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Mi cuaderno de Bitácora del 30 de octubre del 2007. Construyendo Identidades 13

30/10/2007

Mi cuaderno de Bitácora del 30 de octubre de 2007

Construyendo identidades, 13

Lo Romántico es considerar que el profesional de la psique es un ser que posee un conocimiento de sí mismo y del otro tal, que va a hacer posible un cambio sustancial en el paciente. Desprovisto de cualquier elemento que lo hace humano, ese profesional dice ubicarse en una posición objetiva respecto al objeto de estudio, el paciente; pretende disponer de un instrumento de análisis que le va a proporcionar un conocimiento cabal y completo de las circunstancias de la persona o personas con las que trabaja. Esa idea, Romántica donde las haya, parte de una visión inocente de la realidad, una visión en la que se supone que hay unos sujetos que padecen y otros que ya han superado tal nivel y pueden dirigir y orientar adecuadamente los pasos de los primeros. Una visión mundo bastante dicotómica, de buenos y malos, de blancos y negros, de enfermos y sanos, de pacientes y profesionales, de profesores y alumnos. Pero esta visión, Romántica de la vida, olvida un aspecto fundamental y que rompe esas dicotomías tomadas como polos contrastantes: el hombre es un ser que ejerce sobre el hombre una continua presión de poder que acaba condicionando, coaccionando, imponiendo, constriñendo al otro para que actúe de una y no de otra forma, para que piense de una y no otra manera, para que sienta de esta y no aquella guisa. Y dado que poseemos tal diversidad de colores y de tendencias, esa misma variedad es la que va constituyéndonos al tiempo que es con la que constituimos nuestras relaciones y nuestras configuraciones humanas.

La realidad del psicólogo que pretende orientar es la de una persona que está sometida a una infinidad de influencias con las que va a la consulta cada día. Sus formas de ser y de sentir, su manera de pensar y de actuar, sus alegrías y tristezas, sus aciertos y errores cotidianos, constituyen la panoplia de elementos con los que cada día abrimos la puerta de nuestro despacho o consulta, y con la que decimos buenos días a quien acude solicitando ayuda y orientación. Y esa otra u otras personas, acuden también pertrechados de todo este inmenso bagaje entre el que se encuentra aquello que les ha motivado a acudir, aquello que representa la excusa o razón por la que deciden ir a un profesional para que les “oriente”. Las líneas de fuerza que sujetan al sujeto constituyen la configuración particular de cada uno de los dos o más actores de este encuentro. Líneas de fuerza que, como las gomas que aparecían hoy en el ejemplo, atan, ligan, vinculan e incluso enganchan a cada una de las partes, a cada uno de los actores que coinciden en el espacio de tratamiento. A partir de ahí, si consideramos la idea Romántica del profesional, el conjunto de intervenciones que se realicen tendrán un matiz absolutamente contrario al que tendrían si consideramos una idea menos romántica de nuestra profesión.

Y en esta actividad asistencial ejercemos una influencia. Ésta será utilizada por los actores del encuentro de diversas maneras. Pero desde nosotros, si consideramos que nos ponemos a la disposición del otro, si creemos que nuestra actuación va a ir dirigida a producir el máximo de beneficio en el otro, esta influencia vendrá marcada por el empeño en ir clarificando al máximo las circunstancias que determinan la forma de ser del otro. Sus dudas y temores, sus deseos y anhelos, sus expectativas y sus decepciones. El profesional ahí, como el profesor aquí, se pone a disposición del otro para ser usado en beneficio del proceso asistencial o docente. Ello conlleva que comencemos a perder el miedo a ser tal cual somos. Miedo que en parte me parece que viene activado por el temor a no ser lo que por algún lado, idea romántica mediante, se dice de lo que debemos ser: asépticos, puros e inmaculados. Pero la realidad parece ir por otro lado.

En efecto, aquí, nosotros, tenemos otras cualidades y otras características. Aquí parece que seguimos enganchados a un modelo de ser alumnos, por ejemplo, en el que prima la idea de que sólo sabe el profesor y por lo tanto él tiene la obligación de darnos su conocimiento. ¡Ni que fuese una vaca lechera! Y aquí hay un error conceptual importante. Porque desde esta posición se ejerce una fuerza sobre el profesor que le obliga a actuar de una manera diferente a la que desea, una manera en la que la horizontabilidad del conocimiento prima sobre la verticalidad del mismo. Y un ejemplo de ello es el hecho de que, pese a haber pedido en varias ocasiones que se traiga un material, sólo tres personas lo hicieron. Gracias a ellas, pero... Y esto impidió la visualización de lo que el profesor deseaba: reproducir más y mejor la cantidad de ligazones entre las que estamos atrapados y con las que nos constituimos como sujetos y como alumnos. Podríamos hablar de una pasiva oposición a incluirse como agentes del conocimiento, rehuyendo el asumir las responsabilidades creyendo que así no se ejerce una presión. Pues, paradójicamente, así se establece una presión mayor y más tanática que la que se realiza cuando se explicitan tales presiones.

Este es nuestro caballo de batalla. Deberemos comenzar a asumir, contraer, arrogarse, apoderarse de las corresponsabilidades como alumno de forma manifiesta, no latente, con el fin de que puedan ser utilizadas en beneficio de todos nosotros.

Un saludo,

Dr. Sunyer


 
 


José Miguel Sunyer Martín, Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Colegiado con el número 6589, en el Colegio oficial de Psicólogos de Cataluña
Avenir 5, Ppal. 2ª · 08006 Barcelona · Cif 37252506G