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Mi cuaderno de Bitácora. Curso 2008-09. Carta de bienvenida

20/08/2008

Queridos alumnos,

Cercano el momento de nuestro primer encuentro pensaba que tal vez unas palabras de bienvenida puede ser una buena forma de entrar en contacto. Sed bienvenidos, pues. Espero y deseo que esta año, que ya os aviso, va a ser complejo, difícil y (aunque intentaré que no sea así, me temo que…) disperso. No sé si se debe a que como señala aquel principio de Peeters, “todo ser humano se aproxima hacia su máxima capacidad de incompetencia”, o porque todos nos vamos encontrando en situaciones a las que no es fácil decir que no y debes asumirlas. Dicho esto, vayamos a nuestro espacio.

No es un espacio común ni similar a otros espacios en esta u otras universidades. Por esta razón os ruego que todo aquel que no esté dispuesto ni predispuesto a participar en una experiencia lectiva diferente a las que se suelen ofrecer, abandone la asignatura antes de iniciarla. Se matricule en otra más acorde con los tiempos que vivimos y… tan amigos. Y los que decidáis quedaros que quede claro: aceptáis participar en un espacio lectivo y participativo que os va a exigir mucho a todos y a cada uno de vosotros. Como me exige a mí mismo. Dicho de otra forma. No es una clase en la que el profesor con mayor o menor acierto y habilidad explica una serie de conocimientos, os presenta unas diapositivas y la mayoría de los alumnos escucha, toma anotaciones y al final se examina. No. Esto no se hace en mi espacio, en mi asignatura. Acepto que sé algunas cosas. Pero no las sé de memoria, no las tengo estructuradas de forma que pueda repetirlas una y otra vez y de manera similar para que todos salgáis con un conjunto de conocimientos que han pasado por mi tamiz. Como por mi manera de ser y de trabajar no participo de estas formas ya que me siento totalmente incapaz para ello, opté hace tiempo por ofreceros algo que es menos académico y más clínico. Y ¿qué os puedo ofrecer? La posibilidad de ir tejiendo algo juntos y que aprendamos de ese tejer experiencias entre nosotros. Experiencias y lo que ellas nos enseñan. Y lo que ellas nos hacen sentir.

Estoy totalmente convencido de que una Universidad ajena a la realidad asistencial (en este caso, claro) poco tiene que ofrecer. Y los vientos, por mucho que digan, no parecen ir en esta dirección. Y lo siento. Lo siento porque más allá de los conocimientos teóricos que no dudo en absoluto que tienen su valor hay otro tipo de conocimientos que sólo pueden ser aprendidos a través de lo que denominamos relación asistencial. Cuando Winnicott dedica uno de sus textos a “mis pacientes que pagaron por enseñarme”, lo que está es señalando una verdad que para mí no tiene duda alguna: todo lo que puedo haber aprendido proviene de mis ahora treinta y tres años de ejercicio profesional. De mis errores (muchos) y de mis aciertos (algunos). Por esta razón voy a ofreceros lo que vengo ofreciendo en esta Universidad desde hace bastante tiempo: la posibilidad de aprender entre nosotros. Pero esto exige algo: vuestro interés por aprender, por enseñar y por compartir.
La Universidad en general tiene un serio pecado original: creer que el saber entendido como el acopio de conocimientos teóricos es lo que hay que potenciar. Mirad: algo de muy falso hay en eso. Me gustan las corridas de toros. Ya lo siento por aquellos que estén en contra de ellas. Podríamos decir que hay dos tipos de personajes en el mundo del toreo: los toreros y los críticos. Pues bien, en ese mundo el torero es el que sabe del toro y por eso cobra lo que cobra. Sabe porque conoce de su peligro, de su potencial riesgo de morir en la plaza o salir gravemente corneado. Por esto sabe y debe mirar a los ojos del toro para saber de su intención, de su silente variación en la embestida que puede introducirle el pitón y dejarlo seco. El crítico no sabe de ello. Sabe del “arte del toreo” porque ha visto muchos toros y muchas corridas, pero nunca estuvo ante el morlaco de 600 o 700 kg que le pasa la punta del asta a medio centímetro de su pecho.

Pero el mundo universitario en muchas ocasiones va en dirección opuesta. El torero está en los centros de salud mental, en los de toxicomanías, en los de internamiento psiquiátrico, en las casas a medio camino, en los talleres protegidos, en… mientras que el profesor está en su despacho, entre sus libros, entre sus investigaciones. Seguro que más de uno de los profesores que habéis tenido no ha palpado de cerca el pitón de quien quiere morir porque para él no tiene sentido la vida, o de quien quiere matar porque la vida del otro no le representa nada, o el de quien la ansiedad que le supone vivir le lleva a derroteros que general dolor en él y su entorno o...

