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Mi cuaderno de Bitácora del 11 de diciembre del 2007. Construyendo Identidades 22
11/12/2007
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Mi cuaderno de Bitácora del 11 de diciembre de 2007
Construyendo identidades, 22
Hoy la sorpresa primera vino al ver que lo que os había enviado hace tiempo no se correspondía con lo que creía haberos enviado y, claro, pasó lo que pasó. Como que me descoloqué. Menos mal que todavía le quedan recursos a uno para salir del paso...
Leímos una sesión de grupo. Entiendo que no es una situación dicharachera ya que leer una sesión e irla comentando, resulta aburrido. Hay quien se aburrió más y quien no. Ese aburrimiento... ¿de dónde vendrá? Posiblemente haya algo en la propia lectura que lo haga aburrido. Reconozco que no soy un gran lector en público, no tengo la gracia que tienen los que se dedican profesionalmente a ello. Tampoco el texto daba para mucho ya que se trataba de una transcripción casi literal de lo que sucedía en un grupo de psicoterapia. Es lo que tienen estas cosas, que al no ser escritas para ser leídas, es decir, no se redactan pensando en el lector y en mantener su atención sino que provienen de los hechos de la realidad asistencial, lo que ahí aparece, puede aburrir. Sin embargo... ¿habrá algo más?
Cuando un escritor redacta un texto literario busca, creo yo, captar la atención lo suficiente como para que quien lo lea mantenga el interés en seguir leyendo para ver a dónde llega la narración. En algunos casos, ya no tantos, el placer no se sitúa tanto en la trama, en el hilo de lo que uno escribe, sino en la belleza literaria. En estos casos el lector es alguien a quien le gusta el lenguaje, la literatura, los estilos literarios, y su deleite proviene de la degustación de lo que el escritor va desgranando, de la manera en cómo se van aportando las ideas, en la construcción de las frases, en el uso del vocabulario... Este no es el caso que nos ocupa. Los escritores son las personas que estaban en un grupo y no estaban preocupada por el cómo decían lo que decían cuanto por lo que sentían y las asociaciones que les venían a la cabeza y eran capaces de verbalizar. Entonces, el aburrimiento, ¿dónde cabe?
Más allá de que posiblemente mi tono de voz, el texto, el contexto no favorecían el mantenimiento de la atención, ¿residirá en otro lugar lo que genera esa sensación? Como hipótesis podemos plantear varias. De un lado en que haya personas que estén con la expectativa casi circense en el sentido de que el profesor realice no sé que salto mortal y que con ello capte su atención. No parece que me ubique en este lugar. Pretender que el profesor, o también el paciente o el alumno, me diviertan per se, capten mi atención como por arte de encantamiento, pues como que no. Como que no es el estilo con el que uno trabaja. Pero en cualquier caso podríamos pensar que esas actitudes pueden corresponder a posiciones más pasivas, más dependientes, que no encuentran la manera de hacerse cargo de la situación. Es decir, que no asumen que también de ellas depende el que la sesión sea menos “aburrida”. Pero lo más llamativo es que, aún en este caso, en el de creer que el otro les debe animar lo suficiente como para convertir la sesión en un espacio espectacular, la actitud de respeto no parece estar muy presente. Y cuando no se respeta hay agresión. Y eso, eso sí preocupa a quien escribe. Considerar que futuros profesionales vayamos con actitudes agresivas ante quien no nos divierte, pues como que es de preocupar.
Hay otras hipótesis, que considero más cercanas a la realidad. La sesión que leí hacía visible una relación asistencial real, una relación que partiendo de una premisa aparentemente inocente, hablemos de lo que queramos hablar, facilitaba la emergencia de una serie de aspectos personales, en nada ajenos a lo que nos puede pasar a cualesquiera de los que estamos ahí, y eso es harina de otro costal. Como alguien subrayaba, las asociaciones que aparecen no son para nada inocentes. Están todas ellas cargadas de significados que van directamente a entrar en la vida de las personas. Nada quedaba de lado, o casi nada. Las asociaciones incluían tanto los aspectos verbales, los actitudinales, los psicosomáticos, los sociales... Eso suele generar tal nivel de tensión que fácilmente es traducible en aburrimiento. Aburrimiento que, como nos indica la etimología del término, guarda relación con lo que nos genera horror, tensión, susto. Entonces estamos hablando de otro aburrimiento diferente al primero. O al menos, aparentemente diferente.
En la clínica hay un montón de cosas que generan susto. La vida profesional nos coloca delante de una grandísima variedad de situaciones por las que pasa el ser humano que es fácil que nos cree susto, pánico, horror. Por esta razón hay muchos que prefieren, y es muy legítimo ello, que las sesiones vayan organizadas. Tengan una especie de guión, de esquema. Parece que todo lo que sale de nuestro control nos asusta y por esta razón optamos por posiciones profesionales que nos den tranquilidad. Entendible, pues. Pero la experiencia, la evidencia del trabajo diario a lo largo de muchos años indica que cuando ponemos esas cosas entre el paciente y nosotros, lo que hacemos es tapar la posibilidad de que emerjan todo un conjunto de elementos que son tan reales como los que se pueden organizar desde la razón, sólo que éstos disponen de una calidad emocional, un colorido vivencial que no poseen los segundos, los racionales.
En esta posición nos encontramos. En una experiencia universitaria que incluye el factor emocional de forma permanente. ¿Qué vamos a hacer con ella?
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