceden, ante los temas que se hablan con pasión en los grupos pequeños, luego en la situación de grupo grande se optara por silenciarlos. Y silenciarlos equivale, en psicología, a negarlos, a reprimirlos, a sacarlos de la corriente de la comunicación. ¿Qué fenómeno es este?

Hoy hubo una situación complicada. El caso que os presenté nos llevaba a pensar diversos aspectos respecto a la intervención profesional. Y en un momento dado emergió una tensión que parecía provenir que en tanto que mostraba mi experiencia percibía que se me indicaba que esta experiencia era errónea. Y eso me ha hecho pensar un rato. Es muy probable que mi experiencia pueda estar deformada por aspectos personales. Pero… ¿era eso lo que se ponía en juego o era otra cosa? Porque si el tema era, por ejemplo, si el Colegio profesional me va a dar apoyo, mi experiencia me dice que ese apoyo será el que será pero no el que puedo necesitar un día a las 8 de la noche. Pero incluso aun aceptando que lo tuviera, ¿qué es lo que me parece que se pone en juego? Creo que la respuesta es nuestra implicación personal.

¿Qué pasa con la implicación personal? Que estemos estudiando o enseñando aspectos profesionales en el contexto universitario y que esto se haga mediante una experiencia lectiva que tiene mucho de personal puede ser un problema. Y el problema puede estar situado en la participación del sujeto que es psicólogo, o en el que es médico, alumno o profesor. ¿Cuál es el límite, si es que lo hubiera, que determina que nuestra actuación con un paciente deja de ser profesional y pasa a ser personal? ¿Cuál es el límite que establece que si alguien no puede cotizarse las sesiones éstas se acaban? ¿Una, tres, cinco sesiones, cinco meses? El problema es que cuando establecemos una relación con alguien del tipo que sea, en ella se juegan muchas más cosas que las que aparentemente se muestran. Porque querámoslo o no es una relación personal, una relación en la que se activan por ambos lados todos los componentes que constituyen el ser humanos. Es la gran diferencia entre tratar una psicosis que tratar a un psicótico. En el primer caso la situación se hace objetiva, en la segunda no. En la segunda a quien tenemos delante es a una persona que ha ido organizando las vivencias de forma que en un momento dado y por razones evidentes o totalmente desconocidas, han desembocado en una configuración que se denomina de psicótica. Por esto es un psicótico y no tiene una psicosis.

Y quizás parte del enfado tenga que ver con eso. Es decir, posiblemente el enfado no sea sino la expresión del susto que uno tiene al constatar que nos pasan cosas. Al comprobar que aquella idea primera de un grupo idealmente participativo y una asignatura idealmente fantástica no lo es tanto. Constatar que tenemos dificultades para desarrollar unas relaciones entre nosotros que posibiliten alcanzar aquel ideal más o menos dibujado en primer día. El darnos cuenta que cuando uno repasa algo del genograma del compañero en él aparecen cosas que nos sorprenden por lo diferentes que son a nuestro genograma. Al verificar que cuando alguien con muy buen tino organiza una escultura dibuja una visión de la realidad del grupo que hace pensar. Y podríamos seguir.

Cuando se hablaba de los posicionamientos esquizo-paranoides o depresivos se hacía alusión precisamente a esto. El posicionamiento primero es la lógica y legítima respuesta de todo ser humano que trata de eludir la ansiedad que representa una determinada visión de la realidad en la que estamos. Es la visión más cómoda: se escinden de ella aquellos aspectos molestos y se colocan, se le atribuyen a otro. Esto es muy evidente en el mundo académico. La intelectualización, la racionalización no dejan de ser mecanismos que se articulan bien en la posición esquizo-paranoide. Por ejemplo, la idea de que “el grupo no participa” es una idea que aleja al sujeto que la formula colocando la participación en algo tan abstracto como “el grupo”. Pero podemos decir que es “la sociedad” u otra cualquiera de las formulaciones. Otro ejemplo, cuando escribimos en plural en lugar de hacerlo en primera persona, estamos alejándonos, o mejor, alejando de nosotros, de la individualidad, lo que a la generalización atribuimos. Así, “pensamos que el profesional debe hacer tal cosa” tiene un matiz bastante diferente a “pienso que el profesional debe hacer tal cosa”. Y es que ponernos en primera persona, yo pienso, creo, opino… nos acerca a una segunda posición: aquella que comienza a considerar la parte alícuota de responsabilidad en todo lo que hacemos. No es lo mismo decir, “el grupo no participa o está pasivo” que decir, “no participo, estoy pasivo”. En esta segunda opción, el sujeto somos cada uno de nosotros y ello me lleva a cuestionarme el por qué no participo, o por qué hago esto o lo otro.

Y por lo general, esta posición más depresiva, más cercana a lo que pienso, es más sana que la primera. Es en este sentido que me pregunto qué me estará pasando que no encuentro la manera de transmitiros mis experiencias sin generar más agobio del que os genero.

UN saludo
Dr. Sunyer

 
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José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
Avenir 5, Ppal. 2ª · 08006 Barcelona · Cif 37252506G