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Mi cuaderno de Bitácora del 9 de diciembre del 2008

09/12/2008

Mi cuaderno de Bitácora del 9 de diciembre de 2008

Es cierto que el material que habíais creado era de primera. No sé si literariamente, pero desde luego sí psicológicamente hablando. Y como lo teníais pues nos pusimos a trabajar. Una cosa tenía muy clara: dejar que fueseis los que descubrieseis lo que había. Poco más. Mis ansias por indicaros cosas deben ser más contenidas para facilitar vuestros propios descubrimientos. Y ahí vamos.

En primer lugar hay un par de cosas que parecen evidentes. Las cosas no son como parecen. Y que necesitamos datos de la realidad para montar las historias que nos inventamos. Nunca escribimos nada sin utilizar las cosas de la vida cotidiana. Es imposible. Tanto si las escribo como si las sueño, estas cosas contienen datos de la vida real. No puedo soñar con un caballo sin imaginarme un caballo. Y cuando escriba el sueño haré mención al caballo. Así pues los relatos contienen una gran cantidad de elementos reales. Por ejemplo, se habla del país “espanta” y de otro llamado “España”, o de un personaje llamado “Miquel”, o… Ahora bien, estos nombres no necesariamente significan que hablemos de la España real ni del Miquel que hay en clase. Como somos psicólogos y no filólogos o lingüistas, trataremos de mirar qué hay detrás de esas y de otras palabras. Porque el que aparezcan, más allá de la utilidad real al hablar de un país o de poner un nombre, e incluso más allá de utilizarlos como elementos afectivamente cargados, pueden tener otras razones más subliminares. Si cuando un paciente cuenta una historia utiliza vuestro nombre sólo pensamos en términos de vinculación afectiva quizás estamos mirando a otro lado. Podría ser que ese nombre supusiera algo para él (más allá de la coincidencia con el vuestro), o que al utilizarlo pudiera colar un material sin que ese material fuese detectado por vosotros. ¿Qué hacemos los ciudadanos cuando la policía nos para a ponernos una multa si la queremos evitar? Por lo general tratar de seducirlo bien por la vía de generarle pena, bien dándole las razones que sea para que entienda nuestro comportamiento, bien… O sea, no nos dejemos seducir por las propias palabras. Hay más contenido tras ellas del que pensamos a priori.

En segundo lugar hay que pensar que no estamos ante escritores duchos en el arte de escribir. Todos nosotros cuando escribimos algo o cuando decimos algo, si pudiéramos corregir lo dicho o escrito, lo haríamos. ¿Por qué? Porque en la segunda lectura apreciamos errores tanto gramaticales como léxicos, de estructura, de vocabulario, de escritura que en el primer momento no detectamos. En condiciones normales comentemos numerosos errores, lapsus, equivocaciones… que se corresponden a que en una primera expresión los procesos mentales de control no son tan rígidos y vigilantes como en una segunda expresión de lo mismo. ¿Qué son sino las tomas falsas de la tele? Pues sencillamente eso, grabaciones que presentan errores que no deben salir al público. ¿Cómo es posible que una máquina tan perfecta como la humana cometa estos errores? Y no sólo aparecen en el lenguaje, que también los encontramos en nuestras actuaciones, movimientos, gestos… Por ejemplo, muchos accidentes se corresponden a ese tipo de errores humanos. Pero ¿por qué ese error? Si pensamos como psicólogos tendremos que considerar que es material de esa zona denominada inconsciente y que se cuela por las fisuras de nuestro control. Es decir, sortean nuestra censura. Como anécdota: un día salí de mi sesión de análisis y cuando llegué al coche no pude desaparcarlo por más que lo intenté. ¿Razón? No conseguí saber cómo se ponía la marcha atrás. NO daba crédito a lo que me pasaba. ¿Cómo había podido suceder? ¿Habrían manipulado el coche y quitado la marcha atrás? Dejé el coche donde estaba y al cabo de unas horas volví y lo pude desaparcar porque el coche de delante no estaba. Al poco de andar recordé cómo se ponía la marcha atrás. ¿Alguien me lo explica? Volvamos a las historias. Hay un país denominado Espanta. Sé que se debe a que en el teclado la “t” y la “y” están juntas y quien tecleó cambió involuntariamente la palabra “Espanya” por la de “Espanta”. Pero no se dio cuenta y lo envió tal cual. Algo hay en este significado que llega a manos del psicólogo.

Tercera cosa. Si las cosas no son necesariamente lo que se nos pone en primera versión, decir que alguien va de Espanta a España es lo mismo que decir que va de A a B. Y la diferencia que aparecía en la historia era que en B la vida era bastante mejor que en A. Y ello gracias a que aparece una chica. Esa chica, esa tal Cristina, representa a alguien de quien el personaje se queda totalmente prendado. Y cuando uno queda prendado de alguien que le posibilita ilusionarse, creer en sí mismo, iniciar una nueva vida, la experiencia es maravillosa. Creo que todos la conocemos. Pero si luego descubrimos que esa persona nos traiciona, ¿qué sucede? Que nos hundimos en la más dura de las realidades. Y en este caso regresamos (¿os suena de algo la idea de regresión?) a nuestro país anterior, Espanta. Y estamos en la cárcel. En la cárcel que supone seguir encerrados en el espanto.

Cuarta cosa. Al final de la clase alguien mentó la posibilidad de que algo depresivo estuviera rondando por la atmósfera del aula. El acento lo ponía en lo negativo. Pero no va por ahí el tema. Sólo desde esta posición, más depresiva, es cuando las personas conseguimos evolucionar. Sólo desde la crisis depresiva es cuando aparecen las posibilidades del cambio. Nunca en un momento vital tipo “Port Aventura”, o maniforme. Al conectar con la realidad de cada paciente es cuando comienza a dibujarse la posibilidad de cambios reales en la vida del paciente. O de las personas.

Un saludo.
Dr. Sunyer
 
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José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
Avenir 5, Ppal. 2ª · 08006 Barcelona · Cif 37252506G