Y aquí palpar representa tener que ir al ruedo del trabajo sabiendo lo que cuesta esto, lo frustrante que es que los esfuerzos durante un año o dos de un profesional con un paciente puedan acabar en un nada; o casi nada. Y eso tenerlo que hacer porque es lo que uno ha elegido como forma de pagar los garbanzos para que sus hijos coman.

Aquí, en la clase, vamos a tener que lidiar con toros complejos. No voy a relataros de qué ganaderías proceden ni tampoco cómo son. Los hay de todo tipo: bizqueantes, exigentes, con un astados bien puestos, de diversas castas (navarra, cabrera…),chatobrocos, degollados, astifinos, cornivueltos… sólo que ellos tienen una ventaja sobre nosotros. Cuando los humanos clasificamos las diversas maneras de expresar nuestra experiencia vital, de manifestar la manera cómo hemos sido hechos y cómo nos hemos y nos seguimos haciendo, lo hacemos con un matiz que huele más a patología que a comprensión de la expresión vital de cada uno. No discuto que en la base de buena parte de eso que llamamos patología aparece una raíz genética.

Evidentemente que si nací en un contexto familiar determinado con las limitaciones propias de todo humano y cuyos padres, que también lo son, han ido tejiendo unas relaciones que favorecieron un desarrollo y limitaron otro, eso me configura de una forma y no de otra. Y si mis reacciones, mis conductas que obedecían a las formas que tuve de encajar aquello que vivía diariamente fueron las que fueron, éstas también condicionaban las de mis padres. Pues bien, en este complejo sistema dinámico de interrelaciones que determinan unas y no otras interdependencias vinculantes, aparecen configuraciones humanas determinadas. Estas configuraciones que en ocasiones me hacen muy difícil o casi imposible el funcionar de forma acorde con mis congéneres, son las que acaban siendo etiquetadas por los profesionales de la “psi”. Hasta aquí diría que no hay problema. En este punto decimos que fulanito “es un obsesivo” o “un esquizofrénico”, o “trastorno límite de la personalidad”.

El problema surge cuando pasamos a decir que “tiene” un cuadro obsesivo. El problema está en ese “tener”. Porque si lo tiene se lo podríamos “quitar”, claro. Y al pensar que lo “tiene” y lo podemos “quitar” estamos objetivando algo, sustantivando algo que en realidad es la expresión de una determinada configuración que proviene de y alimenta al grupo familiar y social en el que uno se ha desarrollado y sigue conteniéndole.

En nuestro espacio vamos a hablar de lo que uno es. De cómo vamos tejiéndonos para acabar ofreciendo una determinada configuración psíquica y personal. Pero para hablar un poco de ello vamos a tener que ir entendiendo qué configuración tenemos cada cual, cómo esa configuración personal interviene en la manera de configurar la dinámica, las relaciones, las interdependencias entre nosotros. Y de cómo nuestras intervenciones y silencios, nuestras actitudes activas o pasivas, nuestros pensamientos, sentimientos, sensaciones, enfados, cabreos… etc., van a posibilitar modificaciones en nuestras configuraciones personales y colectivas. Por esto repito: este espacio lectivo no es una clase más. Es una clase diferente. Un espacio que va a exigir de vosotros, como exige de mí, una participación, una dedicación que no tiene correspondencia ni al número de créditos de la asignatura ni a su calificación dentro del tipo de asignaturas que constituyen el currículum en Blanquerna. Y por esto reitero que quien no esté dispuesto a trabajar de lo lindo que se matricule en otra asignatura más normal. Aquí ni va a aprovechar ni va a dejar que los demás la aprovechen.

Y para aquellos que os quedéis. Bienvenidos. Bienvenidos a un espacio que tendremos que ir construyendo a partir de las experiencias personales y colectivas que seamos capaces de compartir. Sí os puedo garantizar algo. Que desde la complicación añadida de este año (tengo entre manos un congreso, un seminario de cierta importancia y algún que otro proyecto que seguro interferirá en la asignatura), vais a tenerme totalmente a vuestra disposición. Y vais a tener toda la experiencia clínica que a lo largo de ya vamos para treintaicuatro años, han ido configurando un tipo de profesional que constituye buena parte de mi forma y manera de ser.

Un saludo.
Dr. Sunyer


 
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José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
Avenir 5, Ppal. 2ª · 08006 Barcelona · Cif 37252506G