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Mi cuaderno de Bitácora del 14 de noviembre del 2007. Construyendo Identidades 16
14/11/2007
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Mi cuaderno de Bitácora del 14 de noviembre de 2007
Construyendo identidades 16
Cuando entró J. C., entraron muchas cosas en el aula. Y más allá de la sorpresa que representa constatar su presencia, lo que le acompañaba resultó mucho más complejo de lo que uno se imagina a primera vista. Cierto que su frotar las manos, su forma de sentarse, su tomar una carpeta que no le pertenecía para dejarla de nuevo, sus continuos comentarios dirigidos a la profesional que le acompañaba y referidos a todo y a todos, ya hacía presagiar lo que más tarde pudimos ir constatando: alguien que va por la vida cual “Fitipaldi”.
Llegó, pues, la entrevista. No nos resultó fácil hacerla ya que el ritmo que imprimía era mucho más elevado que el que podíamos seguir realmente. Eso ya nos informa de algunas cosas, entre las que destaca el hecho de que el ritmo de la entrevista viene marcado, no debería ser de otra manera, por quien consulta. Ahora bien que sea su ritmo no nos tiene que preocupar sino qué pasa con ese ritmo. Y aquí se abre una de las cuestiones que hemos estado abordando durante todo este tiempo: dónde se ubica el problema.
Porque el motivo por el que nos visitó podía ser cualquiera; sin embargo...¿cuál era el problema? Y algo del problema parece que pudimos percibirlo. No todo él, pero sí algo: ser “Fitipaldi” es una manera de ser que genera serios problemas. Y en el breve estudio que realizaron pudieron constatar algunos ingredientes que organizan esa idea de “Fitipaldi” como por ejemplo que cuando J.C., se acercaba a temas más afectivos, el lenguaje que utilizaba se tornaba más oscuro, más impreciso, más difuso; casi farfullaba. Ese dato parece informarnos de que lo afectivo le pone nervioso, le saca de sus cabales. Y junto a este aspecto había otros. Por ejemplo, alguien habló de impotencia. Y otros de que les llevaba a juzgarle y hasta acabar pensando algo sí como ¡ahí te zurzan¡... esos son componentes de la idea Fitupaldesca, si me permitís la expresión.
Pero junto a eso apareció tímidamente otra cosa: nos generó un problema entre él y nosotros, y hasta casi entre nosotros mismos. Y esto guarda relación con otro aspecto que ya hemos tocado en clase y que ha costado entender. Decía en algún momento que el problema se instala en la relación que hay entre el paciente y el profesional. No está dentro de su cabeza, no; se ubica entre él y nosotros, se coloca e instala en la relación, en la interrelación que se da. Pues efectivamente, el problema se instaló entre él y nosotros y hasta hubiese podido ubicarse entre nosotros mismos. Ya, pero ¿cuál era el problema que se instalaba? Un problema de comunicación por el que no conseguíamos que nuestra palabra, nuestras ideas, nuestras opiniones llegasen a sus oídos. Y me dirán ¿y eso es todo? Y les contesto, ¿les parece poco problema?
Cuando en alguna ocasión hemos hablado de la patología creo que siempre he dicho que ésta es un problema de comunicación. Aquí tenemos tímidamente expresada esa misma idea. No podíamos comunicarnos entre nosotros y J.C. Y es más, hubiéramos acabado pudiendo no comunicarnos entre nosotros. Y él lo resumía: diferentes velocidades. Bueno es una manera de decirlo. Claro, me dirán Uds., un problema de comunicación que venía provocado por él. Y les diré: por las interdependencias que estaba estableciendo con todos y cada uno de nosotros. ¡Como se dirigía a uno y a otro y de qué forma tan diferente! Iba estableciendo determinadas interdependencias que generaban en nosotros diversas reacciones. El conjunto de todo esto es lo que define si no totalmente sí de forma parcial su problema.
Pero diré una cosa más. Antes de que llegara podíamos estar nerviosos, pero nuestro nerviosismo tenía que ver con las expectativas y los temores previos al encuentro. Hasta aquí absolutamente normal. Al igual que están nerviosos los toreros situados frente a la puerta de toriles porque todavía no saben cómo es ni cómo se mueve el toro que les ha tocado en suerte. Nerviosos e incluso, asustados. Perfecto. Esto está en el guión. Pero es que en cuanto sale el toro cambian las cosas. Y a partir del momento en el que J.C., entró en el aula, aquellos nervios se tornaron en otro tipo de tensiones. Es más, ¡hasta a la recepcionista se le olvidó comunicarnos que había llegado! Y eso no es nuestro, sino que nos lo colocó él. Y eso que coloca, tácitamente, de forma sutil y sin darse cuenta, es lo que acaba dándole forma a la problemática con la que va por la vida.
Y con esto acabo. Fue una buena entrevista.
Un saludo
Dr. Sunyer.
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